24.2.17

Los puntos sobre las jotas (2)


ecibí clases de un profesor de guitarra que tenía muchos alumnos coreanos y estaban interesadísimos en el flamenco. Un día mi profesor estaba tocando una pieza siguiendo una partitura y quise verla porque nunca había visto flamenco en pentagramas. De todas maneras no es que yo tenga conocimientos suficientes para apreciar en una hoja de música lo que sí que más o menos puedo apreciar al oír la música. Supongo que los que sí están acostumbrados a leer partituras sí pueden distinguir visualmente factores de estilo en Bach o en Fernando Sor y esto con una simple mirada. Lo supongo porque no lo sé.
La fascinación por el flamenco y lo aflamencado viene de lejos, como ilustra el cuadro de hoy, que es un producto tardío del hispanismo. A mi pobre entender, aunque el cuadro se clasifica en el impresionismo (¿?), tiene tres partes claramente diferenciadas en las que no es menor un efecto goyesco entre las figuras que están sentadas en la pared del fondo. John Singer Sargent consiguió recrear un cierto tenebrismo, sobre todo en los tocaores, y la atmósfera sugiere que la vela que hay en la silla blanca de enea titila y crea unas sombras bastante fantasmagóricas. Cuando se amplía la imagen en Wikipedia Commons se puede ver con toda claridad que cerca de la sombra del sombrero del gitarrista, debajo de las dos guitarras colgadas, hay la huella roja de una mano ¿En sangre? No es posible saberlo, pero le acaba de dar un aire tremendo y telúrico a la escena. El estudio que hizo el pintor con Marie Renard para la figura de la bailaora agudiza esta impresión mía, ya que el estudio es más... ¿romántico?, sigue lo que se esperaría de un cuadro costumbrista hispanista. El cuadro acabado se impregna del clima del tablao y la figura en movimiento contrasta en el torbellino de flecos con la sombra que flota y parece titilar en la pared y los colores de los chales de las palmeras.
Cuando vemos a una japonesa bailar académicamente un palo de flamenco sentimos muchas cosas: orgullo por ver reconocido un bien de nuestro patrimonio inmaterial, admiración por el trabajo enorme conquistado por la bailarina-bailaora y el placer en sí de ver la perfecta ejecución de los pasos y toda la expresividad del cuerpo. En algunos casos los más exigentes dirán que a pesar de la perfección falta el duende o el pellizco y todo aquello que sí tiene cualquier gitana de Triana o de La Mercé que no sabe que es un sí bemol ni un compás seis por ocho. Pero eso mismo puede pasar con una jota. Me gustó mucho la película de Carlos Saura estrenada recientemente porque demuestra que ni la jota es solo aragonesa ni solo para aquellos cuerpos de baile que exaltaban el espíritu nacional cuando el Pilar. Y Saura introduce no una sino varias escenas de "Nobleza baturra" (Florián Rey, 1935). Para mí Imperio Argentina siempre será una de las más grandes intérpretes españolas (aunque naciera en Buenos Aires) y su jotas, la cantada y la bailada, pienso que son un hito.
Es cierto que habrá jotas más desgañitadas y jotas muy rudas, otras más de brío que de salero, pero todas nos hablan de lo que perciben los extranjeros como algo muy nuestro. Una vez pude hablar con un traductor jurado y traductor simultáneo de varios idiomas, entre ellos el español, que creo recordar que era de origen suizo pero que residía en Canadá cuando yo lo conocí. Tuvo un lapsus cuando conversábamos, pero cuando me dijo que tenía la palabra en la punta de la lengua y que es la que más nos definía a los españoles no dudé en decirle: "dignidad". La virtud romana dignitas se asimila al orgullo y a la excelencia, pero más bien pensemos en el decoro, en una cierta forma de vergüenza, más que de honor, que participa de la arrogancia -a qué negarlo- pero que es sobre todo una forma de firmeza.

"El jaleo" (John Singer Sargent, 1882)

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