8.2.17

Unicornios azules

e acabo de enterar de la muerte de José Luis Pérez de Arteaga, cuya voz tantas veces me ha acompañado en la radio y que echaremos mucho de menos en el concierto de Año Nuevo, más incluso que si nos quitaran la Marcha Radetzki en el programa de 2018. Recalco lo de voz porque a todos nos agradaba su conocimiento de la música y la musicografía, pero en mi caso además disfrutaba mucho de su locución. Hay personas que cuando desaparecen marcan como un cambio de época y aunque cualquier muerte es penosa, cuando desaparece alguien que tiene una identidad fuerte en nuestra memoria sentimental, la pérdida se siente de manera especial.
No todo el mundo es igual y lo deseable es que cada cual pueda ser quien es, sin caer en aquello que Jesús Gabriel Gutiérrez denomina "el gran tinglado de la felicidad". Cuando perseguimos como el rinoceronte de la viñeta ser unicornios es cuando me temo que vamos errados. Eso sin recordar que los rinocerontes, muchos de ellos, están en peligro de extinción, mientras que está por ver si alguna vez llegaron a existir los unicornios más allá de las alucinaciones y de los sueños. Leídas unas páginas de El Cristo interior de Javier Melloni, que comentaba en el post anterior, tengo una sensación de que el autor se hace esclavo del estilo que impregna el principio o una veta del libro y hay algo que pierde fuelle. Tal vez la sensación sea equivocada, tal vez es que el sinnúmero de parábolas -que solo gustan en los evangelios- produce un poco de cansancio. En la ciudad donde vivo los políticos hablan en términos figurados, que si se embarcan, que si pasan el algodón, que si llegan a bien puerto, que si ven chocar los trenes. Todo eso de vez en cuando es bonito, pero la persistencia aburre y deja el lenguaje como una baraja muy limitada de tópicos y metáforas marineras y ferroviarias. Siempre lo mejor es decir las cosas de la manera más directa y sencilla. Pero no olvidemos que la paleta de matices del lenguaje del Procés va de Gandhi a Mandela y el Brexit incluso, cuando antes se había arrimado al independentismo escocés.
Pero lo que me interesaba hoy es apuntar a cómo de alguna manera el tiempo hace justicia y elocuentemente sitúa a cada cual en su valor. En principio no hablaría de la ley de Clark (!) o Clarke, por la cual "La incompetencia suficientemente avanzada es indistinguible de la mala voluntad" o "Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada será indistinguible de la magia" (*). El tema es si se puede distinguir la poesía auténtica de la poesía pedantesca donde meramente se metabolizan lecturas y canciones. Me quejaba días atrás en esta misma dirección de cómo los intelectuales de hace 3 o 4 décadas incluso eran más creativos que los que se supone que ahora desempeñan la creatividad. Ya no digamos los intelectuales. No aportan nada nuevo. Ni siquiera se puede hablar de plagio. Son copiópteros que ni siquiera saben que son copiópteros, cosa que se puede además reunir con un perfil bajo en su recorrido vital, sin audacias o como mucho algún excurso en drogas que todo lo más producen risa o embotamiento. No pretendo que los poetas y los pintores abusen de las drogas duras, por Dios. No es eso. 
Ayer me miraba el anuncio del Macintosh de 1984. Leo en la Wikipedia: "1984 fue un destacado anuncio de televisión usado en el lanzamiento en Estados Unidos de la computadora Macintosh 128K de Apple, en 1984. Está inspirado en la novela 1984 de George Orwell, fue dirigido por el británico Sir Ridley Scott y televisado el 22 de enero de 1984 durante un tiempo muerto del tercer cuarto del Super Bowl XVIII." Aunque se ha hablado mucho a favor de este spot y yo soy una ignorante y no me he documentado a fondo, me atrevo a decir que me recuerda mucho al principio de "Metrópolis" (Fritz Lang, 1927) y que el lanzamiento de martillo de la atleta/heroína contra la pantalla alienante desde donde habla el Gran Hermano me recuerda a la escena de "2001, la odisea del espacio" (Stanley Kubrick, 1968). "Así habló Zarathustra" (Richard Strauss). abre los créditos y el principio de la película, cuando el primate descubre (6:31) que un hueso puede ser un instrumento o un arma para matar a los tapires, tres millones de años antes de Cristo. Después también sirve para matarse entre los primates y en el último minuto del vídeo que enlazo el primate lanza el hueso al aire en señal de triunfo. Todos hemos visto ese corte en el que el hueso se convierte en el siguiente fotograma en una nave espacial cuatro millones de años después. Sin quitarle mérito a Ridley Scott, diremos que no fue original. Y lo que no es original resulta poco auténtico, poco creíble.
Aunque José Luis Pérez de Arteaga era más mahleriano que otra cosa, he venido a unir el principio -mi homenaje al melómano- con el final, el vals straussiano con que Kubrick supo dar la sensación de ligereza e ingravidez con la que circulan las naves espaciales, El bello Danubio azul.



(*) La primera frase es de Microsiervos podría ser en efecto la versión de una recreación de la tercera ley de Clarke, en un discurso que hizo Finckenor en su discurso al dejar la NASA: "Sufficiently advanced cluelessness is indistinguishable from malice", frase que Finckenor atribuye a Clark por Clarke.

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