18.3.17

Fe

esleal es aquel que desaparece cuando el camino es obscuro"  me dice Cortana-Windows cuando le pido una cita de Tolkien que me ha ofrecido. No he leído nada de Tolkien, aunque a decir verdad creo recordar que empecé a leer El señor de los anillos porque me lo recomendó mi hermano y me lo prestó. No me enganchó y lo dejé. La cita tiene la rebaba de una traducción literal del inglés. La he buscado en su versión original, que es "Faithless is he that says farewell when the road darkens".
La fides latina tiene que ver con la lealtad y la confianza. Lealtad y fidelidad es una de esas parejas de palabras -como por ejemplo timidez y vergüenza, velocidad y tocino- sobre la que cualquier apreciación no etimológica es puro entretenimiento. Tal vez estoy dispuesta a usar la "timidez" como algo más elaborado y la "vergüenza" como algo más natural, menos domesticable. También uso la "fidelidad" como una virtud menos activa que la "lealtad", que en español proviene de "lex", pero que nos habla de una postura más comprometida. Sin embargo, ya digo que todo esto es hablar por hablar. Las palabras van a significar lo que decidamos. El diccionario de la RAE añade a "fiel" un elemento de constancia que no es menor.
Estas pinceladas me sirven para situar la fe a un plano que nada habla de intereses ni de aquello que nos mueve o que nos retiene con el objeto de conseguir algo que nos favorece. Es decir que aunque muchas veces las pasiones se ven acuciadas por el apego a una necesidad (real o irreal), la fe no guarda un deseo de alcanzar un beneficio o ganancia. Y precisamente lo interesante de la fe es que la rodea una oscuridad (como la que nos sugiere la frase de Tolkien) que es advertida y tal vez temida pero que no altera ni conmueve la confianza. Aunque parezca un definición en círculo, puesto que confianza incluye la palabra fe, admitamos que nos sirve para entender algo de lo que es esta virtud teologal católica.
En la alegoría renacentista de De Pollaiolo aparece con un cáliz y una cruz, con una pequeña desproporción entre la mitad superior del cuerpo y la mitad inferior. Al parecer, esta pintura sobre madera (de unos 2 metros de altura si mal no recuerdo), al estar colocada en el grupo de las 7 virtudes y por encima de la mirada, mostraba esta desporporción para parecer más imponente. Aunque los atributos de la alegoría sean los que son y el detalle de pretender infundir una impresión fuerte no sea menor, esos elementos tienen poco que ver con la fe tal y como la entiendo yo. Es decir, la Fe del siglo XV me dice bien poco de mi fe. Estaría más cercana la alegoría de Vermeer, que coincide con De Pollaiolo en que la mujer mira hacia el cielo, hay un cáliz y una cruz (o dos, según se mire). Vermeer añade dos elementos en los que he reparado, uno el de la serpiente aplastada por la piedra angular y otro el de la manzana (de Adán y Eva). Incorporo un detalle de la manzana por su perfección y originalidad admirables. La primera vez que advertí la manzana me llamó la atención cómo se destacaba la silueta de la marca de un mordisco, como si hubiera sido desechada y arrojada, y el escorzo. Si Vermeer hubiera representado la manzana de la manera habitual consabida (tal y como colgaría de un árbol) el efecto no hubiera sido tan sugerente. O, mejor dicho, una manzana en la que se hubiera mostrado abiertamente el mordisco habría resultado como alegoría demasiado obvia y tal vez le hubiera quitado relevancia a los dos elementos centrales (cáliz y cruz). Otro logro de Vermeer -donde cada pincelada lo es- es la inclusión de un cuadro que representa la muerte de Cristo y que para mi pobre entender representaría la oscuridad. Por no decir que añade un plano de profundidad visual e iconográfico a la pintura y así le suma un realismo que de otra manera no hubiera logrado. El máximo nivel de realismo es la cortina, no tanto porque aparece en el primer plano o porque los colores son más vivos o definidos, sino porque nos habla de algo tangible, anclado en un momento presente y en un entorno social o familiar concreto.
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La fe es algo que me constituye más que el hecho de haber nacido en España o ser una mujer. No sabría decirlo de otra manera. Dicen los que saben que la infunde el Espíritu Santo, con lo que nos metemos en un jardín del que casi nada podría decir por ejemplo no ya a una persona que profesara otra religión sino incluso a alguien de la mía. Mis conocimientos sobre mi propia fe son escasos, a pesar de que admito que lo que sé, aunque sea incomunicable, tiene vigor.
La fe siempre me ha acompañado en toda mi vida y aunque, como todo el mundo, he pasado por horas, días, semanas, meses o años -incluso segundos- calamitosos, no me ha abandonado jamás. La fe se hace más presente cuanto mayor es la incertidumbre o la falta de claridad y de luz. Por esta razón podría decirse que los que contamos con ella obtenemos de cada sinsabor, por grande que sea, la constatación de la confianza. Y no hay en ello nada penitencial o un orgullo por exclusivismo. Cuesta además decir que una tiene la certeza de algo sin por ello desmerecer las ideas de los demás. Ni me siento privilegiada ni considero que lo que puedan creer los demás sea inferior o falso.
Por la misma razón por la que la prisa me parece absurda ante la eternidad en la que vivimos y ya no digamos morimos, la falta de fe me parece absurda ante tantas certezas de luz.

"La alegoría de la fe" (Johannes Vermeer, 1670-1672). MET.

Detalle de manzana. "La alegoría de la fe" (Johannes Vermeer, 1670-1672). MET.



"Fe" (Piero del Pollaiolo). De la serie Virtù, 1469-1470. Uffizi

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