16.3.17

Objetos y deseos

iempo atrás me estresaba bastante los días festivos porque quería hacer muchas cosas y sabía que tenía que elegir. Sabía que no podía hacerlo todo. El sueldo nos limita bastante a la mayoría de los mortales. Pero pienso que ocurre un poco como con la lluvia de sugerencias que aparecen cuando uno se tiene que comprar un ordenador nuevo, en la pantalla. El asistente abre mensajes sugiriendo ideas y funciones que en principio están diseñadas para facilitarnos la vida, pero algo nos dice que nos va a complicar, que si nos limitamos a los que ya conocemos es suficiente y que "menos es más". 
La pared de ónice de Villa Tugendhat, una de las más celebradas obras minimalistas de Mies van der  Rohe (el autor de la famosa frase), "costó el equivalente de un bloque de viviendas sociales de la época", según Anatxu Zabalbeascoa. En la foto que enlazo aparecen unas cuantas sillas "Barcelona", también diseñadas por Mies van der Rohe, las MR90. Aunque se pueden encontrar versiones económicas en las salitas de espera de muchos gerentes, la original de piel de cerdo y acero debe de ser tres o cuatro veces más costosa. Como asiento es incomodísimo, como también lo resulta el Chester de capitoné "cubatero" que me he encontrado mil veces hasta en peluquerías, insufrible. 
Sin negarle su belleza a las MR90 y a los muros de ágata veteada, otra cosa es la comodidad. Y con el tiempo he aprendido a apreciar las persianas de madera o alicantinas y los colchones de lana. Cuando me pasé del colchón de lana al colchón moderno, a mis 30 años, pasé frío, un frío que nada conseguía aliviar. Y eso que yo había dormido con la ventana abierta en invierno durante años. Me dijo mi madre que es que me había acostumbrado a la lana, que metiera entre el nuevo colchón y la bajera una mantita que tenía de lana y lino que había tejido una tía suya. Y funcionó. Luego me conseguí una manta palentina que es muy amorosa y que no tiene que enviadiarle a las cubiertas de plumas, pero para entonces ya me había acostumbrado al colchón de muelles y borra. 
Actualmente apenas quedan colchoneros en Barcelona porque se han ido jubilando y ya habían ido dado cabida a esos artefactos de materiales industriales, amoldados por máquinas, que aseguran un sueño reparador y prometen infinidad de beneficios para la curvatura dorsal y lumbar, el asma y hasta se diría que contra la caspa. Hace tiempo que no se ven telas de cutí (fr. coutil) en las tiendas, ni aquellos colchoncitos en miniatura de reclamo, con sus bodoques y sus rayas en colores vivos.
Los colchones de lana se rehacían cada cierto tiempo, una vez que la lana se había apelmazado mucho y ya no se podía ahuecar mucho el empaque. También porque convenía añadir más material de relleno y lavarlo, renovar la funda. Y sin embargo se les ha declarado la guerra a costa de los chinches. En toda mi vida solo he visto un chinche y fue en una cocina, no en un dormitorio. No tengo la menor idea de qué mantenimiento exigen futones y tatamis.
La infinidad de necesidades con que nos acorralamos es insólita. Al final bien sabemos que se pasa con poco y que la mayoría de objetos y deseos que nos tientan son innecesarios y lejos de procurarnos felicidades o tranquilidad no son más que un engorro y una fuente de problemas. Y el caso es que lo de los colchones y los objetos se puede trasladar a cualquier otro terreno, al de los anhelos inmateriales y la codicia pura y dura. Todas las puertas que no he podido traspasar me han ayudado a entenderlo, por si hubiera tenido alguna duda. Una vez le oí decir a un psiquiatra que Fèlix Millet, el ladrón del caso Palau, se sentía pobre siempre, que siempre necesitaba más y más. Esa es la clave.

Aaron Siskind
(c)SafeCreative *1703161156096

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