23.5.17

Mediocridad marrón Pantone 448C




iguiendo con el post de las Víctimas perversas lo que falta por explicar, si es que tiene una explicación, no es fácil. Puede animarnos a intentarlo saber que el patrón del acoso es extraordinariamente repetitivo (*), los casos son tan similares que con ver dos se han visto todos. Yo diría que esa condición lejos de probar las circunstancias las relega a la confusión con comportamientos miméticos o convencionales.  De hecho, tal y como nos advierte Hirigoyen en su libro sobre El acoso moral,  “Y esto no les impide engañar ni parecer totalmente adaptados a la sociedad” (p. 26).
Es decir, me temo que la falta de singularidad del sufrimiento no lo alivia y además la reiteración de las conductas acosadoras hacen que se conviertan de alguna manera en refrendadas o en predominantes.
Ayudan a entender la perversión narcisista del acosador ciertos pasajes del libro de la psiquiatra que transcribo literalmente:
“El perverso intenta inyectar su propia maldad en su víctima. Corromper es su objetivo supremo. Y alcanza su máximo placer cuando consigue que su víctima se vuelva también destructora, o cuando logra que varios individuos se aniquilen entre sí Todos los perversos, sean sexuales o narcisistas, intentan atraer a los demás hacia su propio registro para luego conducirles a pervertir las reglas. Su fuerza de destrucción depende en gran medida de la propaganda que difunden para mostrar a los demás hasta qué punto su víctima es «malvada» y por qué resulta, por lo tanto, razonable llamarle la atención. A veces lo logran, y consiguen asimismo la colaboración de aliados a los que también manipulan mediante un discurso que se basa en la burla y en el desprecio de los valores morales” (p. 149)  
“Un perverso narcisista, por contra, solo se construye a sí mismo al saciar sus pulsiones destructoras” (p. 151) 
“El problema del perverso narcisista es que tiene que remediar de algún modo su vaciedad. Para no tener que afrontar esta vaciedad (lo cual supondría su curación), el Narciso se proyecta sobre su contrario. Se vuelve perverso en el primer sentido del término: se desvía de su vacío (mientras que el no perverso afronta ese vacío). De ahí su amor y su odio hacia la personalidad maternal, la figura más explícita de la vida interior. El Narciso necesita la carne y la sustancia del otro para llenarse.” (p. 151)   
“Agredir a los demás es su manera de evitar el dolor, la pena y la depresión” (p. 163)
“Por razones que dependen de su historia en los primeros estadios de la vida, los perversos no han podido realizarse. Observan con envidia cómo otros individuos disponen de lo necesario para realizarse. Pero no se cuestionan, e intentan destruir la felicidad que pueda pasar cerca de ellos.” (p. 160)
Es lo que lisa y llanamente sería la envidia. El acosador suele ser un perverso narcisista que cree carecer del potencial de la persona que envidia y su forma de no aceptar el dolor es ocasionárselo, destruirla. Ciertamente quienes tienen o quienes creemos tener algo que ofrecer, o que aunque no se ofrezca existe y es pleno y creativo, no podemos comprender que la carencia de creatividad se exprese por la destrucción, pero es así. Podríamos superponer o yuxtaponer a estas aproximaciones sobre el perfil del acosador algo que apareció ya hace unos años en La Contra de "La Vanguardia" y tiene que ver con la mediocridad. Obsérvese la gradación:
"La mediocridad es la incapacidad de apreciar, aspirar y admirar la excelencia. El primer grado es el simple, que ni le importa ni la entiende, y es feliz con la satisfacción de sus necesidades básicas. El segundo es el fatuo, que quiere ser excelente, aunque no entiende en qué puede eso consistir, por lo que sólo puede imitar, copiar o fingir. No es dañino, aunque, si tiene un puesto importante, puede agobiar a los demás con exigencias burocráticas que sólo pretenden dar la impresión de que está haciendo algo importante. El verdaderamente peligroso es el mediocre inoperante activo, ser maligno incapaz de crear nada valioso, pero que detesta e intenta destruir a todo aquél que muestre algún rasgo de excelencia" (Luis de Rivera en "La Vanguardia")
Luis Rivera es un experto del trastorno MIA (Mediocridad Inoperante Activa) que a su vez ha escrito un libro sobre El maltrato psicológico, y expone en mi opinión con gran claridad los tres tipos de mediocres: el conformista, el fatuo y el dañino. No es la aurea mediocritas horaciana. Es una mediocridad de color Pantone 448C (#4a412a), el considerado el color más feo del mundo.
También en mi opinión Rivera justifica muy bien el hecho de que las empresas enfermas tengan muchos jefecillos y jefes con MIA porque "la mediocridad cumple una función social, porque, al dificultar el cambio, mantiene la estabilidad. Un exceso de líderes excelentes nos llevaría al caos, porque no habría forma de seguir y conjuntar todas sus maravillosas iniciativas. Lo mismo con un exceso de mediocres, por las razones opuestas. En la sociedad actual, la lucha entre mediocridad y excelencia es una dinámica inevitable e inescapable".
*
Dejemos de lado el tema de la envidia o dejémoslo en ese precioso vídeo de "Cinderella" (1950) donde al estilo de la factoría de Walt Disney se reproduce un mito que aparece en muchas civilizaciones y desde la antigüedad pero que nosotros conocemos a través de las reelaboraciones románticas que hizo Charles Perrault con Cendrillon y los hermanos Grimm con Aschenputtel. La escena nos evita ampliar lo que tan bien relata Hirigoyen (**).
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Quiero subrayar de mis citas al pie algo muy importante, crucial, ya que casi todo el mundo que vive ajeno al acoso desconoce porqué la víctima se inhibe tanto y no es capaz de reaccionar. Porque se llega a entender el bullying o acoso escolar, o por lo menos se entiende que las criaturas se queden paralizadas e indefensas ante la presión de los imbéciles del grupo. Pero no se entiende que un adulto se inhiba y hunda, sobre todo -tal y como nos recuerda Hirigoyen-  cuando el perverso narcisista acosador la elige porque se opone valientemente al autoritarismo y gallardamente no denuncia sus mezquindades, cosas como apropiarse de sus ideas o deslizar triquiñuelas que nos hablarían de un gran talento para la mentira donde no existe ninguna para la verdad.
El último pasaje que recojo de Hirigoyen va a una conclusión bien triste: no es posible la comunicación con el acosador. Cuando en las empresas en el mejor de los casos el médico laboral ofrece una mediación lo hace ignorando (en uno de los dos sentidos de la palabra ignorar) que la mediación es para los conflictos, no para los maltratadores psicoterroristas perversos. Y lo triste del caso es que si el acosador no puede comunicarse es porque está deshumanizándose o inhumanizándose.
Un acosador que tuve la ocasión de conocer y por lo tanto de no tratar precisamente se caracterizaba por su uso pervertido del lenguaje. Hablaba par coeur, esto es con frases que había memorizado y que repetía sincopadamente, como en borbotones entre implosivos y explosivos tal vez originados en el vacío que comentábamos. Al lado de su particular dicción y el fraseo limitado lo llamativo era el valor que concedía el infeliz personaje al lenguaje no verbal y a la escenificación. La falta total de naturalidad y una sonrisa que recordaba a Chucky el muñeco diabólico nos prevenían de una personalidad atormentada. Inspiraba tanto miedo como pena.

Cenicienta y las hermanastras ("Cinderella", 1950)
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(*) 
“Lo que llama la atención en todos estos relatos de sufrimiento es la repetición. Lo que cada cual creía singular lo comparten, de hecho, muchas personas” (Marie-France Hirigoyen. El acoso moral: el maltrato psicológico en la vida cotidiana. Barcelona: Círculo de Lectores, 1999), p. 25.

(**)

“El acoso nace de forma anodina y se propaga insidiosamente. Al principio, las personas acosadas no quieren sentirse ofendidas y no se toman en serio las indirectas y las vejaciones. Luego, los ataques se multiplican. Durante un largo período y con regularidad, la víctima es acorralada, se la coloca en una posición de inferioridad y se la somete a maniobras hostiles y degradantes.
Uno no se muere directamente de recibir todas estas agresiones, pero sí pierde una parte de sí mismo. Cada tarde, uno vuelve a casa desgastado, humillado y hundido. Resulta difícil recuperarse.
En un grupo, es normal que tengan lugar conflictos. Una advertencia hiriente en un momento de exasperación o de mal humor no es significativa; y lo es todavía menos si se presentan excusas a continuación. Lo que constituye el fenómeno destructor es la repetición de las vejaciones y las humillaciones en las que no se produce ningún esfuerzo de matización.
Cuando el acoso aparece, es como si arrancara una máquina que puede machacarlo todo. Se trata de un fenómeno terrorífico porque es inhumano.” (p. 71)
 “Una serie de comportamientos deliberados del agresor está destinada a desencadenar la ansiedad de la víctima, lo que provoca en ella una actitud defensiva, que, a su vez, genera nuevas agresiones. Tras un determinado tiempo de evolución del conflicto, se producen fenómenos de fobia recíproca: la visión de la persona odiada provoca una rabia fría en el agresor; la visión del perseguidor desencadena el miedo de la víctima. Se trata de reflejos condicionados, uno agresivo y el otro defensivo. El miedo conduce a la víctima a comportarse patológicamente, algo que el agresor utilizará más adelante como una coartada para justificar retroactivamente su agresión. La mayoría de las veces, la víctima reacciona de forma vehemente y confusa. Cualquier cosa que emprenda o que haga se vuelve contra ella gracias a la mediación de sus perseguidores […] En el mejor de los casos la solución que proponen consiste en un cambio de puesto de trabajo que no tiene en cuenta la opinión del interesado. Sea como fuere, si, en algún caso del proceso, alguien reacciona de un modo sano, el proceso se detiene” (p. 72-73)
“Las víctimas, al principio y contrariamente a lo que los agresores pretenden hacer creer, no son personas afectadas de alguna patología o particularmente débiles. Al contrario, el acoso empieza cuando una víctima reacciona contra el autoritarismo de un superior y no se deja avasallar. Su capacidad de resistir a la autoridad a pesar de las presiones es lo que le señala como blanco” (p. 73) “Sin embargo, las víctimas no son holgazanas, sino todo lo contrario. A menudo son personas escrupulosas que manifiestan un “presentismo patológico”. (p. 73)
 “Cuando la víctima no puede más, y se exaspera o se deprime, su misma reacción se convierte en un justificante del acoso: “¡No me sorprenda nada; esta persona está loca!” (p. 84) “Cuando la agresión proviene de algún superior, la víctima designada termina por quedar privada de toda información. No se le convoca a reuniones y queda aislada. Tiene noticias de su posición en la empresa a través de encargos por escrito. Más adelante, se la pone en cuarentena. Puede ocurrir que no se le dé trabajo aunque algunos compañeros estén desbordados” (p. 85)
“Una gran empresa nacionalizada llegó a instalar, sin informarle de nada, un magnífico despacho al margen, sin misión alguna, sin contacto alguno y con un teléfono desconectado” (p. 85)
“[Las novatadas] Consisten en encargar a la víctima tareas inútiles o degradantes. Por ejemplo, Sonia, que tenía un título universitario, tuvo que dedicarse a cerrar sobres en un local exiguo y sin ventilación”. (p. 85)
“Al principio, la tensión es un fenómeno fisiológico con el que el organismo se adapta a una agresión de cualquier tipo. En los animales, constituye una reacción de supervivencia. Ante una agresión, pueden elegir entre la huida o el combate. El asalariado no tiene la posibilidad de elegir. Su organismo, igual que el del animal, reacciona en tres fases sucesivas: alerta, resistencia y agotamiento. Sin embargo, el fenómeno fisiológico pierde su primer sentido de preparación física y se convierte en un fenómeno de adaptación social y psicológica” (p. 100)
“Cuando la víctima es capaz de expresar lo que siente, hay que hacerla callar.
Se produce entonces una fase de odio en estado puro extremadamente violenta. Abundan los golpes bajos y las ofensas, así como las palabras que rebajan, que humillan y que convierten en burla todo lo que pueda ser propio de la víctima. Esta armadura de sarcasmo protege al perverso de lo que más teme: la comunicación” (p. 142)

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