10.5.17

Mis tres guineas

«[…] la guinea ha de ir destinada a “Trapos. Petróleo. Cerillas”. 
Y debe ir acompañada de la siguiente nota: “Tome
 esta guinea y con ella transforme el colegio
 en cenizas. Pégueles fuego a las viejas
 hipocresías. Que la luz del edificio en llamas ahuyente
 a los ruiseñores y enrojezca los sauces. Y deje que las hijas
 de los hombres con educación dancen
 alrededor del fuego, y que arrojen brazada tras brazada
 de hojas muertas a las llamas. Y deje que sus madres
 se asomen a las ventanas más altas
 y griten: “¡Que ardan! ¡Que arda! ¡Ya no queremos esta “educación”!»

Virginia Wolf, Tres guineas

ace unos años no usábamos el bookcrossing, ni existía Llibre solidari ni Re-Read. Empezaban a languidecer las librerías de viejo y un compañero de trabajo  se proveía en ellas de sus lecturas, que coincidían exactamente con los libros que solíamos leer dos décadas antes la gente de mi generación. Era como si hubiera cogido mi biblioteca y hubiera tomado cada libro en el mismo orden en que los había dejado. No deja de tener su interés leer Arnold Hauser, Herman Hesse, Julio Cortázar o aquellas Señas de identidad de Goytisolo desde el año 2017, con otros ojos, en hojas que el tiempo ha resecado y dejado con el inconfundible color ocre que van tomando los libros llamados de bolsillo. Nunca sabemos si los contenidos han quedado pulverizados por el tiempo o si somos nosotros los que ya no encontramos el interés. Una relectura puede hablarnos de lo que resecó en nuestro interior o puede vivificar recuerdos de lo que se quedó apartado para una ocasión oportuna.
Estos días estoy leyendo, que no releyendo, Tres guineas. El ensayo de Virginia Woolf es junto con Una habitación propia uno de los textos fundamentales del feminismo. En Tres guineas la escritora atiende una carta que había recibido de  la agrupación antedicha, pero la atiende con un ensayo de 298 páginas en la que de paso contesta otras dos cartas. Esa estructura de fondo, tres cartas (1) de la agrupación pacifista masculina, 2) una institución que se ocupaba de la instrucción superior femenina y 3) una asociación que ayudaba a las mujeres a insertarse en el mundo del trabajo) es lo que origina el motivo de las tres guineas del título. La escritora da la primera para la institución educativa siempre que no adoptara el modelo imperante masculino, la segunda para la inserción laboral (con el compromiso de que las profesiones se enriquecieran con la cultura femenina) y la tercera para la agrupación pacifista, porque perseguía un objetivo común de hombres y mujeres, aunque las mujeres lo hicieran de modo diferente a los hombres.
La fotografía de hoy ilustra una lectura exageradamente concienzuda de un profesor universitario del texto que yo estoy leyendo más superficialmente y en formato digital de libre acceso. También las apreciaciones (*) que no podían ser impertinentes que le hizo Virginia Woolf al desconocido interlocutor que le planteaba la pregunta de cómo prevenir la guerra. La respuesta, como dije antes, no fue breve ni somera. Wolf se refiere a la formación recibida por su interlocutor porque "¿cuándo se ha dado el caso, anteriormente, de que un hombre culto pregunte a una mujer cuál es la manera, en su opinión, de evitar la guerra?" El argumento lleva no tanto una punta de azúcar y modestia -que también- como una carga de sal sobre el desfase que había en las familias entre los recursos económicos dedicados a la formación de los hijos y de las hijas. Y de ahí en adelante todo lo que la autora va exponiendo es muy recapacitado y brillante.
Un vídeo de Bildu me ha recordado a Virginia Woolf o, para ser más exacta, a su libro Tres guineas (1938). Pero tengo que explicar por qué, que de otra manera así dicho parece descabellado. En el vídeo de Bildu un grupo de mujeres cargan contra la sociedad patriarcal y en un argumento que otros filiarán directamente con las ideas feminazis, la voz cantante acaba diciendo: "La única forma de mantener relaciones afectivo-sexuales satisfactorias y desde la igualdad y que me sienta cómoda y capaz de ser yo misma y libre es el lesbianismo".  Y he comparado estos razonamientos, no odiosamente, con los que dirigió Virginia Wolf al filántropo que le pedía su ayuda desde la agrupación pacifista masculina. Estaba Europa en plena Guerra Civil española y con la Segunda Guerra Mundial cerca de empezar. Woolf de alguna manera consideraba que la guerra era algo de los hombres.
La idea que asocia belicismo y hombres no es nueva. Tenemos antecedentes en Lisístrata y la Guerra del Peloponeso. La obra se representó el año 411 a. C. El episodio del rapto de las sabinas, aunque se considera un mito, también nos habla de la posición de las mujeres raptadas, que se interpusieron entre los dos bandos porque si vencían los romanos perdían a sus padres y hermanos, pero si vencían los sabinos perdían a sus maridos e hijos.  La verdad es que no sé si esto es aplicable a las niñas nigerianas secuestradas por Boko Haram y a la guerra en la ex-Yugoslavia.
El tema del pacifismo femenino continuamente se ve reforzado por campañas como la que la semana pasada recordaba el origen de la celebración del día de la madre en una proclama antibelicista e 1870. Que las bildutarras consideren satisfactoria y estupenda la afectividad lesbiana a mí me parece muy bien pero dudo de que sea así tal cual y pienso que también tiene sus miserias, de la misma manera que las mujeres alguna culpa o responsabilidad o complicidad tendremos también en que se desencadenen guerras o que no se acaben. Honestamente no creo que las mujeres seamos más pacíficas que los hombres. De hecho he conocido mujeres muy perversas, que se solazan en hacer el mal y que incluso lo hacen con la misma suavidad con la que el Papa Francisco cuchichea la palabra "misericordia" con lene acento. Probablemente el mal provocado por una mujer o por las mujeres no tiene la crudeza de aquellas imágenes que nos muestran desde World Press, a cual más espantosa y terrible, pero agriaría una fábrica de yogures.
Otra idea que se va acomodando desde hace años es la de la invasión de musulmanes de Europa. No se trata solo de una conquista con sangre, sudor y lágrimas sino demográfica. La vieja Europa tiene unos índices de natalidad que hacen imposible la supervivencia de nuestras culturas o nuestra cultura. Al lado de nuestra baja natalidad los índices de natalidad de los emigrantes musulmanes es mucho más alta y garantiza que en menos de 20 años nuestras preocupaciones actuales serán una tontería. Por supuesto ya hay quien crea alarma y yo no voy a contribuir en nada que se parezca. Por otra parte, en paralelo a mi suspicacia ante la ilusión del pacifismo feminista se reproduce en este tema y me pregunto si la sociedad que hemos creado está exenta de casos reprobables.
Claro que Boko Haram no se puede comparar con Caritas Diocesana o incluso, si me apuran, con el Barça, pero tampoco podemos decir que Europa sea una maravilla y que el modelo sea sostenible.
*
La guinea es una moneda que parece que se sacó de la circulación el año 1970. Su valor era de 21 chelines, cifra que no es que se corresponda con otras extravagancias del sistema de pesos y medidas inglés, es que al tratarse de una moneda de oro su valor se tuvo que corregir creo que en el siglo XIX para ajustarse al precio del metal 
¿A qué causas sería conveniente y útil conceder hoy tres guineas o su equivalente? Hace tiempo que pienso que en la educación, tanto la de los niños como la de las niñas, sería muy importante integrar la llamada "defensa personal". No se trata de asumir la violencia o de incentivar la agresividad, se trata de formar a los niños para que en caso de ser víctimas de un ataque se puedan defender con seguridad, sin miedo y sin causar daño. No creo que esta idea choque con métodos tan prestigiosos como el de Maria Montessori, al contrario. Y estoy pensando en que la mayoría de artes marciales no fomentan la crueldad ni nada que se le parezca, sino el autodominio, el equilibrio y la confianza.

Solo Dios es bueno.


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(*) En primer lugar, expresemos lo que todos los autores de cartas expresan instintivamente, a saber, un somero retrato de la persona a quien se dirige la carta. Si en el otro extremo de la relación de correspondencia escrita no hay alguien que viva y respire, las cartas carecen de valor. Por lo tanto, usted, que ha formulado la pregunta, es persona de cabello un tanto gris en las sienes; y en lo alto de su cabeza ya no es espesa la cabellera. Ha alcanzado usted los años medios de su vida, no sin esfuerzo, mediante el ejercicio de la abogacía; pero, en términos generales, su singladura ha sido próspera. En su expresión, nada hay marchito, mezquino o insatisfecho. Y, sin ánimos de halagarle, su prosperidad –esposa, hijos y casa- es merecida. Nunca se ha  sumido en la satisfecha apatía de la media edad, tal como demuestra su carta con membrete de un despacho en el corazón de Londres, y en vez de reposar la cabeza en la almohada, de apacentar sus cerdos y podar sus perales –es propietario de unos cuantos acres en Norfolk-, escribe cartas, asiste a reuniones, preside esto y lo de más allá, y formula preguntas, con ecos de cañoneo en sus oídos. En cuanto a lo que falta, digamos que comenzó su educación en una de las grandes escuelas y la terminó en la universidad” (Virginia Woolf, Tres guineas. Traducción de Andrés Bosch. Barcelona: Editorial Lumen, 1999)


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