23.5.17

Víctimas perversas



engo reservado el libro sobre Los perversos narcisistas del psicoanalista Jean-Charles Bouchoux en la Biblioteca Francesca Bonnemaison. Tal vez, fuera de Barcelona, el nombre de la pedagoga no suena a casi nadie. Francesca Bonnemaison Farriols (1872-1949) fundó el 1909 una Biblioteca Popular de la Dona pionera en una Europa, cuando el acceso a la Universidad de las mujeres era muy muy difícil y por lo tanto el acceso a los libros casi imposible. Es decir, que si no hubieran existido las bibliotecas Francesca Bonnemaison las habría inventado.
Curiosamente, o no, este libro sobre los perversos narcisistas se encuentra en cosa de diez bibliotecas de nuestro sistema público pero solamente quedaba un ejemplar libre, y en las otras bibliotecas había hasta reservas ya establecidas. Si decimos que los perversos narcisistas son más conocidos por su principal característica, la de acosadores, es más fácil situar el tema y centrar la pelota. Al parecer en la administración pública hay un 20% de acoso laboral. De todas maneras este dato así expresado con tanta imprecisión -sin decir a cual administración nos referimos ni en qué territorio- apenas esboza lo que da de sí un término legal que puede o no puede ser adjudicado a cada caso denunciado.
Me acuerdo de que hace muchos años, tendría yo apenas 30, se produjeron algunos juicios en la jurisdicción del Baix Llobregat en que el juez titular o uno de los jueces titulares se ganó varios titulares de prensa por su manejo de los casos de violación. El juez -del que recuerdo con toda claridad el nombre- empeoraba lo que de por sí parecía inempeorable cuando cuestionaba la forma de vestir de las víctimas, cuando insinuaba que si usaban falda corta y mangas no muy largas estaban provocando el ataque de los depredadores sexuales y hasta de cualquiera que tuviera unos instintos elementales.
El otro libro del que tengo noticia sobre el acoso moral es el de Marie-France Hirigoyen (*). Hacia el final del libro, dirigido al gran público pero escrito desde su experiencia como psiquiatra, nos indica precisamente:
“La posición del médico laboral no es fácil pues emite asimismo opiniones sobre las aptitudes del empleado que pueden tener consecuencias graves para él. Muchos empleados temen entrevistarse con él, pues no deja de ser un empleado más y no pueden tener la certeza de su independencia en relación con la empresa que los acosa o permite el acoso” (p. 211)
Los jueces se muestran muy desconfiados con las manipulaciones perversas. Temen que se los manipule también a ellos y, con su afán conciliador, se protegen de las influencias de las dos partes estableciendo mediaciones demasiado tardías. Se desarrolla entonces, con la complicidad involuntaria del mediador, un nuevo proceso de descalificación insidiosa consistente en responsabilizar a la víctima de todo lo que ocurre. Intentar obtener un verdadero diálogo con un perverso es algo ilusorio; siempre sabrá mostrarse más hábil, y utilizará la mediación para descalificar a la víctima”. (p. 207)
Hasta esa cita creo que todos podemos más o menos entender el papel del agresor y el papel de la víctima, así como el papel de los médicos y de los jueces implicados. Lo que cuesta más entender es que siempre siempre el perverso narcisista o los perversos narcisistas consiguen alejar a los testigos y acercar insidiosamente las simpatías: “Cuando el proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es difícil, que tiene mal carácter, o que está loca. Se considera que su personalidad es la responsable de las consecuencias del conflicto, y que la gente se olvida de cómo era antes o de cómo es en otro contexto. Una vez que a la víctima se le saca de las casillas no es extraño que se convierta en lo que pretenden convertirla” (p.74).
Lo interesante del proceso en el que se fragua todo este entramado perverso, a pesar de lo repetitivas que resultan las líneas principales y hasta las anecdóticas de cada caso, es como puede llegar a integrar un perverso secundario o  autor intelectual cuyo rol patente sea en aparencia el de víctima. Así es que la víctima digamos verdadera tiene un contrapapel de víctima falsa y colaboradora del perverso narcisista.
De la misma manera, y aquí nos interrumpimos hasta una segunda parte del post, hay como contrapunto a la victimología y la criminología una complicidad. A la víctima se le hace cómplice no solo al instaurarla en procesos de luz de gas -al inducirla a dudar de la percepción de la realidad- sino al pretender  (como ocurría con las chicas que fueron atendidas por el juez socarrón en los años 80)  que son las víctimas mismas las que inspiran su condición y la provocan como una especie de masoquismo o autopunición o autoinculpación.
De los roles que he comentado me atrevo a decir que el más descuidado por la Psiquiatría y la Psicología es el del perverso narcisista envidioso que adopta el papel de víctima perversa cómplice del perverso narcisista envidioso principal. Desde mi punto de vista lego creo que el perverso es rehabilitable y las víctimas perversas no. Una vez despistado este rol, en el próximo post veremos qué nos dice Hirigoyen del perverso puro y duro.

Mrs. Danvers en "Rebecca" (Alfred Hitchcock, 1940)


(*) Marie-France Hirigoyen. El acoso moral: el maltrato psicológico en la vida cotidiana. Barcelona: Círculo de Lectores, 1999.

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