15.7.17

El desprecio, el orgullo, los prejuicios

acaciones en Roma (William Wyler, 1953) se proyectó el jueves en la Filmoteca en la programación de "Fotógrafos de prensa". No me voy a referir a la película, de la que tanto se ha hablado y escrito, más que para volver a la escena en que Audrey Hepburn como princesa Ann recibe a la prensa en su visita a Roma. En la primera fila están Gregory Peck y el paparazzi que les había hecho fotos durante el día que pasan en Roma, tan envidiable. La altura de ellos dos destaca más por cuanto están entre dos hombres bajitos. Son Julián Cortés Cavanillas y Julio Moriones. Representa que la princesa se digna saludar a los representantes de prensa acreditados para cubrir su visita a la ciudad eterna. La escena se desarrolló con periodistas reales. Julián Cortés Cavanillas se presenta con su nombre y el de ABC y es quien aparece en el centro de la imagen de hoy. Además de ser un periodista "real" era monárquico. A continuación de Gregory Peck (Joe Bradley, de American News Services) se presenta "Julio Moriones, La Vanguardia de Barcelona". Julio Moriones era pamplonés y fue corresponsal del diario barcelonés hasta 1977, en Roma. Julián Cortés Cavanillas fue enviado el 1945 y salvo algunos periodos cubriendo otras regiones, estuvo en Roma hasta 1971.
Ofrezco las dos imágenes para que se aprecie que al ver la película el primero que vemos es a Cortés Cavanillas y conforme avanza la escena es cuando vemos a Moriones. Cuando vi la película este jueves está claro que gran parte del público no había visto previamente la película o desconocían esta escena. Y esto lo he de suponer porque cuando se presenta Cortés Cavanillas se produjo una reacción chusca por una gran parte de la sala, entre la sorpresa y el desprecio. Incluso oí que alguien decía en voz alta "¡Vaya taco!" (porque Cortés era de poca estatura). Cuando a continuación de Gregory Peck aparece en escena Moriones y se presenta, la reacción de las butacas volvió a producir risas de sorpresa pero no tanto de desprecio, como si el orgullo que no había aparecido con el corresponsal de Madrid se hubiera reservado para el de Barcelona. El pitorreo con el corresponsal del ABC fue como una especie de linchamiento no sé si al personaje, a su aspecto, a su condición de madrileño o a su filiación al ABC, o de todo un poco. También podría haberse debido a ser español, como si no se esperase -incluso en una película- que apareciera "representado" nuestro país, como si siempre nos tuviéramos por poco o por casi nada. Y la reacción del público convertido en chusma cuando la cámara llega a Moriones sigue siendo de sorpresa porque, de acuerdo con nuestros complejos de siempre, no se esperaba que apareciera un representante de Barcelona.
Curiosamente el sentimiento español o de pertenencia a España es siempre una paradoja y algo irreductible a la razón, aunque se puede explicar, cosa que ya es algo en lo que depositar la esperanza. Por una parte nuestra condición, se acepte o no (que ese es otro tema) suele estar rodeada de fastidio, regodeo en la zafiedad y rechifla generalizada. En unos casos hay como una especie de humor negro o marrón de la inferioridad, en otros lo que hay es hostilidad a la mera idea de que España pueda ser una nación o de que lo sea. Ese fastidio o tirria a veces tiene que ver con un sentimiento antiespañolista proclive a otros nacionalismos, otras veces es simplemente antiespañol.
No sé si reacciones como las que viví el jueves se producen en otros países como Reino Unido o Francia o Rusia. Debo pensar que también en esas naciones habrá quien se oponga a lo tópico y lo típico de sus costumbres y sus ritos.
Los que somos hijos de emigrantes podemos asimilarnos al lugar donde fuimos acogidos y olvidar nuestras raíces, o podemos mantener un pie aquí y otro allí. Cuando se constituyó el estado de Israel parece que los judíos de diversas procedencias (azquenacíes, serfadíes, etc.) no tuvieron gran problema de mezclarse. En los primeros años. Luego aparecieron las discordias o peculiaridades o características. Los emigrantes propiamente dichos tampoco es que puedan volver a su lugar de origen como si por ellos no hubiera pasado nada. No sirven ni para ser lo que se supone que son los de su pueblo ni para ser los que se supone que son los del lugar donde se fueron a ganarse la vida. No se pueden llevar las raíces al aire como tampoco podemos enterrar las ramas. O algo así.
Observo con preocupación como en las salidas de los colegios para visitar, qué sé yo, una fábrica (alguna habrá) o un museo, en los grupos se advierte un gran número de niños de procedencia "extracomunitaria" (sudamericanos, paquistaníes, etcétera). Me refiero a los colegios públicos sobre todo. Doy fe de que hay muchos padres que dicen que no quieren llevar a sus niños a los colegios públicos porque hay demasiados emigrantes. Lo que no sé es si están dispuestos a admitirlo públicamente, valga la redundancia. No lo sé. Lo que sí sé es que podría pasar que dentro de unos años esos niños ya adultos incuben alguna especie de rencor, algo de lo que no están exentos -al parecer- algunos yihadistas que han actuado en actos terroristas en Europa.
Todo, el nacionalismo pequeño, el nacionalismo grande, el desprecio, el orgullo, los pejuicios, tienen que ver con un sentimiento de inferioridad.
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La défilé de ayer en París a ritmo de Daft Punk, con motivo de los festejos del 14 de julio y ante Donald Trump, es algo sorprendente porque lejos de optar por la pompa que por ejemplo rigió en el protocolo con que esta misma semana se recibió a nuestro Rey en Londres, ha sido una especie de pirueta diplomática muy audaz. En vez de desplegar el boato tradicional y secular, Macron mostró una clara propuesta festiva que en las redes han calificado por unanimidad como sorprendente. La sonrisa de Macron frente al rictus a que nos tiene acostumbrados el presidente de EEUU (entre hosco y despectivo), muestra ante todo seguridad, convicción. Es toda una declaración de intenciones.


Julian Cortés Cavanillas en "Roman Holiday"

Julio Moriones en "Roman Holiday"

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