1.9.18

Muertos en pena, penas de muerte

uando Pablo Echenique afirma públicamente que Aragón no es una comunidad histórica o cuando Puigdemont compara la consulta de la Unión Europea para dejar de practicar el cambio de hora invierno-verano con lo suyo, lo que predomina es el fondo de desfachatez. Desfachatez porque aún sabiéndose ignorantes en un tema que pretenden esgrimir con soltura, saben que van a contar con su claca que va a apoyar sus ocurrencias de manera incondicional. La Historia como área del conocimiento o el Derecho y sus fundamentos no les importan porque lo que cuenta para uno y otro es el efecto de sus palabras.
El amor a la verdad no tiene fondo puesto que sea en la Historia, sea en la Ingeniería, sea en la Química, encontramos incógnitas  y al lado trucos que funcionan. La división clásica de Ciencias y Letras ha reforzado las inconsistencias de esas dos partes del saber. Además esa división no se sostiene porque hay una parte tecnológica tan poderosa, que difícilmente podemos ignorarla e incluso podemos incorporarla al díptico. Hay científicos en la Filología y en la Arqueología, la Arquitectura reúne muchas habilidades y las exige. También hay una parte de la Ciencia que está basada en un lenguaje (muy especializado, si quieren), pero que es en gran parte lenguaje autorreferencial, sobre todo cuando no hay una firme base teórica y empírica y todo se pierde en el método y los materiales.
El amor a la verdad no se concreta, solo es una voluntad. Crear por ejemplo una "Comisión de la Verdad" en España ─a semejanza de algunos países de Hispanoamérica─ además de ser claramente orwelliano, nos habla de excepcionalidad, como si la verdad hubiera que confinarla a una parte del aparato ministerial y no tuviera que suponérsele en todo. Todos sabemos que se trata de hacer oficial una versión histórica de la Guerra Civil y al mismo tiempo de ignorar los esfuerzos que se hicieron en la Transición.
Algunos de nosotros abominamos un trato de los indefensos difuntos impropio y deshonroso, sea en la inhumación o en la exhumación. La damnatio memoriae con la que no se ha conseguido de momento otra cosa que recordar a Francisco Franco, podría haberse resuelto de una forma más imaginativa, más barata y sin bajezas. En mi opinión ultrajar un cadáver es sobre todo una bajeza moral para quien lo hace.
La semana pasada leí en la prensa que en la prisión británica de Swaleside los reclusos habían golpeado durante 4 horas a un hombre que está allí encerrado por haber golpeado a su bebe (él y la madre) de tal manera que a la criatura le habían tenido que cortar las piernas por septicemia. El niño (de apenas 2 meses) ha sido entregado en adopción. Circula junto con la noticia una foto de ese padre y esa madre y a cualquiera les resulta familiar en sus caras la huella del efecto de las drogas. El individuo es heroinómano. Para mi sorpresa, la noticia ha sido recibida en las redes sociales con aplausos, como si el linchamiento fuera algo que vitorear y algo que admirar, cuando en realidad es siempre abominable. Tanto, que hacen desear como buena la pena de muerte sin más.


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