26.5.19

Rosas e idiotas

"El primer hombre en comparar las mejillas de una joven
 con una rosa fue obviamente un poeta;
el primero en repetirlo fue posiblemente un idiota."
Salvador Dalí

n la fotografía de hoy, otra vez de la Rosaleda de Madrid, la papelera está cerca de la otra pérgola, la que queda bajo la sombra de los pinos. La armonía de este jardín me recordó la de la rosaleda del Jardin de la Bagatelle (1775) o folie d'Artois en París. Además de indicar la fecha indico que el conde de Artois lo construyó retando una apuesta con Marie Antoinette en un tiempo récord y al estilo anglo-chino, pero sobre todo quiero recalcar que se hizo sobre el terreno del antiguo chalet de Mlle. de Charolais, princesa de Borbón-Condé, cosa que ya nos puede insinuar un buen emplazamiento. Es un lugar que es muy apacible, mágico. Esa sensación apacible también se tiene en la Rosaleda de Madrid. Que sea llana y soleada, recogida, creo que hace mucho por su quietud. La "pared" de pinos rodeando uno de sus planos, el que mira a la Casa de Campo, produce un efecto delicioso, de sombra aromática, de plenitud, ya que el horizonte descarnado y amplio queda de alguna manera suavizado por las copas de los jóvenes ejemplares de estos árboles.
No conocía la rosaleda de Madrid, que está situada en el Parque del Oeste (Moncloa) y no lejos del Templo de Debod,  a unos 700 metros. A diferencia de la de Barcelona, la rosaleda es de diferentes especies de rosas y los pinos. La rosaleda de Barcelona está ajardinada en diferentes niveles que van desde la entrada, por escaleras, hasta la pérgola que hay en la parte más alta, reservada a las rosas enredaderas. En el primer nivel podemos encontrar las rosas aromáticas, pero a partir de ahí tenemos que decidir entre ir hacia las rosas de certamen o seguir una ruta que rodea la parte central, donde hay rosáceas (membrillos, manzanos, etcétera) pero también olivos.
Diría, sin poder ofrecer datos, simplemente obedeciendo a mis impresiones, que el número de rosas o de variedades es mucho mayor en la rosaleda de Barcelona que en la de Madrid. Que la concepción de albergar todo género de rosáceas pero también algunas especies diferentes (liliáceas) implica un punto de pedagogía que es verdaderamente muy estimulante, ya que a los aficionados no se nos hubiera ocurrido nunca asociar el manzano a la rosa. Y sin embargo, como estoy intentando encaminar desde el principio, la disposición en niveles o bancales no resulta tan apacible como sí resulta el jardín de La Bagatelle o del Parque del Oeste, más recogido, tal vez rectangular, pero donde la vista puede recrearse en los ejemplares sin verse distraída por la irregularidad del terreno o la variedad de las especies. Pienso que las rosas también "agradecen" esa sobriedad o esa armonía. El contrapunto en Madrid entre rosas y pinos me resulta ideal.
Tanto la rosaleda de Madrid como la de Barcelona se divulgan a través de los certámenes que se realizan periódicamente para presentar las rosas nuevas o con el objeto de difundir los ejemplares en toda su gloria de mayo. De todas maneras, yo me temo que la afluencia de tanta gente ─por lo menos en el Roserar Cervantes- con sus cámaras, con la megafonía, con las conferencias que se ofrecen para desasnarnos, deben de ser un poco estresantes para el jardín y sus plantas. La proximidad de la Avenida Diagonal a su entrada-salida con Sant Joan Despí lleva ráfagas de polución y de contaminación acústica. Aunque es cierto que se ha conseguido en parte crear un microclima, no deja de percibirse ese tráfico y me imagino que las rosas podrían estar mejor sin tanto ruido y sin los sobresaltos de ser visitadas de repente y por tanta gente por las fechas de primavera.
Supongo que los jardines botánicos de las principales ciudades se ven en el dilema claro que hay entre la divulgación y la preservación, también entre el recreo de desahogo y el disfrute del experto o de quienes valoramos una cierta calidad, la del silencio entre las joyas de la naturaleza y la idiotez.

Más fotos de la Rosaleda de Madrid: Humo

Pérgola y pinos (Rosaleda de Madrid) - (c) SafeCreative *1905090848114 - Clicar para aumentar

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25.5.19

Nos ha jodido mayo

La rosa enflorese
en el mes de mai
La rosa enflorese
en el mes de mai.
mi neshama s'escurese,
sufriendo del amor.
mi neshama s'escurese,
sufriendo del amor.
sufriendo del amor.
sufriendo del amor.

l martes fue un día muy atropellado de acontecimientos personales por aquella condición tan humana que quien más quien menos padece de que todo se junta. Pero tal vez lo más importante y por supuesto definitivo fue el entierro de mi tía Josefa Domínguez, que aunque era nonagenaria también era una de mis diez tías. En los últimos 3 años he perdido tres tías. Ya solo me queda una. Las tías no son como una madre pero te colman de caprichos y de una complicidad que no tiene parangón con nada ni nadie.  Mi tía Fina era fortísima, muy noble. Como aunque nació en Betanzos (La Coruña) era madrileña de adopción, su acento nos resultaba gato y más cuando lo salpicaba de expresiones como "Nos ha jodido mayo por no llover a tiempo" o cosas así. ¿Quién nos iba a decir que nos iba a dejar un mes de mayo?
De todas maneras, aunque no se hubiera muerto mi tía y de todos esos acontecimientos personales no hubiera habido nada, ha sido una semana bastante acribillada y con sucesos políticos que es difícil asimilar con la debida calma. Ver a la Primera Ministra del Reino Unido, otra mujer fortísima, presentando públicamente su dimisión y ver como la ahoga un sollozo al llegar al final de su comunicado, cuando manifiesta el amor a su país, no es para estar tranquilos. No le afeo la conducta ni me detengo en justificarla, simplemente reparo en ella para reflexionar sobre la preocupación que me inspira. No entiendo el hecho y su carga emocional como algo dependiente de la emotividad de Theresa May (otra vez "mayo"), sino por lo que nos deja adivinar de las tensiones incalculables que rodean el brexit.  
Las mamarrachadas en el Congreso y la actuación de Meritxell Batet como Presidenta de la Cámara han sido tan bochornosas y tan ajenas al juego democrático que es muy difícil no ceder a la alarma.
Siempre he escapado a los análisis políticos, no sólo a los que yo pudiera hacer ─que no puedo─ sino a las que se nos ofrecen constantemente en los medios. Especialmente los que están cargados de aventuradas predicciones y de una cierta arrogancia intelectual. Se agradecen sin embargo los análisis que reúnen datos bien documentados y en orden, que los exponen en la proporción debida (sin que por ejemplo aparezca en el "cuadro" un libro grande como una mesa ni una mesa pequeña como un libro). Ya sabemos que se presentan como hechos simultáneos hechos que siguen una cronología, una sucesión de causa y efecto invertida de una manera tan confusa que se hace imposible restablecer lo que es cierto. También se agradece la labor de quienes traducen para los legos los entresijos técnicos del trabajo de los tribunales y las finanzas.
Después de esta meditación que nos llevaría a trompicones desde una panorámica mundial, a una perspectiva europea (no me olvido del atentado ayer en Lyon), a un enfoque español y a un vistazo de reojo al berenjenal local barcelonés, sé bien que mi punto de vista es privilegiado pero que mi criterio no está cargado de saberes. Apenas conozco la historia de Europa, no soy jurista, me cuesta interpretar la factura de la luz y no puedo identificar ni un 0,2% de las listas de candidatos a la Alcaldía de Barcelona. Son desconocidos para mí. Desde la enciclopedia sentimental solo puedo añadir más confusión y desconcierto. Sin embargo también soy consciente de que en ese mismo tris mi opinión pertenece a una masa cada vez más informe y que no merece gran interés. Por lo demás, el temor a ser objeto de la atención de alguien simplemente por aquello de clasificarme y ver "qué pie calzo" o valorarme, es algo que tampoco anima a participar.
Una amiga que se ha jubilado hace unos meses me comenta lo feliz que es al poder hacer finalmente lo que más le llena, que resulta que es atender en su casa un Bed & Breakfast que puede regentar a su voluntad gracias a una plataforma en internet que creo que no se lleva comisión. Después de años de vida académica y de haber obtenido un cierto reconocimiento en su disciplina, resulta que su vocación más gratificante ha sido la de poder ofrecer una de sus habitaciones a quienes vienen de paso a nuestra ciudad. Como vive en un piso céntrico, es amable y habla fluidamente francés, italiano e inglés, su atención es muy buena. 
Por mi parte yo creo que me sentiría muy realizada si tuviera un trabajito de ubicadora de papeleras y otros muebles urbanos. Creo que mi especialidad serían los bancos y las papeleras. Sabría encontrar en cada barrio y en cada parque el sitio ideal para ubicar los artefactos de manera que no entorpercieran, que no dejaran de ser útiles y además tuvieran el emplazamiento adecuado (sol y sombra, estética, limpieza, orientación en general). Salta a la vista que ese puesto de trabajo no existe. Para mí resulta evidente que se le confía la ubicación de los bancos y las papeleras a un plan demasiado general en el que no se tienen en cuenta los factores que a mí tanto me importan. La fotografía de hoy es por eso una pérgola de la Rosaleda de Madrid, en el Parque del Oeste, Argüelles. 
Con la mejor intención, la de mantener limpio el lugar, se puso ahí en medio camino de la pérgola que rodea un extremo del jardín una papelera que no es que sea fea pero que rompe la línea del camino e introduce un elemento que a diferencia de los vasos de piedra de la curva exterior es disonante. Se dirá que mi opinión es drástica, pero yo digo que esta acumulación de elementos dispares sumada a lo largo de toda ciudad hace casi inútiles los esfuerzos por conseguir algo de belleza en un tramo largo urbanístico. Lo sé porque en mi afición a la fotografía tengo que ir constantemente evitando las papeleras para no fastidiar un rinconcito con esos armatostes. Mi resultado se dirá que falsea la realidad pero no permito que una papelera me estropee una fotografía.
Lo de los bancos ─ya no digamos si al lado le ponemos una papelera donde se abocan excrementos de perro y donde toca el sol y se producen efluvios hediondos─, lo de los bancos, digo, merece capítulo aparte. A pesar del acierto de hacer bancos individuales, elemento que introduce una novedad en la que nos gustaría reparar con mayor detenimiento, su colocación a veces es errática. Los bancos tienen que estar en lugares desde los que se tenga un vista buena pero no en pleno paso, y hay que acertar con las horas de sol, como no me canso de decir. Esos bancos que hay colocados de espaldas al primer carril de circulación ya se sabe que además de peligrosos no gustan. Naturalmente no se pueden poner a veces más adentro en la acera, porque no dejarían circular bien a los viandantes. Ese problema, el de cómo poner los bancos, no lo tienen por ejemplo en ciudades como Nueva York, donde si te quieres sentar en un banco (por lo menos en Manhattan) lo tienes casi imposible. Quitando alguno de los parques, como el de Madison Square, en las calles y avenidas no hay bancos. Para sentarnos tenemos que entrar a una cafetería. Yo supongo que lo hacen por seguridad, para que no se formen pandillas, como se hizo en nuestra Plaza Real.

Rosaleda de Madrid

Josefa Domínguez y Corona Senra


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19.5.19

Una novela picaresca de 2017

no de los personajes mejor definidos de La vida negociable  (Luis Landero, 2017) yo diría que es el viejo Baltasar:
"A mí me tomó cariño desde el principio y me daba buenos consejos para la vida. Me llamaba joven y siempre de usted. Me decía a menudo que no me dejase embaucar por los mitos de la modernidad y de las modas ni por los cantos de sirena del consumo sin tasa, que era quizá el mayor mal que afligía a nuestro tiempo. Me decía también que quizá en el futuro, cuando él se jubilase (y yo lo miraba incrédulo, porque aquel futuro no parecía que fuese a llegar nunca), podía venderme, traspasarme o alquilarme el local, y con él su clientela.
No es para hacerse rico, me decía, pero se va viviendo, y para qué quiere uno más. Yo he conocido, y conozco, a colegas ambiciosos, que me dicen: "¿Por qué no te haces con un local más espacioso, más alegre, unisex, con cuatro o cinco empleados, y con una clientela más joven y diversa? ¿Por qué te conformas con tan poco? ¿No ves cómo la gente va a más? Con la democracia todo el mundo prospera, vivimos tiempos de abundancia, y tú, sin embargo, te mantienes siempre igual, si es que no vas a menos. Y yo me sonrío por dentro. ¿Para qué quiero más si ya tengo bastante? No fumo, no bebo, no voy ni a los toros ni al fútbol, viajar no me gusta, no tengo hijos, no tengo deudas ni deudores, la comida de los restaurantes me sienta mal, cualquier ropa me sirve, coche no necesito, y mi señora en todo piensa como yo. No tenemos ni perro ni gato. No salimos de noche. No nos complace ni el lujo ni el capitalismo. Nos gusta pasear y paseamos por el barrio, y los domingos vamos al Retiro. Comemos cosas buenas, sabrosas y naturales. Y la comida casera sienta siempre mejor que la de fuera, y es mucho más barata. Nos gusta el cine y la música popular. Pues bien, para eso tenemos la televisión. ¿Qué más queremos?"
José-Carlos Mainer nos sitúa la novela de una sola vez cuando nos define al protagonista y narrador (Hugo Bayo) como un pícaro. Y ciertamente lo es. Y hasta podríamos entrever en el viejo Baltasar un trasunto del ciego primer amo del Lazarillo de Tormes. El padre podría ser otro de los 9 amos que tuvo el pícaro del siglo XVI, por cuanto de él aprende el arte de sisar y de la pequeña corrupción. La situación de Huguito no es exactamente el hambre o el desamparo pero sus anhelos no son menos intensos y lo llevan a situaciones miserables o ridículas. El viejo Baltasar lo puedo reconocer aún en algunas personas que aún viven y que desarrollaron esa mentalidad entre espartana y contraria a toda pretenciosidad tal vez a causa de la postguerra. En su peluquería Hugo pasa una larga jornada en la que rueda la bola de la molienda verbal de costumbre y llega a su casa malhumorado y cansado, lejos de sus aspiraciones y con el talento por los suelos.
Días atrás estuve en Cáceres y estaban las cigüeñas en plena actividad, afanosas con sus nidos y el trajín en las espadañas del que fue Convento de San Francisco me hacía pensar en nuestros propios afanes, divididos, no como los de estas aves, que apuntan en una sola dirección. A nosotros nos reclaman varias preocupaciones y aspiraciones y en el fondo pocas veces nos hallamos en alguna. La carga de trabajo y las obligaciones familiares de muchos de nosotros no nos dejan disfrutar de sus frutos porque el volumen de tareas es tan abrumador ─sobre todo si nos ponemos a pensar─ que es raro que no cometamos algún error, que no rompamos algo, que no hagamos algo que no deberíamos haber hecho o que hagamos algo que teníamos que haber dejado de hacer. Creo, con el viejo Baltasar, que es mejor no estirar más el brazo que la manga ni entregarse a lujos innecesarios que ahondan nuestra dependencia del dinero o del tiempo.
No he leído otros libros de Luis Landero (creo que empecé El guitarrista), pero alguna reseña que veo ahora comenta que en esta novela es donde por primera vez asoma el erotismo. Está muy presente y es a veces procaz, lejos de un disfrute apacible, pero acabada la lectura me resulta el contrapunto ideal para la renovación de la picaresca. El sexo y buscar el lugar en el mundo no son temas ajenos el uno al otro.
La novela está situada en Madrid y al parecer en la época del narrador, en sus 40 años, pero está claro al menos ahí el punto de vista del autor, que tiene más que nociones de los años precedentes. Aunque yo no sea desde hace muchos años lectora de novelas ésta la recomiendo en lo filológico.

(c) SafeCreative https://www.safecreative.org/work/1905100856849-ciguenas-3-
Fotografía: M. Domínguez Senra

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