30.11.07

Trilogía: Divagaciones otoñales (7)

"Power, government, war, law, punishment and a thousand other things had no terms, wherein that language could express them, which made the difficulty almost insuperable to give my master any conception of what I meant" ("A voyage to the Houyhnhnms", Gulliver’s travels, Jonathan Swift)

e decía a una amable lectriz de ALFDB (A la flor del berro) que el desenlace de la trilogía encabezada por el cuerpo y seguida por el espejo, tenía lógicamente que ir a parar a la sombra. Para empezar (o para acabar) cuando digo "trilogía encabezada por el cuerpo" ya introduzco una absurdidad porque parece ser que el cuerpo nunca encabeza nada. Por suerte para este blog (PSPAEB/PSPAELDB), no se pasa por aquí nadie que desconozca que hay vida más allá de los significados literales (cabeza y cárcel). Por suerte para todos, para Aaoiue, para sus invitados o lectores electos de piedra, para los observadores silenciosos, para los simpatizantes, y para los que no están. También para los yahoos
La sombra, sea la mala o la buena, la propia que nos precede o nos persigue, la de Yunichiro Tanizaki, la de Jorge Luis Borges, la sombra de Rosalía de Castro, el clarobscuro, la penumbra, el contraluz, las tinieblas, la noche oscura del alma y hasta la ausencia, serían el desenlace natural del "Cuerpo extraño" y de "El mundo del derecho y el mundo al revés". Por la misma lógica, en vez de encabezar el post con un campo escarchado (CE), hubiera podido colgar la "Venus del espejo" de Velázquez que ha vuelto unos días a Madrid, al Prado (MAP). Por la misma lógica, el lienzo fue acuchillado por una sufragista británica en 1914, en protesta por el arresto de Emmeline Pankhurst o, de soltera, Goulden. La pura lógica.
Prometo que no quiero mezclar al pintor de la profundidad con mi descrédito de la lógica ramplona del tres y sus múltiplos y secuaces. Al contrario. Velázquez fue siempre más allá de la lógica del tres (LDT) y de la perspectiva de lo evidente y de lo simbólico.
Por la misma razón (PMR) por la que no conservo mi cuento de Gulliver que tantas veces leí de niña, no conservo un tratado junguiano sobre el Tarot. PMR. Cosas. Ahí con Jung podría asomarme a mi aversión a la lógica del tres (LDT), ese número tan espiritual pero atenazante. El número de la Emperatriz. No digo nada del eneagrama y todos los intentos de clasificarnos. Todo para controlar (TPC).
Leí mi ejemplar en inglés de los viajes del cirujano Gulliver, cuyo autor nació "tal día como hoy" hace 340 años, en la Biblioteca del Departamento de Filología Románica de la Universidad de Barcelona (BDFRUB). Lo leí a ratillos perdidos, entre clase y clase. Y es que yo necesito el inglés y hasta el silencio para entender mejor el español. Estoy más en la lógica del cero indio y del uno y del dos y de sus múltiplos, del número pi, del 23 arameo y del canon áureo. En esa misma BDFRUB yo había hecho parte de mis prácticas de bibliotecaria-documentalista (o documentatonta) años antes, y tenía para mí el gusto perverso de poder asumir otro papel ante la misma escena (AOPALME). ¡Cuántas veces no quisiéramos hacerlo a voluntad (AV)! Convertirnos no en aquello de Pedro Salinas ("como quisiera ser lo que te doy y no quien te lo da"), que total es una mera trasposición sintáctica y metafísica, sino convertirnos como la paella en un crisol de sabores y de sinsabores y de colores, convertirnos como la escarcha en algo que es más leve y más anhelante que el rocío de Jorge Manrique (CCLEEAQEMLYMAQERDJM), desmoronarnos como una huella de arena huecograbada.
En otra biblioteca de mi predilección, la Biblioteca de Catalunya, en la sala que ahora llaman en un empeño neocursi y pretencioso que me desmocha, "nau de tramontana" (nave del nordeste), y que era una sala de enfermería del antiguo hospital medieval de la SantaCruz; en esa sala, digo, solía sentarme en mi mocedad (SSEMM) para aprenderme lo que se suponía que debía saber para valerme (PV). El día que recuerdo ahora oí entre líneas unos pasos a mi espalda acercarse desde la otra punta de la nave abovedada. Los arcos rodeaban cada paso de una reverberación delicada y mistagógica. Oí a mi espalda (ME) los pasos detenerse y luego animarse tras una vacilación de duda o una turbación de sorpresa casi imperceptibles. Tic, tuc, tic, tuc, tic, tuc, ... Tic... Tic... Tiquitituquituquituquituc. "¡Es T!" Las letras nos distraen de lo que oí o lo que sentí y para la cual no cuento con pericia pentagráfica alguna. No sé qué me gustó más si el "Tic, tuc, tic, tuc, tic, tuc,...", o el "Tic.... Tic..." o el "Tiquitituquituquituquituc". Ni lo sé, ni me importa.

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26.11.07

Killer Samurai Sudoku


“El omne bueno e su fijo eran labradores e moravan çerca de una villa. E un día fazían y mercado, dixo a su fijo que fuesen amos allá para comprar algunas cosas que avían mester, e acordaron de levar una vestia en que lo traxiesen. E yendo amos a mercado, levavan la vestia sin ninguna carga e ivan amos de pie e encontraron unos omnes que vinían daquella villa do ellos ivan. E de que fablaron en uno e se partieron los unos de los otros, aquellos omnes que encontraron conmençaron a departir ellos entre sí e dizían que non les paresçían de buen recabdo aquel omne e su fijo, pues levavan la vestia descargada e ir entre amos de pie” (Don Juan Manuel, Libro de los enxiemplos del Conde Lucanor e de Patornio. Edición de Ignacio I. Sotelo. Madrid: Cátedra, 1989. 13ª ed., exemplo 2)
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“Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura”.

l texto de la versión más fiel al original, sería que ni pintado para ilustrar la historia de las lenguas ante los politizadores de las gramáticas. Ahora que aún vive gente que escribe lo bastante ortográficamente como para apreciar los rasgos del castellano bajomedieval, es el momento de recordar que esos rasgos perviven en otras lenguas romances peninsulares: el pretérito imperfecto en –va, el pronombre “y” y todas las grafías para representar las consonantes ç/z , j/x.
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La pura verdad es que manejo una edición de las llamadas “críticas” porque es la que tengo y a lo que voy es al cuento, que no es poco. De todas maneras, quiero dejar dicho que la prefiero a la de la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. Sobre todo prefiero “e de que fablaron” al adaptado o modernizado “después de los saludos habituales”. Nos explica en cualquier caso Don Juan Manuel que un padre y su hijo labradores van al mercado a comprar. Llevan una bestia para cargarla con lo que compren. Alguien les reprende por no aprovechar el animal para trasladarse. Sube el hijo a la grupa de la bestia y le afean entonces el permitir que el padre –siendo viejo- camine. Sube el padre a cambio y les dirán que está mal que camine el hijo siendo más tierno. Se suben los dos y les amonestan por sobrecargar la flaqueza del animal.
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El cuento ejemplifica dos hechos: 1) que siempre habrá alguien que no esté conforme con lo que hacemos, hagamos lo que hagamos; y, 2) que criticar es muy fácil. Al cabo del exemplum, Don Juan Manuel da sus consejos, con lo cual nos creemos estar ante una especie de manual de autoayuda del siglo XIV precedido por un cuento como los de Bucay.
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La historia de la bestia, el padre y el hijo es muy esquemática. No admitía más que un número contado de posibilidades: subirse uno, subirse otro, no subirse nadie o subirse los dos. No había más posibilidades dentro de lo razonable y dadas las circunstancias. En muchas ocasiones, sin embargo, las posibilidades que admite un percance son mucho más numerosas. Nos damos cuenta con los años de que hablar apropiadamente no es fácil, y mucho menos lo es actuar apropiadamente. El cuento de Don Juan Manuel es como un sudoku fácil respecto a los killer samurai sudokus con que nos encontramos a veces si no sabemos esquematizar el problema.
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Tomo un ejemplo de la realidad inmediata: un cursillo de formación continuada de esos a los que los trabajadores nos tenemos que apuntar para engrasar las ruedas de la subvencionología, para la mayor gloria de la empresa y para el reconocimiento remoto de un complemento salarial nimio como premio a la manera en que una se involucra en los objetivos del ente patronal. El cursillo, de 20 horas, tiene el nombre “Com entendre les diferents cultures” (“Cómo entender las diferentes culturas”) y está dirigido a quienes debemos atender a un vórtice demográfico cada vez más variopinto, plurilingüe y multidescontextualizado. Hala, toma palabros.
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Aunque pudiera parecer que el curso iba a facilitarnos información básica para no meter la pata con los gitanos, los magrebíes, los subsaharianos, los chinos, los rusos, los rumanos, los bolivianos, los pakistaníes, etc., en realidad el curso nos entrena para poder manejar las situaciones de mala comunicación o conflicto por motivos religiosos, culturales, etc.
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En la tercera sesión, la joven profesora (psicóloga) reclamó dos voluntarios. Se prestaron dos mujeres. Les hizo abandonar el aula y a los que nos quedamos nos dividió en dos grupos y nos explicó que cada uno de los grupos iba a ocuparse de conducir a una voluntaria entre un desorden de sillas con los ojos vendados con la ayuda de instrucciones verbales. La monitora también nos indicó que al principio indicásemos la dirección mal a nuestra voluntaria con el objetivo de que se llevara un golpe y desconfiase, pero que a partir de ahí todo debíamos indicárselo a derechas. Llegados a ese punto manifesté mi disconformidad. “Hombre, no me parece bien que le dejemos golpearse la pierna”. Yo me había llevado uno con una de esas sillas de hierro y asiento de formica el primer día de clase. Sabía lo que dolía. La monitora repuso: “Es para que os deis cuenta de que hay gente que ha tenido una mala experiencia previa y tenemos que ganarnos su confianza”. A lo que yo le dije: “No hace falta, de verdad. Ya lo entendemos sin llevarnos golpes”. Mi comentario fue inútil. La voluntaria se llevó un golpe en la rodilla y además la encargada de guiarla le hizo dar más vueltas sobre lo andado de las que eran necesarias. Cuando la voluntaria llegó a la meta convenida, nos explicó que ella no suele sobrellevar con serenidad el hecho de no poder ver.
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De todo lo que llevo explicado no sé lo que hubiera dicho Don Juan Manuel. Dejamos de lado que la voluntaria tuviera miedo a la obscuridad o no, y dejamos de lado que su guía abusó yendo más allá del “engaño terapéutico” (el golpe en la rodilla), al enredar más de lo acordado el camino. Dejando de lado todo eso, queda el golpe mondo y lirondo en la rodilla para mostrarnos dramáticamente la génesis de la desconfianza. Y este procedimiento me suscita muchas preguntas. La primera es si es necesario, si no había otra manera de situarnos empáticamente ante un usuario/cliente/loquesea escocido. Mi segunda pregunta es si es lícito que en un curso de formación continuada le sometan a la gente a un manejo psíquico sin su consentimiento. Si en nuestra vida ordinaria le hacemos darse a alguien un trompicón en el puro hueso para que vea lo que duele, probablemente no nos tendrá en buena consideración.
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El tema de cada pregunta podría desarrollarse mucho más, pero para mí el interés reside ahora en pensar qué se puede hacer. Presentar mi disconformidad no sirvió de nada, posiblemente porque nadie la secundó. Quedan dos clases. ¿Qué hacer? Dejar un comentario en la encuesta que nos pasan el último día no me convence. Se puede interpretar como algo “personal” o los efectos que podría causar serían indeseables. Al fin y al cabo, la monitora no debe de llevar más de 3 años en lo suyo y la vida ya le enseñará a ser más persuasiva y a no tomarse al pie de la letra los tratados de Psicología. Lo que he pensado es que en la próxima ocasión en que pida un voluntario no me ofreceré. De todas maneras nunca me ofrezco de voluntaria, pero si me dijera que me presentase como voluntaria entonces le podría decir que no, porque no me quiero llevar un golpe.
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Y todo es un decir, no porque no vaya a hacerlo, sino porque la vida es tan ella que al final habrá que improvisar y, total, ¿qué importancia tiene un golpe al lado de una lesión grande? Así es que entiendo que hay personas para quienes cualquier acción se desdobla en tantas posibilidades, que hasta el mero hecho de ir a buscar un vaso de agua a la cocina es una montaña y rusa.

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21.11.07

Trilogía: el mundo del derecho y el mundo al revés


Desmayarse, atreverse, estar furioso,
Áspero, tierno, liberal, esquivo,
Alentado, mortal, difunto, vivo,
Leal, traidor, cobarde y animoso;

No hallar fuera del bien centro y reposo,
Mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
Enojado, valiente, fugitivo;
Satisfecho, ofendido, receloso;

Huir el rostro al claro desengaño,
Beber veneno por licor süave,
Olvidar el provecho, amar el daño;

Creer que un cielo en un infierno cabe,
Dar la vida y el alma a un desengaño;
Esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Lope de Vega

l lado de mi afición o debilidad por las frases al vuelo, inicié una colección fallida de titulares de prensa que pronto tuve que abandonar. Y no por falta de muestras o de oportunidades. Al contrario, si hasta tenía demasiados perlas y demasiadas oportunidades, si una colección así me obligaba a ser muy exigente y selectiva. Conque hasta llegué a reconsiderar la colección bajo la posibilidad de tabular titulares de diferentes diarios sobre un mismo asunto o declaración, para compararlos por cotejo e ir viendo tendencias o lo que fuera. También pensé en tabular varias fuentes de información, la impresa y las digitales que sucesivamente se van superponiendo. Por ejemplo, el pasado día 20 nos encontramos en Elpaís.com con el siguiente titular: "El obispo Blázquez pide perdón para la Iglesia por la Guerra Civil". Paralelamente "La Vanguardia" servía dos titulares, uno para la edición en papel ("Blázquez aboga por pedir perdón por la Guerra Civil") y otro para la edición de internet ("Blázquez pide perdón por el papel de la Iglesia en la Guerra Civil"). Me he leído de manera superficial pero dos veces el discurso de donde se han extraído los titulares y, en mi opinión, no son fieles al espíritu ni a la letra de las palabras de apertura del obispo de Bilbao en el asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal (www.conferenciaepiscopal.es). El titular del "El mundo" digital simplemente no era un titular: "Blázquez reconoce el derecho a recuperar la memoria histórica pero "sin reabrir heridas".

No hace falta matarse a poner ejemplos de titulares sesgados, capciosos o –como diría Marguerite Yourcenar- imprecisos, a pesar de que esta escritora francófona usaba la palabra incluso para los casos en que muchos de nosotros hablaríamos abiertamente de mentira sin hacer muchas más distinciones ni sutilezas.

En el mundo anglófono se cuenta con una reserva de eufemismos muy educados para referirse de manera distanciada al engañar o al apartarse de la verdad: "misleading", "dissembling", "bluffing", "bullshitting" y otras. Son palabras que no estoy nunca segura de estar usando convenientemente pero que no quería obviar. Sobre todo porque una vez, en una clase de inglés, el profesor nos dijo que no tenía el español la riqueza léxica del inglés y que esto se notaba por ejemplo en el uso de palabras como "mentir" o "robar" donde el inglés tiene mucho vocabulario. En ese punto recordé algo en lo que ahora me falla la memoria, un episodio de nuestra Historia en que los conquistadores de América quisieron impresionar a alguna de las civilizaciones sometidas (¿maya?, ¿azteca?, no sé, no recuerdo). Pretendieron los españoles aterrar a los indios con la predicción de un eclipse previsto para aquella misma noche. Para cuando se produjo efectivamente el eclipse, las suertes se habían girado y los españoles estaban sufriendo el tormento de la tortura mientras un sabio recitaba todos los eclipses de sol y de luna previstos por su ciencia astrológica hasta mil años más allá del de aquella noche tan negra. Y es que detrás de un eclipse viene otro, y detrás de la infatuación lo que suele haber es ignorancia.
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No sé si el hecho de tener mucho léxico para la cosa del robar y el mentir es como para enorgullecerse, pero aquel día reaccioné un poco como el indio bajo las estrellas y recité algunos de los verbos de nuestro patrimonio lingüístico: inventar, exagerar, desfigurar, trocar, rellenar, sisar, malinterpretar, distorsionar, trufar, pretextar, colar, clavar, soflamar, aparentar, guardar las apariencias, afectar, sobreactuar, fingir, simular, disimular, esconder u ocultar, omitir, disfrazar, enmascarar, camuflar, tapar, solapar, desinformar, encubrir, engañar, embaucar, adulterar, falsificar, falsear, timar, defraudar, zurcir, pastelear, dorar, engatusar, camelar, encandilar, embelesar, adular, ofuscar, oscurecer, embrollar, liar, enredar, enmarañar, confundir, desorientar, desconcertar, complicar, tergiversar, contemporizar, desacreditar, difamar, perjurar, hacerse el sueco, hacerse el sordo y hacerse el tonto. No olvidemos las mentiras estadísticas, las mentiras piadosas, marcarse un farol o las falsas promesas o las trampas del embustero electoral.
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Parafraseando a Lope de Vega, a su soneto "Desmayarse, atreverse, estar furioso", diría detrás de mi pequeña enumeración: "esto es un titular, quien lo probó lo sabe". Lope era muy buen dramaturgo y asombroso poeta; también fue –como Cela- un delator, aunque no sabemos si dado a la psicofanía o falsa delación. La verdad y toda la verdad es que eso prefiero no saberlo. Y mirad que estoy dispuesta a buscar hasta el final en la ...¿"verdad"?, incluso aunque me perjudique. Ah! y la cita de Lope no está mal traída, puesto que el amor ese (el del claro desengaño) es la suprema mentira.

Para acabar, transcribo un párrafo muy elíptico de un libro de Historia [sic], editado por el Ayuntamiento [sic] de Barcelona, para el que se me acabaron las palabras:

"Precisamente el 2005 es va produir el malaurat accident de l’esvoranc del Carmel que tanta repercussió humana, social i política ha tingut. Una tràgica conseqüència per una actuació nefasta d’uns responsables polítics del temps del franquisme que van especular amb els ciutadans". (Almerich P, Giménez C, Morros T. Font d’en Fargues: gènesi, història i records d’un barri en 100 anys. Barcelona: Ajuntament de Barcelona. Districte d’Horta-Guinardó i Arxiu Municipal, 2006, p. 38)

La imagen que nos devuelven los espejos y los charcos, con ser falsa, nos atrae, nos fascina, nos gusta, es más perfilada que el amanecer más bello del día más incitante. Las otras falsedades, no. No nos gustan.

Post scriptum: Voltaire -quien nació "tal día como hoy"- delató a Rousseau por haber abandonado a sus hijos (más o menos como Pablo Neruda abandonó a su hija aquejada de hidrocefalia desde el nacimiento, porque no la podía reconocer como propia). Si los enciclopedistas hubieran tenido los links y los widgets y los esvorancs hubieran escrito como posesos.

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13.11.07

El reino mineral

Coprolito de tortuga de Magadascar
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El fin de semana pasado se celebró la IV Fira del Mineral en nuestra ciudad. Hice una escapada meteórica el sábado a primera hora, cuando aún era posible detenerse a cada paso pero sin tropezarse. Pude comprar por 5 euros el coprolito de la imagen, que corresponde al excremento de una tortuga de Madagascar. Para mejor apreciarse el tamaño de la caca quelónica petrificada o fosilizada he añadido un fósforo de referencia. Hice antes pruebas con diversos objetos de tamaño estándar (un capuchón de bolígrafo Bic, una moneda de 10 céntimos de euro, una pastilla Juanola, un piñón, etc.) Pero en el mundo en donde se pretende recrear este blog, lo ideal era un mixto por su naturaleza precisamente híbrida. Fácil broma lingüista se dirá. Bueno, pero el caso es que tiene el mixto cuerpo de madera y cabeza de fósforo.
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Cuando yo tenía tiempo –de eso hace miles de años, pero después de la deposición de la tortuga malgache-, cuando yo tenía tiempo, digo, lo perdía buenamente en entretenimientos de habilidad que ahora sería incapaz hasta de discurrir. No sólo porque no tengo tiempo sino porque ya no tengo ni la mitad de habilidad en las manos. Por eso escribo un blog. Cogía, por ejemplo, una cajita de cerillas y encendía una de ellas (y hasta la apagaba) cada vez con menos dedos. Abrir la cajita, sacar sólo una cerilla, cerrar la cajita, encender la cerilla frotándola y apagarla agitándola, todo eso con el dedo índice de la mano izquierda o derecha y nada más, tiene su mérito. Un mérito, se me dirá, que no sirve para nada. ¿Qué le vamos a hacer? ¿Qué más quisiera yo que saber hacer cualquier cosa que sirviera para algo y que no sea una tortilla de patatas?

Mientras intentaba recordar una ilustración del cuento “La vendedora de fósforos”, recibí un mensaje en mi buzón electrónico. Un mensaje para adherirme al apagón del 15 de noviembre frente al cambio climático. Por lo menos hay que decir a favor del mensaje que me evita el forward y está tamizado y dulcificado por las palabras propias y sabias de quien me lo envía. Con mi legendaria impulsividad he contestado al mensaje con otro en que más o menos vengo a decir que por un lado yo suelo preparar la cena a la hora de la convocatoria y que, por otro lado, no quiero obedecer a consignas facilonas de bravatas pre-electorales. Además le he dicho que yo no gasto luz a lo tonto, que no uso nunca automóvil privado y que sólo tomo un avión en caso de verdadera necesidad. Luego va a resultar que si el jueves tengo el fluorescente de la cocina encendido a las 8:00:01 p.m., va a parecer que no creo en Al Gore o que me opongo a las consignas populistas, o que no estoy en este mundo y ni siquiera me enteré del pásalo.
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Vamos a ver. ¡Pero si en mi cocina amish solo ha entrado un transistorcito, el frigorífico, el exprimidor, la batidora y un ahuyentador de hormigas ultrasónico! No hay microondas ni televisión ni nada. Mi cocina de fogones es idéntica a la de “Cuéntame”, que la ví un día en una revista en la peluquería. Estaba en el piso cuando me vine. Para acabar: en el caso de que consiguiera llegar al aeropuerto de El Prat –cosa que hoy es más aventurada que un trekking en el Nepal, un safari sin guía o bajar el Montblanc sobre una tapa de wáter- en tal caso, me iría para siempre. No digo donde. Aunque sólo fuera para no tener que ver cómo se toman tantos aviones para un fin de semana o un puente masivo o para una reunión o para adquirir un baño de “cultura” de secado rápido.
***
Al regresar a la pantalla de inicio de mi navegador he visto la rana y la mariquita del iGoogle mío jugando a tenis. Luego se ponen a recoger leña y, a veces, hasta las veo dormir junto a una pequeña hoguera. Últimamente estoy confiando en ellas mi noción del tiempo. Muchos días cuando miro a ver qué hacen, ellas siguen dormidas, cosa que me crea la ilusión de que yo sí aprovecho el tiempo. Pero ellas y yo sabemos que no es así. Que más que divagaciones otoñales de este hemisferio boreal lo que tengo son trompicones.
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Sin embargo, de tanto en tanto o de tanto en cuanto o de vez en cuando, ocurre algo que me despierta más allá de lo que es mi vigilia ordinaria y media muerte. Resulta que –como venía diciendo antes del mensaje- con mi coprolito en ristre más contenta que un tonto con un lápiz, seguí en la feria hasta dar con las obsidianas negras. Ahí me quedé medio traspuesta. Ni síndrome de Stendhal ni nada. La alegría del coprolito me había preparado para lo mejor. El pellizquillo del sigma intestinal como prueba feaciente de la naturaleza fecal de mi fósil, era un signo de autenticidad que se alojó en mi falta de certezas con singular brillantez. Pero las obsidianas me dejaron totalmente para allá.
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La obsidiana negra tiene el negro más negro de todos los negros que conozco. Más negra que el basalto, que un teléfono de baquelita gastada que más bien tira al carbón y a la antracita. Más negro que un dominó en Rialto. Más negro que un smoking negrísimo. Más negro que la tinta del calamar y la del humo, más negro que la laca china o el ónice o el azabache. Más negro que los ojos de gamba de mi canario, Trinidad Domínguez. Más negro que un piano de cola. Mucho más negro. Es el negro en su negritud y con tanta lucidez.
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NOTA: La publicidad gratuita de Bic, Juanola y la campaña del 15 de noviembre frente al cambio climático son antes bien el sello de mi independencia. Por eso, por la independencia, le quería dedicar mi divagación-trompicón a la memoria de Diego de Torres Villarroel (1694-1770), quevedista, autobiógrafo, matemático, profesor, amigo de lo tremendo, de mezclar cosas, que predijo la Revolución Francesa pero que no la vivió.

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11.11.07

Trilogía: Cuerpo extraño


"Como los erizos, ya sabéis,
los hombres un día sintieron su frío.
Y quisieron compartirlo.
Entonces inventaron el amor.
El resultado fue,
ya sabéis, como en los erizos."
Luis Cernuda
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Oí que hoy las nuevas generaciones están usando el pulgar más de lo que lo usan o usaban las nuestras. Es por la telefonía móvil, los mandos a distancia, los gameboys o gamegirls y las play stations. El dedo pulgar es el dedo que usaban los emperadores de Roma para condenar o agraciar a los gladiadores. Es el dedo de la succión. En los seguros de vida sin particularidades el dedo pulgar de la mano dominante es el que tiene mayor valor si no se estipula otra cosa. El mismísimo sistema arterial privilegia el primer dedo. Es además, por así decirlo, el dedo más evolucionado. Se sabe que hay una directa relación entre la transición a la bipedestación y el uso de las manos, y entre esos dos acontecimientos y el desarrollo de la inteligencia y el lenguaje.
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En otro orden de cosas, parece que las habilidades que requieren más rigor o delicadeza están de alguna manera asociadas al dedo índice, el dedo que indica. El meñique también tiene sus papeles y no solamente en los mudras, en el baile y en la degustación. Los quirománticos lo llaman el dedo de Mercurio. Pero no es el lenguaje visible u oculto de las manos lo que nos ocupa, sino el ceder la atención a cada dedo por separado, a cada falange, a cada yema y a cada surco. La idea es devolver la atención a la evolución de los dedos gordos y más en concreto a los dedos gordos.

No seré yo quien hable del futuro. Sería de mal gusto. Por ignorancia y porque nos podríamos desviar hacia el catastrofismo y a lo que en propiedad es la escatología: el fin del mundo. Por una sola vez, si acaso, podemos aventurarnos a creer que no se va a acabar el mundo nuestro éste mientras las especies más fuertes o más ingeniosas sobrevivan adaptándose como puedan. Una parte de la humanidad, que ni siquiera tiene por qué ser la mejor, podrá sobreponerse al frío y a las calamidades. Una parte de la humanidad podrá aspirar dióxido de carbono, resistir las obras y las reformas sin enloquecer, salir con bien de las hambrunas y de las comilonas, la transgenia, la falta de agua, las temperaturas impetuosas, las catástrofes naturales y la violencia. Tal vez esa parte de la humanidad tendrá otros pulgares, o tendrá un brazo más desarrollado (como los cangrejos). ¿Serán los seres venideros mejores, iguales o peores a nosotros? ¿Es concebible la involución de la especie, la vuelta del rabo? ¿Quién lo sabe? Parafraseando a Pessoa, para quien el recuerdo es una traición a la naturaleza, podríamos creer que los pronósticos son una aberración de la inteligencia, incluso una entelequia embaucadora y agarrotadora.

Pediría para mí tres cuerpos. Uno para estar en el mundo a pesar de todo. Otro estaría, pues eso, como está la luz cuando baila por la mañana en la pared saltándose todos los orificios de las persianas y tocando el arpa del polvo, o como está la luz cuando pace en la tarde en los ojos de las llaves puestas, como pacían los animales de antes de las explotaciones ganaderas, aquellos bueyes bergantiñanos de 1200 quilos y más. Otra estaría haciendo pruebas, equivocándose, conociendo lugares y tiempos, aprendiendo, experimentando.

El cuerpo es extraño. Están los cinco sentidos. Luego hay otras sensaciones que no son las de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Son sensaciones "menores" o menos cultivadas. Reparamos en la sensación del estornudo malogrado. O en el rubor de las orejas, un escalofrío, los diferentes tipos de temblor, el calambre, el latido a destiempo, la sacudida en el primer sueño, el llanto a costa de los otros, el llanto de la rabia, la risa en el llanto, las lágrimas de la risa, la carcajada, el estornudo en salvas, el movimiento reflejo, el suspiro, el bostezo espontáneo, el bostezo contagiado, el santo cansancio, la modorra, el desperezo, la conciliación del sueño, la risa reprimida tonta, la risa tonta reprimida, el bostezo disimulado, la náusea, la sed, el hambre, la saciedad, el entumecimiento, la tos, el estertor, el ronquido, el pito, el miembro fantasma, el miembro dormido, la mano muerta, el tambaleo, el primer paso, la atracción del abismo, el aumento y la disminución de la gravedad en las atracciones, el aumento de las palpitaciones, el cuerpo en sarvangasana, tragar, atragantarse, babear, tirar hacia sí, retroceder, avanzar, pisar, girar, chupar, empujar, morder, mordisquear, sorber, hacer caca, respirar, transpirar, hacerse la boca agua, mojarse, evaporarse el agua en la piel, las cosquillas, el hormigueo en los pies, las ganas de mear, el goteo de la nariz, el estremecimiento del deseo, el sueño, el gustito, el gusto, el abrazo, la ira encendida, el arrebato, perder pie, tropezar, el respingo, la insensibilidad, la incomodidad, haber encontrado la postura, sofocarse, la tiritona, el asco, el castañeteo de los dientes, el chirrido de los dientes, el crujir de las rodillas, el runrún de los intestinos, sacar humo por la boca, alentar, el beso, flotar, andar contra el viento, andar con el viento, el hipo persistente, el pedo intempestivo, el estrujón, el achuchón, la arcada, la regurgitación, la magulladura, el arañazo, el lapo atrancado, el bocado atrancado, la congestión nasal, el agua retenida en los oídos, el aire retenido en los oídos, la somnolencia, el dolor, el cuerpo distinto tras cada forma de tai chi nunca igual, el cuerpo calidoscopio, el cuerpo rendido, el carraspeo, el alarido, el ahogo, el cuerpo extraño en el ojo, el cuerpo extraño, el cuerpo insepulto, el cuerpo gestante, el cuerpo en la matriz, el cuerpo de jota, el medio cuerpo y el cuerpo entero, el cuerpo en equilibrio, el cuerpo encogido, el cuerpo agachado, el "cuerpo escaparate", el cuerpo pesado, el cuerpo viejo, el cuerpo fuerte, el cuerpo aligerado, el cuerpo ligero, el cuerpo prematuro, el medio cuerpo, el cuerpo a tierra, el cuerpo a cuerpo, el cuerpo de rey, el cuerpo presente, el cuerpo sin vida, el cuerpo.

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10.11.07

El subconsciente y el consciente, el fondo azul, la conjetura y el olvido, la mancha de humedad y el lienzo de cara a la pared

Ya he hablado antes por ahí de mi afición por las frases al vuelo. Hay un clásico entre ellas. Hay, digo, un grupo de frases muy bien delimitado que me han acompañado a mí y a cualquiera toda la vida y que he descartado siempre de mi colección porque son invariables. No cambian. Una sería: “Te volverás a caer”. Otra: “Cuando lleguemos a casa, verás”. Pertenecen a la fraseología de las madres de España cuando se meten a vaticinar. Otras, como por ejemplo “Mira cómo te estás poniendo” o “¿No pensarás salir así a la calle?” las tenemos –quien más, quien menos- grabadas en el subconsciente, en el consciente y en el cero-al-cociente-y-paso-la-cifra-al-siguiente.

Las madres son seres mitológicos que han sobrevivido la edad de oro, la edad de plata, la edad de hierro y lo que les echen. Y todo porque son los llamados “pilares biológicos”. Nos parece que que sigan repitiendo incansablemente los mismos presagios, como un I Ching pasado de rosca o el oráculo de las sibilas, debe de ser el secreto de su pervivencia. Los padres, que –en el terreno exclusivamente biológico- pueden ser perfectamente substituidos por un buen frigorífico de –80ºC, no sé yo que tengan un fraseo equivalente. Repetirnos nos repetimos todos. Los unos a los otros y nosotros con respecto a quienes fuimos. Y sin embargo no recuerdo yo en mi colección de frases al vuelo ninguna que pudiera clasificarse bajo la etiqueta “Padre”. Con mucho gusto admitiré cualquier propuesta que desdiga mi experiencia.

Pues cuando le expliqué a mi madre que había escrito a un hijo del pintor que me retrató hace tantos años, me dijo: “Deja ya eso”. Y lo dijo abriendo las manos como si fuera la Pantoja o como si estuviera diciéndome: “Mira cómo te estás poniendo”. Eso que cuando me decía de verdad “Mira cómo te estás poniendo” ella era una cría comparado a quien yo soy ahora.
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Como diría un “yonky”, lo estoy dejando. Con todo, antes quise cerrar el tema sin dejarlo en Fondo azul e hice unas averiguaciones que voy a intentar resumir. Escribí en junio pasado a uno de los hijos de López Garabal, uno que es profesor de Historia del arte (creo) en la Universidad de Santiago de Compostela. José Manuel López atendió mi mensaje y su respuesta incluía además un anexo. El corazón me latía con fuerza cuando fui a abrirlo. Pero no era yo, Reproducía un cuadro de una jovencita en el muelle y era de cuerpo entero. El mío era de medio cuerpo.
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Después de cruzarnos un par de mensajes más, J.M.L. consultó a su hermana, que es la hija con quien el pintor vivía. Garabal murió el 9 de septiembre de 1981 a los pocos días de despedirnos. En resumidas cuentas lo que he conseguido averiguar es que cuando Garabal murió estaba pintando a otra joven en su finca de Gondelle. Y por lo tanto –aunque el cuadro de Gondelle quedó inacabado- el mío no fue su último retrato. Por otro lado, todo apunta a pensar que mi retrato lo dejó en Finisterre. Don Manuel tuvo que marchar precipitadamente hacia su casa en las afueras de Compostela. Reproduzco las palabras de J.M.L. pero lo hago en lenguaje indirecto por razones de elemental discreción: Es muy posible que Garabal se lo dejara a alguien allí en Finisterre. En tal caso la persona más probable sería Lourdes Muñoz, la fotógrafa, persona a la que él quería mucho, porque había una gran amistad con su familia desde los años 30, y además era su padrino de boda, por lo que no es extraño que se lo regalara como recuerdo. Desgraciadamente Lourdes está muerta, aunque su marido, Agustín, que tenía una zapatería en la plaza,  sigue vivo. Si no lo tuviera él, la otra posibilidad sería don Luciano, el párroco de Santa María de las Arenas y el dueño del Patronato donde fui retratada, aunque esto parece más raro. Desde luego, el cuadro no lo vendió y tuvo que dárselo a alguien en Finisterre. Aquél verano fue muy extraño, porque Garabal se quedó sólo pintando allí, lo que nunca había hecho desde que había quedado viudo en el año 1972 y luego volvió a Santiago precipitadamente porque el marido de su hija tenía que marcharse en un viaje a Madrid, y para que ella, con la que vivía, no se quedara sola en la finca que poseía en las cercanías de Santiago, con sus hijos pequeños y un tío, que aún era  mayor que el pintor. Y fue el pintor quien murió inesperadamente unos días después.
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De acuerdo con las sugerencias de J.M.L. seguí las dos pistas: la del viudo de la fotógrafa y la del párroco. Sucesivamente. Le confié la investigación a una amiga que vive en Finisterre, que por haber sido además muchos años corresponsal de prensa conoce el terreno y tiene mano izquierda. Supe que el viudo de Lourdes Muñoz se había vuelto a casar. Con otra viuda. En primera instancia supe que se conservaban intactos y en buen orden los clichés. Pero en definitiva a la hora de la verdad se disipó toda posibilidad real de comprobar si había alguno con la fotografía prometida. Despejada esta pista (o no), mi amiga se dirigió a la beata o monja profesa que me había presentado a Garabal el año 1981, Pilar. Pilar sigue al cuidado de los negocios de Don Luciano, que tendrá sus noventa años o hasta más. De Don Luciano sólo quiero decir que si me excomulgara –facultad que creo que ya no posee- me haría un favor porque me iría derecha al cielo. Pilar le contó a mi amiga lo que ya sabemos todos: que pintaba marinas, que veraneaba en Finisterre desde antes de la Guerra Civil, que el viudo de Lourdes contrajo segundas nupcias con una de la aldea cuyo marido se había muerto en el mar, que si patatín que si patatán. Y que hablase con la hija de Garabal, porque seguro que ella sabría. Así que la pista eclesiástica, por así llamarla, me devolvía al principio, como suele ocurrir con las gestiones mal llevadas y mal traídas .
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Recapitulando: Garabal no llevó el cuadro consigo a Santiago sino que lo dejó en Finisterre. Allí pudo dejarlo en el Patronato de Don Luciano, que es donde me había pintado, en un aula destartalada sobre la Riveira, o pudo dárselo a la fotógrafa puesto que había dicho que me enviaría un fotografía. En mi opinión el cuadro sigue en Finisterre. Todo lo demás pertenece al ámbito de las conjeturas. Ése que se acaba definiendo más por las propias suposiciones que por la realidad. El que escribe puede, si quiere, moldearla a su gusto y abocar sus frustraciones y colmar sus carencias. No digamos si el que escribe se deja llevar por la experiencia y saca conclusiones de lo poquito que sabe de economía eclesiástica, de la condición de viudo rural y en general del hermetismo asociado a estrategias paradójicas (“Excusatio non petita, accusatio manifesta”). Y si los que escriben, el que escribe, la que escribe, se dejan llevar por sus creencias, la cosa es mucho peor y encima es cursi.
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Y sin embargo, aunque la realidad y la verdad son matracas de diferente naturaleza, son cualquiera de las dos suficientemente crueles como para tener el cuadro de las narices abandonado contra una pared húmeda entre la Soneira y Xallas, en el Finisterre gallego. Crueles e indiferentes. ¿Qué más da? Cumplí yo con mi deber. Caso cerrado.

 Gertrude Stein con su retrato

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7.11.07

Pintores con amor

Gertrude Stein junto a su retrato por Pablo Picasso
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Fondo azul

Gertrude Stein en su Autobiografía de Alice B. Tocklas se refiere al retrato que le pintó Picasso. Mientras Gertrude Stein posaba, Fernande le leía las fábulas de La Fontaine. Posó durante ochenta o noventa sesiones, que son muchas. Parece que el óleo desató una "larga lucha" en el genio de Picasso. Y que marcó el límite, una sima, entre el Arlequín y las señoritas de Aviñón. El lienzo hace cosa de un metro de alto. Es un claroscuro en tonos pardos, con la figura sólidamente sentada, determinada, pesada y firme. El fondo es un rincón con manchas bermejas, castañas, espacios lacres y de siena tostado. Picasso lo firmó en el otoño de 1906 en París. Según la Autobiografía, Picasso reconoció que no se le parecía pero que se le parecería.
La naturaleza de la identidad del retrato de Stein y la propia Stein en sí, se manifiesta aún con mayor claridad en otra anécdota. Se produjo al cabo de unos años, cuando Picasso se enojó momentáneamente al ver que la escritora se había cortado el pelo. En seguida, tras comprobar que seguía intacta la inmanencia de su pintura, dijo aliviado: "Mais, quand même, tout y est".
A mí Gertrude Stein me recuerda a la corpulenta viuda del contramaestre del western aquel de Wellman, "Caravana de mujeres".

Posé para un pintor el verano de 1981, en Finisterre. Garabal tenía más de 80 años, yo 20. Recibí su propuesta a través de una mujer que servía en el restaurante donde yo solía reunirme con mis amigas después de la comida. Pilar me lo mostró a su espalda mesas allá. Dijo que ya había pintado a muchos pescadores del pueblo. Helena me dijo que hacía muchos años que veraneaba allí, con su familia de Santiago. Desde antes del 36. Me acerqué a la mesa de Don Manuel y accedí a posar a partir del día siguiente, por la mañana, en un aula de la escuela del Patronato. "Por la tarde –me dijo– pinto marinas".
Llegué puntualmente a las once a la primera sesión. Ya se había puesto un largo delantal azul que le cubría hasta los pies. Extendía churritos de óleo sobre la paleta. Me hizo sentar sobre una mesa escolar, a la derecha de un ventanal que daba a un pequeño fondeadero de ondas plateadas y de ónice blanquinoso. Me hablaba, decía, para mantenerme vivo el gesto. No era nada difícil permanecer inmóvil. Me contaba cosas de su vida. Fueron diez días, no más. Eran historias de la guerra, de los siete años que pasó en un sanatorio de Castilla para vencer la tuberculosis, de su mujer también pintora que le esperó todo aquel tiempo y con la que hubo de casarse.
Notaba yo que mucho de lo que me iba explicando lo explicaba como si ya lo hubiera explicado más veces. Yo me complacía en reproducir a mi vez los asentimientos con los que le reiteraba mi atención no tanto por ponerle en la pista del déjà vu como por complicidad, para participar en una especie de cumplido a la memoria. A mí me gusta que me expliquen aunque sea mal hasta películas que ya he visto, que ya es decir. Lo que no se cansaba de recordar era lo azul que era el blanco de los ojos de su esposa. Ese rasgo la había sobrevivido en una nieta que ahora tendrá veintitrés o veinticuatro años. Don Manuel de vez en cuando de repente dejaba de hablar y se detenía en una pincelada con la boca entreabierta y la cabeza ladeada. Reemprendía el hilo de su relato, tras un instante de suspensión, con soltura. Su deje era apacible, compostelano aún a pesar de haber pasado más de media vida en Madrid.
En mi quietud yo podía reparar en cosas así, en las manchitas de sus mangas, en una grieta en el marco del ventanal, y en el crujido de una puerta lejana. Y entonces podía darme cuenta de qué diferente podía ser lo que él miraba de lo que yo veía. Sobre todo teniendo en cuenta que yo no me veía a mí ni veía la cara oculta del caballete. Por discreción y timidez no vi mi retrato hasta el último día. Por discreción o timidez Don Manuel no me animó a hacerlo antes.
A media tarde andaba hasta la playa para tomar un baño. En Corveiro las aguas flameaban al atardecer. En San Roque había pleamar de azul prusia. Un par de veces, de camino, distinguí a Garabal pintando. Su traje cruzado negro y la cabellera blanca y crespa destacaban entre las zarzas y las matas de hinojo. "Por la tarde –decía– pinto marinas".
La ancha vista se prestaba al escorzo para revivir cómo había sido Finisterre en el albor del siglo. En la miranda de una casa abandonada aún resistía el palomar podrido. El muelle y la fortaleza le sirvieron al pintor de encuadre para rescatar del olvido escenas que se erguían prodigiosamente en ese territorio sin ley que hay entre la imaginación y la memoria. Casi hubiera podido volverse a avistar en la sierra, en la blanquísima ensenada, a algunas mujeres de luto recorrerla con un cesto en la cabeza, descalzas y al fresco de la orilla.
Cuando vi mi retrato acabado, allí estaba todo. No sabría decirlo de otra manera. Había pasado diez mañanas detrás del caballete, y me había dado cuenta de que lo único que había colorido era la luz, claro, y las manchitas de pintura en el delantal de Don Manuel. Así que fue el color del retrato lo que primero me impresionó. Y ver que ese color estaba hecho de playa, de sierra, de hinojo, sardinas, palomas fantasmas y mujeres marineras, y de algo que aún no sé que era pero que debía de ser yo. Solo lo vi una vez. El fondo era azul. Como el del cielo de "Cap d'Antibes" de Monet, un azul alegre.
La última vez que vi a Garabal me pagó y me dijo lo prometido, que me enviaría desde Santiago una fotografía del cuadro. Sabía yo que no alcanzaba a comprarlo y tampoco me atreví a pedir a cambio de lo convenido, doce mil pesetas, una sanguina o un carboncillo. El caso es que pasaron algunas semanas y el correo no llegaba. Me parecía impensable que Garabal faltara a su palabra o que se hubiera descuidado. Y lo que pasaba es que en realidad se había muerto. Se excusa decir que si no me había atrevido a pedir un apunte al pintor, menos iba a decidirme a preguntar a sus hijos por el paradero del cuadro. Los primeros días por no resultar apremiante y después por no inoportunar.
No sé donde está mi retrato. Seguramente fue el último retrato de Manuel López Garabal. Y lo cierto es que su ventura lo une más a mí, la buscadora, más de lo que pudiera hacerlo el parecido. Y hasta me gusta pensar que está comprado y que quizás alguna vez alguien se habrá preguntado por esa mujer, por la verdadera. Y es que, pensándolo bien, igual no es lo mejor que me podía haber pasado pero -no sabría como decirlo- me pertenece más aún de lo que me pertenece mi sombra o mi imagen en un espejo o todos esos espejismos en los que vemos astutamente reflejarse nuestros deseos.
Recientemente hice unas averiguaciones sobre el paradero de mi retrato y os las voy a participar en un próximo post, en cuanto haya encarrilado otro misterioso caso que aún me intriga mucho más: el de unas tumbas en la sección judía del Cementerio de San Andrés de Barcelona, muchas de las cuales indican la primavera de 1956 en sus lápidas.

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Fotos de Manuel López Garabal y de Concha Vázquez, su esposa: 1, 2. (Fuente: Cultura galega)

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2.11.07

Otra vida por vivir

ue precisamente el día del officium defunctorum me encuentre ante una novela sobre la vida por vivir, tiene su qué.
No recuerdo cuando leí la última novela. Antes del 2005, que es cuando se publicó Otra vida por vivir. Eso seguro. De todas maneras leí tantas novelas antes que creo que bien puedo dejar ahora mi atención en otros libros, singularmente en las gramáticas, en los de poesía y en los de historia. Otro factor que me invalida como una buena lectora de novelas es que la novela en cuestión trata sobre la vida. Se me dirá que las novelas tratan sobre la vida. Sí, en general las novelas tratan sobre la familia, sobre el dinero y sobre lo que antiguamente se llamaba adulterio, sobre la vida. Sobre lo perdido también. Yo ya sólo pienso en la muerte. Decían los griegos que los dos grandes temas del pensamiento eran eros y thanatos. De la misma manera que hay una cita célebre sobre que la muerte es aquello que le pasa a los demás, yo podría decir –sin ser celebrada- que la vida es lo que le pasa a los demás. Yo no vivo, yo estoy ahí en el mejor de los casos como público, como espectadora. Yo estoy en la vida de algunas personas, pero eso no es vivir.
Cuando se estrenó La vida de los otros, la última película que vi y también la última que no vi –porque me fui a los 10 minutos de haber empezado- pude observar que el policía secreto de la Stasi era presentado entre otras cosas como un mirón. Puede ser que haya por ahí (entre los nuestros) voyeurs, pero no hay curiosidad ni fruición alguna. Puede ser que haya entre los nuestros quien esté interesado en la vida de los “demás”, pero los que no vivimos no estamos interesados en la vida de los “otros”. Los que no vivimos somos los primeros sorprendidos en que un espejo nos devuelva nuestra propia imagen, porque –como decía Carmen Martín Gaite- “lo raro es vivir”. Nuestra propia imagen nos produce tanta extrañeza como incomodidad.
Sin embargo, no quisiera apenar a quien se aventure por A LA FLOR DEL BERRO: no vivo pero sin embargo tengo un destino y tengo mi buena suerte. Digo “mi buena suerte” con la misma pura exaltación gozosa con la que Walt Whitman dijo “yo soy mi buena suerte” en su Song of the open road. La existencia no hay que olvidar que de momento se compone de: vida, destino y buena suerte.
Decía Maragall, el abuelo de Pasqual Maragall: “Si esta sensación de pureza que me da el cielo y esta sensación de alma que me da el hombre, las encuentro también en el libro, diré que el libro es bueno; pero si no las encuentro, si me son enturbiadas por las terribles filas de las letras de molde, o si llego a olvidarlas y el libro me deja descontento de la vida y agitándome en el vacío de su negación, entonces diré que el libro es malo”. Si Joan Maragall, que murió si mal no recuerdo el año 1911, hubiera coincidido en el tiempo con José Saramago, sabría lo que es el vacío de la negación de la vida.
Otra vida por vivir me recuerda mi fatalidad sin hurgarla, me habla de la vida de los otros y me confirma mi buena suerte. Es una buena suerte que L. Cuerda viva, que escriba, que luche.
Me imagino yo que es mucho trabajo escribir una novela. Pienso en algún explicit de algún volumen manuscrito de la Alta Edad Media, en donde al cabo de tantas penalidades como habían se concluía la copia y el amanuense las enumeraba: frío, molestias en los ojos, horas de rigidez, calambres, etcétera. Imagino que una novela es algo así, esfuerzo, a pesar de la delicia de ver como se van encarnando los personajes y como el argumento acaba por crecerse autónomamente y por cuajar. Tiene el argumento de Otra vida por vivir cuajo y cohesión, sentido, fuerza, gracia.
Una vez hice una larga meditación sobre el arcano de La Fuerza del Tarot. La meditación sugerida por el tarotista Portela, era de que de alguna manera la fiera del naipe velara nuestro entorno. Pues al cabo de un cierto tiempo, semanas, me di cuenta que tras mi meditación me había retenido la idea más allá del tiempo estipulado. Me di cuenta que iba por la calle con el león por delante caminando regiamente y con el ángel de la Templanza por detrás. Les pedí que me dejaran seguir sola, que es como hay que hacer estas cosas, pero de vez en cuando me doy cuenta que el león o la leona me precede. Osi la leona, Lucha, es definitivamente genial. Es un desencadenante perfecto, impecable, nada disparatado contra todo lo que pudiera parecer en un planteamiento de contracubierta.
Como tu libro me ha acompañado estos tres días, a veces lo abría per sortes vergilianae y siempre, indefectiblemente, se abría en un párrafo que por sí solo tenía chispa, solidez, significado y, en una palabra, vida. Tu poder sobre los nombres, sobre las palabras y sobre el encadenamiento de escenas me admira. Frases como “Cuchulainn fue un imbécil” o “Yo chingué con Picasso” brillan por su hibridez y contemporaneidad, por su brusquedad o vivacidad y por estar tan bien colocadas por todo el libro. Hasta hay por ahí una (“¿Un harén? Ostras, qué guapo...”) que suena magnificada al haberse producido el silencio de una reunión tumultuosa.
Así como tengo entendido hay quien colecciona citas de libros, yo colecciono frases al vuelo. Hoy pillé una muy buena con voz bronca: “¡Japoneses! No me extraña que les tirasen una bomba. Otra bomba les tiraría yo...” Creo que quien la profería se refería a las matanzas de los delfines para comérselos crudos.
Paradiso, la gran novela del poeta José Lezama, está llena de joyas como tus frases por sorpresa. Estoy deseando volver a leer la novela sólo para volverlas a encontrar. Otro estilo el del cubano, muy paladeado, criollo, pero un cuidado por el lenguaje equivalente al tuyo. La manera que tiene Lezama de introducir las intervenciones de sus “personajes” me llama aún hoy la atención, tanto como años atrás las acotaciones de Valle-Inclán. Son claves donde se cifran recursos metaliterarios de lujo y además hay en ellas un detenimiento que demuestra la pasión de escribir. En algunas novelas los personajes hablan como sólo se habla en las novelas. Claro está que no descartaremos que habrá gente que habla así, pero será porque imitan a los personajes de las novelas. La atención de Proust y Lezama hacia el lenguaje de sus personajes podría traducirse como su receptividad hacia la materia con la que trabajan y, sin embargo, habría que añadir que produce ventajosamente un efecto equiparable al del teatro en el teatro. Añaden una dimensión, más profundidad. El ejemplo más ilustrativo o que me gusta una barbaridad es el de la voz de Florita que sobresalta a Rialta que está sobre la rama de un nogal soñando despierta. Sé que no molestará en absoluto que lo incluya aquí, junto a una frase de Cuerda:
“Rialta sintió que las nueces deshaciéndose en rocío se volvían su planeta inasible, la voz de Florita, alambrada y de hierro colado, la colocó de nuevo, con tres o cuatro saltos, al lado del tronco de las nueces, y súbita, la luz comenzó a invadir su contorno, guardándola de nuevo en su segura levitación terrenal.” (Paradiso, cap. III)
“La voz de sor Ágata proyectó a Nico de su asiento, y las cuartillas saltaron de la mesa y se esparcieron por el porche de la casa de Franz-Johnny, algunas de ellas en franca retirada hacia los árboles donde un vientecillo ascendente las hacía bailar hacia las ramas más bajas”. (Otra vida por vivir, cap. IV,I)
Lo precioso es que al lado de la profusión de voces de Otra vida por vivir hay también una gran variedad de situaciones y conciencias masculinas y femeninas que nos hacen percibir una disparidad o complementariedad prodigiosa. Las Lomas de Arroyoseco y África. Puri y Santi. Santi y Chechu. Sor Ágata y Aretta Gerardhsen. La pareja de guardias y sus suplantadores. Javier sin Almodis. Almodis y Osi. Almodis y ella misma. La pelea o el desencuentro y la introspección. El irlandés suizo. Un largo etcétera que no tengo la pretensión de consumir, de analizar hasta desposearlo de un cierto protagonista coral que sería la gana de vivir.



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Coser y cantar


Drap de la pols, escombra, espolsadors,
Plomall, raspall, fregall d’espart, camussa,
Sabó de tall, baieta, lleixiu, sorra,
I sabó en pols, blauet, netol, galleda.

Cossi, cubell, i picamatalassos,
Esponja, pala de plegar escombraries,
Gibrell i cendra, salfumant, capçanes.

Surt el guerrer vers el camp de batalla.

Mª Mercè Marçal. Cau de llunes
*
Trapo del polvo, escoba, zorros,
Plumero, cepillo, estropajo de esparto, gamuza,
Jabón en pastilla, bayeta, lejía, arena,
Y jabón en polvo, azulete, netol, cubo.

Tina, balde, sacudidor,
Esponja, recogedor de barreduras,
Lebrillo y ceniza, salfumán, rodetes.

Sale el guerrero hacia el campo de batalla.

Mª Mercè Marçal. Guarida de lunas.

Cuando M. M. M. escribió “Fregall d’espart” hacía tiempo que ya no se lavaba con arena. He notado que todas sus poesías contienen un tributo a los que nos han precedido. No a todos, claro está. Tengo la sensación de que su hija se llama Heura (esp. “Hiedra”) como respuesta a la Laura petrarquista. La Laura del Cancionero que dicen que fue una antepasada del Marqués de Sade, yo creo que es en gran parte una ideación. Dejemos a Petrarca ahora. Marçal. Precisamente una de las numerosas aportaciones marçalinas a la Literatura fue no sólo la afirmación de su triple identidad como mujer de clase baja y de una nación oprimida (contraponiéndola a la célebre divisa de Tales de Mileto), sino el incorporar la maternidad al catálogo de los temas clásicos. Como el laurel está asociado a Apolo y a la fama, pero también a las conquistas, parece que la yedra o la hiedra tiene más que ver con Dionisos y con el abrazo. Marçal no daba puntada sin hilo y siempre que leo el poema que transcribo pienso que su anacronismo es como el de Don Quijote con respecto a los tiempos en que sí había florecido la caballería. La mujer (aunque en ningún momento haya un atributo claramente femenino, y ahí está la gracia), con todos los pertrechos para limpiar y dar esplendor, es presentada con el sacudidor en una época en la que se impuso el colchón de espuma y el tergal.
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Al lado de este factor de nivelación ucrónica de arena y caballería, hay algo que nos sugiere que la guerrera trabaja por cuenta propia, si es que limpiar se considera un trabajo. Ya lo creo que sí, si es que por trabajar entendemos una labor cuantificable, que requiere cualificación y que puede ser retribuida. Dejando de lado que los siete enanitos iban a la mina y dejando de lado si tenían o no tenían tiempo de hacer las faenas de la casa, creo que tampoco las hubieran sabido hacer más allá de saliendo del paso. La madrastra igual. Es mi tesis. Hay labores que con el tiempo han ido adquiriendo prestigio. Cocinar, por ejemplo. Otras se han confiado a las asistentas o limpiadores mercenarios por su total falta de interés. No el de ellas/ellos, el de la faena en sí. Sea como sea, no es cualquier cosa lo de la raya en el pantalón (sobre todo porque hay más de una), ni bruñir los espejos o abrillantar los cristales o tener una colada deslumbrante sin destrozar la ropa ni gastarse un dineral en perborato.
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Me crió una tía que me lleva once años y que cuando yo llegaba de la escuela a casa me recibía con dos gamuzas sobre las que debía surcar el espacio hasta mi habitación. Por eso escribo un blog.
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M. M. M. habría hecho este mes 55 años. Primavera per lei pur non è mai. Amb memòria viva.

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