30.1.09

Ahora


Vicent Andrés Estellés

“Gorriones de la plaza de Santa Eulalia, adiós, adiós”.

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29.1.09

Post 211: Esta colmena sin miel

“Transcribo al pie de la letra los párrafos que le dedicó Paco Umbral [a Alfonso Sánchez] en su libro Las palabras de la tribu:
[…] Una tarde, como tantas, fui a buscarle a la redac­ción del “Informaciones”. Estaba haciendo la columna.
-¿De qué escribes hoy, Alfonso?
-Estoy deseando terminar para saberlo.”
(
Citado en el blog de José Luis Álvarez Fermosel)
*
A las voces sin voto y a los votos sin voz, que también los hay

yer estuve en el Auditori, una maravilla de la acústica. Magnífico programa: El Concierto para piano #1 y la cuarta sinfonía de Brahms con la London Philarmonic Orchestra dirigida por la estadounidense Marin Alsop, con Jonathan Biss al piano. Aparte de ser un placer para los sentidos, para la inteligencia y para el alma, que no es poco, en ellas se hipostasia una de las pocas citas célebres de Brahms: “Componer no es difícil, lo difícil es dejar las notas superfluas bajo la mesa”.

Servidora lo mismo te escucha embobecida y raptada Brahms, el sinestesista, que se va a María Jiménez con la Cabra mecánica y su versión de “Cerrado por derribo” de Joaquín Sabina, o a Nightnoise, una formación irlandesa prácticamente desaparecida. He buscado la voz del compositor en youtube y he encontrado un documento de 1889 bastante deficiente, una grabación en uno de aquellos cilindros de cera de abeja, supongo. Qué no daría por oír una grabación de la voz de Emily Dickinson o de cualquiera de los “santos” de la galería de *A la flor del berro. En la voz de cada cual hay mucho de sí. Gracias a que alguien se tomó el trabajo de colgar todos los programas televisivos de “A fondo” de Joaquín Soler Serrano, tenemos en Youtube las entrevistas a Jorge Luis Borges, a Camilo José Cela, a Rafael Alberti, a Josep Pla, a Dámaso Alonso, a Gabriel Celaya, a Octavio Paz, a Juan Rulfo e incluso a Salvador Dalí, Antonio Buero Vallejo, Adolfo Marsillach, Chabuca Granda, y a Atahualpa Yupanqui. Me he acordado de la espléndida autobiografía de juventud de Alberti, La arboleda perdida, y me he acordado del desprecio mutuo que se tenían Alberti y Cela. Según leí en las memorias de Umbral, Cela –creo que en el entierro de Dámaso Alonso- le dejó caer: “He visto a tu amigo, el lírico menesteroso, y parece la encargada de una casa de putas de Ceuta”. Yo hubiera jurado que Cela habría dicho antes bien “ceutí”, pero todo cuadra. Precisamente debemos también a Umbral, a su atención y a su precisión, una referencia a la voz de Xènius: “Lo que más impresionaba en D’Ors era la voz, una voz cuidada, profunda, grave, musical y muy social”.

Buscando a Valle-Inclán, del cual sé que hay una grabación tal vez en el patrimonio del Instituto Cervantes, he encontrado un monólogo bastante histriónico de Gómez de la Serna. También estaba Jung, muchos pájaros silvestres, el mar y las ballenas. Seguramente, con paciencia y método, conseguiría recoger un abanico de voces antiguas y modernas. Hay algún fragmento del programa de Letras “Apostrophes”, donde Pivot entrevista a Navokov y a la Duras, pero no he encontrado el vídeo en que entrevistó a Marguerite Yourcenar. Después, como siempre es inevitable cuando una se mete en Youtube, me he ido del coro al caño y del caño al coro. Por suerte para cuidarnos de los desmemoriados y de los torticeros, hay muchos registros de estadistas y hasta de políticos: Pompidou en mayo de 1968, Tony Blair en perfecto francés, Zapatero en inglés, Magdalena Álvarez por activa y por pasiva, Martin Luther King en su speech I've a dream” o Obama cuando su discurso adquiere un tono que recuerda a King Africa y no por su negritud, sino por la euforia. Tanto Harvard para nada. El vozarrón energuménico que se le pone a los políticos en campaña electoral tiene sus puntos de contacto con el tono de los comentaristas de fútbol. Qué diferentes David y Victoria Beckham, p.e. de Maradona, o la recatadísima presentadora del ”Informe semanal” del sábado siguiente al 23 de febrero de 1981 comparada con Rosa María Mateo y ya no digamos con la glamourosa Anne Igartiburu y su equivalente masculino, el conde de Montseny (Lorenzo Milá). Qué diferentes Diana Spencer en su registro aristocrático del desparpajo de nuestra Tamara Falcó Preysler. Otros documentos para mojar pan son aquellos en los que vemos juntos personajes como Federico Jiménez Losantos y Jesús Quintero, el loco de la colina.
Ya cuando era sólo estudiante o trabajaba menos seguía algunos programas radiofónicos como, por ejemplo cuando preparaba la selectividad o el ingreso a la Escuela de Biblioteconomía, uno que hacía a las 6 de la tarde en RNE Andrés Aberasturi. Cuando estaba inspirado era inolvidable y cuando no entonces era admirable, porque lo admitía y entonces sacaba en antena a un pastor o a una panadera y hacían el programa con bien de cualquier cosa. A Aberasturi lo sacaron hace unos años de Tele5 porque no era fotogénico, porque no sabía posar. En la última racha de jubilaciones anticipadas purgaron a Aberasturi y también a Beatriz Bécquer, que a pesar de ser titular (de tener plaza) suplía a Pepa Fernández cuando ésta (que no la tiene pero es muy afín al “régimen”) hacía sus vacaciones. Me resisto a compararlas porque comparar está feo y porque es como comparar la velocidad con el tocino, el culo con las témporas (o las témporas con el culo) y mezclar churras y merinas. En los principios de Carlos Herrera en el programa matinal de Onda Cero se me salía el desayuno por la nariz de puro reír de las historias que contaba la gente que llamaba. Los que tenían gracia porque la tenían y los que no porque no la tenían. Y es que esa confluencia de voces en los programas de cobertura española, es muy atractiva para mí. Todo lo contrario de esas tertulias en que la gente se atropella y se enfada con odio enconado o se encasquilla en una palabra como si las palabras tuvieran tanto valor.
He notado a faltar en Youtube, y en general en la red, rastros del comentarista de cine llamado Alfonso Sánchez, que tenía hasta imitadores humorísticos por su voz un poco gangosa o como entrecortada. Hubo una época en que había muchos humoristas que se ganaban la vida imitando las voces de Llongueras o Calvo Sotelo, que hacían befa y mofa de los gangosos, los tartamudos, los bobitontos y los afeminados, y que imitaban a Alfonso Sánchez con notable parecido. En humilde homenaje a sus presentaciones antes de la programación de los clásicos del cine y a lo que de él dijo Umbral (que estaba deseando acabar su propia columna para ver de qué trataba), le dedico póstumamente este post hermano.

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28.1.09

Usar y tirar (1)

"Probablemente Facebook no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida"

ada vez que recuerdo a Carmen Martín Gaite en la Universidad de Barcelona, cada vez la echo más de menos. Se sentó allí en un lugar desde el cual la podía ver y oír todo el público que acudió a verla y a oírla. No se oía una mosca, ni el crujir de aquellas maderas vetustas que forran y patibulizan el Paraninfo. Allí estaba ella como si estuviera a las faldas de una mesa camilla o en una terraza de la Plaza Mayor de Salamanca. Usaba los ojos como sólo le he visto hacerlo a las actrices y actores de teatro, cuyo brillo alcanza hasta la fila 30 o más.
También recuerdo especialmente de Carmiña, como la llamaba su madre, El proceso de Macanaz, los Usos amorosos del dieciocho en España, La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, y los Usos amorosos de la postguerra española. Su obra de ficción no me ha interesado tanto como su obra de investigación o de indagación, y digo de indagación porque de reflexión fue toda su obra. Estos días de Facebook, Carmen Martín Gaite, ella que tanto se documentó sobre el cicisbeo (o esp. chichisbeo, "cortejo") dieciochesco y todo tipo de usos amorosos, disfrutaría como un conejo. Y es que Facebook tiene algún parentesco con los carnets de baile o carnet du bal o Dance card, en que las damas de la alta o no tan alta sociedad anotaban en el orden canónico de los diferentes bailes a sus parejas, sobre la marcha. Era un objeto que se llevaba colgado, no como internet, pero donde quedaba registrado el compromiso adquirido. La costumbre de escribir poemas en los abanicos o en los álbumes, la tradición de los scrapbooks, o incluso de las estampas de la primera comunión, invitaciones de boda, las esquelas (curiosa, ésta de “los hijos pasan”), todo se junta en mi pobre cerebro sin orden ni concierto. Ahí están los souvenirs, las bailaoras de flamenco, las despedidas de solteras, las tartas de bodas que pretenden ser originales, las etiquetas de anís El Mono, las fiestas de ida y vuelta como Halloween, las fiesta pijama, las fiestas de la graduación, las puestas de largo, el breaking glace, la virginidad, el viaje iniciático, la borrachera iniciática, los recuerdos de bautizos, los regalos promocionales u objetos publicitarios, las camisetas con mensaje, las felicitaciones de navidad, los powerpoints, todo.
A Carmen Martín Gaite le sorprendería tal vez – o no- ver que en los usos sociales de hoy en día es fácil suprimir con un leve pestañeo o ni siquiera eso un mensaje no deseado, una invitación impertinente o simplemente rechazar una propuesta de chat sin apenas levantar un dedo. El “usar y tirar” está de moda y se llama “amigo” o “fan” a cualquiera que en las circunstancias de otros usos y costumbres sociales sería un oprobio, una vergüenza y el ridículo más absoluto.
Yo, que no estoy ni sirvo ni para el teléfono, que ya es decir, lo que más aprecio del mundo es una conversación sin rumbo en una terracita soleada o, si me apuráis, en un pub.

Watanabe Seitei
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22.1.09

El año del buey


*

"El animalito mira a la cámara preguntándose por qué rayos lo han hecho venir a este asco de mundo, muy pocos comprendemos su angustiosa pregunta" (Marithesun)
*
esde que murió Olive Ripley con 108 años, la blogger más añosa del mundo es María Amelia, que nació el año 1911 en Muxía, en Costa da Morte (La Coruña). No nos queda ni nada.

Curiosamente el blog de Olive, que creo que nació en las Antípodas, ha sido prolongado por sus amigos. Y por supuesto fueron ellos los que colgaron el post con la noticia de su deceso. Le comenté ahi atrás y ahí debajo, en un comentario de Víctor, que una vez di con una bitácora en la cual la autora comunicaba a su blogosfera que le habían diagnosticado lo que en la prensa se conoce como una larga enfermedad. Era el último post de una larga serie de entradas cuya frecuencia era notable. Qué angustia que fuera el último, que hubiera evitado a sus compañeros blóguicos los detalles de la convalescencia, la curación o lo que fuera que pasó. Por lo menos en el blog, no sé si en la mensajería electrónica. Y es que el blog es, como la amistad, un medio óptimo para la complicidad más que para la confidencia.

Pero voy a confiar en este post mi tristeza. Alguien me ha roto el corazón y eso es una de las pocas cosas que me pueden entristecer. Hay pocas. Ayer veía la noche caer sobre las colinas de El Carmelo y el Guinardó y las casas relucían como sobre áscuas. Dentro de mí había el frío de una ausencia impuesta. Por eso estos días, cuando veo algo como la foto de Tahina, la lemur de Besançon, me acongojo. No falla: de la misma manera que mi amiga Àngels, aquejada de una larga enfermedad mental, sabe que va a entrar en la fase depresiva en cuantito le da por hojear el “Hola”, yo sé que me está cogiendo una pájara cuando un ser indefenso como Tahina apela a mi instinto de protección. Encima “Tahina” significa en algún idioma “necesita ser protegido”. Ese extraño primate nos mira estrábicamente desde un desamparado verde del mismo color que las bellotas de mar y los ojos que les pintan a las hadas y a otros seres emboscados que viven en la más perfecta de las inocencias. Para más Henry, como decía un compañero con el que trabajé en el Hospital de Bellvitge, en otro lugar me la han fotografiado con un teddy, un oso de peluche, cosa que ya es rizar el rizo, porque en mi trastorno de melancolía severa, no hay nada tan concluyente como tropezarse con el montón de los peluches que hay en la sección de objetos de regalo del Opencor de la esquina. Para comprar mi pan de cada día debo entonces desviarme e ir por la sección del whisky, cosa que tampoco es muy halagüeña, porque me recuerda a los desahuciados por la vida. Así que de la misma manera que Àngels se abisma en las bodas del “Hola” en papel couché y ahí en las puestas de largo y los primeros baños de la temporada reconoce las fauces de la depresión, yo veo en la mirada verde, estrábica y desamparada de Tahina y sus congéneres mi propio desamparo.

Éste año nuevo chino, hacia la primera luna de febrero, será el año del buey o del búfalo (v. post scriptum), el segundo animal en su horroróscopo. El primero es la rata. Al parecer hubo una carrera en la que participaron 12 animales o en la que llegaron los primeros 12 animales que constituyen a su vez los signos zodiacales. La rata llegó antes que el buey, que es muy persistente y tenaz, porque se puso sobre su cabeza y llegado el momento de pasar la meta saltó hacia adelante. Tramposa. De acuerdo con el calendario chino yo no sólo estoy bajo el signo del búfalo o buey sino que al ser el búfalo o el buey del elemento metal, mi persistencia y tenacidad son aún más acentuadas. Una no está demasiado por estas cosas tan impregnadas de mitos y maravillas, pero sí que está por las estrellas en sí y por su invocación y la de otras fuerzas de la naturaleza. Nunca he querido mandar ni ser mandada, por lo que mi paso por la Universidad –esa institución inalterable después de tantos siglos, para que luego se diga de la Iglesia-, mi paso, digo, fue dentro de lo razonable... ¿cómo lo diría yo?... Molesto. Y sin embargo siempre he estado abierta a otros saberes. Como por ejemplo el de los animales. He aprendido de los animales lecciones magistrales directas (sin fábulas de por medio) y lo he notado porque su influencia podría marcarse en el mapa de mi vida como un tramo muy bien delimitado. Tuve mi época de gacela, mi época de osa, de loba, de petirrojo, de hormiga y de abeja, así que acepto humildemente una temporada bajo el influjo del peluche como aquel año, el de 1993, en que tuve que aceptar que se me regalaran 3 conejos y cuatro teteras.
PS: El ideograma chino para búfalo y buey es exactamente el mismo, por lo que yo me decanto, como la anglofonía, por ox, "buey", sobre todo porque me parece que los atributos que adornan a los nacidos bajo ese signo son más propios para este animal que no para el búfalo.

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19.1.09

Creer o dudar


Me llega a través de un blog amigo la noticia de un dossier en el suplemento de Cultura/s de “La Vanguardia”. Otra vez “La Vanguardia”, pero quizás es el único diario representativo e identificativo de Barcelona, y con calidad. Me veo obligada a darle un vistazo de vez en cuando cuando haraganeo o hago por interesarme por la prensa tan vitriólica que nos ha tocado. El dossier se titula “Del archivo al anarchivo: La digitalización coexiste con la dificultad de acceso a las fuentes históricas”. De todo el paquete extraigo un párrafo:
“El problema de la fiabilidad se está resolviendo en la red de un modo sorprendente: dejando de ser un problema. Del mismo modo que el peso de las firmas recogidas a través de la red es inferior al de las campañas reivindicativas estampadas sobre papel, estamos acostumbrándonos a imaginar la red como un limbo en el que verdad y mentira ya no tienen el valor que les otorgamos en el mundo de lo tangible. En la pantalla del ordenador, el valor de las imágenes y de los relatos ya no reside en su veracidad tanto como en su oportunidad y capacidad de sorpresa”.

El “autor” (luego, conforme avancemos en la “ecuación”, despejaré o no las comillas, ya veré), es Andrés Hispano, “realizador audiovisual, comisario, pintor e ilustrador. Colabora habitualmente en el suplemento “Cultura/s” de La Vanguardia. Ha publicado David Lynch. Claroscuro americano (1998) y ha dirigido programas de TV como Boing Boing Buda (BTV) o Baixa Fidelitat (XTVL)”.

A mí el parágrafo ese de la anarchivística me ha recordado la campaña llamada “atea” de los autobuses (“Dios probablemente no existe […]”). Es decir, esta campaña –como muchas otras- está fundamentada pues en el principio de la sorpresa y de la oportunidad de que habla Hispano, está fundamentada más en el impacto que en el rigor. Podríamos decir que es mera publicidad. Durante mis años de formación como bibliotecaria documentatonta me tuneé mi Olivetti Lettera 32 metiéndole a cambio del tipo de dólar y no sé cual más los corchetes de apertura y cierre, sin los cuales era un engorro seguir con bien la mayoría de las asignaturas, especialmente las de catalogación. Después he utilizado mucho el asterisco, que es un signo para mi muy legible, querido y de gran riqueza simbólica. Pero me estoy dando cuenta de que no podría prescindir de las comillas. Sean unas comillas como las del “autor” del párrafo, que sirven para marcar una palabra imprecisa sin introducir el pendenciero prefijo pseudo-, sean para mostrar un texto copiado en su integridad y con el que no necesariamente nos identificamos, necesito las comillas. La publicidad esencialmente no usa comillas, creo, ni corchetes ni nada de la matraca o aparato intertextual, contextual y paratextual. ¿A qué apela la publicidad?, me pregunto. ¿Al ego, al yo, al amor propio, al ser social, a la sombra, a la conciencia, a qué segmento del individuo autorrealizado de la pirámide de Maslow?
La entrada del 14 de enero de Esperando nacer sobre “Colectivos y buses” da en el clavo: “Cuando Nietszche o Sartre o Marx o sus seguidores me hablan de Dios, para negarlo o repudiarlo, puedo acordar que estamos hablando de lo mismo, en cierta medida. Con los otros, no, para nada; la verdad es que no sé de qué cuernos están hablando cuando hablan de Dios”. Precisamente yo Marta muchas veces he llegado a conclusiones similares debatiendo o creyendo debatir por ejemplo sobre poesía. Todo el problema es que ni siquiera a veces hablamos de los mismo.
Yo estoy tan dispuesta a creer que escribo la enciclopedia siempre ante una imagen de la Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús, otra de la Divina Misericordia de Jesús y una figura del hindú Ganesha, el hijo de Shiva y Parvati con cabeza de elefante. Como mucho sería proclive a dudar, como han dudado hasta los santos, pero ¿a no creer?

Hace dos años falleció Mercedes. Era de una aldea de Lugo. Mi padre murió el 13 de enero de 2007 y en los tres meses sucesivos se murieron 4 gallegos más del barrio de toda la vida. Estas ucronías desafían la estadística. El padre de Mercedes se murió cuando ella era aún una niña. Cayó al río el camión en el que iba y lo encontraron agarrado del rabo de un cerdo los dos ahogados muertos. Mercedes se casó con otro gallego en Barcelona y tuvo dos hijos de esos que sacan un MBA y saben hasta japonés y son altos ejecutivos y no tienen escrúpulos. Cuando mi madre parió a mi hermano mayor tenía en Barcelona 5 cuñadas pero como si no las tuviera. Una estaba en Sâo Paulo, otra en Madrid, otra en Santa Coloma de Gramenet, las otras dos ya lo digo, como si no las tuviera. Así que Mercedes se ofreció a lavarle los pañales de mi hermano, que dicho sea de paso pesó 4 quilos y medio al nacer, y esas cosas (que te laven los pañales) se agradecen y cada día que pasa más. Las últimas veces que vi a Mercedes estaba en un centro de día, en una silla de ruedas sin apenas poder hablar, hasta las orejas de tanta pastilla para el Parkinson. Seguía teniendo aquellos pómulos altos, aquellos ojos brillantes y el cuello erguido, pero ya no podía decir esta boca es mía. Le pasaba en su plenitud como a mi padre, que había que mirarles a los pies para comprobar que efectivamente no llevaban almadreñas o algo así en los pies, de tiesos que iban por el mundo. Los hijos, como si no los tuviera. Yo espero poderla encontrar a ella, y a mi padre, en el Paraíso y eso no me impide –¡qué tontería, por Dios!- disfrutar de la vida.

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14.1.09

La cuñada del padre del novio de la peluquera de mi vecino


A Ana del Pozo Ortiz . A Cristina Soler Borruel, amiga, y a su madre que ya está en el Paraíso
 “Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de la luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote”.
F. Umbral, Mortal y rosa

Hoy viene en “El País” en la sección cultural un artículo titulado “Un bosque de árboles genealógicos”, título que inmediatamente me ha recordado la autobiografía de Marguerite Yourcenar, en la que por lo menos dos veces lamenta la reprobable afición de su hermanastro no sé si a la genealogía, la numismática o a la heráldica. En cualquier caso a una ciencia auxiliar de la historia. El título o titular de “El País” está un tanto cogido por los pelos, la verdad, y sólo la entradilla pronto sitúa el tema en su punto justo: “Los testimonios de autores con hijos descapacitados, una tendencia que se impone”. A estas alturas de la tarde, las 17:57, el artículo solo ha generado 2 comentarios y esto ya se le veía venir por la mañana. No es un artículo incendiario o provocativo, como alguno que viene saliendo últimamente en “La Vanguardia”, sobre -por ejemplo- un estudio de la Universitat Pompeu Fabra en torno la pureza de sangre en Cataluña y en el País Vasco, donde tras examinar una muestra de mil y pico individuos de toda España se observó que es donde menos rastros moros, árabes, etc. hay. Esos otros artículos producen un impacto enorme y suman del orden de 300 comentarios o más antes de que den las dos. Hay entre esos comentarios insultos, alardes, y se diría que hasta gritos. No se puede decir que se encuentre un gran despliegue de razones ni de “netiqueta”.

Hay un fragmento que me ha llamado la atención antes incluso de leerlo: “A las miserias de Pablo Neruda dedicó Joan Margarit, el último Premio Nacional de Poesía, uno de sus poemas. “Era un poema de comprensión”, matiza. “El error de Neruda fue sentimental. Escribió miles de versos sobre todo lo habido y por haber pero se olvido de su hija, que tenía hidrocefalia. Él huyó. Yo doy gracias por no haber tenido la oportunidad de huir, porque no sé qué hubiera hecho”.

Lo que hizo Margarit, que en breve publicará en Visor la edición castellana de Misteriosamente feliz (publicado por Proa en catalán), fue escribir hace seis años Joana (Hiperión), dedicado a la muerte de su hija, afectada por el síndrome de Rubinstein-Taybe [sic].”

Ya tenía yo ganas de que se recordara que Pablo Neruda abandonó a su hija con hidrocefalia, cuando por otro lado se deshacía en versos inflamados. Miraba a otro lado. De Pablo Neruda no me han gustado ni sus imitadores y apócrifos, aunque comprendo su… “¿debilidad?”. La comprendo todo lo que se puede llegar a comprender, no más.

El Síndrome de Rubinstein-Taybi de Joana Margarit era genético e implica retraso mental además de anomalías orgánicas y deformidades tipificadas por el defecto de un gen. Mal gen. Ya hablamos en este blog de la polidactilia y Los hermanos Karamazov. Y si no se ha hablado aún, debería hablarse de Mortal y rosa, de Paco Umbral, uno de los libros más bellos que he leído. Así que el hecho de los escritores que escriben sobre los/sus pequeños discapacitados, enfermos o muertos no es ajeno a la enciclopedia. Joan Margarit primero fue escritor y luego fue padre. Otra cosa es hacer de ello un boom editorial, un filón.

Evidentemente el talento de v.g. Rosalía de Castro no se explica en que le cayera su bebé en un brevísimo y fatal descuido, o que el hijo mayor (Virgilio) muriera tuberculoso, o en que su vida fuera un ir y venir entre Padrón y Simancas, y entre su casa y el cementerio de Adina. Se puede escribir poesía visionaria y adelantarse 100 años al existencialismo sin necesidad de pasar por una tragedia o un drama. No se explica su talento tampoco en su cáncer de ovario, idéntica afección a la de otra escritora, Teresa de Jesús. Y cuando se hace broma de los efectos lisérgicos del cornezuelo del centeno, en los que se justifican los arrobamientos y los episodios de levitación de la de Ávila, yo me pregunto porque no volaba toda Castilla, que se ponía morada de pan negro con cornezuelo hasta el corvejón y no levitaba nadie. Los últimos años no sé cómo me hago un lío entre las palabras LSD y ADSL, pero lo de la levitación lo tengo claro.

Posiblemente las páginas de la gran literatura están emborronadas de lágrimas y las pobres musas de las letras han tenido que habérselas con un superávit de desequilibrados y toxicómanos. Y sin embargo a veces los efectos del whisky o, directamente, de alucinógenos, no aseguran una prosa bien ligada, al contrario.

Tenemos de fondo algo que no hay que perder de vista, que el sistema sanitario estadounidense, privado, ha implicado campañas de concienciación y financiación basadas en celebridades. Así la campaña del sida en Rock Hudson, la del tenor Josep Carreras, etc. Esos modelos creo que han abierto la veda a que también los escritores profesionales de alguna manera sacrifiquen y aireen su vida digamos más íntima sobre todo a favor de aquellos que no pueden hablar ni escribir.

A veces doy en darme cuenta de que alguien pues sólo habla de dinero. Dinero por aquí, dinero por allá, dinero siempre. Fulanito gana mucho dinero. “¿Y esto cuánto te ha costado?”. “¿Y dónde dices que estaba el hotel?”. Otros siempre hablan de alguna proeza en el gimnasio, o hablan de trabajo. Que “mi jefe”, que “mi jefa”, que “la fotocopiadora”, que “el teléfono”. Hay gente que solo habla de sí misma. “Yo, yo, me, yo, mío, mi, yo, conmigo”. Hay gente que habla por preguntas, que siempre están preguntando y preguntando pero no sueltan prenda. Hay gente que no deja hablar como hay gente que no escucha. Hay gente que lo cree saber todo y hay quien no quiere saber nada, que no sé qué es peor. Otros, hablan de la cuñada del padre del novio de la peluquera de su vecino, o del vecino de la cuñada de la peluquera del novio, o de la cuñada de la peluquera del padre del novio. Eso viene siendo despistar, como aquel que decía que tenía “un primo que había tomado viagra” y todo el mundo sabe que el viagra lo ha tomado él pero que está haciendo un tiento o tanteo. Los escritores tienen que saber muy bien qué dicen y que (como dice la Biblia) "la boca habla de lo que rebosa el corazón".

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6.1.09

La punta de la lengua

Finalmente ya tenemos el rompecabezas (Vídeo de Camarón, Rocío Jurado, Tomatito, Curro Romero y Carlos Herrera) solucionado, gracias al fino oído de Manolotel:

Tengo que armar un tangay
con esta verdad sencilla
tengo que armar un tangay
La mitad del mundo es Cai
y la otra mitad Sevilla
Cai, Sevilla, Sevilla y Cai,
yo he visto el mundo, primo,
esto es lo que hay.

¡Qué paz! No vamos a quitarle mérito a Manolotel, siempre tan gentil, diciendo que, claro, vive en el sur de Andalucía y por lo tanto está avezado al acento y la dicción andaluzas. La cosa estaba difícil y ya estaba tan escamada que iba a acudir a una amiga de Huelva, Carmen. Y eso que no me he metido con el cantar de Camarón, que ya estaría malo. Total ya se veía venir que lo que nos faltaba no le quitaba ni le añadía sentido, pero me cuesta mucho darme por vencida en estos asuntos. Acostumbrada a leer letra de médicos, incluso la mecanoscrita (que sólo arroja un poco más de claridad), desentrañar el significado de algunas palabras ilegibles no presenta para mí demasiada dificultad, sobre todo una vez que ya estoy familiarizada con quien escribe. Hay personas que escriben como aljamiado, como en el alfabeto árabe y escriben diferente una letra según esté al final de la palabra, en medio o al principio. A veces hay adornos innecesarios, rúbricas, otras faltan trazos fundamentales o característicos de cada letra. Vamos, que no me extraña que la escritura a mano sea una prueba pericial y que no haya sorpresas respecto al temperamento y la personalidad de cada cual.

No hay pues escritura que se me resista, pero a cambio mi oído –aunque soy capaz de percibir psicofonías en la lavadora y coros de querubines en el chup-chup de la sopa- es incapaz de afinar demasiado en los célebres listening de las clases de inglés y en todo lo que se le parece. La inquietud que me produjo no poder resolver la copla, aunque teníamos la pista de que tenía que haber una palabra que rimara con “Sevilla”, sólo es parecida a cuando tengo una laguna mental y no consigo recordar una palabra que sé. Como el otro día, cuando vi cerca del Coliseo una mata de acantos. Estuve como dos horas dándole vueltas a la cabeza hasta que la palabra “acantos” volvió a mi boca. Se dirá que es una palabra que se usa poco, pero es que esto mismo me pasa sistemáticamente con la palabra “puntal”, que es mucho más usual. Hasta hace bien poco Barcelona estaba llena de puntales para restaurar las fachadas. También hay acantos, por la sierra de Collserola, pero como hacía tiempo que no había visto…

A lo mejor servidora no está mucho por “le mot juste” pero le tiene a muy mal traer tener una palabra, como se suele decir, en la punta de la lengua. Como un pelo. Por ese motivo he tenido que recurrir a todos los trucos y recursos que se pueden imaginar. Por ejemplo, allá en Roma pensaba “en cuantito llegue a casa me conecto a internet y busco las columnas de orden corintio, y seguro que ahí pondrá lo de las hojas de la planta”. Un poco es como cuando hace unos años iba a la tienda de discos Gong, ahora en Consell de Cent con Rambla de Catalunya, y había una experta dependienta en la sección de música clásica, bandas originales, étnica y new age. Yo le decía “estoy buscando un disco de un pakistaní muy gordo que canta con una percusión de fondo unas canciones muy largas y que te ponen como en trance”. Y me llevaba a Nusrat Fateh Ali Khan como si nada. A veces ni eso, iba y le tarareaba más o menos la música que buscaba y la buena mujer tenía tan buen oído y una cultura musical tan vasta que sin el menor problema me llevaba al otro lado de la laguna Estigia de mi ignorancia. Se debió de jubilar y se ha perdido con su ausencia una fuente de información incalculable.

A pesar de todos los recursos electrónicos, enciclopédicos o lexicográficos que hay, para mí presenta aún una cierta dificultad no tanto reconocer una figura retórica como recordar su denominación, saber cómo se llaman aunque sea el 10% de las herramientas, etcétera que hay en una ferretería o una mercería y pedirlos por su nombre sin necesidad de ir con la muestra o recurrir a la mímica. Pero el placer de saber el nombre de algo para mí es inferior al placer de encontrar algo que no sabía que existiera o el placer de creer (como Rilke) en lo que todavía no ha sido dicho.

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3.1.09

Paseos por Roma



Via del Corso, cerca de Piazza di Spagna (Roma). Foto: Aaoiue
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Verdaderamente no estoy del todo segura de haber tomado esta imagen en la Via del Corso, pero en cualquier caso está tomada cerca de la Plaza de España en Roma en uno de los pocos ratos en que lució el sol estos días pasados. Me gustan estas fotografías en que un cristal o un espejo devuelven la imagen de enfrente, la que queda a la espalda de la máquina y envuelve mi sombra o mi silueta. La superposición de planos y los reflejos es en realidad mi manera de ver las cosas, aunque la visión directa con el objeto centrado, entronizado y uniformemente iluminado tampoco está mal. Pocos minutos después de disparar la cristalería, se oyó un golpe y vimos una anciana que acababa de ser atropellada. Aparte de este accidente todo fue afortunado partiendo de la base de que –como decía Walt Whitman y como tiene que ser- yo soy mi propia suerte.

En Paseos por Roma “Stendhal” escribió: “Después de haber visto Italia, yo quisiera encontrar en Nápoles el agua del Leteo, olvidarlo todo y luego volver a empezar el viaje y pasarme la vida así. Pero esta agua bienhechora no existe; cada nuevo viaje que se hace a este país tiene su fisonomía, y en el sexto entra por desgracia un poco de ciencia. En lugar de admirar las ruinas del Templo de Júpiter Tonante como hace veintiséis años, mi imaginación está encadenada por las tonterías que he leído a este respecto” (25 de enero de 1828). Intento por eso yo leer lo justo antes de hacer un viaje y prefiero dejar la lectura para después. Prefiero encontrar el Pasquino y el Sileno o la Bocca della verità a buscarlos. No tengo el menor interés en consumir una ruta siguiendo una especie de checklist de paradas obligadas y prefiero, eso, pasear, deambular. Aparte de visitar los restos de la antigua Roma y el Panteón no menos antiguo pero ya cristianizado, el magnífico San Pedro, el Trastevere, etcétera, también visitamos dos exposiciones temporales de enorme valor: la de los etruscos (“Etruschi. Le antiche metropoli del Lazio”) y la muestra
“Da Rembrandt a Vermeer. Valori civil nella pittura flamminga e olandese del ‘600”, una maravilla. Además de las pinturas de Vermeer y Rembrandt había pinturas de Gerard Dou, Jan Steen, Willem Kalf, “La madre” de Pieter de Hooch y cuadros de otros pintores cuyas colecciones están dispersas en Europa.

La dificultad de la exposición de los etruscos y de reunir las pinturas flamencas del siglo XVII no desmerecen la facilidad y atontolinamiento de pasear al tuntún por las calles y simplemente dejarse llevar por el tiempo o en el tiempo. Como hubo mucha lluvia casi todos los días, el rato de la comida era lo que nos proporcionaba la calidez que no nos daba el sol. Hay que ver lo que cambia Roma sin sol. Tanto la pizza como la pasta italiana en general se me antojan platos solares. Unos macarrones con tomate y perejil o una
pizza capricciosa, que es mi preferida porque parece un cuadro, son como la paella una especie de crisol de sabores, de ¿improvisación?, de color, de alegría. Por mucho que me guste la empanada, debo admitir que la pizza es menos contundente pero, ¿cómo lo díria?... más alegre.

Llegados a este punto debo llegar al terreno de la nariz, tema que hasta ahora no había sido tratado en la enciclopedia. Es algo muy concreto de lo que no he oído hablar nunca a nadie pero que alguna vez he de consultar a algún médico o a algún cocinero porque no creo que mi caso sea tan raro. Lo único que he encontrado en internet sobre la descongestión nasal es su relación con la eyaculación, siendo la eyaculación un remedio para la congestión severa. Es mano de santo. Pero, dejando el terreno de la paraciencia, en serio: cuando lo que como me gusta mucho la nariz se me hace agua. Y no depende de la reacción al calor, ni del lujo, ni siquiera de la compañía; no depende de nada que no sea el mero placer de comer algo muy bueno. El Señor en su perfecta sabiduría me ha concedido el don de la descongestión y el de lágrimas, pero me guardo mucho de admitirlo fuera de aquí simplemente porque me sabe mal que no me pase con lo que cocina mi madre, por ejemplo, pero con mi tía pequeña sí.

Me pasaría todo el día recordando Roma, palíndromo en español y creo que también en portugués de “amor”. Cuando esta mañana leía en el libro de “Stendhal” que el interior de la iglesia de Santa Maria della Vittoria había sido decorada como un boudoir (tocador femenino) por Carlo Moderno, no he sabido encontrar la razón. La verdad es que esa comparación no me resulta más que sostenible por lo recargados que debían de ser los tocadores en que no entró y en que sí entró “Stendhal”. Creo que el best-seller de Dan Brown, Ángeles y demonios, que no he leído, tiene en parte lugar en la iglesia de Santa María de la Victoria. Días atrás comentábamos la proximidad del Auditori de Barcelona con el Teatre Nacional de Catalunya, su enfrentamiento político al tratarse de edificios públicos erigidos por el ayuntamiento socialista y la Generalitat convergente. Ayer aprecié un enfrentamiento similar del Quirinal gubernamental ante la basílica de San Pedro lejana, como flotante, cuya curia vaticana se está planteando dejar de seguir la legislación italiana por su amoralidad y complejidad. Pues bien, ayer en Santa Maria della Vittoria vi una enfrente de la otra, a cada lado del tétrico transepto, la
Santa Teresa de Bernini en éxtasis y una urna con el cuerpo incorrupto sórdidamente cubierto de cera de Santa Vittora, vergine e martire, que había sufrido el martirio durante las persecuciones de Diocleciano. Allí estuve yo, entre Santa Teresa y Santa Vittora, entre el éxtasis y el martirio.

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