31.1.18

Microfeminismo

"El embrión humano pasa, en el seno materno, por todas las fases
evolutivas del reino animal. Cuando nace un ser humano,
sus impresiones sensoriales son iguales a las de un
perro recién nacido. Su infancia pasa por todas las
transformaciones que corresponden a aquellas 
por las que pasó la historia del género humano. A
 los dos años, lo ve todo como si fuera un papúa. A los
cuatro, como un germano. A los seis, como Sócrates
 y a los ocho como Voltaire." 
Adolf Loos, Ornamento y delito

o sé si veo las cosas como un perro recién nacido o como Voltaire, creo que no acabé de captar a Adolf Loos, pero lo he dejado. Tampoco hace falta entenderlo todo y sobre todo lo que no interesa gran cosa.
Violette (Martin Provost, 2013) es una película que la Filmoteca de Catalunya ofrece en el ciclo Per amor a les Arts en colaboración con Biblioteques Públiques de la Generalitat. La semana pasada proyectaron en el mismo ciclo un biopic (película biográfica) de Chaikovski (The music lovers, Ken Russell, 1970). Las dos películas se hacen penosas de ver en algunos tramos a causa de  algunas extravagancias y frenesís. 
Sería disculpable establecer comparaciones entre ambas películas, aunque son de épocas diferentes. Y las comparaciones, no sé si odiosas pero sí productivas, las encontraríamos en las personalidades un tanto atormentadas de la escritora Violette Leduc  (1907-1972) y el músico Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893). También en el papel del mecenazgo y patronazgo en sus vidas tan baqueteadas al menos psíquicamente. Una tercera comparación recaería en la verosimilitud de los guiones. Los actores pienso que hacen un buen papel pero sus papeles no retratan a los protagonistas. No por culpa de la ambientación ni por culpa del vestuario, tampoco de los diálogos. Para ser honesta diría que la culpa podría ser del director, pero como no domino ninguno de los temas que entran en juego prefiero no pronunciarme.
La firmeza o dureza de Simone de Beauvoir fue decisiva en la carrera literaria de Violette Leduc. Llega a ser cortante —como seguramente lo fue en realidad— pero en contraste con la inestabilidad de Violette Leduc nos libera de una tensión que lo único que consigue a mi gusto es ganarnos la antipatía por el genio melodramático y excitado de la segunda. Parece que al obtener la aprobación del público con su tercera novela (autoficción) la autora se calmó algo y no ayudó poco el hecho de irse a vivir a un tranquilo y soleado pueblo de la Provenza. El éxito literario y el clima de Provenza le fueron mucho mejor que la terapia de electrochoque, cosa que es fácil de adivinar y de entender.
En el programa de enero de la Filmoteca, V.L. se presentaba como "la amante de Simone de Beauvoir", aunque el programa de febrero ya se ha rectificado puesto que S.B. fue en verdad su editora, en el sentido de que la apoyó, la aconsejó y la financió. Lo cierto sin embargo es que Leduc se obsesionó con Beauvoir. El hecho de que no haya en internet ni una sola fotografía de ellas juntas, que no sean las de sus personajes en la película, hace pensar en una relación para la que no tenemos una etiqueta. 
Chaikovski tuvo una relación particularísima con su benefactora, la rica Nadezhda Filarétovna von Meck. La empresaria viuda condicionó el mecenazgo a que no tuvieran trato humano alguno a no ser el epistolar. Mecenazgo y cartas fueron bastante intensos hasta que se interrumpieron abruptamente por deseo de ella sin mediar ninguna explicación.
Con seguridad, Simone de Beauvoir vio en los textos de Violette Leduc un filón que ella no estaba interesada en tratar, el erotismo de las mujeres. Vería útil y necesario para sus propias aspiraciones de emancipación feminista que la obra de Leduc desbrozara la literatura femenina de lo cursi y lo ejemplarizante pequeñoburgués. El temperamento de V.L. le resultaría sin embargo irritante, porque  Violette se encontraba siempre crispada, exigiendo el amor en general o, peor aún, el de la propia S.B. Algunas de las situaciones recreadas me recuerdan tanto a Carrington (Christopher Hampton, 1995), que veo innecesario justificar el parecido.
Cuesta admitir que en los orígenes del feminismo moderno hay histeria a chorro y un estado de nervios incompatible con la serenidad y la seguridad. Pero, cuidado, tal vez una gran parte de esa histeria la desfigura y magnifica un escenario en el que es aceptable que los hombres griten como energúmenos, o canten mal y sean torpes y zafios. No sé si me explico. Lo diré al revés: a veces oigo por ejemplo en algún programa de radio con fuerte participación masculina que algún señor pierde los papeles o canta rematadamente mal y me imagino la misma situación con una mujer y sé que es inverosímil. 
No tengo ni fe ni esperanza en la humanidad, me limito a culivar el misterio de la caridad. Pienso que el conocido mapa de la distribución del machismo, entre machos alfa, beta, gamma, delta y omega implica situaciones espejo entre ellos y entre las mujeres en general y sus mujeres en particular. 
Daría mi colección de minerales por saber qué pensarían ahora Simone de Beauvoir y Violette Leduc del machismo contemporáneo. El panorama editorial que se retrata sigue por el estilo.

Sandrine Kiberlain como Simone de Beauvoir y Emmanuelle Devos como Violette Leduc 
en el rodaje de Violette (Martin Provost, 2013)

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29.1.18

Nivel de vidas

e he ofrecido para las prácticas de unos estudiantes de Acupuntura en la clínica de la doctora Ping Li. El viernes pasado, mientras aguardaba que me hicieran pasar a la clase, estuve hojeando el Hola y me encontré con uno de aquellos reportajes que se hacen dentro de la casa de alguna celebridad. Se trataba de Aerin Lauder, la nieta de la creadora de la firma cosmética Estée Lauder. En un bocadillo leí, en las palabras de Aerin Lauder: "Es una casa muy moderna y diáfana. Siempre me ha encantado esa sensibilidad simple y moderna de la montaña". La frase me resultó chocante, aunque está una tan acostumbrada a la prosopopeya ("Espanya ens roba") porque además de la personificación de un elemento tan inerte como una montaña —por mucha vida que tenga— se añadía la perplejidad de que no acabo de entender que una montaña sea simple y moderna. Supongo que se refiere a lo zen de la naturaleza, otra cosa no se me ocurre. Y no olvidemos que el alto nivel de vida de Aerin Lauder es el que le permite contar con una sensibilidad bastante diferente de la que yo pueda tener. Ni mejor ni peor. Fisgo, aunque no por curiosidad, en su cuenta de Instagram y hay muchas fotos de decoración y lo que se conoce como "estilo de vida": mesas puestas, decoración, alguna fotografía de ella misma pero no autorretratos sino imágenes con quien bien podría ser su hija. En Instagram abundan mucho los selfies, tanto que a mí no me parece normal, pero ese es otro tema.
Leo el libro de Retratos de Truman Capote y el primero es sobre Marlon Brando, con el entorno del rodaje de la película Sayonara  (Joshua Logan, 1957). El relato de Truman Capote es conciso, divertido y nos reproduce una situación que fácilmente recreamos en la imaginación, de unas expectativas casi totalmente dislocadas. Nada de lo que parece que estaba previsto llega a buen término y el resultado final de un presupuesto descomunal es algo que no tiene mucho que ver con las pretensiones iniciales, entre las que entraban por ejemplo mostrar las primeras imágenes cinematográficas del teatro clásico japonés. Los interlocutores japoneses, es fácil figurarse la firmeza y la cortesía con las que opusieron resistencia a lo que para ellos sería como una injerencia, no facilitaron las cosas. Marlon Brando acabó bastante decepcionado e incluso por puro hartazgo sobreactuó, que es una suerte de trasposición de la vergüenza torera. El papel de japonesa protagonista se lo habían ofrecido a Audrey Hepburn, que rehusó, y finalmente fue para "la señorita Taka, una tontuela sin pretensiones, razonablemente atractiva, virgen de experiencia cinematográfica, que dejó un empleo administrativo  en una agencia de viajes de Los Ángeles para entrar en lo que ella llamaba «esa fantasía de Cenicienta»". Todo resulta por el estilo, es decir lejos de las expectativas iniciales
Las expectativas incluso se puede decir que son lo que arruinan nuestros anhelos, además de no permitirnos disfrutar de lo que existe y someter a nuestros compañeros de "viaje" a una presión tan innecesaria como inútil. En este sentido discurría gran parte de la entrevista que le hicieron el otro día a Lucrecia Martel (Zama, 2017) en El Periódico, cuyo titular ya es toda una declaración de principios: "Los héroes me parecen lo peor de lo peor". Una parte de la entrevista viene que ni pintada para lo que venía yo intentando mostrar en el párrafo anterior:
"¿Qué es la espera? Como digo, las ansias por la llegada que algo que creemos merecer. En otras palabras, encarna una idea que uno tiene de sí mismo y, por tanto, es una trampa. Si fuésemos más flexibles respecto a quiénes somos, no seríamos tan proclives al fracaso. El fracaso ocurre cuando tenemos una idea muy concreta de lo que somos y lo que queremos. La identidad genera rigidez, y lo que es rígido tarde o temprano se rompe. Nuestra cultura se ha empeñado en la rigidez."
Es muy interesante por lo menos para mí la anécdota que cuenta Truman Capote sobre el encuentro de Brando con un monje tibetano. Al parecer en la primera conferencia de prensa que el actor dio al llegar al Japón dijo estar muy contento de poder estar allí para poder "investigar la influencia el budismo en el pensamiento japonés, en tanto que factor cultural determinante". Cuando más adelante cuando estaban trabajando en un templo un monje le pidió una fotografía autografiada, Brando se sintió profundamente decepcionado (¿Para qué puede querer un monje mi firma?¿Y mi foto?)

Cartel de Sayonara (Joshua Logan, 1957)

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26.1.18

Publicito de Tarso

Hasta hace un ratito la cuenta de @jospastr (Pastrana) en Twitter estaba ceñida con un candadito, después no y ahora (14:51) otra vez sí. Esto, en el particular sistema de señales de la red social no sé si es inseguridad o es que está poniendo un intermitente para indicar una avería o que abandona el camino. Hoy ha sido trending topic y es todo un logro. Y eso porque la identidad de Pastrana, que tiene más de 82.000 seguidores, ha sido desenmascarada desde otra cuenta anónima o pseudónima (@esparroquí).
Pimpinela Escarlata, el Hombre de la máscara de hierro, el Llanero Solitario, Spiderman, el Capitán Maravillas, el Zorro y el Capitán América serán invocados como ejemplo de héroes que para defender a los pobres o a los justos o a los indefensos adoptan una máscara o la anonimia. También he visto esgrimido bajo el TT #pastranagate el Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 27 de abril de 2016, relativo a la protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de estos datos y por el que se deroga la Directiva 95/46/CE (Reglamento general de protección de datos). En resumen muchos expertos de Twitter defienden que de acuerdo con este Reglamento y con lo que ellos mismos han acordado, la anonimia es un derecho. Pero me figuro que ante determinados casos y en situaciones concretas ese derecho tendrá sus restricciones. Una ya lleva el tiempo suficiente en este mundo para haber apreciado que las normas, leyes y reglamentos son muy flexibles.
Ayer fue San Publicito (San Pablo, en realidad), y fue el día de la Publicidad, cuestión que me recuerda que con ayuda de la flexibilidad del Derecho y sus reveses, la postverdad, la vida líquida y todo aquello, todo puede ser objeto de una broma, un experimento o una parodia. Por ejemplo, lo de Tabarnia, que no deja de ser una parodia del Procés, tiene mucho también de todo esto. Veo en mi muro de Twitter que hay cuentas que se han hecho eco de Tabarnia, otras que apenas lo hemos mencionado un par de veces y otras que ninguna. De mis dos menciones me arrepiento aunque no mucho, porque en el fondo la broma, aunque es ingeniosa, de secundarla hasta sus últimas consecuencias nos lleva a un callejón de discordia sin salida. De más discordia. Simultáneamente, no estoy muy segura de la procedencia de la idea, de quién está detrás o delante de Tabarnia (más allá de su escenificación y de la personificación de Albert Boadella).
También hace unos días, cuando alguien defendía en Facebook a Woody Allen del "linchamiento" a que se está viendo sometido por la acusación de abusos por parte de su hija Dylan Farrow, vi que mostraba un post del cineasta en su propio Facebook. La cuenta está a nombre de Woody Allen, pero Woody Allen es un nombre artístico. El nombre de Woody Allen cuando lo llamaron a declarar en su día o si lo llamaran a declarar ahora no es Woody Allen, es Allan Stewart Königsberg. Yo que en Twitter me llamo Zweugnimod (aunque mi identidad es transparente) jamás me defendería de una acusación como tal. Hasta cuesta referirse a estas cuestiones de una manera que no sea equívoca.
Me doy cuenta —esta vez no simultáneamente sino paralelamente— de que el nombre de cada cual en algunos países no es algo tan riguroso como lo viene siendo por ejemplo en España. Por mi contacto laboral con algunos sudamericanos a veces me han tenido que dar su nombre y claramente era un nombre "de batalla".  Yo les decía en alguna ocasión que si alguna vez, Dios no lo quiera, tuvieran que dar cuentas ante un tribunal, de algún error en su práctica de la Medicina, que un nombre como Pipi Blondiblú (me lo invento) no sería viable y que les llamarían al orden y les exigirían la documentación sobre su verdadera identidad. Una cuenta de correo draculilla69@ ni simultáneamente ni paralelamente ni nada la veo adecuada para atender la correspondencia profesional o laboral.
Leo en la Wikipedia:
"Pablo no cambió su nombre al abrazar la fe en Jesucristo como Mesías de Israel y Salvador de los gentiles ya que, como todo romano de la época, tenía un praenomen relacionado con una característica familiar (Saulo, su nombre judío, que etimológicamente significa ‘invocado’, ‘llamado’), y un cognomen, el único usado en sus epístolas (Paulus, su nombre romano, que etimológicamente significa ‘pequeño’ o ‘poco’)".
Como en mi serie sobre los retratos no podía dejar de tratar el tema de las máscaras, los pseudónimos, los anónimos, he aprovechado la ocasión para ventilarlo en un rato y en lo posible olvidarlo.

Cesare Lombroso, La donna delinquente (1893)

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24.1.18

Los lazos rojos

She'd come completely into the room now, and she
paused there, staring at me. I'd never seen her
before not wearing dark glasses,
and it was obvious now that they were prescription
lenses, for without them her eyes had an assessing
squint, like a jeweler's. They were
large eyes, a little blue, a little green,
dotted with bits of brown: vari-colored, like her
hair; and, like her hair, they gave out a lively warm light."
Truman Capote, Breakfast at Tiffany's (*)


l año 2007 Random House publicó un conjunto de ensayos inéditos de Truman Capote titulado Portraits and observations. No puedo asegurar si las semblanzas se corresponden en parte con el libro que editó Anagrama con el título Retratos. Lo encargué hace un rato. En cualquier caso, el estilo breve, de cronista de su tiempo, bien seguro que preside esta recopilación, aunque se trata de celebridades que conocemos en todos los planos hasta el hartazgo (Marlon Brando, Coco Chanel, Montgomery Cliff, Picasso, André Gide, Louis Amstrong, Liz Taylor, Tennessee Williams,  etc.) En ese sentido, en el de la fama, el libro me recuerda al de Luis Antonio de Villena titulado Mitomanías (2010), sobre 37 personajes españoles de todos conocidos.
Se dirá que si tenemos tanto material gráfico y tanta prosopografía sobre los famosos es porque precisamente son interesantes o sus vidas resultan ejemplares o fascinantes. En cualquier caso, a sabiendas de esa gran verdad, yo a lo mío, me desvío  a dos mujeres sin importancia que nacieron a principios del siglo pasado: mi abuela (Pepita Marcote Canosa) y su hermana (Ana Marcote Canosa). Los retratos fotográficos de hoy son de ellas. Mi tía-abuela es la joven de la izquierda y mi abuela es la joven de la derecha. La fotografía de A.M. está fechada por su dorso en febrero de 1935 y un sello seco en la parte inferior permite identificarla con el fotógrafo Caamaño. Ramón Caamaño trabajó por la comarca de Finisterre (La Coruña): Finisterre (Fisterra en gallego), Muxía, Cee y Corcubión. Las hermanas procedían de A Ínsua, una aldea de Fisterra. A.M. pasó parte de su vejez en La Coruña, pero gran parte de su vida estuvo viviendo en Fisterra, como P.M.
La fotografía de A.M. está en perfecto estado —fotográficamente hablando, es decir que el color no se ha degradado— y sin embargo la de mi abuela, en papel de brillo, está arrugada y algo sucia, como si hubiera estado mucho tiempo expuesta al aire.
La mesa camilla de la foto de Caamaño, o su manto, es la misma que la que identifico en otra fotografía que anda en casa de mi madre, donde está ella sentada sobre un cojín encima, con dos años, en el año 1936.
Mi abuela aparece de luto, algo que usó prácticamente toda su vida por unos difuntos o por otros, pero también porque los espacios llamados de "alivio" perdían razón de ser después de unos años vistiendo de negro. Por economía, por decoro, por costumbre. A.M. lleva medio luto y hasta luce unos pendientes, cosa que no se aviene con el duelo que se guardaba por la muerte de un pariente. Tenía mi tía abuela unos ojos azules de aquel azul tan claro que solo puede imitar el agua. Aunque el posado de una y otra es convencional, debo decir que se ajusta bastante a lo que fue la personalidad de cada una. Mi abuela era más contenida, más recogida. 
Imposible saber a qué momento de sus vidas corresponden las imágenes. Seguramente ya estaban casadas pero —no solo por la ropa— puedo creer que es antes de la Guerra Civil, en la que lo pasaron bastante mal y con serios problemas para cubrir las necesidades básicas. Cuando mi abuelo volvió del frente en su primer permiso (estuvo en intendencia en el Ebro) se cruzó con mi madre y no la reconoció porque hacía cosa de un par de años que había tenido que dejar a su familia. Al preguntar a mi abuela por ella, mi abuela le dijo en gallego: "Tuviste que cruzarte con Coronita, lleva unos lacitos rojos en el pelo." Es decir que se habían cruzado padre e hija pero no se habían reconocido.
Mi abuelo perdió el pelo por las sienes aún siendo joven, pero tanto mi abuela como su hermana tenían una cabellera maravillosa. Cuando mi abuelo preparaba los aparejos de pesca, el que se hacía con pelo de caballo él lo hacía con pelo de mi abuela. Cuando yo la conocí aún tenía pocas canas, casi todos los dientes y un cuerpo que no parecía el de una mujer de 70 años que hubiera tenido 6 hijos. Ni estrías, ni piel de naranja ni flacidez.  A pesar de lo mucho que trabajó tenía unas manos preciosas, sin artrosis, bien formadas y blancas.
Oí hace poco que aunque se suele representar en las recreaciones de nuestros antepasados prehistóricos a las mujeres como compañeras de los hombres y más pequeñas, barrigudas y con los pechos colgando, esta imagen es un cliché sin fundamento. Cualquier mujer de la prehistoria podría ahora darle un manotazo, por un decir, a Rafael Nadal y tumbarlo. Sus bíceps eran fortísimos, como sólo podían serlo por tener que realizar las faenas normales del día a día.
Me impresiona mi desconocimiento casi total sobre las existencias de A.M. y P.M., lo que podían sentir ante el futuro que no conocían y que supongo que apenas podía adivinarse. En los años 70 mi abuelo estaba entusiasmado con la TV, mientras que mi abuela todo lo más que estaba dispuesta a escuchar era la radio, y la que más le gustaba era la portuguesa, que además se recibía con claridad, no como otras. La emigración de 4 hijas, la muerte de mi tía Amelia en (Comodoro Ribadavia, Argentina), con 21 años, la sumieron en la tristeza. Mi abuelo pescaba, cuando había pesca, en un mar que ha recibido el nombre de Costa da Morte, con lo que diciendo eso y que mi abuela dormía poco ya lo digo todo. La muerte de mi abuelo en su vejez, por cáncer de pulmón, la ancló a la habitación en la que hicieron gran parte de su vida. Siempre tenía al lado de su cama una moneda preparada para cuando venían a pedirle limosna. Había gente más pobre. Siempre hay gente que es más pobre.
A.M. y P.M. tenían el sobrenombre de "mañonas" por el Mañón. Vengo de una familia en que algunos fueron muy hábiles (mañosos) con sus manos.

Las hermanas Ana y Pepita Marcote Canosa


Detalle de los rostros

_______
(*) "Ya se había colado del todo en la habitación, y se detuvo un momento para mirarme. Era la primera vez que la veía sin gafas de sol, y en ese momento resultaba obvio que eran, además, gafas de aumento, porque sin ellas sus ojos me escrutaban bizqueando, como los de un joyero. Eran unos ojos grandes, un poco azules, otro poco verdes, salpicados de motas pardas: multicolores, como su pelo; y, como su pelo, proyectaban una luminosidad cálida y viva." [Edición de Anagrama, con traducción "por acuerdo" con Random House]

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21.1.18

Barba llena de mariposas



stos días ha sido actualidad la imagen de Roger Torrent, el joven President del Parlament de Catalunya. Incluso el Diari de Girona nos muestra la evolución de su look en una especie de orla en la que se nos muestra al político desde que era estudiante (gafas, cara de nerd y pelo corto sin estilo) hasta haber adquirido barba de fucker, como acertadamente le bautizo @Armunho en su cuenta de Twitter. Otro tuitero (@Fordon_Gekko_NY), no menos acertadamente le hizo ver que el cambio adoptado por Roger Torrent era parecido al de Rubén Sánchez, el portavoz de Facua. Aparte de que tanto Torrent como Sánchez han incorporado alguna rutina de ejercicios o de deporte a su vida diaria, está claro que la barba es una máscara idónea para quienes no tienen un mentón atractivo y además permite modelar tanto el perfil como el ángulo frontal.
Algo escribí sobre el tema de la barba en El ojo derecho del caballero de la mano en el pecho, pero es inagotable. No me resultaría nada difícil creer que la barba es una especialidad peluquera, para aquellos hombres que la quieren llevar cuidada o ya no digamos para quienes desean modelar su imagen y camuflar defectos faciales blandos o duros. Aunque mi opinión personal poco importa, debo decir que a mí una barba espartana sin casi cuidados me da hasta un poco de repugnancia. Un poco de pelo está bien, mucho pelo (una barba tupida y larga, poco cuidada) es un poco asqueroso. Es mi opinión.
Esta semana que hoy acaba es según una tradición catalana, la semana de los barbudos. Por eso abundan los refranes, que tienen que ver con la climatología y con los tres santos barbudos de la semana: "Quan vénen els tres barbuts [Sant Pau Ermità, Sant Maur i Sant Antoni Abat] vénen els freds cascarruts", etc. 
Se me ocurrió hojear el Libro de descripción de verdaderos retratos, ilustres y memorables varones (1599-1637)  de Francisco Pacheco ("edición foto-crom-typica") y veo que la gran mayoría usan barba. Tal vez podríamos extraer la conclusión de que de Felipe II todos usan barba excepto los frailes y pocos más. Y tal vez lo de los frailes provenga del canon 44 del Concilio de Cartago (clericus nec comam nutriat nec barbam radat).  Por supuesto hoy en día en los medios cool el crecimiento de la barba tiene que ver con la abstinencia sexual, el deporte y el estrés.
Si viéramos una fotografía de Ernst Hemingway o de Jules Verne sin barba probablemente o no los reconoceríamos o nos parecerían desfavorecidos. Cuando alguien lleva barba mucho tiempo y después se la afeita, los demás le vemos como desnudo (como si la cara fuera como el cuerpo) y la cara lampiña inspira una sensación un poco incómoda, y parece que la nariz y la boca sobre todo se vean más desvalidas, debilitadas, expuestas.
El Roger Torrent sin barba y después de algún deporte se parecía algo a Albert Rivera. Los asesores de imagen, que seguro que los tiene, le aconsejaron usar barba porque además de sugerir más carácter lo hacían más atractivo y masculino. La barba llega donde no llegan los ojos. También es posible que una barba lo haga más atractivo al electorado homosexual, no digo que no.
De acuerdo con los posts de mi serie sobre los retratos literarios, incluyo hoy la poco conocido oda de García Lorca a Walt Whitman. En especial los versos de la barba "luminosa y casta" del americano: 
Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Roz Chast
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18.1.18

Pies elegíacos

Sin dientes, pero con dientes
como sierra y a la noche no cierra
el negro terciopelo que lo entierra
entre el clavel y el clavón crujiente.

Bailados sueños y las jácaras molientes
sacan el vozarrón Santiago de la tierra.
Noctámbulo tizón traza en vuelo ardientes
elipses en Nápoles donde el agua yerra.

Muérdago en semilla hinchado por la brisa
risota en el infierno, el tiburón quemado
escamas sueltas, tonsura yerto.

En el fin de los fines ¿qué es esto?
Roto maíz entuerto en el faisán barniza
y en la horca se salva encaramado.

José Lezama Lima, Retrato de Don Francisco de Quevedo

enemos de Quevedo los retratos de Pacheco y el de algún discípulo de Velázquez. La Fundación Francisco Quevedo en su web muestra una especie de orla con todas las caricaturas y retratos que han recolectado. Tanto en el retrato de Pacheco en el Libro de descripción de verdaderos retratos, ilustres y memorables varones (1599-1637) como el del discípulo de Velázquez Quevedo mira a su derecha y lleva la cruz de Caballero de Santiago, a la que se refiere el soneto de Lezama. Generalmente a Quevedo lo reconocemos por los lentes. La cruz de Santiago y la corona de laurel son atributos en los que no hace falta abundar. El laurel es un atributo que encontramos a lo largo de la historia de Occidente sin prácticamente solución de continuidad. Doy en creer que el hecho de que los dos retratos del poeta miren a la izquierda es para que se vea bien la cruz de la Orden de Santiago, que también obtuvo (no sin dificultades) Velázquez. A todo lo dicho solo quisiera recordar que Velázquez fue discípulo de Pacheco, así que el parecido entre los dos retratos de Quevedo parecería ineludible.
Conocido el duelo de sonetos entre Quevedo y Góngora, ya que el otro día transcribí el de Quevedo sobre la nariz de Góngora, hoy en justa correspondencia, deberíamos referirnos a los andares de Quevedo en versos de Góngora:

Anacreonte español, no hay quien os tope,
Que no diga con mucha cortesía,
Que ya que vuestros pies son de elegía,
Que vuestras suavidades son de arrope. 
¿No imitaréis al terenciano Lope,
Que al de Belerofonte cada día
Sobre zuecos de cómica poesía
Se calza espuelas, y le da un galope?
Con cuidado especial vuestros antojos
Dicen que quieren traducir al griego,
No habiéndolo mirado vuestros ojos.
Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
Porque a luz saque ciertos versos flojos,
Y entenderéis cualquier gregüesco luego.

Los expertos podrán decirnos si lo elegíaco de los pies de  Queveo venía por la combinación de versos de 5 y 6 pies (pentámetros y hexámetros).
Menos conocida es una aguada de Leonaert Bramer, que ilustra los Sueños de Quevedo y que lo muestra junto con Juan del Encina y el rey Perico (corrupción de "rey Chilperico"). En ella aparece con melena, golilla y capa.
La cojera de Quevedo fue la que permitió identificar por lo menos con muchas probabilidades los restos de su cuerpo en época reciente. Además de la cojera, Quevedo estaba gordo, era corto de vista y tenía los pies deformes, cuestión esta que explica el tercer verso de la primera estrofa. El soneto de Lezama, el neobarroco antillano, tiene mucho de esqueletada o bodegón de postrimerías a lo Valdés Leal pero con ese clavel reventón y gato.
Hay un soneto, el tercero que cito hoy, pero esta vez escrito por el propio Quevedo. Se titula "Amante desesperado del premio y obstinado en amar" y empieza "Qué perezosos pies" (*):

Qué perezosos pies, qué entretenidos
pasos lleva la muerte por mis daños!
El camino me alargan los engaños
y en mí se escandalizan los perdidos. 
Mis ojos no se dan por entendidos;
y por descaminar mis desengaños,
me disimulan la verdad los años
y les guardan el sueño a los sentidos. 
Del vientre a la prisión vine en naciendo;
de la prisión iré al sepulcro amando,
y siempre en el sepulcro estaré ardiendo. 
Cuantos plazos la muerte me va dando
prolijidades son, que va creciendo,
porque no acabe de morir penando.

El cuarto soneto, también de Quevedo, es el que ilustra el post de hoy.

Viñeta de R. Rodríguez (clicar para aumentar) - Torre de Juan Abad

El Quevedo de Francisco Pacheco

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15.1.18

La vuelta al mundo en 72 días

Bajo la luz de la lámpara,
el dedo sobre el atlas entretenía al muchacho en ilusorios
viajes
y un turbador perfume de aventuras
salpicaba de sangre el mar antiguos de los corsarios.
Los galeones, como flotantes cofres de tesoros,
eran abordados por las naos piratas
y el yatagán, las dagas, los alfanjes se hundían en los cuerpos cobrizos
y las manos violentas
arrancaban la oreja donde el zafiro lucía como Vega en la noche.

Pablo García Baena, Bajo la luz de la lámpara





e recuerda este poema del recién finado Baena a otro de Lezama Lima, no menos barroco, titulado Una fragata, con las velas desplegadas, gira golpeada por la tempestad, hasta insertarse en un círculo transparente, azul inalterable, en el lento cuadriculado de un prismático (Fragmentos a su imán, 1977) (*).
El mundo al que nos asomábamos en los libros cuando éramos pequeños mi hermano y yo, era tan atractivo, fascinante y prodigioso, que incluso un álbum de cromos como el que hoy reproduzco, estaba cargado de contenido y estímulos. Ya no digamos las enciclopedias. Me sentí en algún momento muchas veces como dijo Sartre que se sintió ante la Enciclopedia Larousse (**).
Esta semana pasada escuché una entrevista en la radio a uno de los maestros o educadores que están involucrados en la renovación pedagógica. Supongo que tenía algo o mucho que ver con Escola Nova 21 o Escolanova21 y todo un movimiento que preconiza un sistema educativo o formativo que apenas tiene nada que ver con lo que conocemos. Reconozco que soy anticuada y que como yo misma he padecido el entusiasmo de la renovación pedagógica de los setenta, mi escepticismo es bastante acusado respecto a cualquier sistema cuyo fundamento sea triturar las viejas formas. No hay nada tan viejo como la pretensión de cambiarlo todo. Por otra parte me despierta una gran antipatía el entusiasmo con el que se envuelven estas ocurrencias, llenas de la charlatanería del marketing, del coaching y esas cosas. Por otra parte, en todos los reportajes que hay en los archivos de las cadenas televisivas veo que las escuelas que han incorporado la renovación pedagógica son escuelas en las que los niños son blancos, de clase media y demás. Me inspira la mayor pereza tener que referirme a toda la estética que ostentan unas ideas que tampoco es que sean nuevas bien mirado.
Uno de los ejemplos a que se refería el entrevistado era el de trabajar en clase —donde no hace falta decir que los roles y los espacios también están totalmente renovados— en proyectos como el de organizar la vuelta al mundo en 80 días. Yo diría que aún hay mucha gente que sabe que esa idea proviene de una novela de Jules Verne, La vuelta al mundo en 80 días (1872). Naturalmente los recursos de que disponemos ahora para acceder a los horarios de los transportes no tienen nada que ver con los que tenía Verne. Siguiendo con el ejemplo, que se consumiría en un par de clases o todo lo más en una semana, nos quedarían las 20.000 leguas del viaje submarino y el Viaje al centro de la tierra, no menos interesantes para situarse ante dos expediciones que nos obligarían a recurrir a muchos datos y conocimientos.
Otra posibilidad sería estudiar cómo vivir con 1000 euros al mes, pero parece que lo de viajar es más pedagógico y al mismo tiempo lúdico. De hecho, la vuelta al mundo se hizo aún en vida de Verne en 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos y la hizo Elizabeth Jane Cochran ("Nelly Bly"), una periodista neoyorquina.
En el fondo las nuevas tecnologías ya no son nuevas, y además los nativos digitales no tienen dificultad en hacerse con sus interficies. Lo que habría que cultivar sería la curiosidad, el respeto y por supuesto el criterio. Hoy —sin ir más lejos— circulaba por whatsapp un meme que se atribuía a Cicerón, pero que en realidad era una recreación de un trozo de una novela histórica de un tal Taylor Caldwell. A mi cuenta ha llegado por la cuenta de una amiga que tiene una licenciatura. Me apena mucho que personas bien preparadas no sepan distinguir una cita falsamente atribuida, o que no reparen en qué es lo que difunden. Se haga lo que se haga con la Enseñanza, el resultado debería ser que se fomentase la curiosidad, el respeto y el criterio.
Hace un par de años un médico residente me preguntó si podía citar en una presentación que tenía que hacer un artículo que no había leído. Le contesté que no. Le expliqué que por lo menos leyera el resumen y las conclusiones, cosa que no le llevaría mucho tiempo. Que no era honesto ni útil citar lo que no hemos leído y mucho menos lo que ni siquiera hemos visto.













Imágenes del álbum Vida y color
_____
(*)
Las velas se vuelven
picoteadas por un dogo de niebla.
Giran hasta el guiñapo,
donde el gran viento les busca las hilachas.
Empieza a volver el círculo
de aullidos penetrantes,
los nombres se borran, un pedazo
de madera ablandada por las aguas,
contornea el sexo dormilón del alcatraz.
La proa fabrica un abismo
para que el gran viento le muerda los huesos.
Crecen los huesos abismados,
las arenas calientan
las piedras del cuerpo en su sueño
y los huevos con el reloj central.
El alción se envuelve en las velas,
entra y sale en la blasfemia neblinosa.
Parece con su pico
impulsar la rotación de la fragata.
Gira el barco hacia el centro
del guiñapo de seda.
Sopladas desde abajo
las velas se despedazan
en la blancura transparente del oleaje.
Una fragata
con todas sus velas presuntuosas,
gira golpeada por un grotesco Eolo,
hasta anclarse en un círculo,
azul inalterable con bordes amarillos,
en el lente cuadriculado de un prismático.
Allí se ve una fingida transparencia,
la fragata, amigada con el viento,
se desliza sobre un cordel de seda.
Los pájaros descansan
en el cobre tibio de la proa,
uno de ellos, el más provocativo,
aletea y canta.
Encantada cola de delfín
muestra la torrecilla en su creciente.
Hoy es un grabado
en el tenebrario de un aula nocturna.
Cuando se tachan las luces
comienza de nuevo su combate sin saciarse,
entre el dogo de nieblas y la blancura
desesperadamente sucesiva del oleaje.

(**) "Mais le Grand Larousse me tenait lieu de tout: j'en prenais un tome au hasard, derrière le bureau, sur l'avant-dernier rayon, A-Bello, Belloc-Ch ou Ci-D, Mele-Po ou Pr-Z (ces associations de syllabes étaient devenues des noms propres qui désignaient les secteurs du savoir universel: il y avait la région Ci-D, la région Pr-Z, avec leur faune et leur flore, leurs villes, leurs grands hommes et leurs batailles); je le déposais péniblement sur le sous-main de mon grand-père, je l'ouvrais, j'y dénichais les vrais oiseaux, j'y faisais la chasse aux vrais papillons posés sur de vraies fleurs. Hommes et bêtes étaient là, en personne: les gravures, c'étaient leurs corps, le texte, c'était leur âme, leur essence singulière; hors les murs, on rencontrait de vagues ébauches qui s'approchaient plus ou moins des archétypes sans atteindre à leur perfection: au Jardin d'Acclimatation, les singes étaient moins singes, au Jardin du Luxembourg, les hommes étaient moins hommes." (Les mots)
[“Pero para mí, la Enciclopedia Larousse lo era todo. Cogía un tomo al azar detrás de la mesa, en el penúltimo estante, A-Bello, Belloc-Ch o Ci-D, Mele-Po o Pr-Z (estas asociaciones de sílabas se habían vuelto nombres propios que designaban a los sectores del saber universal: estaba la región Ci-D, la región Pr-Z, con su fauna y su flora, sus ciudades, sus grandes hombres y sus batallas); yo lo ponía con mucho esfuerzo sobre la carpeta de mi abuelo, lo abría, descubría a los verdaderos pájaros, cazaba verdaderas mariposas posadas en flores verdaderas. […] Encontré el universo en los libros: asimilado, clasificado, etiquetado, pensado, aún temible; y confundí el desorden de mis experiencias librescas con el azaroso curso de los acontecimientos reales. De ahí proviene ese idealismo del que me costó treinta años deshacerme” (Las palabras)]

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12.1.18

El perro Dick

ace años que no veo a mi amiga R.C.S., porque su salud no le permite salir de casa sin ayuda. Las últimas veces que nos vimos fue en la mía, pero ya le costaba mucho trabajo acercarse hasta aquí a pesar de que apenas nos separa un quilómetro. Sé que en cuanto se encuentre algo bien, me telefoneará o me enviará un mensaje a mi correo-e. Si me llama lo hará haciéndolo coincidir con mi santo o las Navidades, como para no convertir su llamada en un sobresalto o en algo que no vaya respaldado por lo que no se aparta de lo convencional.
Nunca ha tenido el mal gusto de trasladarme el detalle de sus dolencias ni de los penosos episodios asistenciales entre los que transcurre su vejez, los propios y los de sus dos hijas. En realidad, si alguna vez he merecido su amistad creo que ha sido por no abusar de su confianza con las confidencias ni sus enojosos pormenores.
La conocí el año 1980 o 1981, cuando hice mis prácticas en su biblioteca, la biblioteca médica del Hospital de Sant Pau, ya desaparecida. Aunque no es muy habladora, su conversación era y es animada. R., a quien yo puse el sobrenombre de Pantacruells, en parte por su apellido y en parte por asimilarla al gigante de Rabelais, el hijo de Gargantúa, es una mujer alta, grande, y en algún momento tuvo sobrepeso. Llevaba su corpulencia con gran discreción. Es decir, que tenía el mérito de desplazar su enormidad como si fuera tan pesada como una mariposa. En un momento dado podía ser muy cómica, simplemente adoptando la mímica adecuada para centrar una anécdota graciosa, aunque siempre sin quese  descompusiera gran cosa ni en el gesto ni en el semblante.
Debido a lo mucho que congeniábamos o conmalgeniábamos, y debido a la diferencia de edad (de unos 25 años más o menos, yo siempre he escuchado sus palabras como el oráculo de Delfos. Y sea por eso, sea porque se expresa con claridad y utilidad, no me es difícil recordar muchas de sus palabras. El mérito no es mío en caso alguno; mi memoria para recordar conversaciones es muy débil.
Me acuerdo por ejemplo de una vez que la telefoneé porque había leído algo en El País sobre su padre, Manuel Cruells i Pifarré. Los políticos de los años 90 (Manuel Cruells murió el año 1988) de alguna manera revolvieron la memoria a su muerte y me temo que pretendían imponer una versión histórica que no era cierta o que no era completa o que por lo menos llevaba intenciones secundarias. Cuando leí el reportaje de El País me figuré el disgusto de mi amiga. En vez de correr a llamarla esperé unos días. Cuando la telefoneé deslicé el tema como un fastidio que hay que sobrellevar, como sobrellevamos a los mosquitos y a los niños pesados. Se apresuró a quitarle importancia diciéndome que le importaba más su viejo perro Dick que todo ese montaje periodístico. Lo de "montaje periodístico" lo digo yo. Verdaderamente era así. R. no le concedió valor a algo que yo interpreté como una campaña de desprestigio más que como una chapuza de desinformación. Tal vez -creí yo tácitamente- los inspiradores temían que a la muerte de Manuel Cruells empezaran a circular documentos comprometedores. Tampoco creo que hubieran muchos documentos, ya que durante el franquismo muchos excombatientes vivían con el temor de ser represaliados o de que irrumpieran en sus casas para detectar actividades clandestinas. En cualquier caso lo que le importaba más era su perro Dick, que a su lado aún parecía más pequeño de lo que era.
Otra frase para el mármol era una que decía poco más o menos: "Les dones tenim dues ocasions de fer el ridícul: una quan ens enamorem i l'altra quan som mares". No hace falta traducir ni ampliar.
Hay más frases, como la que me prevenía de pretender hacer mejoras: "Quan més vols millorar les coses, pitjor". He constatado esta opinión  cada vez que alguien con su comprensible orgullo me ha mostrado por ejemplo los resultados de una reforma doméstica. Primero porque el jaleo que se organiza no siempre se ve compensado por lo que se consigue. Segundo, porque en caso de compensarnos siempre pondrá en evidencia otros defectos. R. no hacía la reflexión desde el pesimismo, la hacía desde un planteamiento pragmático, experimentado, y algo confucionista o ruraloide. De hecho, se crió en Olot, una ciudad rural de La Garrotxa, al norte de Cataluña, muy cerca de Francia. Me advertía de lo decepcionantes e innecesarios (además de molestos) que son algunos cambios.
La cuarta frase de Pantacruells la he recordado muchas veces pero hasta hace bien poco no me ha revelado su pleno significado y razón: "A ningú li importa el que ens passa". Me sabe mal no recordar la frase literalmente. No se refería a su familia o a nosotras, que también, era un plural afectivo inclusivo de aquellos que engloban a todo el mundo. Como en sus otras frases, no me dejó un indicio de drama ni de melodrama, ni del credo de la Cofradía del Santo Reproche. Esa frase no era una queja amarga ni un comentario desdeñoso, era la pura verdad.

Gerhard Glück
Peter Steiner
George Booth



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11.1.18

Pregones y mazmorras

No existe vergüenza ahora en eso; la hipocresía es un vicio de moda, y todos
los vicios de moda se consideran virtudes. El personaje "hombre de bien" es
el mejor de todos los personajes que pueden representarse. Hoy en día la
profesión de hipócrita posee ventajas maravillosas. Es un arte cuya
impostura es siempre respetada, y aunque la descubran, no se atreven decir
nada en contra de ella. Todos los demás vicios de los hombres están
expuestos a censuras, y cada cual tiene libertad para hacerlos abiertamente;
más la hipocresía es un vicio privilegiado que, con su mano, cierra la boca
de todo el mundo y goza descansadamente de una soberana impunidad.
Forma uno, a fuerza de muecas, una estrecha agrupación con todos los
miembros del partido. Quien ofende a uno, los tiene a todos encima; e
incluso aquellos que se sabe que obran de buena fe y que a todos les consta
que están realmente convertidos, esos, repito, son siempre víctimas de los
otros; caen ingenuamente en el lazo de los hipócritas y apoyan ciegamente a
los menos con sus actos. ¡Cuántos, puedes creerme, conozco, que, por
medio de esa estratagema, han enmendado hábilmente los desórdenes de su
juventud y que, utilizando como escudo el manto de la religión, disfrutan,
bajo esa vestidura respetada, la licencia para ser los hombres más perversos
del mundo! Por mucho que se conozcan sus intrigas y lo que ellos son, no
dejan por eso de tener crédito entre la gente, y cualquier inclinación de
cabeza, un suspiro apenado y unos ojos en blanco compensan, ante el
mundo, todo cuanto puedan hacer.
Molière, Don Juan, Acto V, Escena II

l pasado domingo protesté por un tuit de Cayetana Álvarez de Toledo : "Mi hija de 6 años: "Mamá, el traje de Gaspar no es de verdad." No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás." Dejé entonces para otro día desarrollar mi desagrado ante la mala costumbre de invocar a los hijos menores de edad para defender esto y aquello o atacar lo de más allá. Es una costumbre que no solo utilizan los periodistas sino que está muy generalizada. Aunque el ejemplo no es el mejor ni el más representativo, sirve para el caso porque se desenvuelve en un entorno en el que lo que se quiere hacer prevalecer es la inocencia
Considero que lo mejor es que cada cual hable de lo suyo y no de lo que dicen los demás, pero me parece particularmente aconsejable dejar que los niños vivan ajenos a esa caja de resonancias que son las redes sociales, por lo menos mientras podamos. 
A veces se recurre a los niños para sustentar un argumentario en el que en el fondo y en la superficie lo que cuenta es que la validez de un argumento o refutación descansa en la madurez y respetabilidad que adquiere a los ojos de la sociedad el que ha procreado. A nadie que sea cabal se le ocurre reprender a un padre ante su hijo ni a un hijo ante su padre, es casi (casi, repito), un tabú. Por lo tanto, cuando un padre o una madre dicen que hacen o dicen algo por su hijo bla bla bla, todo el mundo tiene que decir "amén" o casi.
Recientemente también, los exconsejeros de Territorio y de Presidencia de la Generalitat de Cataluña, Josep Rull y Jordi Turull, visitaron a Oriol Junqueras en la cárcel de Estremera. Rull y Trull al finalizar su visita señalaron que las Navidades habían sido "muy duras" y "especialmente para el expresidente Junqueras" ya que tiene "niños pequeños". El día de Reyes fue "especialmente duro sin poder estar en este momento tan mágico con tus hijos".  Insistieron en que el día de Reyes sin los hijos era "de un nivel de crueldad extraordinario" y  denunciaron que había una "desproporción en estas medidas de cárcel" que era "incomprensible". Estas declaraciones se repitieron en varios medios y las transcribo en el idioma en que fueron hechas, con lo que no se nos escapa ni superpone matiz alguno espurio. No seré la única persona que al oír estas declaraciones pensara "pues que no se hubiera metido en camisa de once varas". O incluso, más aún, que no se hubiera metido en planes secesionistas y de sedición que en el mejor de los casos sólo han conseguido desestabilizar la paz social, la seguridad económica, la Sanidad y el bienestar de tantas familias. 
Curiosamente lo que se ha señalado estos días es que Oriol Junqueras, en quien todos reconocen a una buena persona, apelara a su sentido cristianismo o a sus convicciones religiosas como prueba indeleble de su honradez o su rectitud moral. Su buen comportamiento será algo a tener en consideración como para todos los reos que cumplen pena de prisión en firme o preventiva. Como católica me asquea que base su defensa en su fe. De verdad no pienso que haya en Junqueras una especie de chantaje burdo por el cual se nos pretenda hace creer que hasta es un mártir. No lo veo capaz de algo así, pero sus creencias religiosas no entran en consideración ante el delito que ha cometido. En todo caso, en esas creencias encontrará la fortaleza que no le asiste a veces cuando ha hecho comparecencias entre sollozos.
El secuestrador y asesino de Diana Quer, José Enrique Abuín Gey "El Chicle", tiene una hija menor, creo que de 14 años. Esa paternidad lejos de ser un atenuante de la causa criminal, simplemente nos hace compadecernos de la chiquilla y pensar en que la justicia garantice su paz, la manutención, y que preserve la confidencialidad. Muchos criminales tienen hijos, todos los criminales han tenido más o menos un padre y una madre. ¿Pensaba El Chicle en que Diana Quer tenía una madre o que ya no podrá ser madre ni nada que se le parezca? ¿Ha pensado de verdad Oriol Junqueras en toda la gente que la lista de espera de la asistencia sanitaria ha retenido desde el año 2010 por culpa de sus ideas cristianas independentistas? ¿Se ha acordado de los hijos o de las madres? 
***
Estas Navidades, por una torpeza deliberada o no de una monja, me vi envuelta en un mailing abusivo que iba a dar a una cadena de oración a la Virgen de Montserrat por el Procés. Además de condenar a medio hilo que se pusiera mi dirección-e a la vista en una cadena que parecía infinita, protesté vivamente por ver mezclada la Virgen en cosas que no son de Su dominio ni disposición y que mezclándolas no sé si son sacrilegio o simplemente una estupidez como una catedral.

The three stooges (Los tres chiflados)

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Seguir bailando

"La poesía es a la prosa lo que el baile es al caminar"
John Wain

El caso del productor de Hollywood Harvey Weinstein, que abusó de muchas actrices, supongo que estará siendo investigado, pero no es nuevo. No es nuevo no solo porque Weinstein acosó y se dice que incluso violó a varias actrices durante un período de más de 30 años, sino porque no hace más que actualizar y aflorar un tema que es más antiguo que el hilo negro. Ayer vimos en la Filmoteca de Catalunya (versión DVD) una película de la directora Dorothy Arzner, Dance, girl, dance (1940). Es una de las escasas directoras cinematográficas de su tiempo. Como Jodie Foster, que recientemente hizo unas declaraciones sobre los éxitos de taquilla que ni siquiera han sida cacareadas literalmente, Dorothy Arzner era homosexual. Arzner empezó a trabajar en pleno cine mudo y después en el marco del Código Hays. Creo que esas tres condiciones (su condición sexual, el conocer bien el primitivo lenguaje cinematográfico y tener que someterse a las restricciones de la censura) sirven como presentación de una película donde se nos presenta el mundo de las variades de Broadway y su backstage. 
Lucile Ball (Bubbles) como vedette y Maureen O'Hara  (Judy O'Brien) como stooge (*) dirimen sus diferencias no solo en el escenario sino también en la vida "real". El papel de stooge en un vaudeville es muy denigrante. Se le pide a Judy O'Brien que aparezca en escena para que el público (masculino) (**) exija ruidosamente que aparezca Lilly (Bubbles), que tiene un baile más picante y sugerente, más sicalíptico. Tanto la una como la otra son objetos sexuales y esto es lo que nos muestra nada más y nada menos Dorothy Arzner. 
No quisiera desvelar el final de la película, aunque lleva 77 años en este mundo. Incluye un alegato por la dignidad de las artistas (y de las mujeres), más corto que el del otro día de Oprah Winfry recogiendo su Globo de Oro, pero no menos vibrante. Sin embargo, al final de todo parece que en cierta manera al acabarse la película de alguna forma la historia se encauza y Maureen O'Hara pasa de los brazos de Jimmy Harris Jr. y del "Palais Royal"  a los del empresario de ballet Steve Adams. Es decir que en cierta manera consigue desembarazarse del papel denigrante de stooge de Bubbles, pero es a costa de pasar a la protección de un empresario de más nivel que el del "Palais Royal" (que si no entendí mal tiene negocios de ortopedia). Lo único que se puede hacer en el baile es bailar.



A propósito de "La calumnia" (William Wyler, 1961) A. González Terriza nos recuerda en su muro de Facebook que la propia Shirley MacLaine confesó que si hubiera protagonizado la cinta en la actualidad, habría luchado por que su personaje tuviera un final diferente (en vez del suicidio). El caso es que la película estaba basada en una obra de teatro. El comentario de Shirley MacLaine es muy loable pero está claro que también podría decirse que en la ficción el suicidio lo que subrayaba era una situación insostenible y la incapacidad por parte de quien debía sobrellevarla de superar las restricciones sociales. Está claro que en el año 1940 y en el año 1961 y ahora en el año 2018 la situación de las lesbianas es diferente. Y la homofobia se va adaptando a cada momento, pero no se acaba, como vimos bien recientemente con Luis del Val Velilla, refiriéndose a los "maricones de mierda".

Dorothy Arzner con Maureen O'Hara durante el rodaje de Dance, girl, dance (1940)

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(*) Se suele traducir stooge como títere, pero como esa palabra en español designa otra realidad, prefiero mantener el término en inglés. Tal vez existe una palabra más ajustada pero la desconozco: "Significado de Stooge
Sustantivo Part-of-speech
Fonética /sto͞oj/
Plural stooges
Una persona que sólo sirve para apoyar o ayudar a los demás, sobre todo en hacer el trabajo desagradable
"te enamoraste de ese acto indefenso femenina y deja que te haga un títere"
Una persona que es empleado para asumir un papel particular, manteniendo su verdadera identidad oculta
"un títere policía"
Un artista cuyo acto consiste en ser el blanco de las bromas de un cómico"

(**) En las representaciones del "Palais Royal" que vemos a lo largo de la película el público es exclusivamente masculino, cosa normal en el vaudeville, y se expresan con la zafiedad propia de esas ocasiones, fumando y gritando como en una berrea. En la última representación, la del alegato de la actriz-stooge, aparece una función de gala y el público está combinado con mujeres arregladas al caso. De hecho así es como se incorpora Miss Olmstead, la asistente personal del empresario Steve Adams, y así es como puede tomar la iniciativa de aplaudir las palabras airadas de la actriz denigrada y desencallar la sorpresa. La escena es inverosímil, aunque la damos como buena. Es inverosímil porque al lado de sus esposas y de sus novias, esos hombres no hubieran abucheado a la bailarina más fina para exigir que saliera la más sicalíptica. Pero, claro, es porque están al lado de sus esposas y de sus novias por lo que la bailarina denigrada puede lanzar su alegato con una cierta garantía de credibilidad. 

9.1.18

La boca amarga de Umbral

"Whilst I was looking at her, I saw that her depressores anguli oris became very slightly, yet decidedly, contracted; but as her countenance remained as placid as ever, I reflected how meaningless was this contraction, and how easily one might be deceived. The thought had hardly occurred to me when I saw that her eyes suddenly became suffused with tears almost to overflowing, and her whole countenance fell. There could now be no doubt that some painful recollection, perhaps that of a long-lost child, was passing through her mind. As soon as her sensorium was thus affected, certain nerve-cells from long habit instantly transmitted an order to all the respiratory muscles, and to those round the mouth, to prepare for a fit of crying. But the order was countermanded by the will, or rather by a later acquired habit, and all the muscles were obedient, excepting in a slight degree the depressores anguli oris. The mouth was not even opened; the respiration was not hurried; and no muscle was affected except those which draw down the corners of the mouth"
C. Darwin, The expression of the emotions in man and animals, VII, 196
A los músculos conocidos como depresores del ángulo de la boca (por oposición a los músculos depresores del labio inferior) a los que se refirió Darwin en 1872, ya se había referido Charles Bell el año 1806 en su libro titulado Essays on the anatomy of expression in painting. Bell nos asegura que el músculo no existe en los otros animales, por lo que sólo tendría una función expresiva (*). Y la cita de Darwin es tan preciosa que he querido darle preferencia y en su lengua. La vuelvo a reclamar ahora en la traducción de Eusebio Heras. El libro se encuentra digitalizado en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla como La expresión de las emociones en el hombre y los animales (Valencia: F. Sempere, 1852): "Me encontraba un día en un compartimento de un wagón, frente á una señora anciana, cuyo rostro tenía una impresión, aunque absorta, serena. Observé, mirándola, que sus músculos triangulares se contraían ligera, pero clarísimamente. Sin embargo, como su fisonomía conservaba siempre la misma apariencia de calma, púseme á pensar que aquella contracción no debía tener ninguna especie de sentido, aun cuando hubiera sido fácil engañarse respecto á ella. Apenas se me había ocurrido tal idea, cuando ví sus ojos humedecerse súbitamente de lágrimas, que parecían prontas á correr por su rostro, mientras que éste expresava el abatimiento. Verdad es, que cualquier triste recuerdo, tal vez el de un hijo perdido en otra época, debió atravesar en aquel momento su espíritu. En cuanto en ella el sensorio fuera de tal modo impresionado, ciertas células nervosas habían transmitido instantáneamente, á consecuencia de una costumbre inveterada, su orden á todos los músculos respiratorios, así como á los del rostro, a fin de disponerles para un acceso de llanto. Pero la voluntad, ó más bien una costumbre posteriormente adquirida, interviniendo entonces, habían dado otra orden en contra de ésta; y todos los músculos habían obedecido á este último mandato, excepto los triangulares, los únicos que habían entrado ligeramente en acción, bajando un poco las comisuras de los labios. Por otra parte, la boca no se habían ni aun entreabierto y la respiración había subsistido tranquila como en el estado normal." (págs. 252-253)
Esta cita me trajo al recuerdo dos cosas. Una, la primera, es mi desconcierto al haber conocido tantos psicólogos (por mi trabajo y porque abundan) que no usan al menos para sí los conocimientos más elementales de la expresión de sus emociones y la comunicación no verbal. Ese tema nos llevaría muy lejos (Mens sana in corpore sano) y nos aparta de la admiración por las observaciones de Bell y Darwin. 
El segundo recuerdo que me devolvió la observación de Darwin fue sobre la boca de Francisco Umbral, cuyo músculo depresor oral izquierdo era muy marcado y que —como la señora del ejemplo— había perdido un hijo. En Mortal y rosa (1975) su autorretrato (**) nos habla de su boca amarga, que aparece hendida en las fotografías y retratos que le han sobrevivido. Además del depresor marcado, en sus intervenciones en la TV pudimos ver que no abría mucho la boca cuando hablaba.
Los anglófonos les llaman a esas bocas cuya comisura  va hacia abajo "downwards mouths" y les conceden una gran importancia porque indican un ánimo triste. Los rostros que tienen muy adiestrado por la sonrisa el cigomático mayor y el orbicular palpebral, tienen las comisuras de los labios hacia arriba, no hacia abajo. 
Albert Camus escribió en La Chute (1956): "Après un certain âge, tout homme est responsable de son visage" ("Después de cierta edad, cada hombre es responsable de su cara"). En cierta manera esta gran verdad ya la había preludiado Johann Caspar Lavater (1741-1801)  al afirmar que todo rasgo reproducido múltiples veces, todo cambio reiterado, se convierte al final en una impresión permanente en las partes blandas del rostro.
*
Estuve cosa de 7 años sin ver a un psicólogo que conocí por mi trabajo. Cuando lo volví a ver me sorprendió que su tórax hubiera aumentado mucho, pero no como suele ocurrir por los resultados del deporte aeróbico intenso (correr por ejemplo), sino como el resultado de un desequilibrio entre la apariencia de su cuerpo (la parte de cintura para arriba mucho más desarrollada que la de cintura para abajo, atrofiada por el sedentarismo tal vez).  Además del tamaño de su tórax, la impresión era de coraza abombada. A decir verdad me recordó una especie de tortuga. Además hablaba con la barbilla ligeramente elevada, cosa que forzaba que su mirada descendiese bajo la línea de la visión natural y en conjunto presentase un gesto algo amenazador, nada compasivo, muy duro y especialmente compacto. Parecía que llevaba hombreras de rugby. Me bastó verlo para sacar la impresión de que Camus olvidó decir que cada cual también es responsable de sus actos.



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(*) "The peculiarity of human expression is in the triangularis oris, or depressor anguli oris, a muscle which I have not found in any other animal; which I believe to be peculiar to the human face, and for which I have been able to assign no other use than belongs to an organ of expression."

(**)
"Mi rostro en el espejo. El pelo deshecho. El tiempo subió sus hilos a tu pelo, dice el poeta. Canas, hilvanes blancos por donde nos vamos deshilvanando, deshilachando, y se ve lo mal hechos que estábamos, lo de prisa que nos cosieron las costureras. El pelo se va, se irá, se cae, poco o mucho, pero se cae.
Me gustaba llevarlo en melena rebelde, sobre la frente, como los héroes infantiles, cuando niño, pero la abuela me pelaba al cero, en los veranos tórridos, y se me filtraba la brisa morada de la tarde por la cabeza desnuda, dejándome aterida la imaginación. Luego lo he llevado como me ha dado la gana, peinado hacia adelante, hacia atrás, enmelenado, con patillas o sin patillas, y he jugado a hacerme una peluca con el propio pelo, que es a lo que juega todo el que se hace una cabeza, eso que se llamaba antes «hacerse una cabeza», del mismo modo que los calvos juegan a hacerse un pelo propio con el peluquín. La filosofía occidental —Hegel, Marx, Descartes— es una filosofía de raya al medio, y la filosofía oriental es pelona, de cabeza rapada. Yo, que no soy filósofo, he cambiado de peinado como de sistema mental y de concepción del mundo, cuando me ha dado la gana, pero los peines salen cargados como carretas de heno, algunas temporadas, cargadas de pelo, y es cuando hay que volver al dermatólogo, ponerse turbantes de espuma, como un fakir de los espejos del baño, o frotarse, locionarse, refregarse. Eso es bueno, porque el pelo se cae de todas maneras, pero se acelera el riego periférico del cerebro, y quizá también el otro, de modo que un lavado de cerebro no es una metáfora soviético-germánica, sino que efectivamente se tienen las ideas más claras o más escasas el día en que se ha lavado uno la cabeza.
Se pierde lo rubio del pelo como se pierde lo rubio del alma, el estofado de oro con que nos decoró la vida en un principio. El pelo duda hasta quedar en un castaño mediocre, a los ojos, todo marrón corriente, que es el color de los que no vamos a llegar nunca a nada. Era mi pelo rubio trigal por donde pasaban palomas femeninas como manos, vientos de primavera, ráfagas, y hoy sólo pasan peines tristes, y el rastrillado de las ideas, que un día me alborotó la cabellera de metáforas, y que hoy me va dejando la cabeza como un campo sembrado, roturado, hasta que vuelva a ser jardín salvaje. Porque uno empieza queriéndose hacer un peinado ideológico irreprochable, y se tarda en llegar al saludable abandono de la peluquería y la jardinería. Con un jardín salvaje por cabeza es como más libre se va por la vida.
Mas todavía me doy lacas, champúes, lociones, colonias, y así me va. El pelo era el penacho de la imaginación, y a medida que tenemos menos imaginación vamos teniendo menos pelo. La frente entra profundamente en la cabeza, como si yo pensase más que antes, aunque la verdad es que pienso menos. Todo lo que antes hacía nido en mi pelo —sueños, aves, bocas, cielos, fuegos— pasa ahora de largo, me sobrevuela, y sólo en muy raros días se siente uno la cabeza poblada, habitada, y piensa que algún pájaro raro ha hecho nido en ella con mimbres de pelo y de amor.
Da miedo mirarse al espejo, peinarse, siquiera sea con los dedos, porque no se vaya el pájaro raro de la idea, de la cosa. Es el momento de ponerse a escribir, porque el pájaro picapinos me picotea en la prosa como yo picoteo en la máquina, el pájaro carpintero quiere construir algo, no se sabe qué, hasta que de pronto, en un cambio de folio, en un cambio de párrafo, comprende uno que el pájaro ha volado, que ya no está.
O sea, que estoy escribiendo solo, a solas, que me ha dejado aquí, convertido en un mecanógrafo. Que ya no hay pájaro o nunca lo hubo. Inútil seguir tecleando. Tapo la máquina y leo lo escrito, o lo rompo. Y a esperar que venga otra vez el pájaro, que no es la inspiración, desde luego, ni tampoco el Espíritu Santo, sino realmente eso, un pájaro de vuelo e idea.
Algo raro que se posó en mi frente la noche anterior, cuando me asomé al tempero, que ha dormido en mí toda la pesadilla y que por la mañana está callado y no rompe a cantar, porque espera a que rompa yo. Y cuando yo voy y canto, él se vuela, quizás porque le ha asustado la máquina de escribir con su caligrafía de ametralladora. Bueno, pues uno teme quedarse sin pelo y quedarse sin pájaro para siempre, y será el momento de darse el tiro en la sien limpia, porque cuando la vida nos retira el pelo de la cabeza, parece que nos invita a darnos el tiro limpiamente.
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El pelo, el pelo. El pelo era antorcha que lucía en la noche lírica de mi adolescencia. Ahora es una antorcha apagada que queda triste y estoposa en la claridad diurna de la lucidez adulta. Por mi pelo han pasado mareas y épocas. Un pelo es como un mar, una cabellera es un océano, una melena es agua que pasa, río en el que no se bañarán dos veces las manos desnudas de la mujer. El pelo era música, y ahora salen del peine largos hilos de cabellos dejando en el aire un arpa deshilachada.
Hay que cuidarse el pelo. Todo yo me convierto en un guardapelo, en un guardabosques del bosque raleado de mi pelo. Pero el pelo se irá y tendré que convivir con un calvo desconocido, silencioso y feo.
¿Cómo he llegado a tener esta cara? Veo un niño rubio y ceñudo, en la litografía amarillenta del pasado. Veo un colegial de rostro blanco y como plano, en aquella foto escolar -posguerra, frío, escuela pobre, niños tatuados por el salvajismo de la miseria, la bola del mundo, el patio desconchado-, veo un adolescente presuntuoso, de pelo alto y ojos tristes. Ahora, el pelo que huye, la mirada rota, la nariz que se va redondeando y alargando al mismo tiempo, en la prematura avaricia de la muerte, la boca amarga, el rostro pentagonal, la sombra de la barba, los pómulos, todavía altos. Es como si la vida hubiese querido tener primero un niño chino, y luego un adolescente pálido, y después, cambiando de idea, un hombre miope, amargo y duro, porque hay una mano de sombra que va remodelando mi cara, moldeando mi expresión, haciendo y borrando bocetos sucesivos del que fui, del que soy, del que seré.
Al final, como la muerte tiene mal gusto, se quedará con mi peor gesto, con el más estúpido, torcido y loco, y lo perpetuará para siempre, aunque esto es un decir, pues en cuanto te entierran la vida sigue su tarea por dentro de la muerte, y te pueblas de otras vidas menores, y evolucionas hacia la esbeltez del esqueleto o la peguntosidad del légamo, hasta quedar hecho un dandy de hueso o un sapo de tierra. No es cierto que nada se detenga con la muerte. Sólo que se cierra la carpeta de apuntes de la vida y tu rostro deja de ser tu rostro, porque no somos sino una sucesión de esbozos, y tras el último esbozo viene la máscara, la calavera.
¿Hay algo más falso que una calavera? Es lo que mejor nos disfraza. Por dentro de la calavera está el personaje mirando el mundo, y la calavera nos mira con ojos de antifaz, porque la calavera no es la verdad de un rostro, sino la máscara última. «Rosa, sueño de nadie bajo tantos párpados», escribe Rilke. La calavera es máscara de nadie bajo tantas máscaras. Lo que nos aterra de la calavera es descubrir que es también una máscara, la máscara que se pone la nada, el disfraz con que nos mira nadie. Que no me conoces, que no me conoces. Y no hay a quién conocer. La calavera se ha utilizado mucho como máscara en el carnaval y en la pintura. Llevamos la verdad por fuera, la carne, y la máscara por dentro, como no queriendo dar la cara en el más allá. Todo cementerio es una reunión de enmascarados. El esqueleto tiene cara de ladrón, usa antifaz y por eso no nos inspira ninguna confianza. Los muertos no son de fiar, y los esqueletos son muy de temer.
Mi cara, de momento, no es esquelética, y busco en ella al niño que pasó por aquí, pero ya no lo encuentro. Busco al muerto que seré, al anciano que querrá creerse glorioso, y tampoco lo veo. Es inútil forzar el destino, violentar los catalejos del tiempo. Uno ve lo que ve y nada más. A veces, cuando menos lo esperas, te encuentras cadáver en los espejos de un salón o descubres en las grandes damas la descarnadura del futuro, pero si trata uno de hacer eso metódicamente, a voluntad, la carne se cierra y sonríe, se hace compacta y presente; hay como una autodefensa del hoy, nuestro cuerpo ignora su mañana y asume actitud de rosa cuando queremos hacer metafísica con él. La carne no se deja literaturizar. A veces, si la cogemos distraída, es transparente y permite ver el hueso y la nada. Pero si hacemos esto con premeditación y miramos de reojo nuestra carne o la de otro hombre o mujer, se cierran filas, se armoniza la figura, se espesan los colores. La vida es opaca para la muerte. Gracias a eso vivimos" (Francisco Umbral, Mortal y rosa, Madrid: Ediciones Destino, 2001: 12-16)
"Las manos, mis manos, una mano más oscura y la otra más clara, como si yo hubiera tenido un abuelo marqués y otro metalúrgico. Las manos tienen todavía el molde de la mano cainita, la estructura de la mano asesina y depredadora del antropoide, del primer hombre, del último homínido. De modo que no hay manos inocentes. Manos blancas, que no ofenden. Quizá son las que más ofenden. Mi mano derecha está más trabajada, ha vivido más, tiene como mayor biografía. Mi mano izquierda es más femenina, más sensible, posa y vuela. Marta y María, las manos.
No hay igualdad en la vida. La discriminación la llevamos en nosotros. Una mano es siempre más aristocrática que la otra. Y la otra mano es más laboral, más violenta, más sufrida. ¿Cómo superar eso?
Hay que llegar a un mundo de ambidextros. Los obreros trabajan con las dos manos, han conseguido la paz y la reconciliación entre sus manos, que quizás es la mayor y mejor paz que el hombre puede conseguir en sí mismo. El intelectual, el burócrata, el que escribe, el que habla, tiene una mano pública, activa, laboriosa, y la otra mano —generalmente la izquierda— como muerta, amortajada de blancura, momificada, posada. Eso revela el desequilibrio de nuestra vida, el desnivel de nuestra alma" (Francisco Umbral, Mortal y rosa, Madrid: Ediciones Destino, 2001: 23-24)


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