28.2.13

Fechorías bibliográficas

ormalmente se considera que el trabajo en una biblioteca es un trabajo tranquilo, sin sobresalto alguno. Y de hecho suele serlo, a excepción de algún episodio debido a la atracción recíproca que siempre hubo entre la gente rara y las bibliotecas, sobre todo si la gente rara padece alguna enfermedad mental. Pero por lo general, el silencio mismo que mucha gente va a buscar en las bibliotecas, donde otros van a buscar vídeos, suele condicionar ya un cierto sosiego. Un día habrá que escribir, si no se ha hecho ya, una historia sobre los crímenes en las bibliotecas, especialmente los de ficción. Pero mientras tanto solo puedo dar fe de dos casos que podríamos tipificar como: 1) la impostura de una cita y 2) la eliminación de un ejemplar y de todas sus copias. 
Primero trataré del segundo caso, el de la eliminación alevosa de un ejemplar. Es muy poco habitual, tanto que yo solo me he encontrado con uno de ellos en toda mi vida laboral, que arranca el año 1982. Fue a finales de esa década precisamente. El autor sobre un artículo de Bioquímica que se acababa de publicar en una revista norteamericana me hizo ver que habían arrancado las páginas correspondientes en nuestro único ejemplar. Le tranquilicé diciéndole que conseguiría de otra biblioteca una fotocopia y que restauraríamos el ejemplar restituyendo el artículo en cuestión. El cuento es que el artículo había sido arrancado de todas las bibliotecas a las que me dirigí, primero en Barcelona y después en el resto de Cataluña. A instancias del autor (Xavier Fuentes-Arderiu) no seguí con las bibliotecas del resto de España, pero fue porque él me consiguió un reprint, que es como ahora les llaman a las separatas de toda la vida. Pero estaba claro para su autor y también para mí que alguien había querido destruír el artículo, cosa que ya entonces era bastante difícil (por no decir imposible) y que ahora directamente no está al alcance más que de algún hacker que sea capaz de vencer todas las barreras informáticas y legales que hay que superar para asaltar una plataforma de publicaciones ciéntificas. 
Es bastante seguro que la persona que así se había ensañado con un artículo de una revista podía estar trabajando entre nosotros, como tantos otros criminales y gente de mal vivir con quienes hay que convivir, pero ni yo le pregunté al autor principal si tenía alguna sospecha ni él me lo dijo, cosa que aún le agradezco.
El primer caso es el de la cita inventada o falsificada, esto es citar una publicación que no existe. De este jaez me he encontrado con 4 casos en toda mi vida profesional, cosa que no sé si tiene valor estadístico. Hubo un tiempo en que me dio por las bibliografías y alguna hice. Les aseguro por la gloria de mi canario que me he llegado a desplazar no ya a Gerona sino incluso a Madrid para comprobar la existencia de un libro y citarlo de primera fuente. De lo cual siempre obtuve prueba fotográfica, aunque para ello tuviera que pedir permisos, etcétera. Así que cuando hoy día algún médico o enfermero jovencito me pregunta -no por malicia, sino por candor- si se puede citar una publicación que no se ha visto les digo que no y que no, que no solo no se puede sino que no se debe. Entramos en el terreno de la duda cuando nuestra información procede de una base de datos acreditada, como Pubmed o Scopus o Web of Knowledge, donde tenemos la referencia rigurosamente citada y muchas veces un resumen, el que lleva el propio artículo por costumbre. Pero no hay tal duda si pensamos que verdaderamente no hemos visto el trabajo sino su cita.
Estos días estuve persiguiendo el artículo que se considera el primero donde se describió la innovación de una técnica quirúrgica cuyo nombre voy a obviar para no dar pistas. Después de perder un buen rato descubrí que el artículo era citado de dos maneras por la pléyade de autores que lo han ido citado, con la variante en las páginas y en el título de la revista, que ya de por sí revelaba una cierta extravagancia como título, habida cuenta de que los nombres de las publicaciones periódicas científicas no dan mucho lugar a las fantasías ni a las excentricidades. Fui a buscar cómo citaba el autor su propio artículo y ahí llegué a la hipótesis de que él mismo, un prestigioso cirujano que murió el año 2005 dejando un copioso conjunto bibliográfico de su quehacer, había falsificado la cita. Como la primera cita que él mismo dio del artículo que supuse falso es en una revista muy prestigiosa, donde tal vez también lo notaron, hay una vaga referencia a que la técnica se había presentado por primera vez en un congreso en Orlando, Estados Unidos. Siempre va por detrás o por delante, como una obsesión, la fecha de 1994, que el notable cirujano se empeñó en marcar como la de su innovación. De manera que, conversando con la médica que en la actualidad estaba revisando el tema, llegamos a la conclusión de que tal vez hubo algún conflicto o descuido y nuestro antecesor solo podía demostrar su contribución inventándola. Así como lo leen. La prestigiosa revista que hizo la vista gorda ante una referencia que es inverificable añadió lo del congreso, pero yo me he mirado todos los resúmenes de las comunicaciones que se presentaron en el congreso y no está la de nuestro cirujano. Le podemos conceder el beneficio de la duda y decir que tal vez comentó la técnica fuera del programa, pero en cualquier caso decidimos disculpar su error. Lo que no tiene perdón es toda la recua de médicos que ha ido citando ese primer artículo apócrifo como si lo hubieran visto.
De la misma manera que en el caso del artículo destruído hemos señalado que cada vez es más difícil perpetrar una vulneración del género, también podemos decir que cada vez es más difícil colar citas espúrias, porque los redactores y peer reviewers o revisores pares, verifican las referencias bibliográficas cuando no lo hace el propio sistema donde se hacen grabar los mecanoscritos, conectados a las bases de datos mencionadas. Que la prestigiosa revista dichosa le pasara por alto al notable cirujano su fraude es cosa precisamente de los "pares" o peer reviewers, sus semejantes. Descubrir a un mentiroso nos parece una afrenta.


Sé que ninguno de los dos casos pueden ser tildados de delitos, a no ser que coadyuvara algún agravante. Por ejemplo que algo así decidiera injustamente o no un concurso de méritos para acceder a una plaza de profesor en la Universidad. En realidad cuando hablamos de "crímenes" o delitos bibliográficos se suele pensar en los que se hacen contra la propiedad intelectual. Y sin embargo recuerdo de un caso en Estados Unidos, donde hay tantos abogados, en el que se querellaron porque se había caído una pared a consecuencia del error en un libro de bricolage, y porque alguien había resultado herido con lesiones menores. Desconozco la sentencia, porque el caso simplemente se solía exponer en un manual de ética como ejemplo de que el bibliotecario debe prevenir a los lectores de que no se hace responsable del contenido de los libros.

Tabulae Sceleti e Musculorum Corporis Humani  de B. S. Albinus (Londres, 1749). Grabado de Jan Wandelaar

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Los conventillos

Carancanfunfa se hizo al mar con tu bandera
y en un pernó mezcló a París con Puente Alsina.
Triste compadre del gavión y de la mina
y hasta comadre del bacán y la pebeta.
Por vos shusheta, cana, reo y mishiadura
se hicieron voces al nacer con tu destino...
¡Misa de faldas, querosén, tajo y cuchillo,
que ardió en los conventillos y ardió en mi corazón.

(Música: Ángel Villoldo (¿1903?);
Letra: Enrique Santos Discepolo (¿1947?)
  / Juan Carlos Marambio Catán)
[Versión de Tita Merello]

No me voy a referir a la pía casa de las salesas de los Jardines Vaticanos, donde Benedicto XVI ha decidido pasar el final de su vida, sino a los conventillos bonaerenses donde convivían en inquilinato los emigrantes que llegaron masivamente a la Argentina el siglo pasado. 
Tita Merello, cuando canta lo de "siento que tiemblan las baldosas de un bailongo" parece como si fuera ella quien las hiciera temblar, mientras que la versión de Libertad Lamarque, con estar también dramatizada resulta estilizada, políticamente correcta, y ya no tiene ni gota del humo del querosén de los conventillos y ya no digamos de los burdeles. Para humo cerrado el que envuelve a Carmen la de Triana (Imperio Argentina) cuando cantaba "Los piconeros" en una taberna de película, y para temblor de tablas las de su taconeo cuando se encara a una mujer que le quiere quitar a su oficial, que está entre el público.  Y hace unos días falleció Marifé de Triana, de quien se ha dicho no ya que es la última de su generación sino la que mejor interpretó la copla en el sentido dramático. Yo de niña no pasaba semana que no oyera "Te he de querer mientras viva", porque los domingos los vecinos del sotano ponían su colección de discos de copla y flamenco en el tocadiscos pick-up. Juanito Valderrama y toda la peña iban pasando sobre la pletina. De lo que ya va quedando poca gente que se acuerde es de cuando un disco se rayaba y se encasquillaba una frase en un surco. Yo ya me sabía las rayas de los nuestros y me anticipaba un poco al caso, de manera que en cuanto se rayaba levantaba la aguja y con cuidado la desplazaba un poco más adelante. Alguno había que además de estar rayado hacía algún trompicón y se saltaba un estribillo como nada. He encontrado en Youtube un vídeo con un pick-up de "Castigos que manda el cielo", de otra de las cantantes que oía yo en mi patio (Perlita de Huelva), porque a los vecinos extremeños les gustaban mucho los fandangos. Si lo van a ver verán que le tienen puesta una peseta rubia sobre el cabezal de la aguja por eso, para que se aplome y no de saltos.
Se diría que aunque algunos nostálgicos siguieron a estos artistas, el llamado gran público -siempre tan caprichoso e inconstante- abandonó a sus principales figuras, pero yo nunca he olvidado aquellas canciones.  Se suele decir que el vídeo mató a la estrella de la radio, pero se dice menos que la portabilidad de la música y las lavadoras mataron las canciones que se cantaban entre labor y labor. Y es que por ese mismo patio por donde los domingos subían las voces de Juanito Valderrama y todos los representantes mayores y menores de Romero y su tocadiscos flamenco, también se oía cantar a las mujeres que lavaban la colada cantando. Como servidora procede de un barrio obrero y de emigrantes, cosa de la que no puedo más que enorgullecerme, el repertorio era variado. Y también hay que decir que había señoras que entonaban muy bien. Mi padre cantaba Gardel y la Habanera de "Carmen" (como "Juanita Banana") cuando se afeitaba a fondo, cosa que hacía los domingos. En las calles, las niñas sobre todo, mezclábamos los juegos con las canciones y con sus canciones en un repertorio prodigioso (por rico y variado) del que yo conseguí rescatar bastantes piezas, en parte gracias a que hasta hace poco aún gozaba de buena memoria, y en parte gracias al libro de Gabriel Celaya (La voz de los niños). Mi padrina cantaba cuando conducía, con la particularidad de que se inventaba la letra según la ocasión.
"El choclo" con el que abrimos el post hoy tiene en su última parte una letra ininteligible casi en su totalidad, gracias o por culpa del lunfardo que la trufa. Pero a mí me gusta y me recuerda a aquellas canciones infantiles con jitanjáforas ("Un gato se cayó en un pozo, las tripas le hicieron guá, arremoto piti poto, arremoto pitipá") por aquello de que a veces la letra mejoraba mucho cuando se saltaba las obviedades.

  
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Un gato se cayó en un pozo,
Las tripas le hicieron guá
Arremoto piti poto
Arremoto piti pá
- See more at: http://albumdetiempo.blogspot.com.es/2009/03/alveola-jitanjafora.html#sthash.0JIYPrKN.dpuf
Un gato se cayó en un pozo,
Las tripas le hicieron guá
Arremoto piti poto
Arremoto piti pá
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23.2.13

Post 942: La bohemia dorada

Exageráis la hipocresía de los hombres. 
La mayoría piensa demasiado poco 
para permitirse el lujo de poder pensar doble.
Marguerite Yourcenar


l gangnam style un día pasará al olvido y lo único que no sabemos es cuando será, en qué preciso momento. El Harlem style o Harlem shake que ahora está de moda, se puede decir que de alguna manera está emparentado con el shymmy, un baile que estuvo de moda en los felices años 20. Se dice que lo puso de moda Gilda Gray, nacida Marianna Michalska y que llegó emigrada de Polonia con 8 años, como tantos otros europeos, a los Estados Unidos. Hasta allí donde llegan mis posibilidades yo le noto a Gilda Gray un contundente acento americano, pero se suele decir que la palabra "shimmy" proviene de que ella durante una actuación, a la vista de que se le había olvidado la letra de una canción, improvisó el bailecito, que consistía en sacudir caderas y espalda y hombros, y dijo "I'm shaking my chemise", pronunciando mal chemise, que total es una palabra francesa y muy flapper. La foto de hoy es de  Gilda Gray.
Siempre me llamaron la atención las flappers: faldas cortas, pelo cortado al estilo bob, petting, maquillaje, cuerpos no encorsetados, tabaco, cocaína, alcohol, bailar y hasta conducir coches y motocicletas. Obviamente, con las guerras mundiales, entre la depresión económica y la vuelta al conservadurismo de las costumbres, la sobriedad, las flappers tuvieron que guardar sus largos collares de perlas y sus plumas y los sombreros Cloche. Las flappers tienen mucho que ver con el nacimiento del cine y el hecho de que las mujeres dejáramos en parte de inspirarnos en las aristócratas y las prostitutas para pasar a seguir abiertamente lo que hacían, decían y vestían las actrices del celuloide. Hubo un tiempo en que las clases sociales estaban más diferenciadas por la ropa, el calzado y los complementos. Desde que existe el cine todo ha sido un desorden. Es por ello famosa la frase de Billy Wilder: "Durante años trabajar en el cine era algo vergonzoso. Hasta que se inventó la tele". 
La semana pasada vimos pasar sobre la alfombra roja de los Premios Goya algunas de nuestras enriquecidas actrices luciendo costosísimos vestidos de gala y apropiándose luego de la escena para lanzar unos alegatos a cual más salido de tono. Ya comentamos aquí no hace tanto que en una de esas peliculuchas que rodó una vez Pene Cruz en los Estados Unidos le divertía que cada vez que tenía que ir al aseo hubiera que usar un helicóptero. Y hoy en el ABC les han hecho un repaso a sus posesiones, inversiones y modo de vida, las de la Cruz, Maribel Verdú, Candela Peña y Pilar Bardem, entre otras.
Así como las flappers eran tenidas por rebeldes, estas otras mujeres -cuyo mérito desconozco totalmente- se ven a sí mismas como el no va más de la concienciación social, el socialismo e incluso el comunismo. De hecho, ya entre las flappers, había lo mismo que había aquí en Cataluña por la misma época, una bohemia dorada y una bohemia negra negrísima. Habría flappers trabajadoras y por ello libérrimas, pero había también flappers que simplemente tenían un nivel social alto y ninguna ocupación aparte de la de estar guapas y ocurrentes. A estas ... ¿actrices? españolas nuestras se les podrá llamar "bourgeoises bohemiens" o "bo-bos", socialistas caviar o lo que ustedes quieran, tanto da, son palabras. Impagable la foto del ABC con Javier Bardem con una t-shirt -esto es camiseta- de ACDC.

Gilda Gray (1901-1959)

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21.2.13

El valor de las palabras (2)

yer leí la columna del martes de José Luis Alvite en "La Razón", Chicle en la boca, y aunque me parecía entenderlo ("Cada día encuentro más difícil relacionarme con la gente, incluso si se trata de personas a las que de verdad aprecio") no me llegaban a cuajar del todo las ideas. Está claro que en apenas 1500 caracteres se puede hacer un despliegue de locuacidad, pero es más difícil que se tenga el tiento de clavar un tema. Solo se puede dejar el aroma o una alusión a algunas razones, poco más. Hoy me acordé de Alvite y de "Chicle en la boca" cuando comprobé que quien yo pensaba que era un señor ha abandonado mi cuenta de Twitter, eso si directamente no me ha bloqueado, como me parece. Y a pesar de que hace tiempo que peino canas, no dejan de resultarme decepcionantes estos usos y costumbres. Parecía, ya les digo, un señor educadísimo. Cada mañana hasta ayer mismo podía leer en mi TL "Buenos días, insensatos", enredado entre otros saludos que llenan el muro como un trámite insoslayable. Mira que Facebook es tonto, desmanegat, pues en mi muro nunca he visto a nadie que se le ocurra postear "Buenos días" o "Voy a pedirme una pizza".
Estos días en la prensa también se habla mucho de la alexitimia, afección que yo desconocía, que se refiere a un trastorno o a la incapacidad para expresar los sentimientos, que es literalmente lo que significa la palabra griega original. Incluso hay una escala de la alexitimia, conocida como la escala de Toronto, que permite determinar el grado de la incapacidad. Lo curioso es que en el enlace que doy la extienden a las fantasías y a los ensueños, que serían además de las palabras, otras dimensiones donde expresar nuestras emociones. Y eso, a su vez, me ha llevado a recordar que he conocido gente que no es capaz de lo que se llama visualizar algo que le propones, algo sencillo como imaginar una noche estrellada o un ramo de flores o aunque sea la lluvia. Si antes de saber de la alexitimia ya me parecía un síntoma, ahora no tengo ninguna duda. Algo no funciona bien cuando no podemos expresar lo que sentimos, no tanto como si no nos lo permitiéramos como si fuera imposible incluso fraguar en palabras lo que nos aflige o lo que nos alegra.
De todas maneras cualquiera estará dispuesto a admitir que -tenga interés o no- una de las cosas más difíciles del mundo es hablar de lo que sentimos, como si fuera un terreno para el que ni siquiera tenemos palabras, de la misma manera que nos pasaría para referirnos a los olores, a los sonidos y a cuestiones que paradójicamente son físicas, que están alejadas de los dominios mentales a los que sí  les hemos conferido funciones superiores, como el pensamiento abstracto. Y de hecho yo he visto a algunos profesionales de diversos sectores que hasta se jactan de no tener ninguna emoción, y por lo tanto de padecer un trastorno psíquico, mientras que nadie está dispuesto a reconocer que tiene limitaciones para pensar. Para pensar de verdad, no para repetir como un eco lo que ha recibido, no para predecir entre 20 o 200 posibilidades previsibles la más viable. No para quejarse. Como es natural, y perdonen que vaya de una cosa a la otra, un buen profesional tiene que prescindir de aquellos sentimientos que no son útiles para su trabajo o para su cliente, etc., pero no convertirse en una máquina despiadada.
El Debate del Estado de la Nación hubo momentos que emulaba un partido de fútbol y pronto veremos que desgañitarse se generalizará y que (metafóricamente hablando) a costa de un gol se meterán patadas. Son sentimientos, pero a una frecuencia muy baja, muy bruta, muy primitiva. Pero está claro que la metáfora futbolística no nos llevará muy lejos, sobre todo con quien ve en el deporte rey un ejercicio noble del juego, la velocidad y la fuerza. Sirva solo como apunte. Y para deslizar la comparación al hecho de que se favorece una polarización de las opiniones, cosa que tampoco es verdaderamente pensar. Opinar es una mezcla entre sentir y suponer, entre sentir y predecir, y entre sentir y gustar o insultar. El otro día hablábamos de la cobardía de las palabras y solo hoy, cuando nos faltan, podemos entender su valor.
Mientras en nuestro país ante una opinión diferente sintamos una hostilidad irracional y ese miedo acerbo y desabrido que veo en los bloqueos y demás, España será un atolladero y un carajal, un sitio donde no merece la pena vivir y mucho menos morir.

 "Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer" (Francisco de Goya, 1920)

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20.2.13

En el año Verdi

A Ascensió Zubiri

Mittler zwischen Hirn und Hand muss das Herz sein (*)
(Fritz Lang, "Metropolis")
 


a primera vez que oí hablar de la música con el La a 432 Hz pensé que se trataba de una de esas extravagancias del esoterismo y la moda magufa, hasta que supe que nuestro ministro de la Propaganda nazi  preferido, Joseph Goebbles fomentó un decreto para que toda la música se afinara con el La a  440 Hz, en vez de a 432 Hz o incluso a otras frecuencias, según los paises. El La a 440 Hz es lo que oímos cada vez que descolgamos un teléfono y en realidad en toda la música occidental que se compone y graba y toca desde que la ISO aprobó ese dislate despótico el año 1953. También me convenció el hecho de que Verdi, de quien este año celebramos su bicentenario, se opusiera. Me imagino su sufrimiento, no menor al que puede sufrir cualquier persona que tenga sensibilidad musical ante un macroconcierto de música pop o rock machacante, incluso en forma de balada acervezonada o con estilo indie-sifrino. En resumen: lo que Goebbles pretendía en su particular concepción del mundo, interviniendo esa nota musical, era oponerse al "desorden", es decir a la naturaleza y a lo que conocemos como la proporción áurea y la música callada de las esferas. Compruebo mi afinador electrónico y efectivamente está programado para 440 Hz y no hay posibilidad, hasta donde yo sé, de modificar la frecuencia.
Me ha hecho recordar ahora el cuento aquella pieza minimalista de la Penguin Cafe Orchestra, que repite el motivo de un tono telefónico de línea ocupada. Hay un videoclip en Youtube que monta la grabación, de por sí insufrible, con las imágenes de "Metrópolis" (Fritz Lang, 1927). Se diría que es la primera película de ciencia ficción. El guión de la película lo escribieron juntos Fritz Lang y su esposa, Thea von Harbou, a quien se suele atribuir la frase "El corazón debe mediar entre el cerebro y las manos".  Goebbles con su decreto de los 440 Hz impuso su razón y además el tono elegido, algo en apariencia tan nimio, corrigió de raíz toda veleidad, como lo haría -poniéndonos en lo peor- suprimir el color amarillo o el olor del jazmín o del vetiver, echarle más cloro aún al agua. No hace falta tener conocimientos de solfeo para que surta su perverso efecto el uso de una frecuencia por otra, la constante audición de "música" con malas vibraciones y confiar nuestros oídos al MP3 y demás, que con el fin de conseguir una portabilidad abrumadora de datos han eliminado gran parte de los sonidos que no se consideran audibles.
Al parecer se considera que dentro de todo el repertorio de la musicoterapia la mejor música para sanar y para restablecerse es la de Mozart, cosa de la que yo en propia carne no tengo ninguna duda. Tal vez, si se me permite la broma, Verdi es muy bueno contra la colelitiasis y la insuficiencia cardíaca.


Videoclip con Metropolis (Fritz Lang, 1928) y "Telephone and Rubber Band" (Penguin Cafe Orchestra)

"Di Provenza il mar il suol"  (Tito Gobbi)

(*) El corazón ha de mediar entre el cerebro y las manos.

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19.2.13

El respetable público

e habló del Gangnam style, del Harlem Style o Harlem shake, y yo voy hoy a partir del HDR style, el estilo fotográfico de alto rango dinámico (high dynamic range style), tan abusado. Pero no porque vaya a escribir sobre él, sino porque últimamente cada vez que veo una foto de Antonio Muñoz Molina, parece retocada con HDR style. Pero el otro día lo vi un momento en la TV y seguía pareciendo que lo habían retocado y eso ya no me parecía propio de ese medio, sobre todo porque  su entorno todo parecía difuminado y no por el efecto reflex. Leí ayer a salto de mata, en el metro, una entrevista que le hicieron en "El País". Si siguen el enlace verán que la fotografía es verdaderamente muy contundente, como les vengo diciendo, de tono un poco subido (al menos a mi entender). 
Siempre que leo algo de Muñoz me parece que es un señor muy sensato, de quien por ahora no hemos recibido ningún sobresalto, más allá de su nominación para la u minúscula de la Real Academia. La entrevista trata sobre su último libro, que es sobre la "memoria de lo inmediato", sobre aquellas cuestiones que un día fueron "impensables" y han pasado a ser "imperceptibles", como por ejemplo determinados roles masculinos como el de asumir que otros (otras) recogerán la mesa, los matrimonios homosexuales, etcétera. Para ello, si no entendí mal, ha hecho un acopio de noticias de "El País" mismo de unos pocos años atrás, muchas. Y da fe de esa época, "atestigua" dice. El libro se titula Todo lo que era sólido, supongo que en referencia a que en la actualidad abunda lo líquido y ya no digamos el relativismo.
No creo que lea el libro, aunque no me cabe ninguna duda de que está documentadísimo y de que la idea en sí está bien. También se podría escribir un buen libro con los pedacitos de recuerdos de viejas que de vez en cuando tiran a la basura cuando se muere una de ellas.  Todo puede ser material literario, hasta las noticias de "El País", otra cosa es que su metabolización adquiera consistencia literaria. Me acuerdo de Viatge pels grans magatzems Josep Maria Espinàs, 1993) un libro que podría haber resultado hasta trepidante -aunque no tanto como la avalancha en un vomitorio de una macrofiesta- siempre que el autor se lo hubiera propuesto. Pero está claro que lo que Espinàs logró es reunir una serie de notas de una remarcada y deliberada irrelevancia que ni siquiera tienen ni tendrán valor antropológico. El interés de Pla por la vida común también muchas veces dejaba caer todo el peso de una especie de sorna sobre la anodina y gris existencia de la mayoría de los mortales, pero la prosa de Pla reposa sobre las mezquindades y las calles estrechas formando un piadoso buen hojaldre y, según mi modesta opinión, la displicencia con la que a veces -si se me permite la ridiculez- pacían las ovejas de sus palabras tenía que ver con esa avara y taimada ruralidad de la que nunca se tuvo que despegar.  Espinàs no. Un tema tan bonito como puede ser el de los grandes almacenes lo dejó apagado, sin la menor traza de vida o la más mínima señal de animación. Cualquier lista de la compra, hasta la de un supermercado,  tiene mucho mayor interés que todo lo que ha escrito este hombre, que es mucho, junto. Pues algo de lo que me ocurre con Espinàs me ocurre también con Muñoz Molina. Aunque debo añadir que prefiero sin ningún género de dudas al andaluz al fenotipo de escritor diametralmente opuesto, al que recurre -como decía el otro día- a su flora intestinal y a sus gónadas, para épater al respetable público.
Hoy, antes de ir a mi clase de dibujo semanal, elegí tres galletitas-snacks que le llevo al perro del profesor. Como no estaba convencida de que le gustasen, probé una de ellas, como si mi criterio sirviera para adivinar qué le gusta a un perro, que no. A mí no me gustó gran cosa y además creo que como el perro ya es viejo tal vez tendrá dificultades para hincarles el diente, ya que muy crujientes no son. Yo sé que hay algunas personas que leen algunos de mis posts y que a veces lo que reciben no tiene mucho que ver con lo que yo de alguna manera perseguía hacer llegar. Pero de la misma manera que no me puedo poner en el lugar de un perro, no me quiero poner en el lugar de un lector. Solo algunas veces pienso, mira, esto le gustará a Zutanita. Pero doy fe de lo que se me antoja cuando es el momento. "El momento es supremo", dijo Schubert. Y es verdad. 
El material diverso del álbum, que lo hace un scrapbook, de esos a los que tanta afición tienen los anglosajones, es todo lo intencionadamente dispar que ustedes imaginan y un recurso para darle la misma importancia a una piedra, a una noticia, a una calumnia, a un sello. Esto, se dirá, es muy femenino. Lo admito, aunque también hay que reconocer que las poetas del detalle todas sin falta han sido unas grandes metafísicas, de manera que lo que en realidad hacían era reorganizar el mundo bajo el prisma con el que supuestamente lo haría la naturaleza. La jerigonza de que si "impensable" e "imperceptible", esa manera de girar sobre el eje de las dualidades y quedarse ahí zarandeado como por una puerta giratoria, me produce unos bostezos tan descomunales que temo luxarme la articulación temporomandibular. Eso por un lado, por otro también se podría decir que lo impensable ha pasado a disfrutar de una fase de entronización y moda, que no ha pasado a ser "imperceptible", aunque tal vez lo será pero debido a la insensibilización por saturación. Por mi condición femenina y por no haber podido ser dominada por ninguna universidad, ando más interesada por ejemplo en contraponer la idea de inocencia a la de ingenuidad, y no tanto a la de culpabilidad. Y así con todo. Y aunque ya sé que este es uno de esos posts que no le gustarán a nadie, es lo que hay.


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17.2.13

El valor de las palabras (1)

Hamlet
Ser o no ser, ésa es la pregunta. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con sólo un puñal. ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.

Ofelia
¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?
(W. Shakespeare, Hamlet, II acto, esc. IV. Traducción de Leandro Fernández de Moratín)



e llega por uno de esos resquicios por donde rezuma a veces la porquería en Twitter un retuit del retuit de un llamésmole post de un tal B. Bimbi titulado "El Papa que huyó por amor (y se fue a vivir con su secretario)". Primero pensé que se trataba de homofobia pero resulta que el autor se presenta en su bio como gay, esto es, homosexual. Dirán ustedes que se puede ser homosexual y homófobo. Y habrá incluso quien diga, y tendrá razón, que todos los homófobos son en cierto modo homosexuales. A nadie le sorprenderá que haya homosexuales machistas o con las fantasías orquestadas en la oscuridad que se reflejan en el mencionado post, manido con las usuales bufonadas del género amarillista, cuyas gracias ríe un coro de memos, cobardes y gente que en general se refocila en su propia ignorancia. Pero cada día más le concedo menos valor a este género, el del infundio onanista y a la maledicencia en general.
Precisamente ayer releía Hamlet, que es sobre todo una obra sobre el eje en el que se moverían lo que se dice y lo que se hace. No es éste el lugar para fundamentar mi punto de vista, que podría ilustrar con la propia frase de Hamlet, "Palabras, palabras, solo palabras", pero que ya arranca desde las primeras apariciones del príncipe en escena, cuando reconoce que solo reza, o cuando el padre de Ofelia la advierte de que las promesas y las galanterías de Hamlet pueden ser simplemente engañosas: "Sopesa lo que puede sufrir tu honor, si prestas oído a sus palabras". No hace falta y no aporta nada a lo que es en sí el drama. Nótese en todo caso que después de uno de los más célebres "monólogos", la frase de Ofelia tiene un candor que no puede más que resonar como una de las perlas del humor shakespeariano. Es, mal comparado, como cuando estás contándole algo a mi madre bla bla bla, bla bla bla, y de repente te pregunta, "oye, ¿tú a como compras los melocotones?". En las tablas la frase adquiere otro tono, pero en cualquier caso siempre Ofelia está como en otro mundo. La versión para el cine de Laurence Olivier (1948) deja ver más claramente la posibilidad del suicidio.
Cuántas veces no pensamos en la vida qué hacer o incluso si no hacer y dejar que nos hagan o hacer como Rajoy, tan pusilánime, esperar una ocasión propicia y no desgastarnos inútilmente ante un enemigo abrumador o veleidoso.  Nuestra sociedad le concede mucho valor a la palabra, pero no tanto a la palabra dada, que esa para mí lo ha perdido en gran parte, sino a la publicidad y la chismología. Nos horrorizábamos en el paraíso catalán del dinero público que gastaba el Tripartit en propaganda, en autobombo bien temperado, en campañas basadas en la imagen y la semiología, en embajadas de buena voluntad o no. Y resulta que la oposición ocupa el poder y lo vacía y usa el dinero también público en el espionaje, una actividad que, además de ser delictiva, socava los cimientos de la democracia. Es darle un uso diferente a los micrófonos, si bien lo pensamos. Ahora altavoz, ahora florero. Y el caso es que mientras tanto no gobiernan. Los demás, los opinionólogos, ya es mucho que podamos atribuírles una cierta robustez mental, que tampoco, como para además exigirles que sean personas de acción, ni siquiera héroes ni audaces ni mucho menos temerarios.
No hace mucho noté un pseudoperiodista opinionólogo alterado e incluso excitado y sofocado como una ama de casa entrada en carnes a la que le acabaran de robar la cartera en el mercado, simplemente porque un bravucón meado de las lides comentaristas le había dejado una rabiosa amenaza en su blog, quiebro que más bien parecía una eyaculación. Un camorrista anónimo de esos que tiran la piedra y esconden la mano ¿puede temerse como sí es de temer una de aquellas cartas que enviaban los terroristas de ETA para sufragar sus fechorías y aberraciones? ¿Quedan hombres y mujeres con valor en España? Pienso que sí, pero no éstos, ni el que se ahoga en sus propias palabras y fosas retronasales cargadas de moco, ni el gallito de red social enmascarado, ni los insultadores telecínquicos, ni por supuesto el terrorista armado.
Las palabras del médico son casi más que un diagnóstico, como la sentencia de un juez, o tal vez la sentencia de un juez suena a diagnóstico, ya nadie sabe. ¿Qué se puede esperar de una sociedad terciarista y cuya máxima aspiración es viajar o, en su defecto, pasar el rato navegando en Youtube? Las hordas retuitean frases cuyo alcance tiene el efecto que le da el marco de una audiencia no menos amilanada.
Las cifras de suicidios del Instituto Nacional de Estadística se detienen en su web el año 2010 no sé si porque es preceptivo publicarlas demoradamente. Pero a diario sabemos de gente que por causas relacionadas con la crisis y los desahucios deciden acabar con su vida y que tal vez la cifra de víctimas ha aumentado. El chófer del autobus que a veces me lleva a casa me dijo el viernes: "En vez de suicidarse no entiendo porqué no pasan a la acción". Uf, "aquí se encarcó mi canto", "como dijera Violeta". Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Verdaderamente si una persona está en su sano juicio en vez de llorar por las esquinas o esconderse en un rincón, autoinculparse, tendría que revolverse, especialmente cuando lo peor que le puede pasar es que le encierren. Y sin embargo, no es así.


"Hamlet" (John Gielgud, 1964) por Richard Burton


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14.2.13

La

"La inteligibilidad mutua con el resto de las variedades de lenguas de señas empleadas en España, incluso con la lengua gestual portuguesa, es generalmente aceptable, debido a su gran semejanza léxica. No obstante, la lengua de signos catalana (LSC), la lengua de signos valenciana (LSCV), así como las variedades andaluza oriental (Granada), canaria, gallega y vasca son las más diferenciadas léxicamente (entre el 10% y el 30% de diferencia en el uso de los sustantivos, según cada caso). Únicamente la LSC y la LSCV tienen una semejanza por debajo del 75% de media con el resto las variantes españolas, lo que las sitúa en dialectos especialmente diferentes o, incluso, se podrían considerar como lenguas, según el método filológico que se emplee." (Lengua de signos española, Wikipedia)




s sabido que hay dos tipos de cerumen, el seco (oscurito)  y el húmedo (clarito), dicho así para el público general. Desde que yo observé que mi cerumen era del mismo color que el de mi padre y no el de mi madre, me di cuenta de que tenía muchos números para padecer sus deficiencias auditivas. Seguramente esto no tendrá para ustedes -además de interés- ninguna consistencia científica, pero cuando les diga que el color del cerumen tiene una base genética y que incluso ha merecido estudios paleontológicos, entonces tal vez me concederán más crédito. Y, siempre según la Wikipedia,  es posible determinar la edad de una ballena por el número de capas de cera, de manera similar a lo que ocurren en la dendrocronología con los anillos de los árboles.
Como sé lo que es una torsión ovárica (que me imagino que debe de ser lo más parecido a una torsión testicular), como sé lo que es una extracción de un molar accidentada, como un par de veces me golpearon las espinillas sin querer con attachées Samsonite y como una vez me quemé con leche hirviendo, puedo decir que eso todo incluso a la vez no es nada comparado con un buen dolor de oídos. Un dolor de oídos es enloquecedor. Tuve un dolor de oídos a mis 6-7 años y el único que parecía entenderme fue mi padre. Lo que no sé es si era porque por su natural le resultaba más fácil compadecerse por el sufrimiento ajeno o porque lo conocía en propia carne. Nunca lo sabré.
La verdad también de la buena es que no me volvieron a doler los oídos, pero desde hace unos días les advierto que no oigo el tono del teléfono si pongo la oreja izquierda. Tengo entendido que el tono siempre es un La y me figuro que esa nota, por sus características cromáticas, estará en un punto de la escala que por sus características será más clara que otras. Otra cosa que no sé. Con la oreja derecha aún oigo el La, pero es como chisporroteante, lleno  de crepitaciones que además se me acoplan en la concha del pabellón y resultan desagradables. Si alguien me habla, lo más posible es que oiga mejor lo que se dice en el espacio que está dos puertas más al fondo, aunque más bien debería decir que lo distingo, que lo oigo, pero no lo entiendo. Es decir, que oigo voces, pero no como las que creo que les hablan a los enfermos esquizofrénicos. La música grabada me suena mucho peor de lo que ya me venía sonando (pero ahora por cuestiones físicas) porque estoy en un umbral auditivo en el que percibo vayan ustedes a saber qué. Lo de las psicofonías de mi lavadora ya es viejo. Las voces de mis seres queridos también me llegan mal y esto me apena mucho porque debe de ser un umbral más bajo y entonces lo que me llega parece en un tono menor, más triste, más apagado y hueco. Es decir que más que de música callada podría hablar de soledad sonora.
La relación del sonido y el espacio es tan disociable que incluso una vez la experimenté con tanta nitidez, al oír un canario en el patio de mi casa, que me dio la medida exacta del hueco del bloque. Dicen que los mirlos se apostan a intervalos equidistantes y que se van repitiendo un mismo mensaje que trata sobre el alimento y la comida de la zona cubierta. Y es cierto, su canto es además de bonito, útil, como debería ser. Y cuando yo tenía el oído más fino llegué a distinguir ese quehacer, de mirlo en mirlo, de ir cantando "aquí no hay agua", "hay una mujer que me está haciendo una foto", "viento no hace" o cosas así que yo me figuro y aventuro.
Entre mi deterioro auditivo y que parece que este verano tampoco vamos a cobrar los funcionarios la paguita doble, que no extraordinaria, veo más claro que nunca que tengo que dedicarme a aquello que sí puedo hacer. Mal comparado: de la misma manera que María Moliner se dedicó a su DUE, yo también me he de dedicar a aquello para lo que aún sirvo y que no cuenta con grandes impedimentos. Lo bueno, porque siempre todo tiene un lado bueno, es que las orejas me van bien para soportar las gafas. Y que a lo mejor es un simple catarro.

  Detalle de la oreja de Danae (Parque del Laberinto, Horta, Barcelona)

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11.2.13

Juzgados por la ley de Murphy (2)

"People who see a drawing in the New Yorker will think automatically
that it's funny, because it is a cartoon. If they see it in a museum,
they think it is artistic,
and if they find it in a fortune cookie,
they think it is a prediction."
Saul Steinberg (*)


a dado la vuelta al mundo la historia de Joshua Bell, famoso violinista que tocó durante apenas una hora 6 piezas de Bach en una estación del Metro de Washington. A pesar de que al ver el vídeo tenemos la impresión de que fue en el mejor de los casos ignorado, también hay que decir que recogió 43 dólares, que no está nada mal. Parece que el artista incluso bromeó con sus ganancias puesto que eran netas, sin tener que pasar un porcentaje a su representante o a quien fuera. De hecho, si hubiera escenificado un poquitín la actuación o si hubiera cuidado algo su imagen yo creo que podría haber obtenido una mayor atención. También habrá que decir, sin caer en prejuicio alguno, que dada su juventud y su buen aspecto, podría haber atraído con un par de sesiones la afición de una pandilla de chicas incluso más jóvenes que él mismo. 
La frase de Steinberg, uno de mis dibujantes favoritos, me gusta porque lejos de amargarse ante algo que podríamos tomarnos como inconsistencia del público, abre la posibilidad de que una obra que bien podría ser la suya,  porque publicó muchas viñetas en "The New Yorker" (tengo la frase fuera de contexto), lo mismo sirve para un roto que para un descosido. No voy a hablar de las publicaciones que difunden predicciones de galletas de la fortuna ni de aquellas viñetas que son mejores que muchas obras de arte, aún en su simplicidad. Hablaría, si supiera y si tuviera ganas, que no tengo, de lo injustas y adocenantes que son las modas. No me sugiere demasiadas ideas el hecho de que el Ulises de Joyce se publicara el año 1922 gracias a que Sylvia Beach se arriesgó a editarlo. Esa historia y otras se repiten con diferentes editores, novelistas y novelas miles de veces. 
La supervivencia de los libros a través de las calamidades, las guerras, las depuraciones y los saqueos de la historia, explican en parte su fortuna, pero ¿cuántos libros de gran valía no han quedado para siempre perdidos o de los cuales apenas se tiene una mención? Y al revés, hay libros que perduran sin que nadie sepa con qué méritos. Parece entonces que la herencia cultural es lo que ha resistido el olvido, la barbarie, la degeneración y las injusticias.
Una vez oí decir que el amor era la suprema mentira y yo vengo a considerar que lo que es más bien es la suprema injusticia. Hace poco volví a ver "El tercer hombre" (Carol Reed, 1949). No es cierto como dice nuestra Wikipedia que el guión fuera de Graham Greene. En mi edición de Greene pude leer, y lo recuerdo bien, que el autor revelaba que no sabía hacer guiones, y yo lo creo, porque no es fácil. Él escribió la novela. De hecho la escena más aclamada de la película, el final, con Alida Valli en el peor fotograma de toda su larga y espléndida carrera, pasando de largo a Joseph Cotten en su papel de Holly Martins, no está en la novela. Ni lo estuvo. Ni lo estará. Es una película de una gran belleza y que resuelve bien no ya el triángulo de la peripecia sino el triángulo amoroso, que ni siquiera llega a formarse porque Alida Valli prefiere mil veces a Orson Welles (Harry Lime), aunque vendiera penicilina en mal estado y se metiera en otros asuntos degradantes, aunque se hiciera el muerto, aunque estuviera perseguido por la justicia, a Holly Martins -dicho sea de paso- un escritor mediocre. El gesto de desdén al final de la película es porque Alida Valli (Anna Schmidt) tiene la certeza de que Holly Martins ha delatado a Harry Lime. No lo delata fácilmente, puesto que ambos habían sido amigos. Pero una visita a un hospital pediátrico de niños afectados por la penicilina adulterada -en compañía del Mayor Calloway si mal no recuerdo- le convence de que lo mejor es capturar al malhechor. Obviamente lo bonito de esta película es que sus personajes están perfectamente justificados y sin líneas burdas. Otro día habrá que hablar de la fascinación de algunas mujeres por los chicos malos y de algunos hombres por las mujeres malísimas de la muerte.
Pero me dejo de libros y de películas, porque la suprema injusticia a veces se ve sorprendida en situaciones inconcebiblemente horrendas, tan horrendas como irrevocables. ¿O acaso se han olvidado del caso de Sandra Palo, discapacitada psíquica, violada y golpeada y carbonizada y atropellada por 4 menores? Fue el año 2003 y los cuatro monstruos recobraron bien pronto su libertad. Recuerdo especialmente la que le concedieron a Ramón Santiago, para casarse, dos años después. Incluso creo recordar que se casó con la asistente social del internado donde estaba recluido ¿Quién lo diría? La gente sometiéndose a ortodoncias, tratamientos de liposucción y de todo tipo para resultar atractivos y luego resulta que no, que el amor es la suprema porquería, un cenagal de pasiones que le revolverían el meconio abyecto a Jack el Destripador y hasta el calostro de su madre. Cuestionarse que una Infanta de España resista al lado de un señor que está no ya en el ojo de la noticia, sino incluso en el del huracán, es un pasatiempo. Eso es amor, "quien lo probó lo sabe".





"In/on a box" (Saul Steinberg, 1951)



(*) La gente que ve un  dibujo en el New Yorker pensará automáticamente que es divertido, porque es una viñeta. Si lo ve en un museo, piensan que es artístico y si lo ven en una galleta de la suerte, que es una predicción. 

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10.2.13

36

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En el pabellón neoclásico

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El surtidor

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La balaustrada

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7.2.13

Ser menos

 "La corrupción tiene cosas buenas y tiene cosas malas"
(Oído en Herrera en la Onda a las 10:25)



stos días en que se expone la obra de Alberto García Alix en La Virreina tendremos una buena muestra de un superviviente, con perdón, de la movida madrileña. También perteneció a la movida madrileña la obra de Ouka Leele, nombre artístico de Bárbara Allende Gil de Biedma, prima de Esperanza Aguirre. El color en las fotos de Ouka Leele parece que se haya tostado en el asiento trasero de un coche en cualquiera de las calles de la España más soleada pero tirando un poco a los tonos tan pigmentados de la época dorada de Cannes. Es tan difícil como inútil comparar el blanco y negro duro de Alix con los colores de Ouka Leele, que tanto recuerdan la publicidad pulp pero también el buen rollo sesentero. En ninguno de los dos fotógrafos he profundizado, pero reparo en ellos para hacer mi reconocimiento hoy en particular a Alix. Aunque una tiende en su propio quehacer fotográfico al cromo, a la belleza clásica, reconozco en Alix la cara canalla de las ciudades, sus alrededores de justo o injusto empobrecimiento. Muchos se sienten atraídos por los barrios bajos y los consiguen elevar a la condición gráfica de un magazine dominical, al lado de los anuncios de Louis Vuitton, pero Alix es -si se me permite la brevedad- auténtico. Lo sé porque yo procedo de un barrio, el cual además está sufriendo como nunca el paro, el envejecimiento, la desintegración familiar y la droga. Dicho así, resumidamente, sin contar con varias levas de emigrantes procedentes de las repúblicas de origen soviético, de Santo Domingo, Bolivia y Pakistán, por definición difíciles de amalgamar. El empobrecimiento se nota no ya en lo que ofrecen las pocas tiendas que quedan sino incluso en lo que se echa a la basura o al suelo, que dan fe exacta del consumo y el famoso nivel adquisitivo.
A poca experiencia que se tenga del mundo vivir supone aprender a situarse entre las señales de clase que nos envía cada cual. Antes la gente cuando iba al médico de la Seguridad Social se ponía su mejor ropa, no sé si como forma de consideración o para obtenerla. Supongo que hubo un momento en que ese gesto quedó desactivado por la constatación de que había médicos que vestían muy informalmente e incluso llevaban unas batas que daban pena. En las bodas la situación se agudiza con muchos otros factores, aunque por lo general todos nos llevamos la impresión al final de que lo mejor es -como siempre- la discreción. Pero está claro que la discreción es cada día más cara y que mucha gente no está dispuesta a gastarse un dineral en un traje que no lo aparenta ostensiblemente. 

Parece que el decorado de las salas de espera de aquellas consultas privadas de dentista que van desapareciendo, a costa de las mútuas, proporcionaba al paciente además de entretenimiento pistas sobre lo que le podría costar el lance, sobre la solidez profesional del odontólogo y sobre su prosperidad. No faltaban los títulos y diplomas, tal vez porque hubo un tiempo en el que intrusismo abundaba y había que exhibir las garantías de no ser un barbero o -como se decía hasta hace bien poco- un "dentista mecánico".  Los dentistas, a diferencia de las bodas, no  buscan la originalidad o las extravagancias. Vista una consulta, vistas casi todas. En las bodas inciden otras bodas pero porque se establece una especie de rivalidad o competencia. Y, por decirlo rápido, si en la boda de Fulanita hay langosta, es seguro que en la de Menganito tendrán que poner también langosta o bogavante, para no ser menos.
El arte de los regalos es algo reminiscente que solo nombrarlo me pone en un cierto estado de nervios que evito de inmediato. Hay muchas personas que por su habilidad social o por su buen corazón o por las dos cosas, que (aunque es raro) se pueden dar a la vez, tienen un dominio ejemplar en dar y en recibir regalos. Otras quedan cortas, largas o simplemente inadecuadas. Y no me refiero a los "pongos" sino a los regalos que directamente incomodan. Después de una mala temporada hace muchos años estuve otros tantos en los que recibir un regalo me producía una aflicción para la que les aseguro que no tengo palabras. Y hacer regalos también. Me pasaba días comprando regalos (diversos regalos) y cuando llegaba el momento de la verdad era incapaz de decidir cual no era el peor. Es algo que muy lentamente voy superando y además me acostumbré a hacer regalos muy convencionales: una botella de vino, flores, etcétera. También a cuidar el envoltorio, que es lo que más me gusta. 
Tal vez toda la cuestión de Iñaki Urdangarin se explica en aspirar a nivelarse socialmente con la Casa Real, que económicamente no es que sea una de las más ricas de Europa ni mucho menos. Tal vez. Pero es cierto que a pesar de que siempre se desaconsejaron los matrimonios morganáticos, desiguales, mixtos y demás, siempre los hubo y siempre los habrá. Y a mí que siempre me ha ido mejor siendo menos...

"Lo que dura un beso" (Alberto García Alix, 2001)

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6.2.13

Hoy: nada







s famosa una anécdota de Luis XVI sobre una anotación que hizo en su diario (Aujourd'hui: rien, "Hoy: nada"), el 14 de julio de 1789, esto es el día que se tomó la Bastilla y que marca el principio de la Revolución Francesa. En realidad, según los historiadores franceses, esa anotación pertenece a su diario de caza y por lo tanto su lacónica anotación hay que contextualizarla más bien bajo el palio de la luz crepuscular del sentido de que aquel día no había cobrado ninguna pieza:
"Il est admis que les Rois de France, ici Louis XVI en particulier, ne notaient pas leurs impressions ou bien les événements de la journée dans leur carnet de chasse. Le 14 Juillet 1789, Louis XVI est revenu bredouille de la chasse et c'est donc pourquoi il a noté "Aujourd'hui : rien". Tout simplement. Christophe94 20 mars 2006 à 17:16 (CET)" (Wikipédia)
Parece ser en cualquier caso que Luis XVI conoció los acontecimientos a la mañana siguiente, el 15 de julio. Lo que he sabido hoy también es que a Marie Antoinette, su esposa, la guillotinaron 6 meses después que a él, cosa que me parece mucho más cruel si cabe que haberla guillotinado a los 3 días o a los 3 meses. Por cierto, a veces me vienen a mi puesto de trabajo personas que me piden la "guillotina". Sea en catalán o en español, yo les respondo que no tenemos guillotina en la biblioteca, que lo que tenemos es, respectivamente, una cisalla o cizalla. Normalmente gozo del gusto por las desviaciones lingüisticas de la norma, que la Profesora Coloma Lleal siempre mencionaba en sus clases de Historia de la Lengua para referirse a la paradoja del lingüista que disfruta tanto de la norma como de las transgresiones, porque sabe que muchas de ellas se acaban por imponer y por eso hay que prestarles atención. Sin embargo, confundir la guillotina, usada para aplicar la pena capital por decapitación, con la cizalla (una herramienta para cortar papelitos) me resulta aberrante y siempre rectifico. No tengo presente rectificar a nadie en ningún otro caso.
Pues eso: hoy nada.

Marie Antoinette sosteniendo una rosa (Louise Élisabeth Vigée-Lebrun, 1783)

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5.2.13

La eternidad y la rivalidad

—Muy pesado, espero que pase pronto esta tontería. Y es posible que pase pronto, porque como ya va tan desatado todo. Yo creo que el nacionalismo es como la familia de Julio Iglesias, que piensas “Bueno, el señor ya se está envejeciendo…”. ¡¡Pero es que tiene un hijo!! Toda tu vida vas a oír hablar de Julio Iglesias, ¿entiendes?, y de la familia de Julio Iglesias, toda tu vida, cuando te mueras, a lo mejor en una clínica o un hospital, allí habrá un hilo musical y estarás oyendo algo de la familia Iglesias. Y seguramente también algo del nacionalismo catalán.


ace varios años que va a la deriva o dando tumbos por internet una frase que un día escribió Paul Valéry ("La piel es lo más profundo"). Tantos años y tantos tumbos que esa frase ya ha pasado a ser casi un cliché, como "la chispa de la vida", por su uso y abuso. Pero aunque en la escritura y en la conversación se aprecia la frescura, también es verdad que un afán por ser original y dejar muy buena impresión acaba resultando tedioso y además inspira la sensación de que su artífice es bastante inconsistente. Los recursos típicos suelen ser: a) los símiles arriesgados, b) una grosería deliberadamente asombrosa con el fin de épater o impactar, sea hablando de la propia flora intestinal o del tamaño de las gónadas, y 3) dar a entender que se ha tratado a alguien que tiene -por decirlo mal y pronto- poder. Me pasé gran parte de mi año del C.O.U. alternativamente en un salón de billares y en el Zoo de Barcelona observando los chimpanzés y por lo tanto me siento en condiciones de afirmar que nuestro notable parecido -sobre todo entre los machos- también se produce en la forma de captar la atención de los demás e imponerse. 
Revierto la frase de Paul Valéry y confieso que para mí los sentidos del tacto y del olfato son tan precisos que he descartado de manera fulminante todo contacto con alguien a causa de resultarme desagradables las sensaciones correspondientes a los dos sentidos  animales más... ¿físicos? o menos educados. Y en los llamados niveles superiores de la conciencia (?) mi piel también es extremadamente suave para recibir bien según qué símiles o comparaciones, y solo consigo vencer con los hábitos de la buena educación recibida la repulsión por un olor repugnante o saturadísimo, una piel cuyo contacto me resulta repulsivo o un símil desgraciado. Muchas personas, con muy buen criterio, no usan las comparaciones precisamente porque en el eje en el que rotan dos ideas se producen fricciones que levantan ampollas o una tercera idea que no fue ni invitada ni tan siquiera evocada. 
La frase de Ignacio Vidal-Folch, que yo sepa la primera suya que leo en mi vida, con ser impactante en gran medida, también es incómoda. Y lo es porque descontentará a los nacionalistas, que no se sienten identificados con Julio Iglesias, tal vez el español más famoso, tanto como descontentará a los admiradores de Julio Iglesias, quienes no querrán ver mezclarse ideas en apariencia tan contrapuestas. En cualquier caso, a pesar de lo odiosas que son las comparaciones, la frase triunfa porque permanecerá en el recuerdo de quienes la lean y expresa bien gráficamente la idea de la continuidad y la inevitabilidad de un fenómeno.
Julio Iglesias Jr y Enrique Inglesias han hecho sus carreras artísticas hasta donde yo sé bastante al margen de la del padre, Julio Iglesias. Llegados a este punto declaro "a toda costa" (ay las metáforas marineras) que voy a soslayar el psicoanálisis y el complejo de Edipo ya que cada vez Freud me resulta más insufrible. En este caso su rechazo al mito que propuso Jung, de Electra, como contrapartida del complejo femenino hacia el padre, en mi modesta opinión invalidan la virtud de sus teorías sobre Layo-Yocasta-Edipo. Admitamos sin embargo que en el desarrollo de toda persona hay necesariamente lo que se ha dado en llamar "matar al padre" y que simplemente tiene que ver con el hecho de madurar o convertirse en un individuo y emanciparse. Se han escrito tantas novelas sobre la rivalidad entre padres e hijos, madres e hijas, que pienso que de alguna manera será raro quien no tenga unas mínimas nociones de los llamados complejos de Edipo y  de Electra.
Pero lo que no sé si está descrito es que a mi pobre entender han entrado en escena dos novedades. Una en el ámbito de la criminalística, que sucintamente plantearé como una "ampliación del escenario de la violencia doméstica". Ahora tras un sinsabor amoroso el ultrajado puede optar por matar a su rival, a su mujer, a los niños de su mujer, a los niños de ambos o a todo el mundo, incluyéndose -por este orden- a él mismo. Lo de las madres que dan muerte a sus bebés recién nacidos o menores de 3 años, ya no creo que se pueda explicar sobradamente con las meras teorías de los complejos freudiano y junguiano.
La segunda novedad es que he apreciado una cierta alteración de las pasiones, en este caso no luctuosa, de manera que hay madres y padres que hacen el ridículo por sus hijos y por sus hijas por la sencilla razón de que se ha producido una especie de anomalía generacional que seguramente también obedece a algún complejo o acomplejamiento. Ustedes, los que aquí en Barcelona no viven, no pueden ser conscientes del peso que está teniendo en la propagación del separatismo la matraca de los complejos intergeneracionales. Sí sabrán que Artur Mas y Oriol Junqueras están muy interesados en incluir en su famosa consulta a los menores de 18 años porque saben que precisamente los niños de 16 años son una pinza demográfica o democrática numerosa a favor de la ideología catalanista. Ver niños con banderas el pasado 11 de septiembre de 2012, lejos de alegrarme -como dije allá por el post 876- me produjo una cierta impresión de déjà-vu por un lado y de je ne vous comprends pas, parlez un peu plus doucement, s’il vous plait por otro. No me gustan los niños, y menos con banderas. Y tampoco los perros. De hecho, pienso que las banderas -como las tonterías- tiene que haber las justas. Ni más, ni menos.
Ya vimos niños en las concentraciones antiabortistas, en las que se usan como una especie de símbolo de lo que puede dar de sí una familia, que ya sabemos que es mucho. La Diada de 2012 también fue muy familiar, multiplicándose así el efecto de gregarismo y empalago feromónico generalizado. Y así, discúlpenme que vaya de una cosa a la otra, como sobre una turba, llegaríamos a ese efecto que se ha producido en la sociedad que mejor conozco, la de Barcelona. Hace años a un amigo nacido en el Tomelloso su hija le pidió que no la fuera a buscar a la escuela porque se avergonzaba de que hablase en castellano. Me lo confesó un día que desayunos juntos. Piénsese que algunos catalanes no solo se sienten diferentes al resto de los españoles, sino mejores. Con los años he visto como T.P.  se iba adaptando a la actitud de su hija hasta que la última vez que lo vi se dirigió a mí en catalán y ya no he sabido ni he querido saber si ha sido una opción definitiva o de reajuste transitorio. Pero en cualquier caso sorprende constatar como la causa del independentismo ha ido asimilando a muchos papás que de otra manera me temo que se verían rechazados por sus propias criaturas. De hecho mis sobrinos, de pequeños, se pensaban que mis padres (sus abuelos) eran tontos porque hablaban en gallego. A lo que hay que añadir como aclaración más que como apostilla que suponían que el gallego no era una lengua sino una especie de castellano mal hablado. No sé explicarlo mejor ni tampoco sé defender  un punto de vista que -despistando los viejos diagnósticos de las fases oral, anal y fálica- impregnara de una cierta racionalidad el panorama de por sí irracional de las familias, que siguen siendo nuestros pilares sociales.
Pido disculpas por haber descendido a la anécdota, a pesar de haber tomado como punto de partida la eternidad, pero se dicen tantas barbaridades desde la generalización y desde la categoría y hasta desde la Historia, que casi prefiero quedarme en lo que he visto con estos ojos que se van a comer los gusanos, lo crean o no.


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4.2.13

La B mayúscula




arcelona aún tendrá varias funciones de "El diccionario" de Manuel Calzada en el Teatro Romea  hasta el día 10 de febrero,  y pienso que aún están a tiempo de conseguir alguna entrada. La inminencia del domingo me empuja a escribir ya unas líneas con mi opinión sobre la representación de la obra, con Vicky Peña en el papel de María Moliner, de quien hablé el sábado. Su interpretación es tan rematadamente fidedigna que se diría, sobre todo al final de la sesión, que Vicky Peña está poseída por la diccionarista. Además de esta obviedad podría añadir otras más, que serán el cuerpo de la página de hoy. Pero primero quisiera que vieran en la foto de la escena de María Moliner con su marido que está la lámpara verde a que me referí el sábado, así como el atril y la máquina de escribir, aunque ésta última no se ve muy bien. De un tiempo a esta parte estoy mirando las cosas que me rodean en casa a la vista de saber que me van a sobrevivir. Esto ocurrió sobre todo a partir del día en que le presté espacial atención a una llave de hierro del baúl de mi bisabuela Carmen. Primero se murió ella, después el baúl sucumbió a la humedad y de su contenido apenas resistió el tiempo su diploma como celadora de los primeros viernes de mes, consagrados (por si no lo sabían) al Sagrado Corazón de Jesús, que guarda mi tía en otro baúl cuyo olor a naftalina es abrumador. Una vez esta tía mía me dio un dinero que había tenido guardado en ese baúl y no lo pude usar en un año. Lo tuve a ventilarse todo ese tiempo. Lo que no sé es si mi tía está dispuesta a creer que la naftalina podrá con la polilla pero no con la carcoma, que en el pueblo llamamos sanantonios. Mi primer ejemplar de las Novelas Ejemplares llevaba las huellas características de estos insectos y en cuanto las descubrí lo sacrifiqué. La llave es de hierro, forjada a mano, como esas llaves que a veces traen los judíos americanos cuando visitan Toledo, intentando encontrar la que fue la casa de sus antepasados y su puerta.
Me estoy acordando que cuando estuve en el monasterio de Santa Ana en Ávila, en el nuevo, a las afueras de la ciudad, las monjas me mostraron la puerta que se habían hecho llevar de la casa antigua, un monasterio cisterciense del siglo XIV que -como diría María Moliner- no se lo salta un gitano. Es decir, que habían comenzado el monasterio nuevo por la puerta del viejo. También se llevaron la campana, creo que con nocturnidad, pero me temo que eso fue sin la aprobación del obispo, que finalmente (como también diría María Moliner) "se haría el sueco" en contrapartida a la conformidad con la caca de justiprecio que les darían a las monjitas por un edificio que -siguiendo con los modismos- quita el hipo y hasta el sueño. Ésto último porque los días que yo pasé en Santa Ana, les acampañaba en el rezo de las completas que al menos por aquel tiempo se centraba en el salmo 91, aquel que asegura que el Señor "te protegerá con sus plumas", y cerraban la hora canónica diciendo algo así como "El Señor nos de una muerte santa y una noche tranquila". ¿O era "que el Señor nos de una noche santa y una muerte tranquila"? Vaya, ahora no lo sé bien, pero sí recuerdo las palabras "noche", "muerte", "santa" y "tranquila".
El diccionario de María Moliner, el María Moliner, es una cosa, también, pero que tiene a la vez el mérito de haberla hecho prometeicamente una sola persona a partir de algo que aún no es demasiado tarde para afirmar que se hace entre todos los hablantes, una lengua. Eso es algo que resplandece en las tablas por lo menos en dos ocasiones, cuando Vicky Peña-María Moliner dice dos veces que el Diccionario tenía que servir para todos. Y esto hay que recalcarlo porque demasiadas veces se emplean los diccionarios como si fueran algo así como el código civil o penal de una lengua, o como un objeto arrojadizo con el que se imponen no ya las formas sino los significados. Otro día les conté mi quijotesco encontronazo con el gol ultrasur del Institut d'Estudis Catalans, que aprobó en comité la palabra "sinologia" para referirse al estudio de las mamas, siendo ese término el que la mayor parte de las lenguas modernas reservan para el estudio de China.
De la misma manera que en la casa nueva de las monjas de Santa Ana había la puerta de la casa vieja, nuestras vidas a veces no "son los ríos que van a parar a la mar que es el morir", sino que algo permanece hasta como si eso recurrente fuera el cauce, símil que nos llevaría a esas alegorías marineras de Mas en las que acaba una con mareo, esto es, "mal de mar", o a la deriva. Por eso la obra que vimos ayer representada en el Romea se ancla en el momento en que en María Moliner se declaró el diagnóstico de arteriosclerosis cerebral y ya sufría pérdidas de memoria, especialmente verbales. Su demencia le permite al autor sobriamente introducir entre los recuerdos y los delirios todo aquello que constituyó su personalidad y su trayectoria: ser represaliada por el régimen franquista, haber perdido a su padre -que los abandonó a su suerte- de niña, y luego haber perdido una hija que apenas había nacido, su tenacidad para resistir todas las adversidades y su recto criterio para saber qué hacer ante un diccionario en el que trabajó 15 años.
Desde mi butaca en la fila 13, un poco alejada del escenario, esa lámpara verde cobró una nitidez como la que solo tienen los fanales de las noches bien oscuras o de los que velan. Que se sepa que no todo el mundo sirve para velar. Qué bien le pilla el tono la actriz a la lexicógrafa y bibliotecaria, a su forma de hablar, con precisión y claridad, esa templanza que advertimos en muchos aragoneses, pueblo que lo es sufrido y heroico, terco acaso por noble y escarmentado. Qué buenos ratos nos proporcionó el aplomo con el que la enferma seguía el interrogatorio  de un neurólogo algo presuntuoso, armado de palabras que en su origen habían sido tan simples como no olvidemos que lo fue glándula ("bellotita") o isquemia ("detención de la sangre" tal cual). Qué acertado dejar para el final un discurso que nunca oyó la Real Academia de la Lengua, cuya letra B mayúscula hubiera tenido que ocuparla nuestra diccionarista, a propuesta deL Profesor Pedro Laín Entralgo, también aragonés. Que Laín no viera ocupar la B a María Moliner pero tuviera que ver ingresar con bastantes menos méritos o por méritos inapreciables para alguien tan embrutecido como yo, a un señor en un sillón de una vocal minúscula es algo que se le notaba en la cara. Era difícil no torcer el gesto ante Felipe González y el joven candidato de frac, que parecían dos camareros "haciendo bolos".
No obstante Manuel Calzada, el autor de "El diccionario" y José Carlos Plaza, que dirige el montaje escénico, tuvieron a bien no invocar la justicia, ni la divina ni la humana ni tan solo la murphica, ni toda la manida artillería de las lágrimas despechadas socialdemócratas y nos muestran los hechos con la desnudez acostumbrada del buen teatro, en su -ahora sí- justa proporción. Ya les dije que lo que iba a aportar eran obviedades.






Discurso de Carmen Conde en su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, 1979: «Vuestra noble decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria».

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