31.1.08

Jueves lardero



"Unha carta escrita fai quince anos por unha nena xaponesa, e que despois enviou dentro dun globo, foi atopada hoxe por un pescador pegada a un peixe que chegou ao Cabo de Choshi, en Chiba (centro de Xapón), informou hoxe a axencia local Kyodo.
Natsumi Shirahige, a autora da carta e que agora ten 21 anos, non se podía crer que aquela misiva que escribiu cando estaba na escola elemental sexa achada anos despois.
Nesta carta, de papel resistente ao auga, Shirahige, que entón tiña sete anos, felicitaba a aquela persoa que a atopase e pedíalle que lla devolvese. Así o fixo Kiyoshi Kimino, o pescador que hoxe a descubriu.
Mentres Kimino pescaba como cada día nunha zona de 1.000 metros de profundidade do Océano Pacífico, observou que un rodaballo tiña algo de cor avermellada -o globo- pegado nas escamas, que ao ser babosas sostíñao.
Shirahige, agora unha universitaria en Tokio, foi unha das mil alumnas que en novembro de 1993 soltaron globos cunha carta no seu interior para conmemorar o día do 120 aniversario da súa escola, a Miyazaki."

 

as noticias de agencia de prensa de este jaez tienen también en gallego un aire de microcuento o de leyenda urbana. Con mucho menos hacía Cela sus inenarrables apuntes carpetovetónicos o Cunqueiro sus retratos de "xente de aquí e de acolá". Desde la historia del señor que tuvo que ir a Urgencias para que le sacaran una bombilla del culo (y eso fue por Navidades) no había leído nada tan sugerente, que me provocara tanto interés, tantas preguntas. Y estamos en Carnaval. La pregunta de porqué o cómo se metió la bombilla en el culo, queda más o menos respondida con la declaración del paciente de que es que se había emborrachado. Anda. Incluso quedaba bastante clara la técnica de extracción: ventosas de sujección y tracción, catéteres para la introducción de globillos engrasados que se inflaron en el campo operatorio justo detrás del objeto extraño, y un par de fórceps. Lo que no se dejaba nada claro en la noticia era la potencia de la bombilla y de qué lado había que sacarla. O si era de rosca.

Sin embargo, por el contrario, lo del rodaballo queda hasta demasiado claro, sobre todo cuando sabemos que el papel era resistente al agua. La pregunta principal que me suscitó la noticia es si el año 1993 las 1000 niñas de la escuela de Miyazaki soltaron sus mil globos con sus mil mensajes, que dónde estarán los otros novecientos noventa y nueve. Miedo me da. Hay más preguntas, claro está. Por ejemplo, la segunda pregunta sería si este tipo de celebración está muy instaurada en el Japón o en otros lugares del mundo. Me parece una idiotez y no sé que es peor, esa idiotez o la tomatina de Buñol con sus cien toneladas de
tomates. Ya es bastante difícil la vida del rodaballo (sea japonés o gallego) como para añadirle más penosidad a su existencia.

El temita de los mensajes librados al mar y al cielo tiene su qué porque ya se sabe que el mar y el cielo todo lo devuelven, excepto –respectivamente- lo que es más pesado y lo que es demasiado leve. Pero también hay que pensar que el tiempo hace maravillas. O no, porque los residuos nucleares radioactivos que los ingleses enterraron en el fondo del mar (en tiempos de Margaret Tatcher como mínimo), a pocas millas de la costa coruñesa, no se podrán convertir en una maravilla por mucho tiempo que pase.

El sufrido rodaballo de Kiyoshi Kimino me recuerda el viejo mito del anillo de Polícrates, el tirano de Samos:
"Y, en poco tiempo, el poderío de Polícrates creció vertiginosamente, y su fama se extendió por Jonia y el resto de Grecia, ya que siempre se lanzaba a la guerra; fuera donde fuera, todas las campañas se desarrollaban favorablemente para sus intereses. Contaba con cien penteconteros y con mil arqueros; y saqueaba y pillaba a todo el mundo, sin hacer excepción con nadie, pues sostenía que se queda mejor con un amigo devolviéndole lo que se le ha arrebatado que sin quitarle nada de nada. [...] Por su parte, Amasis, con toda probabilidad, no dejaba de prestar atención a la enorme suerte de que gozaba Polícrates (al contrario, esta cuestión debía de tenerlo hondamente preocupado), pues, cuando su buena suerte alcanzó proporciones aún mucho mayores, envió a Samos una carta redactada en los siguientes términos: "He aquí lo que Amausis participa a Polícrates: es grato enterarse de los triunfos de un buen amigo, y especialmente de un huésped; pero a mí esos grandes éxitos tuyos no me llenan de satisfacción, pues sé perfectamente que la divinidad es envidiosa. Por eso, antes de tener éxito en todo tipo de empresas, personalmente preferiría que, tanto yo como las personas que me interesan, triunfáramos en algunas, pero que fracasásemos también otras, pasando así la vida con suerte alternativa. Porque aún no he oído hablar de nadie que, pese a triunfar en todo, a la postre no haya acabado desgraciadamente sus días, víctima de una radical desdicha. Así pues, préstame ahora atención y, para contrarrestar tus triunfos, haz lo que te voy a decir: piensa en algo que tengas en la máxima estima y cuya pérdida te dolería sumamente en el alma y, cuando lo hayas encontrado, deshazte de ello de manera que nunca más pueda llegar a mano de otro hombre. Y si, en lo sucesivo, tus éxitos continúan sin toparse alternativamente con contratiempos, sigue intentando poner remedio a tu suerte del modo que te he sugerido".
Después de haber leído estas líneas, y comprendiendo que Amasis le brindaba un acertado consejo, Polícrates se puso a buscar, entre los objetos de su propiedad, aquel por cuya pérdida mayor pesar sentiría su fuero interno; y en su búsqueda, dio con la siguiente solución: tenía un sello engastado en oro que solía llevar puesto constantemente; se trataba de una esmeralda y era obra de Teodoro de Samos, hijo de Telecles. Pues bien, una vez resuelto a deshacerse de dicha alhaja, hizo lo siguiente: mandó equipar un pentecontero, embarcó en él y luego dio orden de poner rumbo a alta mar. Y al encontrarse lo suficientemente alejado de la isla, se quitó el sello y lo arrojó al mar a la vista de todos los que con él iban en la nave. Hecho lo cual, mando virar en redondo, y al llegar a su palacio, dio rienda suelta a su tristeza".

(Cita indirecta de Herodoto tomada de: García Pérez JM, Carrón Pérez J. Los supuestos relatos: ficción y leyendas en los evangelios. Madrid : Ediciones Encuentro, 2004. Studia Semitica Novi Testamenti; XIII)

Obviamente, una semana más tarde un pescador le llevó un enorme pez al rey y cuando lo abrieron sus sirvientes, encontraron dentro la preciada joya. Polícrates estaba encantado y tomó esto como una señal de que los dioses le concedían para siempre su fortuna. Obviamente estaba equivocado.

Es un mito complejo, cantado por Friedrich Schiller, y muy estudiado por los psicoanalistas, ya que a su vez da nombre al complejo de Polícrates, el de desear ser castigado. El complejo de Polícrates también representa como una especie de temor a la desgracia cuando no hay signos de que la vaya a haber. Ni siquiera sería el temor "anticipatorio" del que hablan los psicológos. Juan Rof Carballo estudió el complejo de Polícrates en Rosalía de Castro, nacida María Rosalía Rita de Castro. No tengo muy presente su biografía, pero recuerdo lo que sabemos todos: que era una "filicú" (como en Bergantiños se les llamaba a los hijos de los curas), la pérdida trágica de dos de sus hijos –uno pequeñito que les cayó en un descuido de lo alto de una mesa y Ovidio, el mayor, por tuberculosis-, el matrimonio con Murguía, los años ásperos de Simancas, el mismo cáncer que padeció Teresa de Ávila y uno de los cabreos más sonados de la literatura española. Así que dejo de lado las definiciones de los psicoanalistas y de los psicólogos, e introduzco las propias palabras de Rosalía de Castro:

"Tembra a que unha inmensa dicha
Neste mundo te sorprenda;
Grorias, aquí, sobrehumanas
Tran desventuras supremas"
("A ventura é traidora", Do íntimo, Follas novas)

También "Do íntimo", el poema número 10, incide en el complejo de Polícrates:
"Cando un é moi dichoso, moi dichoso,
¡Incomprensibre arcano!
Casi, n’e mentira anque a pareza,
Lle a un pesa do ser tanto".
***
Cuando somos verdaderamente sabios sabemos desprendernos de la pena y de la alegría sin ningún esfuerzo de santidad, porque hay un punto en que sensiblemente el enfado cede y se convierte en sonrisa y el sollozo se transforma en algo que alivia y reconforta. En los hospitales es fácil ver en los rostros de los enfermos o de sus familiares una cara como de sorpresa o perplejidad como de quien no se acaba de creer que precisamente lo que pasa les esté ocurriendo a ellos. Esta perplejidad está aritméticamente, simétricamente, asociada a la fatuidad de los que creen que se lo están montando muy bien y que son unos campeones.

Lo de Natsumi Shirahige y las 999 japonesas de la escuela Miyazaki con sus mil globos rojos me da no sé qué. Este mundo está perdido. De verdad. Yo tuve en mi infancia, como otros niños y niñas, cromos de picar y de los otros. El álbum "Vida y Color" era de mi hermano. Lo que yo tenía me los había ganado en la calle. Por decirlo en términos macroeconómicos, mi presupuesto no me daba más que para pipas. Mis cromitos tenían marcas o nombres en el dorso, los de su primer propietario. Eran nombres que rápidamente perdían su sentido y el colorido. Los cromos más bonitos, a mi gusto, eran los troquelados. Los había con flores y con escenas que parecían sacadas de los relatos de Katherine Mansfield. Me acuerdo como si fuera ahora, perfectamente, de que, de repente, un día cualquiera, alquien que a lo mejor había acumulado muchos "picapicas" los lanzaba desde su ventana como si fuera confetti. Era una especie de ceremonia de redistribución de la "riqueza" puesto que los que estábamos en aquel momento en aquella calle Montsant corríamos a coger al vuelo o del suelo el máximo número de cromos. Qué belleza, aquellos puñados de cromos que caían planeando bajo el cielo azul. No lo vi en ninguna de las otras calles del barrio, lo cual lo hace más particular y más intenso. Pero estoy dispuesta a admitir y deseo desde el fondo del corazón que no fuese un caso aislado. Yo estaba allí.


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29.1.08

El lobo es un lobo para el lobo

Lupus est homo homini, non homo
Plauto

n nuestro mundo occidental creo que, con la excepción de los siglos medievales, siempre ha habido una noción más o menos clara de qué es un autor y qué cosa es la autoridad. En el submundo académico y artístico el plagio es motivo de deshonra y cuando se citan las ideas o se muestran las creaciones de los predecesores o coetáneos se hace, entre otras cosas, como reconocimiento, también como demostración de haberse uno molestado en documentarse, o para incluir visiones ajenas que oportunamente (o no), respetuosamente (o no), mostramos con la mayor fidelidad.
A pesar de que el mundo al que creo pertenecer no es el mundo occidental anglosajón –el de los "bárbaros" del norte- ni el submundo de los antropólogos (a ellos, ni el pan), por todo lo dicho cito a Marvin Harris para situar el tema del hombre como lobo. Dice Harris, antropólogo estadounidense, en Jefes, cabecillas, abusones:
"Como dicen los poetas, igual belleza albergan una brizna de hierba, la hoja de un árbol o un guijarro de playa. Y, sin embargo, a nadie se le ha ocurrido nunca consumir de forma conspicua hojas, briznas de hierba o guijarros. Los objetos suntuarios adquirieron su valor porque eran exponentes de acumulación de riqueza y poder, encarnación y manifestación de la capacidad de unos seres humanos con atributos divinos para atraer cosas divinas".
Todo el librito de Harris es una ampliación de la idea de que los jefes surgen siempre de la existencia de excedentes. Por una conclusión elíptica –lo admito- yo digo que los plagiarios y los parodiadores son envidiosos y codician o desprecian lo que creen que les falta. De la misma manera que el tal Harris ilustra con ejemplos polinésicos o cherokees la tipología del jefe, el cabecilla y el abusón e interpreta que son seres extraordinariamente ávidos de cariño y reconocimiento social, digo yo que el plagiario redomado tiene un afán de notoriedad que no está asistido por el talento o por las ganas de trabajar. Dejemos el tema de la licantropía y el de la dominación protectora (o no) de las mujeres para otros posts. Para este ya hay bastante con lo que hay.
En el caso de que quede alguien aquí, además de los poetas muertos, añadiría que la famosa pirámide de Maslow con la cúspide de la "autorealización" (¿)(5) y la base en las necesidades físicas elementales (1), tiene un "excedente" que bien se podría equiparar al lujo de que hayan jefes y apropiadores compulsivos de ideas. Se trata del lujo de la seguridad (2), la quimera de la "pertenencia a un grupo" (3) y el delirio de condicionar la "autoestima" (4) a esos dos logros. Los cabecillas, los jefes y los abusones, divos ávidos de cariño y reconocimiento ciego, pretenden agarrotarnos por las franjas 2 y 3 del bienestar de Maslow. Es un bienestar que en realidad administran ellos mismos graciosamente. Los lobos hombre. Por eso escribo un blog y porque yo no confío mi felicidad ni mi tranquilidad en tan malas manos.

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24.1.08

Bautista, Consuelo, Manuel, Marta erre y Marta




En "La Vanguardia" de Barcelona (20 de octubre de 2005) (*)
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Ya estaba una hecha a que le llamen Marta a cualquiera. Hasta a los gatos. Mejor dicho: a las gatas. Me atrevo incluso a afirmar que hay más canciones dedicadas a las Martas que a ningún otro nombre de mujer. A bote pronto recuerdo las cumbias “Marta la reina” y “Santa Marta tiene tren”, aunque se me puede decir de la segunda que se refiere a un topónimo. Hay la “Marta” de Serrat y la de Enrique Iglesias, que no tienen mucho que ver, la verdad. Nada que ver. Además luego salieron la de Hombres G –que tenía un marcapasos- y la de Nena Daconte. Por último hay la canción “Marta, Sebas, Guille y los demás” de Amaral. Martha (1847) es una ópera que casi todo el mundo conoce por el aria “M’appari tutto amor” tan cantada por Luciano Pavarotti , y no tanto por su compositor, Friedrich von Flotow.

Verdaderamente no siento que hayan tantas canciones para las llamadas María Cristina, María Isabel, María Teresa, Rosa María, María la Portuguesa, María de la O y Mariquita, y mucho menos para las que se llaman Gema, Penélope, Dolores, Carmen y una retahíla de nunca acabar de nombres. Y sin embargo creo que hay muchas canciones de Martas. Al lado de este fenómeno, nunca estudiado, creo, está el de la proliferación de las Martas Domínguez. No estamos la palentina y yo, hay cientos. Aunque no he conocido personalmente a ninguna sí he conocido a un montón de Glorias Pérez y de Martas López , Martas García o Sánchez, cuyos apellidos son muchísimo más frecuentes en España. También había encontrado en la red a Bautista Domínguez Senra, a Consuelo Domínguez Senra, a Concepción, a Manuel (un poeta sevillano), todos ellos con toda seguridad de origen gallego. Es *senara palabra antigua y patrimonial de España (que no viene ni del latín ni del árabe ni del vascuence) y en Castilla dio Serna, pero en Galicia dio Senara y Senra.

Como sigo los movimientos de mis pseudohomónimos, hoy he encontrado una “Marta Domínguez Senra”, tal y como se ve en la imagen al principio del post, que no soy yo. No tengo palabras, aunque sabía que más tarde o más temprano iba a llegar este día. Es la única pista que tengo de ella, que presentó un debate en Caja Madrid de la Plaza de Cataluña el 25 de octubre de 2005 sobre “El nombre de la rosa”. Prometo por la salud de mi canario que ayer, cuando colgué “El nombre de la cosa”, no lo sabía.

(*)
http://www.lavanguardia.es/premium/publica/publica?COMPID=51264896831&ID_PAGINA=3746&ID_FORMATO=9&PAGINACIO=&dummy=dummy?urlback=

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20.1.08

Los hombres y las mujeres



Toda la noche en el huerto
Mis ojos, como dos perros
Gacela del recuerdo del amor, Federico García Lorca

¡Qué bella eres, amor mío,
qué bella eres!
¡Palomas son tus ojos!
Cantar de los cantares 1:15



La primera vez que ví la foto de Manuel Ferrol (Cabo Vilán, Camariñas, 1923 – La Coruña, 2003) fue en la carátula del disco de Siniestro Total. ¿O era de Golpes Bajos? Años después me regalaron su libro Emigración y aquel mismo verano me crucé al retratado en la calle de Santa Catalina de Fisterra. No me sorprendió tanto la coincidencia como el parecido. Estaba igual que en la foto gallega más universal, como si no hubieran pasado los treinta años uno detrás de otro. No lloraba, pero parecía que hubiera pasado por los treinta años sin que los treinta años hubieran pasado por él. Mis abuelos también fueron marineros y parecían como de madera, o como si aún andaran descalzos o sobre zuecos. Como mis abuelos también fueron marineros, sé que era cuestión de aguardar para ver como sus caras de consejo de ancianos que fuman en silencio su pipa, la rigidez, el santo cansancio, podían descomponerse en un instante detrás de la nube de humo y que podían mostrar la alegría más pura.
En el metro, la muchedumbre neutraliza su fisonomía, todos nos acabamos pareciendo de manera que la cara de la señora que va al Tanatorio de Sancho de Ávila tiene algo en común con la del señor que por un problema testicular no es capaz de cerrarse de piernas en su asiento o al menos amoldarse al espacio que se supone que le corresponde. Se nos pone cara de metro a todos, al adolescente que lleva quinientas canciones en su MP4 y a la mujer que además tiene cara de cajera. La mirada de "los de los coches" (vamos a llamarles así) en los semáforos es tan opaca como la de un besugo pasado por mucha hoja de col, por mucho foco y por mucho hielo picado que le echen. Otras veces ponen ojos de muñeca repollo y no parpadean, como si repasarse los orificios faciales les sumiera en un trance giróvago. Si no fuera porque aprovecho mis desplazamientos para leer, sabría a estas alturas distinguir la mirada panorámica del froteur de la del carterista. Sabría ver en qué se distinguen la mirada del matador de marcianitos de la del cobarde que mira para otro lado. Prefiero seguir leyendo mientras no pase algo más interesante.
Cuando el triunfador o el político descienden de su asiento posterior en el coche oficial, sus miradas desatienden las miradas curiosas de la fulaña, la chusma y el populacho. Posan. La mirada parapetada tras una ventanilla, transparente, tras una mesa imitación de caoba de bancario, o la atención flotante no es que mire más allá del que se tiene delante, como pasa con las miradas perdidas, es que no mira. Digo yo. No es la mirada de las estatuas, abismada en la absoluta belleza, no es la mirada de los videntes sobre lo evidente. Es la mirada de los inhumanos o desalmados y la de los muertos vivientes.

Había ido yo hace unos años alguna vez a un local de Barcelona que no sé si sigue abierto. "Los juanales" tenía un decorado de feria de Sevilla o de trattoria. Manteles de cuadritos verdiblancos y claveles rojos, todo limpísimo. Allí se tomaba fino y se bailaban sevillanas. Uno de los juaneles, Juan, se asomaba a la puerta y -como si fuera el recepcionista del Maxim’s- decidía en el acto si se reservaba el derecho de admisión o no. Fui varias veces y con diversas compañías y siempre me permitió el paso, pero era un trance que también siempre superaba con una mezcla de modestia y temor. Allí se bailaban sevillanas (no yo que apenas me atrevo con la primera), allí aprendí lo importante que es el contacto de las miradas también en el baile. La mirada del Juanel cuando bailaba tendía a bizquear. Si, como suele decirse, el hombre desciende del mono, habrá hombres que desciendan del gorila, de los chimpancés y hasta de cinocéfalos. El Juanel en tal caso descendía del macaco rhesus.

Leemos en uno de los libros sapienciales o poéticos bíblicos que la boca del hombre y de la mujer habla de lo que rebosan sus corazones. ¿Y los ojos?

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13.1.08

La megafonía móvil

Café Florian de Venecia
*
Cuando fui a Venecia yo también estuve en la cafetería más antigua del mundo de la ciudad más bella del mundo según Lord Byron. El Caffè Florian de la Plaza de San Marcos. Serían las once de la noche, o quizás antes o más tarde. Desembarcó de un autobús un grupo de adultos. Se colocaron en formación coral y se pusieron a cantar una habanera ("El meu avi"). Cuando aún no habían llegado a "eren vinguts de Calella" ya los habían dispersado no sé si los del Florian o algún cuerpo. Fue todo tan rápido que no puedo menos que pensar que era una rutina no sólo por parte de los venecianos sino también por parte del coro. Fue visto y no visto.

Debo reconocer mi satisfacción ante la eficacia y la discreción con la que se les hizo callar al coro que, por bienintencionado que fuera, no dejaba de ser un incordio impertinente. En general mi punto de vista es que la diversión de unos no debe impedir la diversión de otros, y podría decir aquello de que mi diversión acaba donde empieza la tuya si no fuera porque con esta frase –incluso aplicada a la libertad- se me suele hacer un bucle lógico dentro de la cabeza. Lo que intento decir es que si la música de mi vecino no me deja oír mi propia música es que algo no está bien. De ahí se podría extraer la norma general de que sólo deberíamos hacer aquello que podemos hacer todos simultáneamente. Pero, no sé, es muy arriesgado. Debería pensarlo mucho y tampoco iba a cambiar las cosas ni es mi intención.

Un poco de ruido no viene mal, pero nuestro país es tal vez demasiado ruidoso. Si seguimos así pronto se oirán hasta las voces interiores. Suelo fijarme en las voces, vozarrones, altavoces, y portavoces que nos rodean. Y de la misma manera que más o menos distingo entre una soprano y una contralto, o un tenor, un barítono y un bajo, me gusta ver las particularidades del mensaje de las máquinas de tabaco, los audiotextos, los contestadores automáticos, los GPS y las megafonías de las estaciones de tren o de los aeropuertos. El vendedor que vendía helados en la playa hace unos años, atravesando penosamente la arena ardiente, decía "hay bombón helado" repetidas veces, pero como en un entrecortado cantar de siembra por su paso. No es lo mismo el sonsonete de un subastador de Sotheby’s o el de una lonja de Huelva. No es lo mismo el profesor de primaria que la profesora de primaria y no es lo mismo el profesor de primaria que el de secundaria. Luego están el profesor de la UNED que habla metódicamente por la radio en un programa grabado, la voz sin voto, la voz quejica, la voz rezongona, la voz ahogada, la engolada, la cantarina, la profunda, la pesada, la que tiene salpicaduras, la estridente, la de animadora cultural o de aerobic, la de quien dicta, la de la traductora simultánea, la de doblaje y la de la megafonía móvil. Sí, "megafonía" y no "telefonía". Ya sé lo que me digo.

Las frases al vuelo sin embargo tiene la cualidad de que inevitablemente las oímos sin que se digan en voz alta o sin que estemos pendientes. Tienen una resonancia especial. Y tienen otra particularidad: son más para "recolectores" que para "depredadores". Es decir, uno no puede salir a por ellas. Incluso conviene disimular. El último verano oí "Ven pa’cá que quiero cerrar la puerta". Fue como un resplandor. Había una mujer en el umbral de la puerta de su casa pero no se veía a nadie más, hasta que descubrí a mis pies una paloma. La paloma dio un giro de 45 grados y se metió en la casa, de planta baja. No pude menos que preguntarle a la señora si la paloma era suya. Me explicó que la tenía con ella desde hacía dos años y que se le subía al hombro cuando cosía y le picoteaba la oreja. La paloma se llamaba Manila y la semana pasada murió creemos que a consecuencia de haber inhalado un barniz con el que habían repintado algo en la casa. La vida es lo que tiene. 

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11.1.08

RELECTURAS (1)

A los que en su pobre barquilla suya van dejando un lastre de fobias y
una estela de filias, a los pobres, a los que tienen hambre y sed de justicia


o es la primera vez que debo decir que me gusta releer. Ni la última. Cuando encuentro un buen libro hasta lo leo y lo releo simultáneamente. No puedo retrasar el gusto de volver al principio y recorrerlo como algo con lo que ya me he familiarizado. Las adquisiciones aventuradas las hago per sortes vergilianae, es decir, eligiendo al azar un párrafo del libro por donde se abrió. Y sin embargo, las autobiografías que colecciono las elijo según empiecen. Con unas líneas es suficiente para advertir si hay más vanidad de la cuenta o, peor aún, si el impulso del autobiógrafo es entronizar su modelo vital, ponerlo en el centro de un modelo social y darse importancia o mérito. Aparte están los ajustadores de cuentas y los extoxicómanos, unos y otros pesadísimos. Habría que dejarlos juntos encerrados en un libro de Saramago un año. A los vanidosos habría que hacerles ver 8.754 veces la Bellissima (de Visconti, por supuesto) con la espléndida caracterización de madre fanática de Ana Magnani.
En mis relecturas he podido rastrear mis lecturas o las de otras personas que me precedieron por los subrayados, y otras marcas. En mi época universitaria le prestaba una cierta atención a los subrayados y pronto me determinaba por uno de los rastros dejados por otros alumnos si veía su acierto. Seguía la veta buena, su trazo, su color, como baba de caracol, y me ahorraba horas sobre el ejemplar de la Facultad quemándome las pestañas. Como todo el mundo. Se impuso finalmente la prohibición de subrayar los libros de las bibliotecas públicas. Me imagino que tal desatino ha alentado alternativas entre las cuales era inevitable el mercado negro de esquemas y el más negro, el de los esquemas falsos o adulterados.
Mis marcas en los libros son cruces, aspas y asteriscos o un círculo rodeando el número de una página. Sé por mis relecturas que esas señales resistieron el paso del tiempo, cosa que no sé si es para jactarse o para aceptarlo sin más como una prueba más de lo improbable que es avanzar más allá de cuando una ha alcanzado su 80% de rendimiento óptimo. Si conquisto algo en el 20% (esa zanja de los expertos, de la excelencia) es por pura chiripa, por un esfuerzo titánico que araña un resultado abrumadoramente ínfimo y descorazonadoramente penoso. ¿Vale la pena? En el Islam se dice “Alá es sabio” para disculpar los defectos de los trabajos artesanos, el mal acabado que es como una ostentación de modestia y oficio. Como es natural, la perfección o infalibilidad divina no disculpa que se invierta la célebre ley de Paretto del 20:80 al 80:20.
Releer es también un ejercicio de humildad o al menos así me lo parece. Por ejemplo, un académico de la lengua debería leer la gramática cada año de cabo a rabo. No como obra de referencia o consulta, no, de cabo a rabo. Hay que refrescar los fundamentos cada año. Siempre se rasca algo y para profundizar parece que no nos queda más remedio que repetir y repetir y repetir.
Por todo eso releo incluso lo que yo misma he podido escribir y revivo. Soy la primera (y la única) sorprendida. Me sonroja admitir que a veces me he releído cosas que no estaban nada mal expresadas. Es curioso que aparentemente se una además lo placentero a la imaginación, siendo como es que la memoria potencia la imaginación y el placer, mientras que la imaginación está desasida si no tiene un buen sustrato de frustración o no-placer y un superestrato angélico onanista y yermo.
Hoy releía el mágnifico artículo de Gregorio Morán, “La epopeya del fracasado”, en sus Sabatinas intempestivas de “La Vanguardia” del 10 de noviembre pasado:
“El cine es una industria y los fracasos en el cine son naufragios para robinsones; nada que ver con el mundo de la literatura, donde se conserva un cierto aire a papel rancio y plumín de pendolista. Cuando en el cine te desahucian has de vender hasta la nevera porque se acabó el crédito. José María [Gutiérrez González] se retiró a su pueblo, a la casona abandonada de sus padres en Valencia de Don Juan. Luego marchó a Argentina para que le cuidaran, donde le detectaron el cáncer que le llevó a la tumba hace meses. No había renunciado a nada, ni siquiera a la gloria y menos aún a someterse. Para sarcasmo y coda de este artículo debo decirles que la más importante de las enciclopedias del cine español (Espasa, 1999) reseña todas las películas de José María Gutiérrez González. Las cita por los actores, por los guionistas, por los productores e incluso por los decoradores. El único que no tiene reseña alguna es él. No figura.”
Me sabe mal añadir una sola palabra a este modelo de columna. Aunque bien podríamos decir que Morán lo que escribe son pilares. Pero lo hago para poner en entredicho el famoso fracaso. Yo digo que los perdedores somos buscadores.
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8.1.08

Los sueños son

é que es Borges quien cita aquella chinoiserie de la mariposa que sueña que es un hombre o del hombre que sueña que es una mariposa que sueña que es un hombre. La frase es tan rotundamente china que sólo tiene el significado diáfano pretendido cuando se dice tal cual es. La buscaré en otro momento. El territorio que se reparten la imaginación y la memoria es interesante.
A servidora le pasó algo parecido a lo de la mariposa china al regresar de Xurís. Xurís es como le llaman los gallegos que viven en ese Parque Natural a lo que el gallego normativo llama “Xurés” y lo que en el portugués oficial se conoce como Gerés. Lobios o Lovios está al sur de Orense, a 14 km de la frontera de Portugal, y forma parte del Parque Natural Baixa Límia-Serra de Xurés. Xurís, decía, está lleno de ríos. El interés patrimonial no es solo naturalista, pero es indudable que la vegetación es su principal atractivo. Hay por sus montes “cerquiños” (“Unha idea da importancia que tiñan as minas do Noroeste (incluída a Lusitania) ven dada pola noticia de Plinio que fala duns 6.500 kg de ouro que anualmente se extraían e enviaban a Roma, e as explotaciones durarían uns 250 anos” (Francisco Calo Lourido, Anselmo López Carreira, Francisco Carballo, Luís Obelleiro, Bieito Alonso Fernández. Historia Xeral de Galicia. Vigo: Edicións A Nosa Terra, 1997, pág. 80)
Hacía siglos que no había visto un zapatero. Impresionan las fuentes abundantes, la pureza de los cauces y del aire, la suavidad del viento, la blandura de la tierra, los molinos de Vilameá escondidos en el soto entre los saltos de agua, el petirrojo solitario (el ruiseñor gallego), las culebras, los chorizos, los enjambres, el olor de las rosas.
Oí decir que pensaban hacer un campo de golf, y es muy posible que un proyecto así una vez más tire adelante. En primer lugar porque los campos de cultivo están prácticamente abandonados y sus propietarios están en disposición de venderlos. Todo hace pensar que la ganadería debe de estar bajo cupo europeo, sin posibilidades de desarrollo. El mundo rural está tan despreciado y ridiculizado que no es de extrañar que la gente joven lo tenga en poco y solo piense en escapar. El gobierno de Manuel Fraga buscó atraer un turista de lujo, “de calidad” y protegió las acciones encaminadas en este sentido con subvenciones e infraestructuras. Las termas romanas de Lobios que son mano de santo para las enfermedades reumáticas y para la astenia, se cerraron en el recinto del Balneario hotelificado. Me asquea una Galicia terciarista y llena de asistentes sociales, traficantes de droga, autovías y automóviles. Decía el padre de un amigo mío que el Seat 600 había hecho más por la unidad de España que ninguna otra cosa. En mi modesta opinión, la romanización de Galicia no llegó a rematarse, pero la televisión y las autovías la han integrado (¿?) en la Europa de finales del siglo XX y principios del siglo XXI. La ancestral obsesión por la casa familiar y por el hortelo del quinteiro se ha hipertrofiado y encima ha añadido otro espacio privado, el coche. Asco de coches.
Creo que, cuando viajé a Xurís, Anxo Quintana, del Bloque Nacionalista Galego, aún era alcalde de Allariz, su pueblo. El actual vicepresidente de la Xunta gallega convirtió Allariz –la primitiva Villa Alarico goda con clarisas incluídas- en una especie de Disneyworld o cantoncito suizo, en que lo menos malo es un jardín inglés cabe un enorme molino de agua de los más grandes conservados en la comarca. En Allariz y en la casa del nacionalista histórico Vicente Risco fue rodada “La lengua de las mariposas”. Tanta “enxebreza” de parque temático, con todo, aunque hace añorar (creí que nunca diría algo así) el feísmo opuesto, me parece mejor que lo de la comunidad vecina. El dinero que se invierte en la Orquesta Sinfónica de Galicia me parece más legítimo y mejor gastado que los Premios Príncipe de Asturias. Se conceden a personalidades archigalardonadas, con lo cual la aportación a la cultura es mínima. Un premio debe tener una parte de reconocimiento y homenaje pero también debería tener una parte de determinación, una parte emprendedora.
No puedo menos que encogerme modestamente y escépticamente cuando me refiero a la tierra en que nacieron mis cuatro abuelos. Y, sin embargo, al contrario, me tenso como un arco cuando percibo por un lado que alguien no la entiende o habla con ligereza o, por otro lado, cuando la recorren los estragos del “progreso” y la desestructuración social. La tierra, dicen, es el amor más grande. Mi amor por Galicia siempre ha sido correspondido y con creces. La alternativa a Allariz que le propongo al turista es Celanova, el pueblo de Celso Emilio Ferreiro.
Pero dejemos Galicia y dejemos el territorio que se reparten la imaginación y la memoria y volvamos a la mariposa que sueña que es un hombre o al hombre que sueña que es una mariposa que sueña que es un hombre, volvamos al primer día después de regresar de Xurís. La segunda noche en casa me desperté de repente y no sabía donde estaba ni quien era. Normalmente (si es que se puede apelar a la normalidad para reconocer algo tan penoso) si me despierto desorientada, como si en vez de despertar resucitara, un estúpido resorte que aborrezco en el alma me arroja a una pregunta terrible: “¿Tengo que ir a trabajar o no, quienquiera que yo sea?”. Espanto me da ver hasta qué punto tengo interiorizado y exacerbado mi sentido del deber.
A la vuelta de Xurís me desperté y no sabía quién era, dónde estaba ni qué se suponía que debía hacer. El tiempo se dilataba. Me levanté para ver donde estaba. Como Alicia en Wonderland. Titubeaba en la penumbra. No reconocía la sala grande. Tardé unos segundos en reconocerla. ¡Qué delicioso es el olvido! La inconsciencia. Nos permite ver las cosas despojadas de todo apego, sorprenderlas y descubrirlas en su naturaleza más auténtica.
Años atrás siempre soñaba con la “otra” casa. Así la llamaba porque no era la casa que me cobija, era la casa que se aparecía insistentemente en mis sueños y que, dándole vueltas, adiviné que era como si fuera yo misma. Me atraía mucho volver a ella, era como ir al corazón de la gruta encantada o al tesoro de la cueva de Alí Babá. Sin embargo, también me acabó por cansar esa especie de disociación entre yo y lo que buscaba. Un día finalmente di con la solución: en sueños vendí la casa. Así tenía que ser para que obrase, en sueños, y no como en una estrategia organizada desde la conciencia. Por lo tanto, la segunda noche a mi vuelta de Xurís, ví mi casa de la realidad como si hubiera vuelto a la casa de mis sueños. Por un lado tiraba de mí el olvido, mi estado de despertar incompleto, mi separación de todo cuanto en mi personalidad no es verdadero. Por otro lado tiraba de mí el deseo de concreción y de situarme. Miré el sofá vacío, la penumbra. Reconocí de pronto algo familiar, recordé la misma atmósfera que cubría el sofá de mi abuela Consuelo. De terciopelo a rayas negras muy negras y blancas muy blancas. Inmóvil y turgente como un ser enorme monstruo homérico hibernando. A la mañana ya me había desprendido de mi “jet lag” y ya volvía a ser quien se supone que soy. Y a pesar de todo es como si la casa de los sueños se hubiera presentado en la realidad aprovechando una vacilación de mi conciencia, un punto muerto. No sé si me explico. Estaba en la casa de mis sueños.
Ahora siempre sueño con el mar y con la Antártida, pero soy un pájaro, soy yo, y no sé si es de día o de noche.
Koson Ohara

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6.1.08

El circo Raluy



Regir un gran estado es como freír un pequeño pez 

Lao Zi

arece que los días en que empiezan a frenarse los carritos de la compra (como ha dicho Antonio Burgos esta mañana) dan para ensoñar los tiempos bonancibles de la Champions League que auguraban Rodríguez y Solbes, Zapatero y Mira respectivamente. Rubalcaba, Alfredo Pérez, llevado por el impulso buenista del principio del año nos ha presentado unas cifras de accidentes de tráfico amañadas. Se han dejado fuera las comunidades autónomas del País Vasco y Cataluña, los que se han muerto en los hospitales (conocidos como éxitus) y los que se mueren a las 24 horas del siniestro, que no son pocos. No sé si es peor lo de que no se han cuadrado los presupuestos del Estado o el pasteleo con los fallecidos y éxitus en carretera. El uso de nuestros políticos de las cifras recuerda aquella anécdota de John Allen Paulos en Pienso, luego río. Explica Paulos como se puede acertar siempre en el blanco si primero disparamos y luego dibujamos el convencional conjunto de círculos concéntricos. Así no se falla nunca.

Estos días están consagrados a Jano, el dios romano bifronte, el de los principios y finales, el de las puertas. El templo principal de Jano, en el Foro, no cerraba sus puertas en tiempos de guerra. Osea que no cerraba sus puertas. Los días de puertas abiertas, las nonas ianuarias, dan para imaginar la brisa algecireña perfumada de residuos informáticos sumergidos y de chapapote en suspensión en el Chinarral. “New Flame” se llama el monstruo marino cargado de combustible y ordenadores desechados. Pero habrá que esperar a los carnavales de la ciudad más antigua de Europa, Cádiz, para que se oiga algún comentario.

Hasta Montilla ha regalado por Navidad a sus consellers (a nuestros consellers) El arte de callar del abate Dinouart. El honorable Montilla no es muy hablador de por sí. Sería un buen ejemplo antropológico del chiste aquel en que dos cordobeses en su patio de la judería están callados, hasta que uno le dice al otro: “Qué bien se está hablando poco”. Después de un largo silencio, el interpelado le contesta: “Mejor se está sin decir nada”.  No obstante, yo no le veo a Montilla ese aire que tienen los cordobeses entre sufí, senequista y hondo, le veo aire de mandado. Tampoco hay que olvidar que a veces hay quien calla porque no tiene nada que decir (es imposible pedirle peras al olmo) o porque tiene mucho que callar, o por hacer el vacío. Eso que los psicólogos infantiles y de infantería llaman “extinción”. De entre las formas del silencio malo la de la “extinción” me parece la más mezquina. Por mi parte, estoy esperando a ver si soy capaz de leer el Cómo no hablar de Jacques Derrida. No paso del título, ambigüo, enorme, prometedor, todo un alarde de filosofía en sí misma.

Como Jano bifronte, como una puerta abierta, a un lado miro los temidos resúmenes y recapitulaciones anuales, tan adornados y floralescos. Y ya no digamos los buenos propósitos. Del otro lado miro la cuesta o precipicio de enero como si fuera una saltadora ante  la pista nevada de Garmisch-Partenkirchen, tomando aliento. Lo peor de la cuesta de enero o del Año Nuevo empieza el primer día, con la Marcha Radetzky y toda esa jauría de malditos triunfadores de oídos abotargados tocando las palmas. Un espectáculo lamentable que siempre intento compensar o diluír como puedo. El 2008 lo he hecho con tres medidas:
  • Me he bajado “Jarabe tapatío” como timbre de mi móvil.
  • Me he comprado el concierto de violoncello de Dvorák en la grabación de von Karajan y Rostropovich.
  • He ido a una sesión del circo Raluy.

Para quien no haya tenido la suerte de poder participar en un espectáculo del Circo clásico Raluy, aún puede hacerlo hasta el próximo 13 de enero en el Moll Vell de Barcelona. La fotografía corresponde a una parte de los carromatos que circundan la acampada y la carpa rojiblanca. La carpa ya es de por sí algo por lo que fácilmente me dejo fascinar, así que los carromatos –que son de los años 30- ya no digamos. Es todo una belleza. Yo no me dejo impresionar con los espectáculos grandes (el Camp Nou lleno o el Circ du Soleil, o una ceremonia inaugural oficiada por Els Comediants sin trabas de presupuesto). Prefiero los grandes espectáculos, aunque sean unos títeres, bien trabados y siguiendo el espíritu de la magia.

No es de extrañar la pasión entre la poesía y el teatro, entre la poesía y el circo. Recuerdo de El público  de Federico García Lorca, que no se representó en vida suya, una escena en que alguien que no está tocado ni lo estará por la gracia de la escena poética lamenta que le parece estar en un arenal donde nunca acaba de amanecer. El prestidigitador le dirá algo así como que a él le parece estar en un lugar donde anochece cada cinco minutos y cada grano de arena se convierte en una hormiga vivísima. Cito de memoria.

Ya me gustaría a mí, digo, saber más para poder trasmitir toda la ciencia o la sabiduría que hay detrás y encima del circo. El circo se parece a la poesía incluso en que nunca o raramente se prohibe cuando llegan los represores con sus largas tijeras y sus cortas frentes. Ahí está incólume el circo chino,  a pesar de El libro rojo y lo que representó. Lo primero que prohibían los totalitaristas de toda la vida era el teatro (antes de que hubiese televisión e internet). El teatro, con su desvergüenza, su riguroso directo y sus morcillas eran una amenaza. Los poetas, o son descartados (como en la República platónica), o son ignorados (la extinción famosa), o son encarcelados, o son un lujo que se sobrelleva con escepticismo garrulo.

Si yo supiera un poquito sobre el mundo del circo, podría hablar de esos artistas que parecen llevar en sus venas sangres de siete u ocho naciones  y que pueden hablar cualquier idioma con un acento como el de Charlie Rivel. El clown nació, como servidora, en Cataluña. No me gustan los domadores de leones y focas del circo americano, el break-dance. No digo nada del circo romano. Prefiero el circo indio o chino (sin llegar a los delirios del Circ du Soleil, repito) con sus elefantes y con sus contorsionistas que hacen lo más difícil todavía sin aparente esfuerzo. Me gustan los números con jarrones y platillos, los aros, la rola-bola, la cuerda floja, la cama elástica, el monociclo, el tragasables, el tragafuegos, el payaso que anda sobre zancos, el forzudo canijo, el  acróbata que hace equilibrios, el antipodista y la mujer que lo muestra, la bailarina de las telas aéreas, el bigote del forzudo, la cabeza del hombre bala, el payaso blanco cuando se tiene que ir, el payaso tonto cuando llora o cuando chilla, el mago y la faja brillante de su frac, sus ases. Su todo.

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1.1.08

"Odi et amo"



 "I la cançó canta a cada bri de cosa"
Joan Salvat-Papasseit

as dos guías de visita de Barcelona que siempre he manejado son: la clásica de Alexandre Cirici, Barcelona pam a pam, y la editada por el Ayuntamiento que firman Josep M. Huertas y Pepe Encinas, 50 veces Barcelona. En ella se describen dos recorridos de las Ramblas. Uno desde el Portal de la Pau (Puerta de la Paz) hasta la llamada "Rambla de los pájaros" (?) y otro desde la Rambla de Canaletas hasta las Drassanes (Atarazanas). Ambas rutas se superponen pero van en sentidos opuestos. El primer recorrido sube desde el muelle hasta donde confluyen la calle del Carme (Carmen) y la de Portaferrissa. La segunda ruta recorre prácticamente la extensión de apenas 1.180 metros que hay entre la Fuente de las Canaletas y el monumento a Colón. Cuando yo era niña los turistas visitaban inexcusablemente el Barrio Gótico, Colón y la Sagrada Familia. Después se vio el filón del Modernismo, los paelladores y la sangría de garrafón. Los paseos propuestos por Huertas y Encinas son dos posibilidades entre muchas.

No creo que sea indiferente andar en un sentido o en el sentido inverso. No suele serlo. De la misma manera que no es lo mismo caminar con el mar a nuestra izquierda o a nuestra derecha o con el sol delante o detrás. Por extraño que parezca, hay personas insensibles a estas diferencias. O lo son por lo menos hasta el día en que ven claramente lo que intento demostrar. Y lo ven al verlo fotografiado. De la misma que cuando nos vemos en un vídeo, nos damos cuenta de que constantemente nos ajustamos los lentes o miramos de lado, un día descubrimos que hay paisajes o figuras que mejoran según la iluminación. Escribió Leonardo da Vinci sobre los "colores accidentales de los árboles" en su Cuaderno de notas: "Los árboles en un paisaje situado entre nosotros y el sol son mucho más bonitos que cuando estamos situados entre ellos y el sol". Claro que me figuro que tampoco hay que descartar todo contraluz. Esto es cosa de pintores y yo soy, como si dijéramos, de orejas de la misma manera que hay gente que dice que es "de ciencias".

Antes de seguir subiendo o bajando debo hacer una segunda aclaración y es que el libro del Ayuntamiento silencia el apelativo de "las Ramblas" y utiliza en exclusividad el de "la Rambla". Quienes nos referimos a "las Ramblas" tal vez lo hacemos pensando en su composición: la Rambla de Canaletas, la de los Estudios, la de San José o las Flores, la de los Capuchinos y la de Santa Mónica, que es donde estaba el antiguo convento de los Agustinos Descalzos. Esta composición no ha desparecido de los rótulos del paseo pero se silencia estruendosamente tanto en el callejero de la ciudad como en la guía oficial de que hablo. ¿Por laicismo? Ni idea. El caso es que "Rambla" o "Rambles" se usan ambas –en una distribución que desconozco- por igual aunque con una clara tendencia hacia la primera forma singular que han adoptado las instituciones. Tengo ahora y siempre la sensación de que en otras ciudades españolas la participación popular espontánea en dar nombres a lo que va pasando es muy superior y más numerosa. No digo un pueblo como el de Madrid o el de Cádiz o Huelva, digo Valencia o digo hasta La Coruña. En Madrid, los cronistas anónimos le llamaron enseguida "chocolatina" a la moneda de 100 pesetas que circulaba antes del advenimiento del euro. En Barcelona se les conocía como mucho como monedas de 20 duros, pero si el Ayuntamiento o la Santa Normalización Lingüística o las escuelas se hubieran propuesto llamarla ologustrichorrópolas, ya os podéis imaginar con qué docilidad se habría sometido la ciudadanía. Que sí. En días recientes el TermCat ha elevado a la categoría conveniente 200 palabras entre las cuales está bloc (para designar a un weblog como lo sería éste). Esa palabra ya designaba el típico cuaderno cuyas hojas están unidas en bloque y por una espiral. Las propuestas del TermCat y el IULA (Institut Universitari de Lingüística Aplicada) de la Universitat Pompeu Fabra son indiscutibles y están legitimadas por la necesidad social de que haya Terminología, por el supuesto genio de la lengua y por estar consensuadas por los filólogos que trabajan por la Normalización Lingüística. Es un círculo cerrado empalizado por el incuestinable método científico y un ágora que está de espaldas a la realidad y de cara a la subvención. Es un nudo que si lo queremos deshacer más se afianza y enreda.

Precisamente una parte de la Universidad Pompeu Fabra –una universidad que para lo que le interesa es pública y para lo que le interesa es privada- está ahí entre el Portal de la Pau y el Pla de l’Ós, cerca del pavimento-mosaico de Joan Miró. Su enclave desplazó siete u ocho esquinas de putas, que estaban a un tiro de piedra de la calle de las Tapias. A sus clientes potenciales se les reconocía porque llevaban un periódico doblado como los que corren en los encierros de Pamplona. En el lenguaje municipal a este tipo de operaciones urbanísticas se les llama de saneamiento y esponjamiento según se refieran a las actividades o a su magnitud.

Y sin embargo, las Ramblas, la Rambla, aunque nada tiene que ver con la manía de institucionarlo todo, como fue un torrente, siempre se les ha ido de las manos. Bueno, el Forum –esa mierda- también se les fue de las manos pero de otra manera. Y si nos disgusta ver a la venta animales en cautividad, nos demuestra la Rambla ("arenal" en árabe) ser siempre lo más opuesto a una línea fronteriza o un muro. Fue torrente, digo, y fue muralla hasta 1860. Luego ha sido lo más opuesto a una línea fronteriza o a un muro vergonzante. Barcelona está limitada por el mar y por la Sierra de Collserola, y por los ríos Besós y Llobregat. Pero esos dos ríos nada tienen que ver con el Tíber, el Mondego, el Danubio, el Ebro o el Sena. Barcelona no está recorrida por un río, pero es muy agradable notar la corriente de gentes bajar hasta el mar, los afluyentes que nos desvían al Raval sin que sintamos el remolino como un giro abrupto. El célebre brainstorming anglosajón o "lluvia de cerebros" tiene equivalentes o alternativas en el ancho mundo: la inspiración, la siesta, el paseo filosófico peripatético, el zoco, el ágora de verdad y no ese apaño de las universidades, el baño de multitudes, la feria de ganado, el vermú al sol en la Plaza Mayor de Salamanca o bajar por las Ramblas.

Hoy el cielo era azul celeste delicado. Había en la plaza de Cataluña, en el suelo pegajoso y resbaladizo, cristalitos de color olivina y charcos de cava al sol. Se oía a muchos turistas italianos con sus abrigos envidiables y esa dicción clara que desperdician en temas banales siendo más bien propia de la declamación de anfíbracos o del elogio. El español bien pronunciado más bien tiende a la argumentación, a la homilía, o al desafío.

Al llegar a la altura de la iglesia de Belén me acordé de Ocaña. José Pérez Ocaña pertenecía a las Ramblas como las fuentes Wallace o los nostálgicos del marxismo-leninismo, los plátanos que trajeron de la dehesa de Gerona y las mujeres desplazadas por el IULA-UPF. Ocaña era un progre con peineta, con la misma naturalidad con la que el Marqués de Bradomín era feo, católico y sentimental. En las Ramblas se cruzan todas las tribus urbanas y todos los sexos. La primera vez que vi transexuales entre el Centro Gallego, en la Rambla de los Capuchinos, y el Liceo, les vi un enorme parecido con cualquiera de nuestras folklóricas entronizadas (las que descansan y las que no descansan). Nada que ver con las queens que reinan en una orilla del Gayxample. Eran chicos marginados hasta por sus familias.

Hoy estaba bien predispuesta a dejarme llevar por el río de la vida. Estaba predispuesta a poder estar tranquilamente en el mismo lugar donde posaba una estatua viviente de Alien sin Sigourney Weaver, la estatua de Salvat-Papasseit meada hasta lo inverosímil, los bellísimos carromatos del circo Raluy en el Moll Vell y el olor de los goffres mezclado con el de los animales. Manolo llevaba una camiseta de Guns’n roses.

"ODI ET AMO" decía Catulo. Yo odio Barcelona, pero amo la Rambla.

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