12.9.10

Paseos por Barcelona

e me acumula la faena y “veo” que es crucial para mi callejeo ver los vídeos que proponía Crítico Constante en su post sobre “La Leica de Henri Cartier Bresson“  (Fotografía callejera I, II y III). No es fácil para mí vencer el pudor o los reparos y remilgos que tengo para hacer fotos de la gente de la calle. Y sin embargo en la salida de hoy me he encontrado con la sorpresa de que en dos ocasiones me han pedido que les hiciera fotos, con mi cámara. La otra agradable sorpresa de mi “emboscada” o batida de hoy ha sido comprender que los gatos no sólo se dejaban fotografiar sino que además posaban.

Gerard Phelan, el mejor profesor de inglés que he tenido nunca, me dijo una vez que no había nada comparable a un pub irlandés y yo le dije que no hay nada comparable a una terracita. A mí es que me gusta la vía pública, la calle. No hay ningún espacio, además del doméstico, en el que me sienta tan a gusto. Aunque es cierto que apetece guarecerse en un lugar cálido cuando hace frío y tomar algo caliente, no lo es menos que luego apetece salir a ese espacio que se supone que es público, lo más parecido a la intemperie. Cuando hubo uno de esos terremotos que tuvimos este año, el de Haití, vimos unas monjitas francófonas en televisión que dijeron que habían pasado la noche “a la belle étoile” (“bajo el bello cielo estrellado”), es decir lo que los alpinistas -y andinistas- llaman hacer vivac, aunque ellos lo emplean para referirse a cuando duermen durante un ascenso. Mi naturaleza salvaje me llama a ese espacio común, meridianamente libre, más abierto que los otros espacios y los no-espacios.

 
El fotograma de la “La golfa” o “La chienne” (Jean Renoir, 1931) es un ejemplo paradigmático del uso complejo que hizo el director del espacio en varios niveles y más allá del entorno íntimo. El pintor pinta su autorretrato mientras su mujer lo compara negativamente con el primer marido, que aparece en una fotografía dentro de la escena, en un marco ovalado,  y más allá de la escena vemos una mujer y una niña encuadradas en una ventana. ¿”Las meninas”? Tal vez.

El fenómeno opuesto a este encuadre es el que me parece que se busca tan bien en “Playtime” (Jacques Tati, 1967), en la escena en que una mujer fotografía una vendedora de flores y pide a unos jóvenes con un cierto aire rockabilly que se alejen del encuadre para no malograr el plano tradicionalista con su imagen moderna:

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Seguramente entre las dos fórmulas hay ciento y la madre, pero veremos que muchas son hijas de ese afán por ocultarnos la realidad en toda su crudeza o plenitud, o del de mostrárnosla en toda su complejidad. En cualquier caso a mí me fastidia enormemente el típico anuncio publicitario con paraje del fin del mundo, rocas, ovejas y todo aquello, con un coche solitario,  descapotable a poder ser, en su carretera nueva, y ninguna gasolinera ni nada que nos pueda recordar lo que representa la automoción y el oro negro.

Yo me atrevo a pensar y a decir que esas dos tendencias existen más allá de que el encuadre sea canónicamente cerrado (como un altar mayor barroco o un jardín de Versailles) o abierto.

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