25.3.15

Miércoles de pasión

C’est dans le volume sur son ambassade d’Espagne;
ce n’est pas un des meilleurs, ce n’est guère qu’un journal
 merveilleusement écrit, ce qui fait
 déjà une première différence avec les assommants
 journaux que nous nous croyons obligés
 de lire matin et soir. » — « Je
 ne suis pas de votre avis, il y a des jours
 où la lecture des journaux me semble fort
 agréable… », interrompit ma tante Flora,
 pour montrer qu’elle avait lu la phrase sur le Corot de Swann
 dans le Figaro. «Quand ils parlent de choses
 ou de gens qui nous intéressent
 enchérit ma tante Céline.
 « Je ne dis pas non, répondit Swann étonné. Ce
 que je reproche aux journaux, c’est de nous faire
 faire attention tous les jours à des choses
 insignifiantes tandis que nous lisons trois ou quatre
 fois dans notre vie les livres où il y a des choses essentielles.
Marcel Proust, Du côté de chez Swann (*)



La palabra olfato tiene como resonancias de geología o zoología, cuando representa para mí el sentido menos engañoso. El perfume fue una de las últimas novelas que he leído, porque en mi lejana juventud leía novelas con un fervor teresiano, y me confirmó en mi interés por ese sentido, a pesar de que me ha dado más malos momentos que otra cosa. Por ejemplo, uno de los peores momentos del año es después de las fiestas navideñas, cuando en el metro coinciden todos esos perfumes que a la gente le regalan y que huelen más o menos a lo mismo, de lo que no me quiero ni acordar porque me provoca hasta cefalea. Consumidos los perfumes navideños resurgen los olores corporales a sus anchas y no son mejores, pero al menos solo inspiran curiosidad, asco y/o repulsión, no picor de ojos o broncoespasmos. En mi modesta opinión, dice más el olor de una persona que sus palabras. Buenos, que sus palabras, dice más cualquier cosa. 
Me acuerdo de una película que no me gustó nada, "Mapa de los sonidos de Tokio" (Isabel Coixet, 2009) y pienso en mi mapa de olores. Porque todos sabemos poco más o menos en nuestros movimientos diarios qué olor nos vamos a encontrar en cada sitio. Para mí es inevitable asociar el office al olor de limones salvajes del Caribe empolvados y agrios que dejan algunas voluntarias beatonas de María Auxiliadora, la fiambrera recalentada con su ajo invadiendo el pequeño espacio con su tufo inconfundible y ese olor como de cebolla o cabina de camión de las taquillas con abrigos trasudados. Hay gente cuyo olor personal me impide superar una cierta resistencia y aunque puedan ser bellísimas personas, o parecerlo, mi olfato me dicta que me aleje. Me resulta particularmente desagradable el típico olor seborreico y más si va acompañado de la evidencia de que las manos también son grasientas. Reconozco que haya a quien le resulte insufrible el olor de un hospital -aunque a mí mi hospital al menos me huele a todo menos a desinfección (?)-, porque a mí me reclama un gran esfuerzo de presencia de ánimo aguantar el tirón de alguien que apesta a su ropa interior o que pretende enmascarar su halitosis con un colutorio de "menta fresca" que produce una combinación que ni las "maderas de Oriente" ni un Diabolo podrían neutralizar. 
Los nombres que reciben los cosméticos suelen ser evocadores. No son denotadores como los que usó magistralmente Patrick Süskind en su novela. A veces los nombres son todo lo que incorpora un producto, porque -como he pretendido adelantar al principio- hay perfumes por ejemplo que son indistinguibles entre ellos a no ser por el envase, el color, la marca. Solo les digo que esas fragancias me resultan más desagradables de lo que lo sería perfumarme con un insecticida.
Y sin embargo confieso que toda la sensibilidad que me sobra para el olfato me falta para por ejemplo comprender la cobertura mediática del accidente del vuelo 4U9524 del Airbus A320 BCN-DUS, por parte de la TV, la prensa y la radio. Desde que ayer llegué a casa a las nueve de la noche hasta esta mañana en que me levanté a las 7, todo el tiempo estoy oyendo hablar del desgraciado accidente y de sus 150 víctimas. Claro que es normal que al haber víctimas de nacionalidad española o jóvenes que habían hecho un intercambio en Llinars del Vallès, a una hora y cuarto en coche de Barcelona, la cobertura sea de relevancia. Y sin embargo admito que a mí me impresionó más la matanza de Yemen el viernes, aunque el Golfo Pérsico nos pilla lejos.
No se trata de decidir si es peor un accidente (o no) de aviación que un atentado en una mezquita, pero me sorprende el despliegue de medios y incluso me producen una cierta irritación las crónicas en tono lacrimoso y puntuación emotiva que esta mañana firmaron en Onda Cero Santiago González y Fernando Ónega, con la culminación de una declaración con su gallito de su Majestad Felipe VI.  A la madre que este fin de semana se le murió un hijo en accidente de tráfico, que alguna habrá, su muerto le duele más que ninguno. Pero denuncio que nos estamos acostumbrado a segregar a los difuntos según su nacionalidad o la proximidad. Como ya hice con el jaleo del Charlie Hebdo ("Escribiendo en caliente"). Perdónenme mi sinceridad cuando afirmo que a mí me duelen más las niñas violadas por los yihadistas, aunque sean sirias, que los dibujantes fallecidos en el ejercicio de su honrado trabajo. Sí, me duelen más. Tal vez porque nadie se acuerde de ellas.

Manuscrito de Por el camino de Swann

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(*) Es en el tomo que trata de cuando fue de embajador a España; no es uno de los mejores, no es casi más que un diario, pero por lo menos es un diario maravillosamente escrito, lo cual empieza ya a diferenciarle de esos cargantes diarios que nos creemos en la obligación de leer ahora por la mañana y por la noche.» «No soy yo de esa opinión: hay días en que la lectura de los diarios me parece muy agradable...», interrumpió mi tía Flora para hacer ver que había leído en El Fígaro la frase relativa al Corot de Swann. «Sí, cuando hablan de cosas o de personas que nos interesan», realzó mi tía Celina. «No digo que no -replicó Swann un poco sorprendido-. Lo que a mí me parece mal en los periódicos es que soliciten todos los días nuestra atención para cosas insignificantes, mientras que los libros que contienen cosas esenciales no los leemos más que tres o cuatro veces en toda nuestra vida (Traducción de Pedro Salinas)

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