14.9.11

Somos agua, somos sed

ra Montaigne una de los autores preferidos de Josep Pla, si mal no recuerdo. Lo que yo más recuerdo de Montaigne es lo que abundan en sus Ensayos las citas clásicas sea en latín o en griego. Y en algún momento, tal vez en su ensayo sobre la mentira, se refiere a que el engaño era en la Grecia clásica algo que tenia hasta prestigio y demostraba un ingenio encomiable, mientras que en Roma era una deshonra. En nuestra España clásica, que también podemos decir que la hubo, el engaño tuvo su edad de oro en las formas de la ostentación, la triquiñuela y el timo. 
Creo ya haber escrito antes que lo contrario de una condición no es solo su opuesta sino también otra que se sitúe equidistante. Por ejemplo, lo clásico (en Grecia, Roma y España) es que lo contrario de la mentira es la verdad, aunque bien podríamos defender que la verdad es una cuestión de precisión y de adoptar una actitud abiertamente honesta ante la realidad, mientras que la mentira es una alteración o hasta negación de la verdad por pulsión patológica o por fines interesados y obcecación. Y sin embargo aunque todo eso está admitido no nos lleva muy lejos y acaba siendo una entelequia. En el Álbum, donde no vamos a ninguna parte ni buscamos una conclusión, más bien nos inclinamos por pensar que lo contrario de la autenticidad es el escándalo, entendiendo por escándalo el afán por sacar la intimidad al espacio público. Me repugna profundamente que haya personas que ventilen sus miserias fuera del espacio íntimo. De la misma manera que en nuestro país se tiende a confundir la vida pública y la vida privada, cosa que es corrupción o escándalo, también se produce esa especie de telecinquización de la vida personal, que además no sé si es interesante.
Hablar de la claridad no indecorosa ni falseadora con que pienso que debemos intentar vivir es poco menos que imposible sin acudir al ejemplo y modelo del agua. Por eso hoy he elegido la alberca sevillana de Sorolla con ese agua que es espejo y es cristal, que es reflejo y es transparencia, que es  brillo pero de frescura y uno de los símbolos universales de la pureza. A veces creo que somos sed.

"La alberca" (Alcázar de Sevilla) de Joaquín Sorolla, 1910
Estos días, pensando en la sed, me acordé de la tortura de Manolo, después de la crucifixión con que Roma castigaba a los extranjeros, y me acordé de cuando los soldados le acercaron a los labios una caña con una esponja empapada en vinagre. Hay por ahí un vídeo en donde se explica que ese tipo de esponjas son las que se solían emplear en los baños públicos a cambio del actual papel higiénico. Unos esclavos se acercaban a la fila de letrinas y con una especie de pértiga limpiaban el culo y demás de los sedentes con las esponjas susodichas. El vinagre servía para desinfectarlas entre un uso y el siguiente uso los susodichos y las susodichas de los sedentes. Por lo tanto se podría decir que acercar a los labios de Jesús de Nazaret una esponja empapada en vinagre tendría además de un cariz cruel, el de la burla y la ignonimia.
La sombra de la tapia se refleja en la alberca de color morado, un morado que recuerda la gota del Ribera de Duero Torremorón, un vino que completa todo su "discurso" en una sola copa y que al día siguiente si la dejáramos por lavar nos descubriría el poso inconfundible del tinto que no se ha hecho con moderneces químicas. Mejor que el Torremorón solo hay una cosa, el agua pura.

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