13.7.12

El patio de mi casa

El patio de mi casa es particular
cuando llueve y se moja como los demás.
Agáchate y vuélvete a agachar
que las agachaditas no saben bailar.
Hache, i, jota, ka, ele, eme, ene, a,
que si tú no me quieres
otro amante me querrá.
*
a ven, el Álbum del tiempo lo mismo lo es de los tiempos que corren, alla mia maniera, como de los que se fueron y pensamos que no queda constancia. De ahí la serie sobre el Paleolítico Superior (I, II, III) en la que intenté reconstruir el mapa de lo que ya no queda de mi barrio de origen, en gran parte demolido. Como Pessoa y no porque lo dijera él, concibo que el recuerdo es una traición a la naturaleza ("A recordação é uma traição à natureza"), pero como hice en otro lugar también concibo que podríamos creer que los pronósticos son una aberración de la inteligencia, incluso una entelequia embaucadora y agarrotadora. Ya no digamos el progreso, todo aquello. Fíjense que en los terrenos donde mejor se mueven los mentirosos y los embaucadores, es en el pasado y el futuro; se diría que en el presente se sienten como sobre la punta de un puñal, y no les falta razón.
Nunca pensé que vería desaparecer no ya mi infancia, que eso sí, sino todo cuanto representaba entonces ser una niña o un niño. La cancioncilla del preámbulo rectángulo estaba entonces en todos los repertorios. Como yo crecí en un barrio plagado de emigrantes, pude tener un repertorio muy extenso que, gracias a la buena memoria de que gocé hasta hace prácticamente 3 años, y al prodigioso libro de Gabriel Celaya, La voz del niño, he podido conservar vivo bastante bien. Hacia los 9 años me junté con un grupo de scouts, que ya se sabía que eran unos focos de catalanismo y catolicismo kumbayá. De ahí que pudiera incorporar a mi repertorio de jitanjáforas y sonsonetes y retahílas de comba aquella colección de música del mundo que traducidas rigurosamente al catalán nos llegaron a mares. Muchas norteamericanas, tan bien traducidas que poca gente sabe que no son en realidad del folklore "nostrat". Por ejemplo "La vall del riu Vermell". Y mira que el título lo dice bien claro.
La música siempre estuvo presente en la calle, donde me crié y jugué hasta el hartazgo, que era nunca. Lo más normal cuando caía el sol era empezar a ver cabezas que asomaban a las ventanas y llamaban a los niños de cada casa."Como te tenga que bajar a buscar verás". Bah, nada, todo lo más que pasaba era que te daban un cachete o dos y te amonestasen con observaciones del todo desagradables y mal temperadas, como "Mira como te has puesto", "¿te has visto?, limpio de esta mañana y lleno de mierda hasta las orejas, ¡pasa!, te voy a dar cuando lleguemos a casa". Más que nada era la vergüenza de que te vieran los compañeros de juego y los amigos. Era abochornante.
Yo inventaba mis propias cancioncillas. Era muy robinhoódica y no podía soportar que se metieran con alguna amiga mía que por ser gorda, tonta o las dos cosas fuera objeto de mofa y befa. Así que me liaba a patadas o a puñetazos y cantaba canciones de tono satírico con rima asonante contra el acosador. Versillos de 7 sílabas y de ningún vuelo lírico, ya digo. Si acaso serían como en la lírica galaico-portuguesa, de escarnio e maldezir. No recuerdo, por decir algo a mi favor, que luego le guardara rencor a nadie ni que usara mi haber como un debe. Era un eterno verano, de cielos azules, siempre corriendo, porque todo lo hacía corriendo. Tanto, que cuando iba al colegio lo hacía dos veces porque llegaba demasiado pronto. Mi madre me chillaba mientras salvaba los rellanos de 5 en 5 peldaños y más: "¡El abrigo!". Me lo colgaba del brazo o arrastraba. Al final un día me lo tuve que poner y las mangas me iban por los codos.
A lo que más jugábamos las niñas era al escondite, a princesas, a enfermeras, a las gomas, a la comba, a correr, a la charranca (rayuela), al potro (cavall fort) y a ir a "la bòvila" a escondernos en una especie como de cabañas que hacíamos con cartones y maderas. La "bòvila" debía tener el nombre por haber sido en algún día un yacimiento de arcilla o un horno de barro. En la zona la tierra es rojiza, preciosa, pero me temo que inservible para el cultivo. Conservo un pedazo de aquella tierra (*). Cuando íbamos nosotros estaba rodeado por una valla hecha con láminas de cemento ensartadas en unas guías también de cemento. Los niños a veces cazaban gatos, los metían en un saco y los quemaban vivos, pero aparte de eso y que nos secuestraban para acercarnos lagartijas mutiladas a la cara, no se puede decir que fueran crueles por demás. A mí lo de las lagartijas no me producía horror alguno, aunque me daban pena, pero amigas mías había que gritaban aquesta quedarse azules.
Había juegos más reposados, como picar cromos troquelados o las canicas. Nunca supe que era "hacer guá". Yo era más que mala jugando a los cromos y además no tenía para comprar. Las niñas ponían sus nombres detrás y todos cuantos ganaba yo tenían cualquier nombre menos el mío. Nunca tampoco me molesté en renombrarlos porque total los perdía enseguida que los jugaba. Los niños que sí eran buenos jugando a los cromos de picar, no se crean, se cansaban de acumular tantos y un buen día convocaban a toda la chiquillería bajo su ventana y aquello era el principio de una lluvia muy parecida a un maná bajo el palio del cielo más azul que nunca más he vuelto a ver.
Podría explicar más cosas, pero siempre hay que guardarse algo, no usarlo todo y no darse la vuelta entera como se les da la vuelta a los calcetines. Pero quisiera añadir que la imagen de hoy me parece una monstruosidad o, alternativamente, una pena. ¿Qué demonios es? ¿Un canto a la propiedad privada y al individualismo?

Foto: Aaoiue

(*) A Poussin, o normando | pedíronlle o agasallo máis fermoso | do mundo antigo | para un museo de Roma. | Non perdeu unha hora. | Elixiu unha presa de terra. | Esa materia estraña, | esa masa de sombras | que leveda coa aurora. | Un puñado de terra, | una cotra de sangue, | unha pútrida alma salgada | co po de mármore das estatuas. | Unha presa de terra, | un rescaldo de invernos, | o mundo antigo a soñar | na elevación da estruga, | da herba do cego,| no molde dunha man. Manuel Rivas, "Herba do cego", A desaparición da neve.

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