7.7.12

Post 833: Pan y cebolla

ncuentro la palabra cachivache en el Diccionario de la RAE el 1729 y se hace mención a dos acepciones, una la de "cacharro" (<cacho) y otra, con la que jugaría Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache, "por traslación el hombre inútil, embustero, ridículo, que no tiene capacidad de estabilidad en lo que dice". La burla que hace Mateo Alemán de la alcurnia y demás, entreverándola con bromas sobre la madre y la abuela del pícaro, nos permite disfrutar de un ejemplo y modelo de lo que puede dar de sí el lenguaje literario, donde pueden disfrutar todos los sentidos y donde se permite la entrada de infinidad de significados. Si queremos otra cosa, unívoca y politicamente correcta, tenemos los manuales de funcionamiento de aparatos, que para mí solo alcanzan un cierto interés cuando los traduce un cachivache y toma carices insospechados. 
Esa palabra es curiosa porque es bien extraña, se diría, al famoso genio del idioma. Y por genio del idioma no me refiero, claro está, al mayor sabihondo postuniversitario o al mayor ilusionista del español sino a aquello que caracteriza y es constitutivo de nuestra lengua y sin lo cual se desmoronaría y no es el dinero. Dice Corominas que es una "formación reduplicada con alternancia consonántica", frase que aprovecho para muestra de lo que no es el genio del idioma. Digamos meramente que estas palabrejas con traqueteo tienen casi siempre un toque de emotividad, sea de aprecio o de desprecio. Digamos también que cachivache se ha mantenido apenas para referirnos a los cacharros y a los trastos, especialmente los inservibles, y que de la segunda acepción no queda -hasta donde yo sé- ni rastro.
Curiosamente la palabra chisme, que sí que está en buen uso, también se encuentra al límite de esos dos campos semánticos, el de la inutilidad y el de la poca fiabilidad, cosa que dejamos en cuarentena por ver si pasa lo mismo en otras lenguas, que igual sí.

Estos días pensaba yo en esa superposición de significados (utilidad y fiabilidad) a la vista de como está la parte de la sanidad que yo vivo, que es la de dentro de la barrera, la del enfermo siempre es la peor. Uso una aplicación para ver donde encontrar en otras bibliotecas las revistas que mi propio hospital no tiene y los iconos y demás que aparecen en la pantalla me están mostrando últimamente un espectáculo que no sé si definir como dantesco. Aparte de los avisos de interrupción del servicio por vacaciones, bajas por enfermedad y recortes, se ha notado dramáticamente la disminución de los recursos y el cese de muchas licencias en el año 2011. Miro los botones con la atención con la que me figuro que los médicos observan las pantallas de los enfermos monitorizados, asistiendo a una especie de apagón de signos vitales y viendo como se prenden los botones de alarma.
Corre la voz de que en Cataluña va a aparecer un decreto sobre ordenación sanitaria o de la Generalitat en general, pero -como en otras ocasiones que ya he denunciado aquí- lo tendremos encima justo cuando se publique, cosa que al parecer será a finales de este mes y con estivalidad y alevosía. No sé de nadie que haya podido ver el anteproyecto, pero seguro que alguien habrá. Está mantenido en secreto ¿Para qué sirve el Parlament de Catalunya, si al final se gobierna a golpe de decreto y como en un estado de excepción? La cuestión es que después de ese decreto, cuya vigencia es de esperar que sea inmediata,  también es de esperar que se adelgace aún mucho más el aparato de la sanidad pública. De manera que  además de caer las meriendas, incorporar la tasa del euro por receta y retirar las facilidades para conseguir laxantes y ansiolíticos, habrá una especie de limpieza étnica de chiringos y de empleados públicos (que no funcionarios). La verdad es que yo me esperaba esto si es que se rescataba o se intervenía a España, pero ahora ya tengo asimilado que será ya. "Yo ya". Y me sabe mal añadir que en algún caso es un mal necesario porque había chiringos insostenibles de cuyos resultados fehacientes apenas se podría hablar dos minutos y eso retuiteando todo lo más. Señor, señor.
La imagen de hoy muestra un desorden de andróminas de una ferretería o tienda de menaje, donde excelen las gafas para cortar y rallar cebollas. Son un producto de Ibili, empresa radicada en Guipúzcoa, creo. Son de bonísima calidad como todo lo que hace esta empresa, que tiene que competir me figuro con los productos de ínfima calidad que a veces compramos en los bazares y que hay que tirar a los cuatro días. Con la foto pretendo ilustrar un momento en el tiempo, el de los lujos que hay que sacrificar o que van a cambiar de sentido. Yo no necesito esas gafas y pienso que posiblemente solo le serán útiles a quienes rallan cebollas para restaurantes o colectividades. Otra cosa no se me ocurre. Y aquí llego a donde quería llegar después de un cierto traqueteo, a las colectividades: lo público es lo que compartimos todos, no un sitio donde se puede hacer lo que a cada cual le viene en gana

El libro que reproduzco, un ejemplar de 1787, tiene por cierto toda la pinta de ser algún libro desamortizado de algún convento, cosa que explica que fuera a parar a una biblioteca universitaria de Farmacia.




Foto: Aaoiue

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