10.7.12

La distancia corta

Ever since that night we've been together 
Lovers at first sight, in love forever
It turned out so right for strangers in the night 

he kiss" (William Heise, 1896) se considera la primera película en donde aparece un beso. De hecho no aparece otra cosa que lo que la Library of Congress ha etiquetado como una osculatory performance o sesión osculatoria entre dos parejas de personajes. Este cortometraje está incorporado por cierto, como "La noche del cazador", al patrimonio culturalmente significativo en el National Film Registry del material preservado por la gran biblioteca estadounidense. La película dura 18 segundos si se reproduce a 30 fps (fotogramas por segundo). En Youtube se puede ver una versión que dura 59 segundos, mientras que la Wikipedia registra 47 segundos, desfases que a mi modesto entender se adaptan a la técnica de visionado actual. 
Ya hace un tiempo escribimos otro post sobre los besos y todos los besos que hay más o menos tipificados. Seguramente entre "The kiss" y los besos que nos guardaron para el final de "Cinema Paradiso" (Giuseppe Tornatore, 1989), recortes censurados y luego montados, no hay tanta diferencia, pero pertenecen a distintas épocas. Los besos de “Some like it hot” / “Con faldas y a lo loco” (Billy Wilder, 1959),  los de Marilyn Monroe a Tony Curtis, entreverados con el tango de Osgood y “Daphne”, que se pasan una flor de una boca a otra, y luego no recuerdo muy bien cómo acaba en la oreja de Osgood, no han sido suficientemente valorados. Gran película con un principio sorprendente, que bien podría ser de cine negro y que sin embargo nos introduce en una peripecia donde está claro que no solo nos divirtieron mucho sino que los propios actores se divirtieron un montón. Aunque es bien cierto, nunca se sabe, que igual hubo de todo.
A Marilyn Monroe se atribuye la frase "En Hollywood te pueden pagar 1.000 dólares por un beso, pero sólo 50 centavos por tu alma", y seguramente habló con todo conocimiento de causa. Hoy en día creo que sus besos se cotizarían mucho más, y eso cuando los usos y costumbres del beso incluso en situaciones sociales no precisamente amorosas se han generalizado por demás. Como aquí puedo decir lo que pienso y hasta pensar lo que digo diré que deploro la generalización del beso y del tuteo y hasta del manoseo, costumbres que reúno porque entiendo que pertenecen al mismo fenómeno del acortamiento de la distancia física entre las personas. No dudo del valor terapéutico del abrazo de oso, pero siempre que no se imponga. Y creo que no hay nada en este mundo que me pueda irritar o repugnar tanto como las palabras besote y petonet y sus derivados, sobre todo porque en mi opinión se abusa en el lenguaje escrito de las demostraciones de afecto centradas en ese punto como si, eso, fuera un recurso de puntuación. Que a veces sea la única demostración de afecto da buena medida de su inconsistencia, por buena intención que sobreentendamos. Y es que como el beso de Judas y el "cordialmente" de una carta con malas noticias, a veces esos besos son el remache o la guinda de un desprecio o una pulla.
Deploro profundamente que el personal de enfermería de los hospitales en general se dirija a los enfermos de 80-90 años con su nombre de pila y tuteándolos. Ya es bastante denigrante y preocupante ser institucionalizado y perder casi todos los derechos (intimidad, libertad, independencia, etc.) como para que además a uno se le trate como si estuviera en la guardería, con ese tono de voz persuasivo infantiloide que se dedica a los menores y mayores de edad. El otro día en el Schlecker me dijeron 10 veces "cariño" mientras simplemente me cobraban un paquete de galletas. A la cajera le había dado como una ataque de cariño. Y hace poco entré a las rebajas de Cortefiel y cuando entré y oí a una dependienta de temporada decirle a una clienta "cariño" como toda forma para dirigirse a ella, di media vuelta.
Al lado de ese subgénero del buenrollismo camelístico, trufado a veces de un marketing y coaching no menos asquerosos, están las malas maneras de toda la vida, de aquella gente que se abre paso en la calle o en los transportes públicos con las manos, sea empujando sea presionando. No se trata de personas privadas del habla sino que simplemente prefieren usar las manos a decir algo como "con permiso" o cualquier cosa del estilo. Y si ustedes se fijan, incluso trasladando estas observaciones a los usos sociales de los emigrantes y los turistas, verán que normalmente la gente que usa las manos desvergonzadamente también mira desvergonzadamente, casi con insolencia, a los desconocidos. Hasta nos parece llamativo cuando nos visitan por un decir los alemanes o los ingleses que no nos miren en el metro o en el autobús. Mientras, nosotros les damos un repaso de arriba a abajo sin perder detalle y fijamente, cosa que no parece molestarles, pero como forma parte de la buena educación el no molestarse, tampoco podemos ir muy allá.



Y ahora a esperar resignadamente el coro secundario a las frases que rugió Pilar Bardem en la marcha minera de defensa del carbón: "Soy minera", "vivan vuestros cojones".

"El beso" (Pablo Ruiz Picasso, 1969)

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