28.7.12

Los lirios del campo


"—¿Sabe usted esas casitas que hay un poco más abajo, señorita? ¿Sabe cuales digo? —Sí, claro que lo sabía—. Bueno, pues allí vivía un tal Scott, un muchacho que era carretero. Esta mañana, su caballo se asustó de un tractor en la esquina de la calle Hawkie, él fue lanzado de cabeza y se dio en la nuca. Quedó muerto.
—¡Muerto! —Laura miraba al de Godber.
—Sí, al ir a levantarlo, vieron que estaba muerto —concluyó relamiéndose—. Llevaban el cadáver a la casa cuando yo venía hacia aquí. —Luego, volviéndose a la cocinera, añadió—: Deja mujer y cinco pequeños.
—Ven aquí, Jose.Laura cogió a su hermana por una manga y, haciéndole atravesar la cocina, se la llevó al otro lado de la puerta de bayeta verde. Allí se detuvo y se recostó contra ésta.—Jose —dijo horrorizada—, sea como sea, hay que suspenderlo todo.
—¿Suspenderlo todo, Laura? —exclamó Jose, asombrada— ¿Qué quieres decir?
—Pues está claro: suspender la fiesta en el jardín."
Katherine Mansfield, Fiesta en el jardín 

atherine Mansfield es una de esas escritoras de principios del siglo pasado malogradas por una muerte temprana y destacadas por romper unos cuantos esquemas. Pudo haber coincidido en el tiempo con Emilia Pardo Bazán, escritora que sea porque le llamaba a Galdós "dulce vidiña mía" o porque le dedicó alguna displicencia afectada a Rosalía de Castro, he leído pero con unas pinzas tan largas y afiladas como las hojas de las manos de Eduardo Manostijeras.  La condesa tuvo siempre unos 30 quilos y 40 años más que la neozelandesa, cosa que ya le confieren ese empaque que de todas manera ya hubiera tenido por su carácter y tal vez por su clase social. Esas coexistencias en el tiempo siempre me interesaron vivamente, sobre todo si están desconectadas. 
La atracción de esos opuestos razonables es directamente proporcional a la aversión que me producen las coincidencias en el tercer grado de amistad en el Facebook, cosa que más que nada demuestra la falta de estanqueidad de la plataforma. Es decir los amigos de mis amigos que tienen en su muro un amigo de un enemigo no son mis amigos. No sé si me explico. Tampoco me han interesado demasiado los parentescos curiosos que hay en la sociedad dominante barcelonesa, esas curiosas liasons entre las familias que tienen el dinero, el poder, los medios, como la Gauche divine, la generación Virtelia, etcétera. Cuando aún era una estudiante me acuerdo haberme quedado de pasta de boniato al ver salir de la casa de los Maragall en Sant Gervasi a quien creí que era Miquel Roca i Junyent. En realidad era su hermano gemelo, pero de todas maneras no deja de tener su gracia y si ese modelo lo ampliamos da mucho que pensar puesto que encontraríamos el motivo por el que -por decir algo disparatado- Marta Ferrusola nunca ha dicho nada sobre Evita Perón. Seguramente en estas cuestiones menos que en otras se basan las similitudes que hay entre algunas capas del Partit dels Socialistes de Catalunya y Convergència i Unió. Incluso, aunque no puedo ofrecer ningún ejemplo, estoy segura de que hay más que vasos comunicantes, de que incluso hay personajes que se han pasado al uno y al otro bando sin que les supusiera ninguna violencia ideológica o a sus ideales.
Mansfield y Pardo Bazán, tan distintas, pero coetáneas y ambas consideradas escritoras de su tiempo, supongo que no se cruzaron nunca. Incluso es posible que no supieran nada la una de la otra. El empaque y la seguridad o la determinación de la condesa de Meirás contrastan con la permanente inquietud de Katherine Mansfield, que tenía una sensibilidad hasta se diría que exacerbada, gracias a la cual nos quedaron algunos pocos cuentos en donde reparamos en una manchita de luz sobre el filo de una taza o cosas así que nos hablan de una mirada nueva. En uno de sus cuentos más famosos, The Garden Party, esa zozobra es la palanca de todo el cuento, en torno a los preparativos de una fiesta en un jardín, que se ven interferidos por el accidente y la muerte instantánea de un hombre de las casitas de la pobre gente vecina:
"Esto, realmente, era un poco exagerado, porque aquellas casuchas estaban aisladas en una calleja, al pie de la empinada cuesta que conducía a la casa de las muchachas. Una ancha avenida las separaba. Ciertamente, no estaban muy lejos. Eran la mayor ofensa posible a los ojos, y no había derecho a que estuvieran en aquella barriada. Se trataba de unas viviendas humildes, todas pintadas de color chocolate oscuro. En sus jardines no había sino tronchos de berza, gallinas encanijadas y botes de tomate vacíos. Hasta el humo salía de sus chimeneas en miserable proporción: en harapos y pequeños jirones que no podían compararse con los grandes penachos plateados que se desrizaban en el aire al salir a bocanadas"
La fiesta se celebra de todas maneras, es un éxito y al acabar la anfitriona le pide a su hija que lleve a la viuda a la casa una cesta con algunos emparedados y pastelillos que sobraron, más unos lirios que habían puesto para adornar la entrada de los invitados. Naturalmente la hija cuando se ve ante la viuda y el cuerpo presente se da cuenta de que ha sido o ha podido ser una equivocación. 
Esta situación tal vez en una ciudad es poco verosímil que se de -enlazando con lo que decíamos ayer con la bravuconada de Luis Landero- pero pienso que en un medio rural o en una ciudad pequeña es perfectamente posible. Está claro que aunque hay fiestas íntimas y hasta orgías, uno de los principales componentes de una fiesta es su publicidad. En nuestro país si una fiesta no molesta, literalmente, a los vecinos parece que no sea una fiesta. Y sin embargo, por paradójico que les resulte, en la región de donde proviene mi familia, los velatorios domésticos desde lejos eran fácilmente confundidos con una fiesta. Si la muerte no era por una desgracia y se trataba de una muerte de las llamadas "natural", era fácil además recordar lo bien que se había pasado en otros velatorios: "¿Te acuerdas de lo bien que lo pasamos en el velatorio de Menganito?". Pero, enlazando de nuevo con lo que decíamos ayer, seguramente las fiestas debían acabar donde empiezan los velatorios de los otros (y viceversa), como pasa con la libertad y la famosa frase (*). 
Tal vez las diferencias sociales se acusan para darles más gusto al que tiene mayor poder adquisitivo, y disfrutar de las comodidades que da el dinero estriba tanto en la calidad como en sentirse diferente y hasta mejor. Por eso, me figuro, en unas sociedades más que en otras, la riqueza está asociada a la ostentación, tema que estoy convencida que habrá sido tratado por la Antropología hasta la náusea.
La ostentación y la opulencia tienen sus momentos álgidos en situaciones luctuosas no ya como la que relató K. Mansfield, sino por ejemplo cuando nos damos cuenta de que la corona de flores que le han enviado a nuestro padre es más pequeña que la que le enviaron  las mismas personas al padre de otra persona. Por eso, mal comparado, en todas las bodas a las que he sido invitada hago siempre el mismo regalo de acuerdo con la lista que se ofrece. Hay gente que hace una lista más modesta y gente que la hace mayor, pero yo siempre regalo la maleta grande. Si es Navidades, bufanda para todo el mundo o lo que sea para todo el mundo. Y quiero hacer constar que no por eso me hacen descuento.
Convallaria majalis. Lirio de los valles, convalaria, muguet

Ya comenté aquí otra vez, en Las señoras de la piscina, un caso real de mi madre. El Padre Juan Bueno Bueno se armó un día de valor y les dijo a los niños en misa que los Reyes eran los padres, y lo hizo porque los niños a quienes los Reyes les traían poco más que una naranja no se sintieran desgraciados por creer que los niños de los ricos eran además de ricos más buenos que ellos. Mi madre lo explica en la hoja que escribió para el taller de memoria que hizo el año 2008, que la he colgado en mi Picasa porque es de lo poco que hemos conseguido hacerle hablar sobre su niñez. 

"Fijaos cómo crecen los lirios del campo:
ni trabajan ni hilan
y os digo que ni Salomón en todo su fasto,
estaba vestido como uno de ellos"
Mt 6, 24-34


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"La libertad del individuo acaba donde empieza la libertad de los demás".


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