5.7.13

Las mil caras

"Buenas noches" dije a mi hijo pequeño
cuando cansado se acostó.
Entonces me dijo con clara voz
"Papá, ¿de qué color es la piel de Dios?
¿De qué color es la piel de Dios?,
¿de qué color es la piel de Dios?".
Dije "Negra, amarilla, roja y blanca es;
todos son iguales a los ojos de Dios".

uscaba una cita de Ramon Llull sobre la gran variedad de rostros que tenemos los humanos pero no soy capaz de encontrarla, aunque tengo la seguridad de que está en el Llibre de meravelles ya que empezaba "Jo em meravell..." En cualquier caso la recuerdo y sé que el filósofo había reparado en ello con una especial intensidad. 
Por lo general, al hablar del retrato hay que hablar del retrato romano y eso a pesar de que se suele considerar el arte romano como algo inferior al de Grecia, Egipto y no digamos el de los etruscos. Yo no creo que el Panteón de Agripa sea menor ni mucho menos y pienso a menudo que el retrato romano no es la única contribución al acervo cultural de Occidente ni tampoco la mayor, aunque tal vez es la más original. Respecto a lo primero, la afirmación sempiterna de que en lo que despuntaron los romanos fue en las obras de ingeniería, también se suele decir que apenas se esmeraron en sus incursiones en Hispania o en la Gallia, dejando sus obras más prodigiosas u ostentosas para el Asia Menor y el Oriente en general, donde era más difícil impresionar a los conquistados. Y esto es por la misma razón por lo que durante los años en que Berlín estuvo dividida entre la Alemania Democrática y la Federal, la mayoría de los edificios emblemáticos del poder capitalista se construyeron cabe el muro. 
Seguramente nuestros conquistadores no fueron los primeros en reparar en la personalidad del rostro y en apartarse un tanto de la idealización que había contorneado la escultura helénica y sus principales figuras olímpicas. Aunque lo desconozco casi todo sobre el retrato romano si sé, por ejemplo, que hubo una época en que las estatuas de los patricios se esculpían calvas al objeto de irle poniendo "pelucas" según la moda de los peinados, cosa que indica una cierta preocupación por el valor de la efigie.
Diremos que, como en todo, la historia del retrato se ve surcada por esas tendencias: la idealización, la moda, y la fidelidad al carácter de cada persona. En todo ello venía pensando estos días cuando observo tan a menudo en Facebook -que no olvidemos que significa "libro de caras"- una tendencia que creo que representa una verdadera novedad en el panorama del retrato y es la necesidad que tenemos de dar/recibir nuestra aprobación a las fotografías que la gente asocia a su perfil. Esto ocurre en Facebook, con el "Me gusta" tan odioso, pero también ocurre en Twitter, donde abundan más los avatares simbólicos o icónicos, que cuadran más con el formato de la red social y su ritmo. 
Aunque en mis agregados hay extranjeros -y ahora por extranjeros me refiero estrictamente a los que son más diferentes a nosotros- no sé si afirmar que esa costumbre de la aprobación o juicio popular es propia de nuestra latitud. Sí tengo por cierto que la preocupación de nosotros los "latinos" por nuestro aspecto exterior es abrumadoramente patente. Por decirlo de una vez: los alemanes se visten con cualquier cosa e incluso usan los colores de una forma que nos resulta descuidada. El dispendio de los italianos en sus complementos, ropa, calzado y joyas es llamativo e incluso a veces subraya una cierta servidumbre o dependencia. Y no me refiero al código o a la etiqueta, sino a aquella forma de arreglarse de acuerdo con la moda y demás para demostrar la potencia. Otra cosa es el celo que tienen las mujeres de la India por mostrarse hermosas y ataviadas en sus bellísimos saris de colores tan alegres y fascinantes como las alas de las mariposas. Cualquier mujer de la india que no sea más que pobre intentará no solo lucir un bello sari para agasajar a quienes las rodean sino que incluso se vestirán más de uno al día, según la ocasión. Pero no olvidemos que una gran parte de la humanidad considera fuera de lugar hacer explícita su aprobación o desaprobación ante nuestro aspecto.

La fotografía de hoy ilustra una de las primeras imágenes que se tomaron de gentes de la clase trabajadora. Es una fotografía de los inicios de la técnica, uno de los trabajos de los escoceses Hill y Adamson, que aparecen juntos en la Wikipedia porque a la sazón trabajaron juntos en los calotipos, uno como artista y el otro como ingeniero. De esta joint venture han quedado admirables pruebas que se conservan no solo en el MAT sino también en otras galerías, aunque sorprendentemente yo esperaba que hubiera más en la National Portrait Gallery de Londres, uno de los centros más importantes del tema (retratos pintados y fotografíados). Que Hill y Adamson detuvieran su atención en unas recolectoras de ostras de Newhaven me parece radicalmente conmovedor y -volviendo a Llull- maravilloso. Por aquellos años estábamos hablando de pequeños retratos condenados a ser guardados en un álbum y cuya particularidad máxima era el gusto por plasmar por ejemplo a niños dormidos. Luego vendrían los retratos postmórtem, cosa que se puso de moda masivamente, si se me admite la exageración, con las epidemias de gripe europeas. Se suele decir que había retratos que simulaban que el difunto aún vivía (e incluso se veían con los ojos abiertos), otros que simulaban que dormía y otros que no simulaban nada. Yo diría que los segundos procedían de aquellos daguerrotipos de los pioneros en que gustaba representar a los niños dormidos, en su inocencia.
Interesante es también reparar en las poses, en especial para mí que aborrezco algunos estereotipos y sobre todo los que se fueron imponiendo a través del papel couché. Ya hace unos años que nos libramos del reportaje fotográfico del primer día de playa de Ana Obregón, en cuyo cuerpo se empezaban a notar los estragos de la silicona y los propios de su edad. Sin darnos cuenta nos vamos amoldando a los clichés. Y curiosamente hemos adoptado los de la pornografía. O no tan curiosamente, puesto que tantas costumbres son las que hemos adquirido a través de por ejemplo la prostitución que lo raro es que no hubiéramos incorporado antes el catálogo de posturas, tema que habría que desarrollar y hoy solo indico. Como avance les recuerdo la moda del supuesto beso lésbico y la variante de enseñar las lenguas "desabrochadas", algo que solo hace 50 años era una ordinariez pero que ahora no puede faltar en ninguna galería de las mujeres que tienen menos de 27 años.
También parece gozar de un prestigio incontestable la sonrisa, y deberíamos puntualizar: la hedonista ¿Es necesario que repare en lo diferente que es el optimismo del hedonismo? Un optimista es capaz de bajar la basura de su casa a la calle, un hedonista no. Nunca verán un hedonista bajando la basura, pero si lo ven corran a decírmelo porque me gustará verlo. Por más que intento recordar alguna sonrisa que no sea la etrusca, la del Buda,  la de la Gioconda (que parece haber acabado de devorar un ratón) o la de los músicos del Pórtico de la Gloria en Compostela, no puedo. No recuerdo ese empeño en sonreír mostrando los dientes ("Dientes, dientes" dijo Isabel Pantoja) o hasta la campanilla, algo que se impuso con las celebrities de Hollywood, "Viva la gente" (aquí en español), ¿De qué color es la piel de Dios?, Que canten los niños y el mensaje de paz de Cocacola u-uh. Por más que me devano los sesos no puedo.

Mujeres marineras de Newhaven, Escocia (David Octavius Hill y Robert Adamson, 1843-1847). Metropolitan Museum of Art, NY.

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