7.8.12

Medio vacía

"Y mi padre envió un cantor a esta humanidad en
putrefacción. El cantor se sentó por la tarde
en la plaza y comenzó a cantar. Cantó las cosas
que resonaban las unas en las otras. Cantó a la princesa maravillosa
 a la que se llega después de cien días de 
marcha en la arena, sin pozos, bajo el sol. Y la ausencia
de pozos se transformaba en embriaguez
de amor y sacrificio. Y el agua de los odres
se transformaba en plegaria porque
conducía a la amada. Decía:
"Deseo el palmeral y la lluvia tierna..., 
pero principalmente a aquella de la que esperaba
que me recibiera con su sonrisa... y ya no sabia distinguir
mi fiebre de mi amor..."
Antoine de Saint-Exupéry, Ciudadela

Medio llena
Estos días estuve repasando Miau, una de las numerosas novelas de Benito Pérez Galdós sobre las cesantías. Las cesantías del siglo XIX no fueron ni mucho menos como las tan cacareadas de los últimos días, algunas de ellas felizmente suprimidas o renunciadas. Las cesantías del siglo XIX afectaban a los empleados del Estado, cuando estaban a merced de los turnos de poder liberal-conservador. Manuel Murguía, el maridísimo de Rosalía de Castro, es uno de los ilustres cesantes además de uno de los fabuladores del celtismo galaico. Es imposible distinguir en el magma lírico de Follas novas qué pertenece a la amargura de haber perdido uno de sus hijos, recién nacido, en un descuido (al caérseles), qué a la saudade, qué a ser "filicú" (hija sacrílega, de un cura), qué a ser la esposa de un cesante, qué a ser ella misma. Uno de los destinos que tuvo Murguía como empleado del Estado fue en Simancas (Valladolid), donde sabemos que por lo menos ella se encontró muy a disgusto.
A pesar de que es una suerte tener entre nuestros escritores a Galdós, aunque nada más fuera por los Episodios Nacionales, debo admitir que no deja de ser una tortura china asistir al desenvolvimiento de los llamados Miau, o Villaamil, sobreviviendo en una ignominiosa y mezquina cesantía que no les permite llevar ningún nivel de vida y mucho menos guardar las apariencias y hasta comer. Y aunque reconozco los méritos de la obra me inspira la duda de que probablemente si se hubiera escrito tanta novela histórica sobre la Guerra de la Independencia como se ha escrito sobre la Guerra Civil probablemente el valor de las 46 de Galdós se hubiera visto menoscabado. Galdós nació el año 1843 por lo que podríamos creer que le quedaba más a mano escribir sobre las cesantías que sobre la guerra a la que sí fue su padre pero no él. Pero sobre la afinidad o debilidad temática de cada cual poco hay que decir. Lo que sería si se me permite imperdonable es que hubiera escrito sobre la mal llamada Guerra del Francés y no hubiera dicho ni mu sobre el panorama que tenía ante sus ojos. Y eso, aunque no vamos a dar ejemplos por mera discreción, ocurre. 
Hace unos días leí unos cuentos de Cristina Fernández Cubas, de los que podría destacar tres cuestiones: una que al presentarse en orden cronológico es notable ver como la autora se fue desprendiendo del exceso de adjetivos que frenaban o lastraban su estilo; dos, que consigue siempre crear una atmósfera muy sugerente; y, tres, que normalmente esas atmósferas son tan ajenas a la realidad histórica que podrían anclarse en cualquier época querida de la vida de la autora pero sin referencias, ni políticamente correctas ni políticamente incorrectas. Sería como una especie de lugar de la imaginación o un lugar seguro donde la autora ha encontrado donde poder cultivar sus relatos sin los sobresaltos de la realidad ni de la verdad. Algunos autores hacen esto mismo pero para mentir y se les cuelan elementos anacrónicos y por ejemplo ponen un disco de Supertramp en un comedor de Vicálvaro de los años sesenta (!) y ese efecto, si se utiliza como elemento distorsionador o inquietante, vale, pero si es un goof o pifia hasta molesta.

Medio vacía
oy alternando pues la lectura de Miau sobre lo mezquino y un libro poco conocido y aún menos citado de Antoine de Saint-Exupéry, Ciudadela, que es el ensayo sobre el que estaba trabajando el año 1944, cuando lo abatió en su avión otro aviador, Horst Rippert. Recuerdo cuando se descubrió la identidad del aviador alemán, el año 2008 y que él mismo se adelantó a la culminación de una investigación sobre la desaparición del escritor. Dijo: "Fue después cuando supe que era Saint-Exupéry. Yo esperaba que no fuera él, porque en nuestra juventud todos habíamos leído sus libros y los adorábamos". Este comentario, aunque creo que fue verdaderamente sincero, me pareció y me parece terrible, que empeora lo que no era posible empeorar. Porque, si no hubiera disparado a Saint-Exupéry, sino a cualquier a otro contendiente, ¿hubiera sido mejor? Claro está que Horst Rippert ha visto diluirse su identidad a ser poco menos que el hombre que mató a Saint-Exupéry. Nuestra sociedad funciona así.
La cita de Ciudadela es bien representativa de todo el libro, que según Roland Barthes se parece mucho a los Ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola. Pero está claro que hay que añadir que Roland Barthes era un semiólogo estructuralista. Permítanme que haga esa observación porque a pesar de lo que ha hecho el estructuralismo por la semiología y por la lingüística, apenas ha rozado las barreras positivistas de algunos científicos y hasta de gente de las ciencias sociales. Me vi una vez intentando explicarle a un médico que "El guateque" (Blake Edwards, 1968) desarrolla y magnifica la pequeña juerga de "Desayuno con diamantes" (1961) en el pisito de Audrey Hepburn y me miró con un fastidio y un desprecio que levantó acta de lo lejos que aún estamos de asimilar las ideas más básicas del estructuralismo. Y eso que al fin y al cabo se trataba de dos películas del mismo director, ya no digamos cuando se buscan películas de dos directores y se contrastan estructuralmente.
Ciudadela me recuerda que tantas veces escribimos o hablamos precisamente de lo que menos nos interesa o cómo no hablamos de lo que más nos interesa. En mi caso lo que más me interesa y lo que más necesito y deseo es el agua. Ayer hice un clip con imágenes, deliberadamente nada espectaculares, de tema acuático. Es una especie de meditación sobre las gotas de agua, las mareas, las termas, los estanques, las cataratas, los charcos, los oasis, las aguas subterráneas, los nacimientos de los ríos, el vapor, el rocío, la escarcha, la nieve, la lluvia, los carámbanos, las olas, el océano, los ríos, el agua en fin. Mi sueño es pasar unas vacaciones en el mar. Esta mañana ese sueño o ese deseo se ha hecho más ardiente por cuanto fui al polideportivo y después de haber sudado la gota gorda en la bicicleta estática -desde la cual pude ver todo mi "trayecto" tres calles de la piscina- resulta que me había olvidado el bañador y me tuve que volver a casa sin refrescarme.
Nunca nunca entenderé por qué dejan tirados en la calle como si fueran porquería botellines medio llenos o medio vacíos de agua.

Foto robada en una playa urbana de Barcelona



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