4.2.13

La B mayúscula




arcelona aún tendrá varias funciones de "El diccionario" de Manuel Calzada en el Teatro Romea  hasta el día 10 de febrero,  y pienso que aún están a tiempo de conseguir alguna entrada. La inminencia del domingo me empuja a escribir ya unas líneas con mi opinión sobre la representación de la obra, con Vicky Peña en el papel de María Moliner, de quien hablé el sábado. Su interpretación es tan rematadamente fidedigna que se diría, sobre todo al final de la sesión, que Vicky Peña está poseída por la diccionarista. Además de esta obviedad podría añadir otras más, que serán el cuerpo de la página de hoy. Pero primero quisiera que vieran en la foto de la escena de María Moliner con su marido que está la lámpara verde a que me referí el sábado, así como el atril y la máquina de escribir, aunque ésta última no se ve muy bien. De un tiempo a esta parte estoy mirando las cosas que me rodean en casa a la vista de saber que me van a sobrevivir. Esto ocurrió sobre todo a partir del día en que le presté espacial atención a una llave de hierro del baúl de mi bisabuela Carmen. Primero se murió ella, después el baúl sucumbió a la humedad y de su contenido apenas resistió el tiempo su diploma como celadora de los primeros viernes de mes, consagrados (por si no lo sabían) al Sagrado Corazón de Jesús, que guarda mi tía en otro baúl cuyo olor a naftalina es abrumador. Una vez esta tía mía me dio un dinero que había tenido guardado en ese baúl y no lo pude usar en un año. Lo tuve a ventilarse todo ese tiempo. Lo que no sé es si mi tía está dispuesta a creer que la naftalina podrá con la polilla pero no con la carcoma, que en el pueblo llamamos sanantonios. Mi primer ejemplar de las Novelas Ejemplares llevaba las huellas características de estos insectos y en cuanto las descubrí lo sacrifiqué. La llave es de hierro, forjada a mano, como esas llaves que a veces traen los judíos americanos cuando visitan Toledo, intentando encontrar la que fue la casa de sus antepasados y su puerta.
Me estoy acordando que cuando estuve en el monasterio de Santa Ana en Ávila, en el nuevo, a las afueras de la ciudad, las monjas me mostraron la puerta que se habían hecho llevar de la casa antigua, un monasterio cisterciense del siglo XIV que -como diría María Moliner- no se lo salta un gitano. Es decir, que habían comenzado el monasterio nuevo por la puerta del viejo. También se llevaron la campana, creo que con nocturnidad, pero me temo que eso fue sin la aprobación del obispo, que finalmente (como también diría María Moliner) "se haría el sueco" en contrapartida a la conformidad con la caca de justiprecio que les darían a las monjitas por un edificio que -siguiendo con los modismos- quita el hipo y hasta el sueño. Ésto último porque los días que yo pasé en Santa Ana, les acampañaba en el rezo de las completas que al menos por aquel tiempo se centraba en el salmo 91, aquel que asegura que el Señor "te protegerá con sus plumas", y cerraban la hora canónica diciendo algo así como "El Señor nos de una muerte santa y una noche tranquila". ¿O era "que el Señor nos de una noche santa y una muerte tranquila"? Vaya, ahora no lo sé bien, pero sí recuerdo las palabras "noche", "muerte", "santa" y "tranquila".
El diccionario de María Moliner, el María Moliner, es una cosa, también, pero que tiene a la vez el mérito de haberla hecho prometeicamente una sola persona a partir de algo que aún no es demasiado tarde para afirmar que se hace entre todos los hablantes, una lengua. Eso es algo que resplandece en las tablas por lo menos en dos ocasiones, cuando Vicky Peña-María Moliner dice dos veces que el Diccionario tenía que servir para todos. Y esto hay que recalcarlo porque demasiadas veces se emplean los diccionarios como si fueran algo así como el código civil o penal de una lengua, o como un objeto arrojadizo con el que se imponen no ya las formas sino los significados. Otro día les conté mi quijotesco encontronazo con el gol ultrasur del Institut d'Estudis Catalans, que aprobó en comité la palabra "sinologia" para referirse al estudio de las mamas, siendo ese término el que la mayor parte de las lenguas modernas reservan para el estudio de China.
De la misma manera que en la casa nueva de las monjas de Santa Ana había la puerta de la casa vieja, nuestras vidas a veces no "son los ríos que van a parar a la mar que es el morir", sino que algo permanece hasta como si eso recurrente fuera el cauce, símil que nos llevaría a esas alegorías marineras de Mas en las que acaba una con mareo, esto es, "mal de mar", o a la deriva. Por eso la obra que vimos ayer representada en el Romea se ancla en el momento en que en María Moliner se declaró el diagnóstico de arteriosclerosis cerebral y ya sufría pérdidas de memoria, especialmente verbales. Su demencia le permite al autor sobriamente introducir entre los recuerdos y los delirios todo aquello que constituyó su personalidad y su trayectoria: ser represaliada por el régimen franquista, haber perdido a su padre -que los abandonó a su suerte- de niña, y luego haber perdido una hija que apenas había nacido, su tenacidad para resistir todas las adversidades y su recto criterio para saber qué hacer ante un diccionario en el que trabajó 15 años.
Desde mi butaca en la fila 13, un poco alejada del escenario, esa lámpara verde cobró una nitidez como la que solo tienen los fanales de las noches bien oscuras o de los que velan. Que se sepa que no todo el mundo sirve para velar. Qué bien le pilla el tono la actriz a la lexicógrafa y bibliotecaria, a su forma de hablar, con precisión y claridad, esa templanza que advertimos en muchos aragoneses, pueblo que lo es sufrido y heroico, terco acaso por noble y escarmentado. Qué buenos ratos nos proporcionó el aplomo con el que la enferma seguía el interrogatorio  de un neurólogo algo presuntuoso, armado de palabras que en su origen habían sido tan simples como no olvidemos que lo fue glándula ("bellotita") o isquemia ("detención de la sangre" tal cual). Qué acertado dejar para el final un discurso que nunca oyó la Real Academia de la Lengua, cuya letra B mayúscula hubiera tenido que ocuparla nuestra diccionarista, a propuesta deL Profesor Pedro Laín Entralgo, también aragonés. Que Laín no viera ocupar la B a María Moliner pero tuviera que ver ingresar con bastantes menos méritos o por méritos inapreciables para alguien tan embrutecido como yo, a un señor en un sillón de una vocal minúscula es algo que se le notaba en la cara. Era difícil no torcer el gesto ante Felipe González y el joven candidato de frac, que parecían dos camareros "haciendo bolos".
No obstante Manuel Calzada, el autor de "El diccionario" y José Carlos Plaza, que dirige el montaje escénico, tuvieron a bien no invocar la justicia, ni la divina ni la humana ni tan solo la murphica, ni toda la manida artillería de las lágrimas despechadas socialdemócratas y nos muestran los hechos con la desnudez acostumbrada del buen teatro, en su -ahora sí- justa proporción. Ya les dije que lo que iba a aportar eran obviedades.






Discurso de Carmen Conde en su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, 1979: «Vuestra noble decisión pone fin a una tan injusta como vetusta discriminación literaria».

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