8.9.13

La memoria de los elefantes


"Holodomor o Golodomor (en ucraniano: Голодомор, “matar de hambre”),
 también llamado Genocidio ucraniano u Holocausto ucraniano,
 es el nombre atribuido a la hambruna provocada
 por el régimen estalinista, que asoló el territorio de la
 República Socialista Soviética de Ucrania, durante los años de 1932-1933,
 en la cual habrían muerto de hambre 
entre 3 y 10 millones de personas."

«Se habla a veces en efecto de la crueldad “bestial” del hombre, pero
 esto es terriblemente injusto y ofensivo para
 las bestias: 
la bestia nunca puede ser tan cruel
 como el hombre, tan artística,
 tan plásticamente cruel» 
F. Dostoievski, Los hermanos Karamazov


Claro está que lo que tiene el conocimiento colectivo y un libro en el que contribuye todo el mundo es que se producen vaguedades de un rango tan desaforado como la de determinar el número de las víctimas del Holomodor en una pinza entre 3 millones y 10 millones de personas, frase que nos recuerda los desniveles que hay en los cálculos de la afluencia a la Diada año tras año, con las debidas distancias. Cada vez, puestos a comparar, me resulta más llamativo que diariamente se recuerde para mal a Adolf Hitler, pero que no se recuerde a Iosif Stalin y su no menos execrable huella en este mundo (*).
El memorial de Kiev está formado por la estatua en bronce de la niña que hoy incorporo al Álbum, más dos ángeles y una capilla en forma de vela, que en la foto aparece en segundo plano desenfocada. La niña muestra padecer los signos de la inanición y de la tristeza profunda y sujeta en su puño un manojito de espigas de trigo, para recordar la cosecha que les confiscó el aparato el año 1932 como Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética (1922-1952). Algunas fotos del memorial muestran los rigores del frío a la niña cubierta por copos de nieve. También quedan fotografías donde si lo desean pueden constatar con imágenes de la realidad que la inanición de una criatura produce unos efectos físicos y psíquicos terribles, que son la mayor parte de las veces irreversibles y que nos acusan mudamente. 
Cuando Ucranía se liberó del comunismo las gentes echaron toda la imaginería -que no era poca- de sus líderes o capitostes a los lagos y a los ríos. Con ganas. Corre por internet un vídeo que parece ser que grabó un equipo de buzos checo de una parte de este cementerio acuático de estatuas inmundas y sin valor artístico alguno, y son muchas. Una de Lenin aún conserva la soga con la que la arrastraron por el cuello. 
Cuando Moisés (el verdadero, no Artur Mas), cuando Moisés bajó del monte Sinaí y se encontró a su tribu adorando el becerro de oro recordemos que tuvo un cabreo mayúsculo, y tanto se enfadó que destrozó las tablas de la ley que acababa de recibir de Dios. A continuación hizo polvo el ídolo, que como digo era de oro.  Otras estatuas, como la sirenita de Copenhague o la Cibeles de Madrid, van recibiendo alguna agresión que otra, ni que sea jocosa, algunas con desperfectos serios, otras molestos o simplemente costosos. O las decoran, como el Manneken Pis de Bruselas y el Colón de Barcelona, las hinchadas y sus interesados. Parece ser que Nike pagó al Ayuntamiento 94.100 euros por vestir la estatua con la camiseta del Barça, cifra que -al parecer- se ha destinado a "proyectos sociales".
Así explicado parece sencillo establecer las diferencias entre Moisés y Mas, entre la realidad, la idolatría y la iconoclastia, la propaganda, la publicidad y el arte, pero no lo es. Hay muchos artistas, medianos y no tan medianos, al servicio de los capitostes. Y también hay propaganda bien hecha, aunque no se acaba de entender desde otros lados el motivo por el cual se han apropiado del trabajo de "creativos". "Los creativos", se dice, yendo mucho más allá de lo que les dictaría la antonomasia. "Creativos" fueron los que diseñaron la defensa o presentación de ayer en Buenos Aires de Madrid 2020. Y por lo poco que vi les llegó a dominar la euforia o, en el mejor de los casos, la ilusión. No me importa decir que encontré a Ana Botella desquiciada. Claro está que la japonesa paralímpica también estaba pasada de vueltas y overacting
La ilusión es un ente que podríamos haber añadido a la retahíla del principio del párrafo pero, stricto sensu, si pensamos en la noción de maya hinduista, todo es maya. Todo es ilusión, todo es maya.
***
"Maya" ¿se acuerdan? era la elefanta india de aquella serie televisiva de los años 60. A mí me gustaba mucho, aunque me temo que ahora no soportaría un visionado somero. Me la recordaron dos elefantes de otro vídeo que también rueda mucho por internet estos días, el de Shirley y Jenny. Se conocieron en un circo. Shirley es mucho mayor y fue a dar a parar a un zoo de Indiana al resultar herida tras un naufragio. En ese pequeño zoo era única no solo en su género sino también en su especie. El mahout de Shirley fue un hombre de raza negra absolutamente adorable y sin embargo fiable, capaz de percibir la soledad del animal. Si no vieron ustedes el documental de Roberto Rossellini ("India: Matri bhumi", 1958) no sabrán tal vez que el oficio de mahout o cuidador de elefantes es de los mejores que puede haber y habrá nunca. Son hombres al cuidado exclusivo de un único elefante. La paquiderma de la historia finalmente, tras 20 años en el zoo de Indiana, coja de la pierna posterior izquierda, con 52 años como servidora de ustedes, la trasladaron al santuario de elefantes en Tennessee, donde se ha podido reencontrar milagrosamente (o no) con Jenny, que era un cría de elefante cuando Shirley ya era toda una moza. Sabida es la castidad y la buena memoria de los elefantes ("y de las elefantas" como diría nuestra inefable Susana Díaz), en contraste con la de los peces. Los elefantes se acuerdan de todo. Y seguramente que perdonan.
Shirley y Jenny pasean por las verdes praderas de Tennessee, se bañan y recuerdan los años pasados con esos corazones que pueden llegar a pesar tranquilamente 25 quilos. Se piensa que seguramente, cuando lo del circo, Shirley se hizo cargo de Jenny, que tendría unos pocos meses, por lo que el agradecimiento de la pequeña es peremne.
La próxima revolución no será de los que pasan hambre o sed de justicia, ni siquiera de las mujeres ni de los niños, no será la revolución de los creativos, será y tiene que ser una revolución inspirada en la nobleza de los animales. Aunque tal vez ya será mucho que nos los asimilemos. De hecho quien sabe si en Tennessee los elefantes africanos (de orejas más grandes que los indios) no los miraran mal o con una cierta superioridad. Pero, no sé, nunca vi a un animal hacer el ridículo.
 
 
  Monumento a las víctimas del Holomodor (Kiev, Ucranía). Fotografía: Nathan Kendall

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(*) "Katyń" es una película sobre la masacre de por lo menos 15.000 oficiales polacos, pero pudieron ser muchos más, por la policía secreta rusa (NKVD). En cualquier caso, fueran 15.000 oficiales o fueran 22.000 oficiales, comparado con la matanza de Paracuellos del Jarama en nuestra Vil Guerra Civil, matanza en la que cayeron cosa de 5.000 hombres, se puede hablar de una total descapitalización del Ejército polaco y por lo tanto de la esclavitud de Polonia, que quedo repartida -por el tratado de Ribbentrop-Molotov al final del verano de 1939- entre el III Reich y el gobierno stalinista. De hecho, la película arranca con una primera escena en un puente donde un grupo de civiles huyen, unos hacia los rusos y otros hacia los alemanes. Es lo que se dice estar entre la espada y la pared, o irse de Guatemala para meterse en Guatepeor. La música, de Krzysztof Penderecki, no adopta el papel de añadir más emotividad de la que hay. No hay regodeos. Esto hay que decirlo, porque -con perdón del respetable- está una hasta más arriba de la coronilla de la música para los que necesitan sentirse mejor de lo que son para aliviar su conciencia y está hasta el moño de la música de sintetizador pajillera. ("La rabiosa actualidad", sobre el estreno de "Katyń" (Andrzej Wajda, 2009) en el Álbum del tiempo).


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