20.9.14

La flor de la berenjena

Ya había empleado yo cosa de media tarde buscando identificar la flor que hoy incorporamos al Álbum cuando finalmente desistí y le pregunté a Pep, su autor, qué era. Cuando me regaló la fotografía tal y como la ven no podía saber a ciencia cierta su tamaño, solo su color y lo que parecían 7 pétalos. Pero yo sabía, siempre según la Wikipedia, que no hay flor de 7 pétalos. Claro que se trata de una corola llamada gamopétala porque sus pétalos están unidos. Y de seguir así diríamos que es zigomorfa, porque su simetría es radial. Pero todas estas observaciones y el buscador de colores del Google Imágenes no me ayudaban a localizar su estirpe. Pep solo me había dicho que la había captado en agosto en La Segarra, lo que me permitía descartar que fuera una flor de azafrán, algo que sopesé por la semejanza del color. En otras ocasiones, me quieran creer o no, mi falta de conocimientos se ha visto compensada por una intuición que no sé si es preternatural para ir derechita al nombre de una especie sin dedicarle demasiado tiempo. Pero en esta ocasión no me sirvieron ni los otros recursos que uso en último término, las páginas que sistemáticamente clasifican la flora de nuestras regiones.
Parece que la berenjena (Solanum melongena), como tantos otros alimentos, nos llegó de la India, de Assam. Que el fruto adquiera unos tonos morados tan intensos, los más intensos de la naturaleza tal vez, me hace recordar en el cuadro de las cebollas de Renoir, que lo pudimos ver aquí en Barcelona antes de la crisis para apreciar ese color dorado, rosado o irisado que tienen las capas que las cubren.
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El pasado 18 de septiembre salieron los Ig Nobel (< Ingl. ignoble, "innoble") y el premio al estudio improbable de Arte se lo llevó Aesthetic value of paintings affects pain thresholds , donde se sometió a 12 individuos sanos a un experimento para comprobar si su dolor bajo la emisión de un rayo de láser en su mano izquierda empeoraba ante una pintura que previamente habían considerado fea sin más. La investigadora principal trabaja en la Universidad de Bari y el artículo se publicó el año 2008, con lo que sospecho que probablemente lo iniciaron el año 2006 o incluso antes. Estoy segura de que hay una infinidad de estudios improbables pero hasta que un dedo no los señala no solo pasan como probables sino que incluso no atentan contra ninguno de los clásicos principios científicos. Cosa que demuestra a mi entender que, parafraseando a Dostoievski, para quien se podía ser malo y sentimental a la vez, también se puede ser tonto y científico a la vez.
Muchos estudios innobles e improbables han conducido por la famosa serendipia a nada desdeñables hallazgos, pero la existencia de unos grotescos Ig Nobel lo que fundamentalmente señala es la existencia de unos Nobel. Nuestro mundo conocido y dominante está organizado así, por liguillas, por clasificaciones. Una vez le pregunté a un amigo mío qué sabe mucho de clasificaciones improbables la diferencia entre la clásica derecha y la clásica izquierda. Me contestó que la izquierda perseguía la igualdad de oportunidades. O, para intentar expresarnos mejor, el hecho de que la derecha favorecerá o premiará al que tiene más méritos y la izquierda favorecerá al más débil. Aunque esto ya se sabe que es una entelequia, proseguimos. Y podríamos situar a la derecha o a la izquierda el afán de progresar según se rechace o se acepte, respectivamente (o no), la alteración de lo que es natural.
Servidora vio una vez en una parada del autobús como un individuo simultáneamente paraba un taxi y echaba un ejemplar de "El País" en el alcorque del pobre árbol que estaba más cerca. Si suponemos que "El País" es de izquierdas pero el alcorque no es derechas, lo cual es mucho suponer, el individuo era más tonto que bailar la música del telediario o más malo que pegar a un padre. Todo esto para introducir el tema de que si por mejorar la oxidación de la berenjena una vez cortada o si por protegerla de plagas le tienen que introducir modificaciones transgénicas, pues que es mejor que no toquen nada. Todo esto, digo, para dejar caer -como ya han hecho y probado algunos médicos- que entre los males de la Medicina está la propia Medicina. Que la ciencia salva tantas vidas como las que destruye. Y no lo digo porque me acuerde de lo que me dijo un día otro amigo mío ("Tendrías que sacarte el carnet de conducir porque va bien tener un coche en caso de accidente"), sino porque el equilibrio entre la naturaleza y el turismo, entre la naturaleza y su explotación en general, está minando sus posibilidades de regeneración. Más que de progreso (el famoso progreso del que tanto se hablaba en el siglo XIX) tendríamos que hablar en este siglo XXI de regeneración.

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Estos días está apareciendo en la prensa una de esas noticias con las que ya no nos sorprenden. Se trata de que los gurús de la tecnología limitan su uso a sus propios hijos. No se trata de que Bill Gates no deje usar un Ipad a sus hijos -por inventarnos una situación- debido a que tienen que ser leales a Microsoft. Se trata de que no ven bueno que estén todo el día con las maquinitas. Consideran que para su formación lo ideal es que no sean el centro sino un elemento auxiliar y secundario. Que hayan geeks es bueno, para que le arreglen a uno el PC, etc. Pero que nos quieran convertir a todos en geeks eso sí que no. Un probable o improbable estudio sobre este tema nos llevaría a afirmar que los geeks tienen desórdenes alimentarios y/o sexuales. Mantengo pues una gran confianza en que todo el mundo se acabe dando cuenta de las trampas de depositar su felicidad y su formación en los gadgets o en cualquier cosa con la que no hemos venido al mundo es más inútil que petardo probado.

"Ojal". Fotografía de Josep Pujol Ricart, (c)SafeCreative *1409202020875

Próximamente el fotógrafo Pep Pujol y yo lanzaremos a la blogosfera otra página a la que aún no le hemos dado un color ni un título definido pero que pronto los tendrá. En ese nuevo blog reuniremos sus fotos y mis textos, lo mejor de cada casa, y fundamentalmente intentaremos disfrutar de la vida y, si es posible, hacérsela más agradable a los demás. 


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