15.6.12

La música no amansa las fieras


Hoy he vuelto a grabar
nuestros nombres en la encina
he subido a la colina
y allí me he puesto a llorar.

Carmelo Larrea, Camino verde

n “La noche del cazador” (Charles Laughton, 1955) el malo malísimo canta Leaning a la puerta de Rachel, Lilian Gish. Rachel, que empuña una escopeta, responde tranquilamente desde su mecedora al canto amenazador del malo malísimo (Robert Mitchum). El estribillo del himno dice “Leaning on the everlasting arms” pero, dado que el malo es un predicador y podría estar tomando las palabras del Deuteronomio ya les diré yo por donde, Lilian Gish modifica la canción, la canta a su vez entrando en el debido momento e introduce con su voz segura  “on Jesus” (Leaning on Jesus). La escena está impregnada del expresionismo y el lirismo de toda la película, con unos claroscuros inolvidables, turgentes y oníricos, pero esas voces alcanzan con la precisión del reflejo de la luz sobre la punta de un cuchillo, el filo de lo que allí se dirime. El malo más que malo canta durante toda la película y hasta silba, de manera que aún se hace más odioso y temible de lo que ya es. Incluso se podría decir que con su canto ya incita al terror, un recurso al que se ha acudido en la escena desde que el teatro es teatro y el cine es cine y la ópera es ópera y hasta “Los pitufos” son “Los pitufos”. La presencia de Gargamel es anunciada por aquellos famosos compases de “Peer Gynt” (“En la cueva del rey de la montaña”) de Edvard Grieg. En algún episodio de los pitufos se refiere el uso de la Sinfonía fantástica de Bérlioz, que tanto le gustaba al marido de “Durmiendo con su enemigo” (Joseph Ruben, 1991).Yo no lo recuerdo.
Dejando de lado el famoso duelo de Robert Michum y Lilian Gish, pasamos a un solo. Tuve que trabajar un tiempo con un tipo que silbaba muy a menudo el Solo de oboe o de Gabriel de “La misión”  (Roland Joffé, 1986), cuya banda original es grandiosa, de Ennio Morricone. Debo admitir que no lo hacía mal, no Ennio Morricone por supuesto, sino el tipo, pero como esa melodía la oí durante muchos meses y era como una meada para marcar el territorio de aquellas de las que ya hemos hablado, o un canto de gallo para anunciar que seguía por allí y aquel día no se había escaqueado o aún no se había retirado al bar y una manera de cantar victoria ante el sábado sabadete, acabé por tomarle manía y me creerán si les digo que ni he visto la película ni la quiero ver. Y simplemente porque el solo que supuestamente hacía Jeremy Irons en la selva lo silbó este tipo, un desgraciado y un pésimo compañero de trabajo, durante muchos días, semanas, meses. Hoy es una carga más para nuestra sociedad. Y es que aunque resiste el tópico de que "la música amansa a las fieras" y la música hace buenos a todos, por no decir nada de aquello de que "quien canta sus males espanta", son unas paparruchadas como catedrales.
Cuando yo era una niña había venido un par de veces o tres a pintarnos la casa un pintor, Antonio, que siempre cantaba “Por el camino verde”. El Sr. Luis, nuestro lampista y fontanero, alicatador e instalador en general, no cantaba, pero el pintor sí. Y lo hacía según iba pintando, de manera que el tempo dependía del remate de una pasada o un detallito. Pasó lo mismo con los preciosos cantos de siega o de los remeros. Y se diría que los cantos populares más bellos están impregnados de ese ritmo parsimonioso aunque no solemne de los carros, de las hoces, de las puntadas, de los aclarados del jabón.  El año 1986, muchos años después,  llamé al Sr. Antonio para que me viniera a pintar mi propia casa. Si mal no recuerdo subió unos 90 kilos de pintura, y solo por eso ya valía la pena contar con su ayuda. Se trataba de un piso nuevo. Así que aunque estuvimos cosa de 15 años sin habernos visto, el buen hombre toma la brocha y empieza a cantar otra vez “Por el camino verde”, como si no hubiera pasado ni un día. Otra canción no cantaba. 15 años no son nada, ni tampoco 20. 




"Por el camino verde" de Carmelo Larrea (José Feliciano)


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