1.6.12

La flor del loto

El presidente de la Generalitat ha aprovechado
 la inauguración de la reunión
 para reiterar su idea de constituir una Hacienda propia
 y "tener la llave de la caja", aunque matiza[n]do
 que ésta tendría una importante conexión con la 
del Estado y también con Europa

ues sí, como decíamos ayer, Artur Mas habla por modismos. Para el arranque del post de hoy visito la portada de "La Vanguardia" digital y a las primeras líneas ya tenemos uno. Mientras nuestro President era recibido en el Cercle d'Economia y hablaba del Pacto Fiscal, mi madre intentaba por segunda vez en el día ser atendida en el ambulatorio del barrio por una lumbalgia aguda. Ya había ido por la mañana con la pretensión de que le concedieran una visita espontánea pero le habían dicho que no, que debía ir por la tarde, que era cuando visitaba su doctora. Volvió por la tarde y entonces le dijeron que no la visitaría su doctora, que -por orden de la directora del centro- debía visitar cualquiera de los médicos que atendían ayer. Este desbarajuste y otros los estoy viviendo a diario desde mi lado, el de ser una trabajadora de un hospital considerado entre los Top 20 que, por empezar diciendo algo, hace un tiempo tiene un estado de limpieza que deja mucho que desear. No me refiero a lo que solo puede ser advertido por un infectólogo o un preventivólogo, no, me refiero a la suciedad macroscópica. Salta a la vista. Y de ahí para arriba.
Solo diré que ante el desmantelamiento y desbarajuste de la Sanidad pública los trabajadores internos y externos nos hemos ido rehaciendo, algunos para trabajar aún menos de lo que trabajaban, "a río revuelto". Habrá que le sabrá incluso sacar otros provechos a la situación.
Hace un tiempo supe, aunque no recuerdo la fuente, que el rubor en las personas tiene una cierta utilidad o un cierto sentido. Al parecer, las mujeres que nos ruborizamos estamos dando a entender a la posible oferta o demanda de parejas potenciales que somos honradas y que por lo tanto somos confiables como madres. Que la naturaleza se haya molestado en pergeñar un cambio de coloración que no tiene que ver con el camuflaje sino en todo caso con la seducción, tiene su gracia. En un post, A flor de piel, comentaba la eritrofobia, la cosa de ponerse colorados, y allí ya advertimos que era un atavismo para revelar la honestidad. Parece que la palabra honestidad se decanta más por el lado de la consecuencia o la claridad entre lo que se dice y lo que se hace, mientras que la honradez  añade el elemento de la reputación, de cómo el honor se ve afectado por la probidad y la decencia de nuestros actos.   Por ejemplo, cuando alguien falta a su palabra no está siendo honesto, pero además nos advierte de que no es fiable.
Pero esto de los colores despista mucho porque nos podemos poner rojos de indignación o nos puede sofocar la cólera, no la vergüenza, lo que podría ser tal vez relacionado con otro tipo de vergüenza, la ajena, concepto que nunca he entendido ni siquiera un poco. A no ser que al ser sorprendidos en medio de un lugar sucio, sin recursos y con un desbarajuste de juzgado de guardia sintamos la coyuntura como una deshonra. Habrá que recurrir a la figura aquella yóguica de la flor del loto, que se abre sobre el fango sin mancharse. 


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