2.6.12

Tengo un sueño

A Júlia Pujol

irror, mirror" (Tarsem Singh, 2012) no es "Blancanieves", aunque toma muchos elementos del célebre cuento. La versión más antigua que yo he podido leer es la de los hermanos Grimm en la edición que preparó Alianza Editorial en los años 70, de donde no se apartó gran cosa la primera película de Walt Disney, de los años 30. Aunque el otro día desaprobé el abuso del wishful thinking, no ignoro en ninguno de los dos sentidos de la palabra ignorar que las visualizaciones creativas son efectivas. Y cuando alguien tiene dificultades para poner en marcha su imaginación le sugiero que recuerde cuando leía de pequeño o de pequeña aquellos cuentos que le inspiraban cuadros enteros, escenas, mundos lejanos. Los cuentos de Grimm son inseparables de los cuentos de Hans Christian Andersen, de quien "La vendedora de fósforos" ya ha sido traída aquí por lo menos -que yo recuerde- en una ocasión. Y a su vez, "La vendedora de fósforos" recrea en sí como la niña del cuento recrea sus fantasías en una noche muy fría, hasta que se hunde en el sueño eterno y se reúne con su madre muerta.

Ilustración de Otto Ubbelohde (1867-1922) para "La llave de oro"

Ya nos hemos acostumbrado a estas historias, pero es cierto que alguna hay que es atroz. Pero, bien pensado, el otro día echaron en una sesión de Antena 3 una película en que una niña tiraba un secador en la bañera mientras su madrastra tomaba un baño, con toda la intención de electrocutarla. A continuación se tiraba ella misma horrorizada y el padre dedicaba a partir de entonces sus días a reproducir esa terrible escena con la que se había tenido que encontrar en su casa en familias próximas, cosa que no parece tan fácil. Bueno, si lo que buscaba era el efecto final, las niñas las podía echar sobre los cuerpos destrozados de las madres sin la voluntad de ninguna de ellas. Esta película la dieron un sábado o un domingo a las 4 de la tarde, en horario infantil.
En "La cenicienta" podremos no creer que las palomas le ayudarán a ir quitando una por una las lentejas que las hermanastras echan sobre las cenizas de la chimenea, pero sí creeremos que las hermanastras son capaces de eso y de mucho más para impedir que la buena vaya a la fiesta. Si la buena va a la fiesta, no hay color. Si la buena va a la fiesta, ya se pueden dedicar al parchís. En "Blancanieves" la madrastra se obsesiona con el espejo y con ser la más bella del reino, la versión de los Grimm de "La cenicienta" nos dice que las hermanastras eran bellas pero malas. Y sin embargo en otras versiones posteriores las hermanastras se representan más feas que Picio, con lo que podemos pensar que además de hablar de las famosas familias desestructuradas donde a alguien le falta una madre, el tema es la envidia. En cualquier caso, esos cuentos que han sido analizados hasta la náusea, especialmente por fervientes feministas, erigen todo un imaginario potentísimo, y de hecho lo hacen con una gran economía de detalles. No es el Cirque du Soleil, que apenas deja espacio a la imaginación y lo da todo mascado.
Tampoco tiene nada que ver con la publicidad o aquello de que repetir una mentira cien veces hace que se convierta en verdad. La verdad es una cosa, la realidad otra y la publicidad otra. Los últimos años se ha repetido hasta la saciedad la expresión "cocina mediterránea", que no sé exactamente a qué se refiere, a no ser que sea la ausencia total de grasas. Juro que no lo sé. Una lee El que hem menjat  de Josep Pla y no encuentra ni una sola referencia a la cocina mediterránea. Tampoco se lo oí decir a Néstor Luján. Parece una acuñación de factoría publicitaria y, por lo tanto, como digo, en mi opinión, ni es real  ni es verdadera, pero tampoco es que deje de serlo. Está en otra entidad, en otra dimensión, de la misma manera que Buggs Bunny y Micky Mouse pertenecen a ficciones diferentes. Por lo demás, el mayor número de centenarios de España está en La Coruña, donde tantas mujeres se alimentaron muchas veces solo de cabezas de pescado, algo de leche, patatas, algo de cerdo y nabizas. Y trabajaban como yeguas.
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Hacía tiempo que no pillaba un frase al vuelo, pero ayer noche cuando volvía de trabajar a mi casa, oí cantar a una niña "I have a dream", la canción de los ochenta de ABBA. El título es homónimo al célebre y vibrante discurso de Martin Luther King (1968) y nadie como ellos podría referirse tan limpiamente, sin sombra alguna, a los sueños. Aquí ya nos referimos a otras dos canciones que formarían el triunvirato de canciones que claman tal vez por una de las mejores aspiraciones de la humanidad y sin necesidad de indignarse: "Somewhere over the rainbow" en la versión de Eva Cassidy y "When you wish upon  a star" en la versión oldy de Leon Redbone, que aprovechó Woody Allen en "Conocerás al hombre de tu vida".
La niña tenía muy buena voz, muy natural, bien puesta, entonada, sin resabios y sin complejos, con fuerza pero sin estridencias, una delicia. Y me llevó de un solo salto al estado en que nos puso ABBA en los ochenta de delirio masivo de buenismo del bueno, de folie à plusiers sin cubata ni chunta-chunta maquinero, estado que aún se recrea intacto a los primeros compases. El peinado y el make-up de Benny Andersson, los efectos de sonido con su rotundo y eufórico wall of sound, la melodía, pertenecen a una época muy desarrollista y donde aún la naturaleza no había recibido el maltrato y la explotación que ha ido recibiendo en los últimos años. De esa misma época es de donde podemos sacar el mito del Mediterráneo, el de Joan Manuel Serrat, además de Homero, claro está. No de los monstruos de la mercadotecnia.

"Schneewittchen" (Paul Hee)

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