23.1.13

Interlocutores y fantasmas

e vinieron me vinieron por lo menos dos ideas a la cabeza al conocer esta mañana la noticia sobre la escritora fantasma Amy Martín . Muchas más, en realidad, tantas que no sé ni como mi cuerpo calloso no padeció un descalabro definitivo ante tanto despropósito. En la prensa veo que se le llama "autora fantasma" porque en realidad no existe, es como una identidad de conveniencia adoptada por quien en realidad lo único que persigue es lucrarse a través de un oficio que ya sabemos que rara vez ha enriquecido a nadie. No me acaba de gustar el apelativo fantasma porque podría conducir a la confusión del término inglés usado para referirse a la negritud literaria (ghosting o más exactamente ghoswriting), que es precisamente todo lo contrario, ya que el negro o ghostwriter lo que hace es escribir sin firmar, mientras que Amy Martin lo que hacía era como mucho firmar. Consagrarle a este asunto ni cinco minutos de atención es poco menos que descabellado, porque aún en el caso de que Amy Martin existiera y escribiera, nadie puede ni debe cuestionar que cobre lo que cobra, aunque casi nadie pueda aspirar a esos me parece que 3000 euros por artículo. No sé si me explico. ¿O es que se cuestiona lo que cobra un futbolista de Primera División?
A pesar de que intento seguir como modelo imperativo la modestia, les confieso que he tenido la tentación de calcular lo que "vale" mi blog con sus 924 posts (con este 925), de acuerdo con la tarifa de la Fundación Ideas (a 3.000 euros/artículo). Me salen 2.772.000 euros (461.221.992 pesetas). Es decir que muy lista no soy porque no he ganada ni un duro, ni un euro ni nada. Algún disgusto alguna vez y otras veces alguna satisfacción, pero nada más.
Esa es la primera idea que me vino a la cabeza cuando oí la noticia, la pasta que se ha llevado el beneficiario, teniendo en cuenta lo mal pagados que están la mayor parte de los periodistas y demás. La segunda ("idea", y que conste que no me mofo de la Fundación de Rubalcava) fue acordarme de Melchor de Macanaz. Todo lo que sé de Macanaz lo sé gracias a la biografía que publicó sobre él Carmen Martín Gaite, Leí el libro, que tomé prestado de una biblioteca pública en los años ochenta, y después conservo algún eco de él que la autora dejó en otro libro suyo diverso, La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, donde vuelve a dejar constancia lo mucho que el ministro Macanaz escribió en el exilio para que en realidad nadie lo leyera, aparte de ella misma, claro está. Le dedicó 6 años entre documentarse y escribir. Se pueden ver en la web de la Biblioteca Nacional de España algunos memoriales digitalizados. El que ilustra hoy el Álbum, doblemente porque procede de un ilustrado sin duda, está en francés. Verán que su hológrafo muestra una escritura esmerada, cuidada, pulida, con una cierta gracia, de jambas mínimas pero con unas aspas con una cierta ampulosidad que yo relaciono con sus labores diplomáticas y una cierta donosura. Escribió denodadamente desde su largo exilio. Al final lo dejaron ir a parar prisionero a La Coruña, él que era ilunense, y salió en libertad con 90 años, cosa que al menos a mí me indica una salud férrea y un buen temperamento. Poco duró, después.
Cuando veo, ni que sea a través de mi cuenta en Twitter, que se lee a gente con la que de entrada no solo no se está de acuerdo sino que además no merece crédito alguno, práctica que no deja de sorprenderme y extrañarme, me acuerdo de Macanaz. Siruela ha reeditado la biografía de Macanaz y el prólogo, de Pedro Álvarez de Miranda, me parece una delicia, porque de alguna manera redime a Macanaz del silencio en el que lo mantuvo Felipe V o toda una corte al decir que encontró en su biógrafa una interlocutora. Gaite leyó todo cuanto pudo de Macanaz. No se podría tener ciertamente mejor interlocutora que nuestra Carmen Martín Gaite, ni a Carmen Martín Gaite se le podría hacer mejor cumplido que ese. O tal vez sí, pero ese es muy gratificante además de merecido.


Manifiesto en defensa propia y en demostración de la temeridad con que el Cardenal de Judice pretendió hacer creer que la religión del Rey y sus ministros era poco segura (Melchor de Macanaz) (Mss/767, Biblioteca Nacional de España)


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