16.11.14

Cielos de mermelada

Picture yourself in a boat on a river
With tangerine trees and marmalade skies
Somebody calls you, you answer quite slowly
A girl with kaleidoscope eyes

llá por el año 1998 yo trabajaba en el archivo del Hospital de Bellvitge, en turno de tarde. Hacía prácticas una chica que estudiaba FP o como se le llame ahora. Aunque estaba bajo el ala de nuestra jefa de equipo todos le hablábamos, o casi todos, especialmente cuando se tenía que meter en nuestro territorio y buscar una historia. Rubia como la cerveza (Valerio, León y Quiroga), ojos como la miel. Una tarde la vi ordenando una historia clínica. El sobre era de aquellos que pesaría unos 4 o 5 quilos entre papel y radiografías. Le dije: "Ésta es de las gordas". Y me contestó: "Es de mi madre". así que me acerqué y no por curiosidad. Podía memorizar fácilmente una cifra de 9 números y ver luego discretamente en una pantalla de fósforo verde los movimientos, también podía ver la historia en una guardia de sábado. Me acerqué porque me di cuenta de que en realidad intentaba decirme algo y decírmelo a mí. No es que yo sea tan perspicaz para ver las intenciones de nadie -una es rematadamente idiota y en repetidas ocasiones le han tomado el pelo-, es que Maricarmen estaba en la edad en que se podrá disimular pero aún quedan restos como de inocencia. 
Me desplacé en la escena. Y es que algunas veces lo que en el teatro llaman acotaciones -"el mayordomo sale por la izquierda del escenario", ocurre en la realidad. Mientras me desplazaba secándome el agua de las manos, me dio tiempo de anticiparle mi interés y de preparar mejor mi segunda frase. "¿Van a visitarla?". "Sí".  Me dijo el nombre del doctor y así yo supe que era un caso para la Neurocirugía. Por el peso y el volumen de la historia no podía ser un traumatismo. Por la cara de Maricarmen era uno de esos horrores que salen en la cabeza y que resultan inoperables. Como en realidad tenía ganas de hablar de lo que le pasaba pronto supe que su padre había sufrido un terrible accidente como estibador del muelle. Por error le cayó encima un contenedor y su muerte fue fulminante. A los pocos meses a su madre le diagnosticaron un astrocitoma y ya empezaba a tener ataques epilépticos. "¿Tienes hermanos?" fue mi  tercera y última pregunta. "Tengo un hermano". En otro tanto de meses Ana C. murió.
Mantuve el contacto con Maricarmen a veces por escrito, a veces por teléfono, a veces acercándome a su barrio antes de ir a trabajar. No conservo las cartas porque no conservo ninguna carta de nadie pero recuerdo que tenía una letra clara y limpia. Tengo memoria para las letras. En aquel entonces me pareció que, si yo le escribía, ella notaría mi cercanía y además tendría la oportunidad de decirme cuanto no surgiría en una conversación. Ya teníamos correo-e pero casi nadie lo usaba. Por aquel entonces se hizo cargo de ella el cura de su parroquia de Bellvitge, para la que trabajaba unas horas. También empezó a salir con su actual marido. Ahora tiene dos niñas y trabaja en una empresa pública de la Generalitat. Las niñas son rubias como ella pero gitanas como el padre. Le perdí el contacto hace un año, cuando me salí de Facebook. Sé que está bien. Lo sé.
Recordé hoy que en un momento dado uno de aquellos días que hizo sus prácticas en el Archivo rompió a llorar. Le ofrecí mi pañuelo. Resulta que aquel día llevaba un estúpido pañuelo que había encontrado en la basura. Había cerca un naipe que por un ángulo era el 2 de corazones y por el ángulo opuesto el 8 de tréboles, así que pensé que el pañuelo también era para hacer números de magia. No era de seda roja. Es un pañuelo blanco, grande, como de cadete (así se les llamaba hace un tiempo), lleno de corazones rojos en la orla y dispuestos geométricamente en toda su extensión. Cuando Maricarmen vio mi pañuelo se puso a reír, naturalmente. Y es que todo cuanto le estaba pasando no había conseguido invadir ni enturbiar la alegría que todos tenemos bien adentro y a salvo de las desgracias, los engaños y todos cuantos sinsabores nos hostigan. Esa alegría hay que guardarla bien.
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Ayer estuve en Sant Pere de les Puel·les en Sarrià, en un taller de caligrafía gótica con la hermana Conxa Adell. Antes de comer participamos en la Sexta, recitamos el salmo 68 canónico, y luego la hermana nos tocó la cítara en la iglesia. Todos tenemos presente como mucho la cítara de Anton Karas para "El tercer hombre" (Carol Reed, 1949), película grandiosa donde las haya. De pe a pa. La cítara que toca Anton Karas en un vídeo que acabo de ver en Youtube es más pequeña que la que ayer nos tocó la hermana Conxa. Por toda presentación del instrumento nos dijo que la cítara es la abuela de la guitarra. También podría ser tía-bisabuela del piano y hermana mayor del lameláfono o marimbola o la kalimba. Tuve una kalimba africana cuya caja de resonancia era una lata de sardinas. Para los maníacos del sonido, la kalimba  más aceptable sería la que enlacé. Para los amantes de la música todo sirve.
La acústica de la iglesia de las Puel·les hace pensar no en los paraísos delicados de She moves de Alle Farben y Graham Candy, con cielos de mermelada y otros cuelgues. Tampoco en una reunión de putti rafaelianos tocando delicadamente sus instrumentos en el séptimo cielo mientras aquí nos morimos a veces de asco y pasando frío y calamidades. El altar de Sant Pere tiene como el de Roma un baldaquino, pero es de un mármol oscuro y glacial y a escala del monasterio, claro. Allí estuvimos, al pie del baldaquino, oyendo la pieza como si el espacio nos acariciara y nos hablara de dimensiones áureas concretadas y croquetadas. Les llaman salmos y es pura poesía.
Esa sensación táctil en la guitarra apenas es como un latido hondo, hundido, casi siempre apagado, y en el piano es como el motor de un Jaguar. La hermana Conxa para referirse a las destrezas caligráficas se refirió a mí pensando que yo sabía de aquella sensación de que el brazo es casi autónomo. Y acertó, aunque yo esa sensación no la he tenido nunca escribiendo ni dibujando, solo una vez tocando la guitarra. La biznieta de la cítara, la prima-abuelastra del piano, aunque no conseguí avanzar mucho en ella -por culpa de haber perdido mi alegría- me permitió conocer la impresión de sentir la mano como una extensión de las cuerdas y ser todo uno.
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El huerto de les Puelles merece no un post, no, un blog entero. Un cielo lleno de estrellas. "Cielo de mermelada", mermelada de cielo, es igual.
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Por lo que respecta a las madres, yo aún tengo ropa que a mis 70 kilos me viene grande y eso que me la compró mi madre a los 12 años, cuando apenas pesaba 35 kilos y eso en verano.

Huerto de Sant Pere de les Puelles. Barcelona. Luffas colgantes.

"De". Minúsculas. Escritura gótica. Brocha paletina y tempera. Ejemplo de Conxa Adell para el Taller de caligrafía
"P" minúscula. Escritura gótica. Conxa Adell. 
Grupo "st" en minúscula gótica (Conxa Adell)

Hoja pautada con los ejemplos del Taller. Palabra "rapsodia" en minúscula gótica.
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