28.12.14

Microautobiografías (o Dicen que la omisión es el olvido)

But you only need the light when it's burning low
Only miss the sun when it starts to snow
Only know you love her when you let her go

Passenger, Let her go

Acabo de darme cuenta de que gente de Twitter con unos rudimentos de programación mínimos es capaz de convertir un retuit en un seguimiento. El retuit cuando se pierde un viejo con Alzheimer está asegurado, aunque me temo que los favs también contarían como "Seguir", que es de lo que se trata. Los pobres diablos tal vez aumentan su valor o el de sus cuentas por el número de seguidores. Digo yo. 
En el "Ser y tener" y el "Ser y estar" también hay fakes o bolas. No le he oído ni leído a nadie relacionar la manía del llamado Pequeño Nicolás con un fake, como si su pamema al haber adoptado visos psicopatológicos hubiera que deslindarla de las ideaciones más experimentales de periodistas a los que se les acabaron los argumentos. Para ser periodista, y no de opinión, hay que tener recursos económicos. No para ser escritor ni crítico. Un crítico puede conseguir entradas de teatro gratis si lo hace bien, o si lo hace mal, según se mire. El periodismo, entre la falta de recursos y que hay tanto intrusismo, es una carrera difícil. Por eso cada día admiro más a los escasos periodistas decentes, que alguno hay. 
Francisco Nicolás Gómez Iglesias no lo relacionamos con Enric Marco ni con Tania Head, también impostores, porque es del subgénero canapero y no optó -hasta donde yo sé- por un infundio como el de los campos de concentración falsos o ser un superviviente falso del atentado de las Torres Gemelas. No optó, en una palabra, por el victimismo. Ni por el falso ni por el otro, que también acaba siéndolo. Naturalmente no tiene Nicolás Gómez la edad necesaria para simular haber vivido en los años 40 o estar emancipado el año 2001. Cada impostor adopta la ficción con la que se siente más identificado o con la que puede enredar mejor sus sueños. 
Hace unos años me interesaban de algunos libros exclusivamente la solapa, donde podíamos ver a su autor con un fondo de libros, como en las entrevistas. El mar también es un fondo muy socorrido. Es un poco como el fondo que usaban los fotógrafos minuteros, una tramoya con los huecos para asomar la cabeza y convertirse en un turista regatista, en un aviador de guerra o sin motor, en una familia rica con cochazo. Hasta caballos había, muchos caballos con lunares. Si luego ponías esa foto en un rincón al lado de un yelmo o un espejo con marco de carlina ya era el completo. Una variante de foto-bola es la de Quiet.
Por casa corría una foto de mi tía pequeña vestida de gitana trianera gracias a uno de esos decorados en los que solo asomaba la cabeza del retratado. La acompañaba un amigo, con la cabeza puesta en el cuello del cordobés y otra amiga, mucho más gorda para el caso o para la composición. La fotografía ambulante ya era un poco diremos que anacrónica en los años 70, pero era divertido posar y hasta ver la foto ya revelada y mucho antes de lo que lo hacían los laboratorios fotográficos, que podían tardar una semana en facilitar el encargo. Es cierto que el positivado de los fotógrafos ambulantes era de una calidad inferior, pero una foto que nos hizo un minutero en Santiago de Compostela el año 1982, con mi polo de rayas, me parece inolvidable. Admito que tiene un aire como de fotografía post-mórtem, de las que simulaban vida. Supongo que por el parecido con un daguerrotipo o porque se me ven los ojos verdes, cuando casi siempre, la mayor parte del tiempo, los tengo castaño claro. En la foto, tomada en julio o agosto de 1982 estamos Pili Marcote, Rosa Traba y yo cuando tenía 20 años. Fue el último minutero que vi, de manera que la imagen tiene el valor de ser un recuerdo por dos razones.
Las solapas de los libros suelen indicar detalles biográficos que son o de la misa la mitad o misa y media, parafraseando el proverbio gallego por el cual "Máis vale ser media merda que merda e media". Si hemos tenido la buena suerte o la mala suerte de conocer al autor o a la autora sabemos qué se omite y cuanto se exagera. Invariablemente da como pena, por muy diluída que esté a costa de que todo es igual. He visto a alguien que llegué a conocer muy bien omitir los años que trabajó en La Caixa, que no fueron pocos. No creo que La Caixa imponga a sus trabajadores el silencio sobre lo que fue o es su forma de ganarse la vida, pienso más bien en que la escritora en cuestión ha adoptado las formas de otra forma de vida. No es el único caso, también hay alguna bibliotecaria que  reniega -palabra vodevilesca donde las haya- de su oficio y se presenta como licenciada en... y escritora, en el famoso Twitter, cuyas cabeceras merecen uno o varios posts. Se podrá decir que la omisión es olvido o que no se hace aprecio a lo que uno hizo, que se tiene en menos, pero para mí son llamativas esas microautobiografías apañadas.
En el Día de los Santos Inocentes.

Glenn MacCoy

-No creo en mí mismo.
-Pienso que soy bipolar.
Todos los otros renos ser ríen de mí y me insultan.
-Estoy atrapado en un trabajo que está en la vía muerta.

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